Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Si yo fuera perro, en este momento, correría como alma que lleva el diablo —musitó Ragnar.

Gunnar y Thorffin se doblaban sobre sí mismos acometidos por un ataque de risa.

—Al menos no tendría que pagar —replicó Erik.

Lagrimeando, pataleaban incontrolados el suelo.

—¡Por todos los dioses del Asgard… voy a mearme encima!

Thorffin se levantó presto y salió a la carrera.

Gunnar también se levantó ofreciéndome la mano. Todavía se sacudía con las carcajadas.

Lo miré divertida.

—¿Acaso quieres que te acompañe a mear?

—No era precisamente lo que tenía en mente.

Me atrajo hacia él y me besó con pasión. Noté en mi vientre su implacable deseo.

—Veo que tu aguijón también busca refugio.

—¿Te importaría cobijarlo?

—Ya sabes que me encantaría.

Saboreé sus labios con detenimiento, paladeando con minuciosidad hasta el último rincón de su boca. Jadeó enfebrecido.

La música retumbó con más fuerza y los pasos acelerados de los bailarines se acercaron a nosotros.

—¿Quieres saltarte el baile? —susurré con voz ronca de deseo.

—Este sí.

Me arrastró fuera del skáli hasta una cabaña próxima.

—Por cortesía de la gran Halldora —informó.

Entramos, cerró la puerta y, apoyándome contra ella, me besó dominado por una lujuria desmedida, incontenible, feroz. Prácticamente me arrancó la ropa sin despegar su boca de la mía.

Yo también lo desnudé con violencia, lo necesitaba con desesperación.

Mis manos clamaban por su piel. Acaricié los fuertes músculos de su ancha espalda, mis dedos se hundían en cada protuberancia, en cada hondonada.

Contorneé con ansia sus abultados hombros, su largo cuello.

Deslicé mis manos hasta sus nalgas y clavé en ellas mis uñas.

Me alzó en vilo, abrí las piernas y lo rodeé con ellas.

Su rigidez entró en mí y me arqueé contra la puerta.

Gunnar me mordía el cuello al tiempo que sus empellones me llevaban al delirio.

Gemimos al unísono. Mis senos se bambolearon contra su torso, y el roce del rizado vello de su pecho rozando mis pezones, exaltó mis sentidos ya enloquecidos de placer.

No tuve conciencia de quién se derramó primero, solo supe que había tocado el cielo y que descendía con laxitud a la tierra.

Gunnar me llevó en brazos al lecho y me depositó en él con dulzura y tomó algo del suelo. Era el martillo ceremonial.

—Hemos olvidado el hammarsäng —respiró entrecortadamente—. Me temo que tendremos que repetirlo.

Sonrió pícaro, se agachó y metió el martillo bajo el colchón de heno.

—¡Qué contrariedad! —exclamé simulando tedio.

—Conque esas tenemos, ¿eh? No pararé hasta que supliques clemencia.

Se echó sobre mí y, apoyado en los codos, me contempló con fijeza.

—Moriría así, sobre ti, sumergido en tus ojos.

—Amado esposo, no te permitiré morir nunca.

—Suena bien, repítelo.

—Te amo, esposo mío, te amo y ni la muerte va a arrancarte de mi lado.

—Tenlo por seguro, porque te seguiré a través de la eternidad.

Nos besamos, pero esta vez con lentitud, suavidad e infinita dulzura.

Hicimos el amor sin prisa, recreándonos en cada detalle, despertando cada poro de nuestra piel con una delicadeza almibarada.

Susurramos nuestro amor, prodigándolo en cada beso y en cada caricia.

El encuentro fue largo y pausado, lleno de miradas y promesas.

Acabamos envueltos en lágrimas de felicidad, jadeantes y embargados por emociones profundas e imborrables.

Ya colmados, nos abrazamos sintiéndonos uno. Quise saber más de él y, aunque temí despertar recuerdos dolorosos, le pregunté por su relación con Halldora.

—Es una historia larga y triste —comenzó.

Las puntas de sus dedos se deslizaron por mi brazo y lo recorrieron al tiempo que se sumergía en el pasado.

—Mi padre era el hermano mayor, todos decían que tenía madera de líder y, en verdad, así era.

Después estaba Halldora y, por último, Ivar, el hermano pequeño, su predilecto.

Ivar fue un muchacho enclenque y enfermizo, pero inteligente y algo taimado.

Como carecía de la fortaleza física necesaria para entrar en batalla, apenas si era capaz de levantar una espada; se limitaba a observar y a escuchar los pactos, alianzas y negociaciones que el clan iniciaba.

Poseía una mente brillante para la estrategia y, gracias a ella, el clan ganó territorios.

Todos alababan su ingenio, y él incluso llegó a pensar que tal vez, y a pesar de sus limitaciones, podría llegar a liderar.

Sin embargo, los guerreros se negaban a dejarse gobernar por alguien impedido.

Su cuerpo excesivamente delgado caía con frecuencia en todo tipo de dolencias que lo postergaban a la cama, Halldora, que sentía verdadera adoración por su hermano pequeño, lo cuidaba y pasaba con él gran parte del tiempo.

Era como si quisiera transmitirle parte de su vigor, de su fortaleza.

En cambio, mi padre era un hombre muy grande, corpulento y diestro en el manejo de toda clase de armas.

Era muy respetado en el campo de batalla y temido por los enemigos.

Claro está, los hombres se decantaron por él, y asumió el cargo de líder ante la evidente desilusión de Ivar.

A partir de ese momento, su amargura creció hasta empequeñecerlo más.

Dejó de comer, se rindió ante la vida y se sumió en una apatía que lo consumió.

Halldora culpó a mi padre. Había intentado convencer al clan de que él, Kodram se llamaba, no era tan apto como Ivar, que las decisiones pesaban más que las estocadas, pero nadie le hizo caso, hasta que un día todos se lamentaron de aquella elección.

Hizo una pausa y suspiró.

—¿Qué ocurrió?

—Conoció a mi madre y se enamoró perdidamente de ella.

—¿Ese fue su gran pecado?

Enredé mis dedos en su melena.

—El principal, aunque no el único. Mi madre, Bera, pertenecía al clan de los Ildengum.

Sofoqué una exclamación, comenzaba a comprender el alcance del odio.

—Era un clan temido por su belicosidad; ambicionaban dominar nuestras tierras y en más de una ocasión habían diezmado la aldea durante sus continuas incursiones.

En una de esas escaramuzas, mi padre apresó a mi madre, la hija del líder, pero al final fue ella quien lo capturó.

Fue cuando decidieron fugarse; desgraciadamente ninguno pensó en las consecuencias.

Los Ildengum tomaron venganza y arrasaron el pueblo, apenas hubo supervivientes y los que quedaron fueron tomados como esclavos.

Cuando mi padre se enteró, volvió y a punto estuvieron de matarlo.

Por fortuna, un amigo, el único que le quedaba, logró liberarlo.

Mis padres se refugiaron en Skiringssal, después nacimos nosotros: yo primero y después Ottar.

Mi padre trabajó duro con un único objetivo: conseguir el oro suficiente para comprar uno a uno a los miembros de su clan para luego liberarlos; era lo menos que podía hacer.

Para ello utilizaba a su amigo, el padre de Thorffin, que lo representaba en las transacciones con el fin de ocultar su identidad.

Sin embargo, uno de los liberados averiguó quién era el verdadero benefactor, le siguió la pista, descubrió dónde vivía y corrió a decírselo a Halldora.

Ella lo delató, y los Ildengum le tendieron una emboscada.

—Hizo una pausa, su semblante se congestionó—.

Estaba con mi hermano cuando ocurrió, tenía once años y era casi tan alto como mi padre.

Solo sé que pelearon por sus vidas con bravura, pero no fue suficiente.

Mi madre marchó tras ellos el siguiente invierno, murió en mis brazos, quedé huérfano con doce años y he estado solo todo este tiempo. Hasta que te conocí.

—Nunca más estarás solo.

Le besé los labios, Gunnar me apretó contra él y suspiró.

—He estado con algunas mujeres, pero nunca antes había hecho el amor hasta que te tuve entre mis brazos. ¿Recuerdas tu huida?

Asentí. Todavía conservaba unas finas líneas plateadas en mi espalda. Él pareció adivinar mis pensamientos y deslizó su mano por ellas.

—Tuve que hacerlo —se disculpó—. Si hubieras recibido un trato especial, mis hombres habrían alertado al jarl antes de lo debido, sobre todo Ulf.

¿Sabes? Cuando corrí detrás de ti, sentí miedo de perderte.

Aquello me sorprendió, no podía creer que me hubieras impactado de ese modo.

Cuando te derribé sobre aquel lodazal estuve a punto de tomarte a la fuerza, te deseaba, pero me contuve y no solo en esa ocasión.

Lo logré por una única razón: quería que sintieras algo por mí la primera vez; deseaba algo con más fuerza que tu cuerpo, deseaba tu corazón, tu alma, solo por eso esperé.

Creo que no he hecho nada tan difícil en mi vida.

—Tal vez ahora comprendas algo más a tu padre.

Había captado con toda claridad el resentimiento en su voz cada vez que lo mencionaba.

—Sí —aceptó—; no pude perdonarlo del todo hasta que me enamoré de ti. Ahora sé que soy capaz de hacer cosas mucho peores.

Y, sin embargo, nunca abandonaría a su pueblo; aquello lo hacía más grande a mis ojos.

Imaginé su infancia y sentí que se me humedecían los ojos.

Era un niño solo y desamparado y tomó las riendas de su vida.

En lugar de lamentarse y crecer lleno de rencor y amargura, sacó toda su fuerza y su nobleza, su lealtad y honor para ponerlos a disposición del pueblo.

Ahora conocía su verdadera motivación, quería limpiar el nombre de su padre, quería que se sintiera orgulloso de él.

—¿Qué has tomado para evitar quedar encinta?

—Eyra me daba unas semillas y además me aconsejaba lavados con agua y vinagre, no sé si funcionaban o tal vez…

En más de una ocasión había pensado que aquella planta que había provocado mi aborto había dañado algo en mi interior haciéndome estéril; era una idea que no podía quitarme de la cabeza.

—Cuéntamelo.