Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

Halldora sonrió, pero el gesto se torció para convertirse en una mueca burlona.

—Bera poseía unos extraordinarios ojos verdes, además de un cabello rojo como el fuego; era muy parecida a mi propia madre.

Incluso a veces he llegado a pensar que tal vez fue eso lo que cautivó a mi hermano, él la adoraba.

Gunnar tiene los ojos de su abuela y el rostro de su padre, e imagino que la sagacidad y fortaleza de Eyra; físicamente no le ha legado gran cosa excepto una marca de nacimiento que ambos comparten detrás de la rodilla, una especie de óvalo rosado.

Créeme, yo misma pude comprobarlo; no hay duda respecto de su parentesco.

Ese día sentí más compasión por ella que por mí misma, debía de ser muy duro estar tan cerca de un hijo y no poder abrazarlo.

Unas gotas se deslizaron perezosas por mis mejillas.

Apenas empezaba a comprender la magnitud de todo por lo que había pasado Eyra.

No solo arrastraría remordimientos, despecho, rabia y dolor, también debía de cargar con la frustración maternal.

Por el bien de su hijo prefirió ocultarle la verdad; ella ya se encargaba sobradamente de soportar aquella agonía.

Los recuerdos compartidos con ella se avivaron en mi mente. Retazos de conversaciones, miradas, inquietudes, todos y cada uno de sus gestos cuando él estaba presente cobraban sentido. Lloré por su dolor y por el de Gunnar.

Esta vez fue Halldora quien me consoló, puso su mano sobre mi hombro y presionó levemente. Por su mirada, adiviné que habría querido abrazarme, pero eso era del todo imposible sin despertar las sospechas de Gunnar.

—Eyra es muy importante para mí. Fue mi segunda madre en esta tierra.

La mujer sonrió.

Aquello me unía más a él. Nuestras historias tenían muchas similitudes; yo pude conocer a mi verdadero padre y en ese momento comencé a comprender que también él tenía ese derecho.

Eyra era su madre y, a pesar de todos los errores, de toda la amargura, lo justo para ambos era tener al menos una conversación en calidad de madre e hijo, en la que la verdad aflorara con todas sus consecuencias.

Después, solo la providencia escribiría aquellas líneas.

—¡Rápido, muchacha, enjúgate las lágrimas, viene hacia aquí!

Podía escuchar sus firmes pasos en los tableros del embarcadero. Y, en un gesto atropellado, fingí un estornudo y Halldora sacó un pañuelo arrugado que me pasó por el rostro con torpe premura.

Como si de una máscara se tratara, arranqué la consternación de mi rostro y sonreí en un intento por aligerar mi expresión.

Gunnar, con la agilidad de un enorme gato, saltó a la orilla y se plantó junto a nosotras. Giré hacia él.

Saludó a su tía con una mirada huraña.

—¿Qué está pasando aquí?

—Me estaba despidiendo de tu esposa. —La mujer se defendió con la misma expresión hosca que él.

Gunnar inspeccionó mi rostro, recé para que no encontrara signos del impacto sufrido. Había decidido contarle la verdad, pero no era el momento.

—¿Qué te ha dicho esta bruja? Imagino que solo quería contrariarte.

—¡No es una bruja!

Inmediatamente me arrepentí de aquel exabrupto. Gunnar asombrado observó a su tía.

—¡Veo que intentas ganarte a mi esposa! ¿Qué nuevo ardid tramas?

—Todo el mundo merece una segunda oportunidad, ¿no crees? —repliqué.

Esta vez el semblante malhumorado de Gunnar recayó en mí.

—No te dejes engatusar por su astucia, ella no merece nada; puede dar gracias de haber permanecido viva tanto tiempo.

Sus palabras me erizaron la piel. Iba a ser más duro de lo que imaginaba.

—No necesito que me defiendas. Y no, no te doy las gracias por haberme indultado; habría preferido mil veces morir.

Gunnar, todavía con el ceño fruncido, la observó meditabundo.

—Al menos me has otorgado el consuelo de saber que tú también sufres, imagino que tus fantasmas han atormentado tus noches; tal vez, después de todo, la justicia exista.

Halldora adoptó una expresión inescrutable, sus finos labios se tensaron.

—Sí, y pronto pasaré a formar parte de ellos. Aunque, no temas, no desvelaré tus sueños, muy al contrario, velaré por ti.

Aquello lo desconcertó. Paseó la mirada intrigada de una a la otra.

—¿Debo entender que estás arrepentida?

—En efecto. Me arrepiento de cosas que hice, pero sobre todo de las que no llevé a cabo.

Me dedicó una reveladora mirada que él no pasó por alto. Me había pasado el testigo y en su pálido rostro vi que me pedía perdón por aquello.

Mi respuesta fue una trémula sonrisa. ¡Y yo me jactaba de conocer el dolor! Sin duda, el que había sentido ni de lejos era comparable con el de aquellas dos mujeres. Halldora y Eyra, ambas víctimas del egoísmo de un hombre, aunque por desgracia no habían sido las únicas.

Gunnar agarró posesivamente mi cintura.

—Debemos aprovechar el sotavento, estamos listos para partir.

Ya nos íbamos cuando Halldora habló.

—Me equivoqué. —Hizo una pausa y añadió con gravedad—: no habrías podido encontrar una esposa mejor.

Gunnar le lanzó una última mirada en la que además de asombro creí ver un destello de nostalgia por la tía que pudo haber sido y no fue.

* * *

Un fuerte viento infló las velas recién desplegadas, el navío se desplazó con gracia sobre las olas dejando tras él una estela de espuma blanquecina.

Gunnar sujetaba fuertemente el timón con la vista fija en el horizonte. Su melena leonada se agitaba a su alrededor, y le confería un aspecto casi feroz.

Imaginé que ese sería el aspecto de Tyr, dios de la guerra, con los ojos centelleando y la mandíbula apretada en un rictus furibundo.

No terminaba de entender su mal humor, aunque imaginaba que había sido mi defensa hacia Halldora lo que lo había provocado; cuando me acerqué a él, su indiferencia me lo confirmó.

—¿Me reprochas que tenga compasión?

—Te reprocho que hayas olvidado con quién estabas teniendo compasión.

No podía permitir que siguiera culpando a su tía de algo que no había hecho, aunque me guardaría muy bien de culpar a Eyra, al menos de momento.

Y, aunque había decidido revelárselo todo, pensaba que sería mejor dosificar la información para que pudiera digerirla con más facilidad, si es que eso era posible.

—Entiendo tu reacción, pero, cuando sepas la verdad…

Se volvió con ímpetu hacia mí, sus ojos refulgían.

—¡La única verdad es que por su culpa murió mi familia!

—¿Acaso no vas a darme la oportunidad de explicarte?

—¡No puedo creer que te haya embaucado de esa forma!

Resoplé furiosa y lo empujé levemente.

—¡Escúchame, Halldora no delató a tu padre!

Abrió la boca desencajado.

—¿Qué demonios…? ¿Eso te ha contado? ¿Y le has creído?

—Sí, eso me ha contado y es verdad.

Gunnar frunció el ceño.

—Todo el mundo la vio salir de la cabaña de Sigmund el día que partieron en su busca.

—Es cierto, pero ella no acudió allí para eso, sino para matar a Sigurd.

Negó con la cabeza, aquella posibilidad jamás se le había ocurrido.

—Entonces, ¿por qué nunca se defendió? ¿Por qué permitió que todos la creyeran culpable?

—No lo sé, imagino que ya todo le daba igual. Ella intentó avisar a Kodram, pero no lo consiguió.

—¿Avisarle? —Gunnar había perdido todo el color—. ¿Quieres decir que sorprendió al traidor?

Al instante supe de mi error. Habría querido obviar ese detalle. Mi mente giraba a toda velocidad buscando la manera de eludir la siguiente pregunta. De ninguna manera iba a confesarle la identidad del delator.

—Sí, escuchó la conversación.

Gunnar puso sus enormes manos sobre mis hombros y me encaró frente a él.

—¿Te ha dicho quién fue?

—No —mentí.

—Me lo dirá a mí —repuso con firmeza.

Otro error, más fatídico que el anterior. Si le hubiera dado un nombre falso o le hubiera dicho que ella no había reconocido al hombre, tal vez habría evitado el enfrentamiento que sin duda se produciría. Pero era demasiado tarde.

—Seguramente no lo conocía.

—O quiere encubrirlo.

Maldije su sagacidad, afortunadamente no me estaba mirando, pues en caso contrario mi expresión sin duda lo habría alertado.

—De cualquier modo, este asunto tendrá que esperar. —Rodeé su cuello con mis brazos y le sonreí—. ¿Cuánto va a durar la travesía?

—Con vientos favorables, mañana veremos el amanecer junto al puerto de Haithabu.

Tan solo faltaba un día para el encuentro y en mi estómago comenzaba a formarse un nudo tirante e incómodo. Gunnar inmediatamente notó mi inquietud. Advertí una chispa de temor en sus ojos.

—Mañana volverás a verlo.

Asentí.

Intenté visualizar el rostro de Rashid y me sorprendió descubrir que no lo lograba. Sus facciones se desdibujaban en una nebulosa confusa, tan solo sus oscuros ojos acudían a mi mente. Y eran unos ojos cargados de reproche.

—Tengo miedo —confesó Gunnar.

Lo miré. Resultaba sorprendente que un hombre tan imponente pudiera experimentar esa emoción. Pero ahí, junto a mí, su inseguridad salió a flote.

—Miedo a lo que puedas sentir cuando lo tengas frente a ti —añadió.

Hundí mis dedos en su cabello y le sonreí.

—No voy a negarte que sentiré muchas cosas. —Su semblante compungido me enterneció, besé la punta de su nariz—. Pero sí hay una cosa que no podré sentir, porque es precisamente lo que siento por ti. Amor.