Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Me tumbó sobre su mullida capa y se colocó sobre mí.

—Están demasiado cerca —me quejé echando un fugaz vistazo a las fornidas espaldas de los guerreros.

—¿No los oyes roncar?

—Tal vez fingen —aventuré.

—Entonces peor para ellos.

Entre aquellas gentes paganas, el acto amoroso era considerado una necesidad vital como beber y comer, y lo practicaban con bastante asiduidad en presencia de sus convecinos, sobre todo, en los festejos en la casa comunal; el único decoro que guardaban era cubrirse con una piel o cobijarse en un rincón penumbroso.

Así, pues, me relajé dispuesta a disfrutar del placer que iba a recibir.

Gunnar nos cubrió con otra capa y me besó al tiempo que tanteaba con frenesí cada curva de mi cuerpo.

Nos amamos con intensidad.

La incertidumbre que se cernía sobre nuestros destinos avivaba la pasión como un fuego incontrolable capaz incluso de consumirnos a ambos.

Los besos de él rayaban en la desesperación.

Contuve un grito asombrado cuando, en un arrebato, mordió mis pechos.

La presión de sus manos aumentó y mezcló en mí el placer y el dolor en partes iguales.

Me penetró casi con violencia, con una necesidad que escapaba a su control.

Emití un gemido sordo y lo recibí excitada.

Era un animal enloquecido lo que tenía sobre mí.

Enrollé mis piernas alrededor de sus caderas para sofocar el ímpetu del empuje. De pronto, los músculos se le tensaron y un gruñido escapó de su garganta. Lo sentí vibrar dentro de mí. Después se desplomó laxo, jadeando junto a mi cuello.

—Lo siento, no he podido ser suave —se disculpó.

Enredé mis dedos entre su espesa melena para acariciarle con dulzura la nuca.

—¿Te he lastimado? —musitó avergonzado.

—No, en realidad, me ha gustado; ha sido… excitante.

Irguió la cabeza y me miró.

—Te deseo tanto que pierdo la cabeza. Es como si quisiera fundirme dentro de ti. Calarme en tus huesos, apoderarme de tu alma, y siempre siento que no tengo suficiente. Tal vez nunca me sacie de ti, y eso es maravilloso, pero también desesperante.

Un abrupto ronquido seguido de una ventosidad nos interrumpió. Nos miramos divertidos.

—Nunca imaginé que mi romántico discurso pudiera acabar de esta forma.

Ahogamos la risa tapándonos la boca, pero cuanto más intentábamos reprimir las carcajadas más sonoras se volvían. Gunnar lagrimeaba por el esfuerzo.

—¿Mami? Mami no he sido yo…

Erik hablaba en sueños. Su voz grave se había convertido en un quejido infantil; parecía emitir apagados sollozos.

—¡Por Odín, no es posible!

No pude aguantar más y estallé en carcajadas.

—Va a ser verdad que esta gruta está encantada —repuso Gunnar—; ha convertido a mis hombres en unos bebés asustados.

—¡Para ya! No puedo aguantar más, me duele la mandíbula —me quejé.

De pronto, Ragnar se incorporó aturdido y nos miró reprobatoriamente.

—¿Qué demonios…? —Se rascó la entrepierna confundido y agregó—: ¡Por todos los dioses, prefiero dormir a la intemperie y que me devore el oso comeinmortales!

Me doblé en dos sometida por un ataque de risa incontrolable, Gunnar se había echado a un lado y carcajeaba apretándose el vientre.

Escuchábamos vagamente a los guerreros refunfuñando.

Cuando por fin logramos calmarnos. Gunnar me arrulló como un gatito hasta que el sopor me invadió; lo último que sentí fueron sus dedos rascándome suavemente detrás de la oreja, solo me faltaba ronronear.

* * *

A la mañana siguiente, partimos hacia Tønsberg por caminos pedregosos huyendo del sendero habitual que utilizaban los viajeros.

Viajábamos hacia el sur y, afortunadamente para nosotros, los hielos parecían fundirse en gélidos charcos dejando a la vista rodales verdosos.

Una marmota de cuerpo regordete y pelaje brillante salió perezosa de su madriguera, suficiente evidencia de que el invierno llegaba a su fin.

Curiosa, alzó la cabeza y olfateó el aire; indiferente a los caballos, nos contemplaba inmóvil.

—Son animales bastante sociables —explicó Gunnar—.

Cuando era pequeño, tuve una durante un tiempo, estaba herida y la curé; convencí a mi madre para acogerla como mascota.

Una mañana, no aparecía; se había escapado.

No puedes imaginar cuántos días pasé buscándola y, al descubrir su paradero, fue como si me hubieran golpeado con un mazo.

—Estaba muerta, claro.

—Eso era lo de menos.

Lo miré intrigada.

—La llevaba encima. Todo el tiempo había estado conmigo, su piel al menos.

Abrí la boca, y él me sonrió.

—Cuando supe que, incluso, la había comido, quise matar a mi madre. Ella se defendió diciendo que era la marmota o uno de nosotros.

Su expresión soñadora me cautivó. Sonreía con la dulce inocencia de la juventud. La remembranza de aquellos recuerdos le suavizaba las facciones. Ensimismada le toqué la mejilla.

—No pude tener una madre mejor —repuso.

—Yo tampoco.

Entonces me miró. Su semblante cambió. Una sombra apesadumbrada cruzó su faz.

—Me siento mal y terriblemente egoísta por haberte apartado de ella.

La imagen de mi amada madre se perfiló con detalle en mi mente. Sus hermosos ojos azules, su dorado cabello, sus facciones delicadas y su cutis de porcelana. Como una muñeca a tamaño real.

—Tal vez, algún día vuelva a verla.

Lo dije a sabiendas de que eso era una mera quimera, y esa certeza me destrozaba.

—¿Se parece a ti? Debe de ser muy hermosa.

El traqueteo del caballo me impulsó hacia delante de manera algo brusca. Gunnar me pegó de nuevo a él.

—Es muy hermosa, sí, pero es más bien mi antítesis.

—¿Cómo es eso posible?

Le describí a mi madre con lujo de detalle, incluso le relaté alguna que otra travesura de pequeña.

—Así que tienes sangre mezclada. Dicen que, cuando se unen dos razas, suelen salir ejemplares soberbios. Tú eres viva prueba de ello.

—En realidad, soy como una copia femenina de mi padre. Cuando Rashid lo conoció, sintió cierta aprensión, sobre todo cuando se fijó en su boca tan pareci…

Me interrumpí de inmediato al advertir el envaramiento de Gunnar.

Giré de nuevo y me encontré con una mirada extraña.

—No puedo dejar de sentir celos cada vez que lo mencionas, incluso me torturo pensando cuántas veces pensarás en él.

Soy un estúpido, lo sé, debería sentirme triunfante por haberte conquistado, pero no puedo evitarlo.

Creo que todavía no estoy preparado para que me hables de él.

Sé que fue tu primer hombre, que como yo ha besado tus labios, que te ha poseído y tengo la absoluta certeza de que lo has enloquecido.

Sé que ha sido una parte importante de tu vida, es solo que… no puedo soportarlo.

—Creo que mi comentario no ha dejado traslucir…

—No es lo que has dicho, es cómo lo has dicho. El tono que utilizas cuando pronuncias su nombre…

—Evitaré nombrarlo, pero, como has dicho, seguirá siendo una parte importante de mi vida.

—De tu pasado —corrigió todavía molesto.

Cabalgamos en silencio; el páramo se extendía ante nosotros poblado de pequeñas matas y enhiestos troncos de abedules. Suaves colinas ondulantes se dibujaban en el horizonte.

De tanto en tanto, Gunnar soltaba una de las riendas para envolver con su brazo mi cintura de modo posesivo, tal vez para ratificarse a sí mismo que era suya o para alejar de mis pensamientos al hombre que temía.

No obstante, no podía dejar de pensar en Rashid.

Estaba cerca, podía presentirlo. Reflexioné sobre cómo darle la noticia con algo de delicadeza.

No quería dañarlo más de lo necesario. ¿Pero cómo decirle que me había enamorado de otro hombre sin hacerlo sufrir?

Más, cuando había estado buscándome sin descanso.

Y lo había hecho, me lo había prometido el día de nuestra separación y lo había cumplido.

¡No podía hacerle eso! De repente, deseé dar media vuelta, pedirle a Gunnar que me llevara tan lejos como pudiera.

Solo deseaba escapar, me sentía miserable y cobarde, completamente incapaz de enfrentarlo.

Pero tenía que hacerlo; de un modo u otro lo haría.

Terriblemente abatida, vislumbré la difusa silueta de un pequeño pueblo. Llegábamos a Tønsberg.

* * *

Una maraña apelotonada de cabañas se arremolinaba salpicando un pequeño estuario repleto de barcas de diversos tamaños. En el centro de la aldea se elevaba una colina y, sobre ella, una torreta de vigilancia. Más allá, se extendían unos humedales que se perdían en el horizonte.

—Pasaremos la noche aquí. Mañana navegaremos hasta Haithabu —informó Gunnar.

—¿Dónde está exactamente Haithabu?

—Al sur de la península de Jutlandia. Es una ciudad en la que confluyen muchas rutas comerciales.

—Y una de ellas es la del comercio de esclavos.

—Así es.

—¿Y eso es lo que sigo siendo?

Inclinó la cabeza y me besó en la mejilla.

—Por poco tiempo; pienso hacerte mi esposa antes de embarcar.

Giré y lo contemplé asombrada; él fijaba su mirada en el camino, pero sonreía aviesamente.

—¿Hoy?

—¡Aja! Hoy es tu festarmál , Freya, la fecha de tu boda.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Después de concretar los preparativos.

Resoplé ante la facilidad con la que planteaba el asunto; sin duda, había olvidado un punto importante.

—Ya tengo un esposo. —La mirada se le ensombreció—. Quiero decir que no puedo estar casada con dos hombres: sería un sacrilegio y además no necesito ser tu mujer. —Frunció peligrosamente el ceño—. Es decir, de manera oficial. Me conformo con estar siempre a tu lado.

—Pues yo sí lo necesito —replicó airado—. Te casaste en otro rito, con otro nombre y en otro mundo, uno al que ya no perteneces. Y, maldita sea, si Amina lo hizo ¿por qué tú no? Son las mismas condiciones, creo recordar.

—Amina no tiene ningún tipo de escrúpulo, ni moral ni conciencia, con lo que…

—¡Maldición!

Ante su exabrupto me sentí algo acalorada. Tenía toda la razón, ¿por qué me preocupaban los estándares sociales de mi religión? ¿Era eso lo que me inquietaba realmente? Decidida a suavizar la tensión, me volví hacia él y le sonreí, sin embargo, me ignoró.