Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 10 #6
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Capítulo 10 #6

—Me casaré contigo —acepté.

—Por supuesto que lo harás.

Empezaba a molestarme su actitud arisca.

—¿Quieres dar a entender que pensabas obligarme?

—Exactamente; eres muy sagaz, Freya.

Le clavé la punta del dedo índice en el pecho y con voz amenazante espeté:

—¡Que te quede claro, bárbaro ignorante, que no eres mi amo! Por lo tanto, yo no soy ninguna de tus posesiones. Que te ame no te da derecho a…

Abrió la boca y dejó escapar una abrupta carcajada.

—Eres muy graciosa, ¿que no soy tu amo? Eso es lo único que he sido todo el tiempo y por eso quiero cambiarlo, porque para mí tú nunca fuiste una thrall . Y, sí, me perteneces; no lo olvides nunca, eres mía y así será hasta que marche al Valhalla, incluso después.

Para constatar sus palabras me besó.

—Eres mía, Freya, y quiero que todos lo sepan; te adoraré con mi alma y te protegeré con mi cuerpo; estás dentro de mí, aunque a veces pareces olvidarlo. Compruebo que, a pesar de lo que sientes, tienes dudas, y eso me mata.

—No tengo dudas.

—Pues para no tenerlas pareces poner obstáculos. ¿Crees que no sé que tienes miedo a enfrentarlo? Lo veo reflejado en tu rostro tan claro como el agua de un arroyo. ¿Cómo demonios crees que me siento?

Conforme se sinceraba, su ánimo acalorado se tornaba en una especie de afligida preocupación. El tono de sus palabras bajó hasta convertirse casi en un susurro.

De pronto, se bajó del caballo y se plantó frente a mí tomando mis manos entre las suyas.

—¿Quieres ser mi esposa?

—Sí, quiero.

* * *

La gente nos observaba curiosa y con algo de temor. Un hombre bajo y fornido se acercó a Gunnar.

—¿Qué hay de interesante en estas tierras? Ya pagamos el geld .

El geld era una especie de tributo impuesto por los jutos, piratas originarios de la península de Jutlandia, que las aldeas costeras estaban obligadas a pagar si querían evitar ser saqueadas.

—No somos jutos, venimos de Skiringssal y solo buscamos un barco con tripulación y al jefe del clan para que oficie una boda.

El hombre, más tranquilo, sonrió y me miró con aprobación.

—En ese caso, ¡bienvenidos! —Se volvió hacia sus vecinos y clamó con euforia—. ¡Amigos, esta noche celebraremos una boda; a preparar todo: afuera los barriles, las voces templadas y los pies calientes para el baile!

—¡Calentaremos algo más que los pies con el favor de los dioses! —gritó.

Vociferó otro hombre. Los demás estallaron en carcajadas.

Gunnar me ayudó a desmontar y me ciñó por la cintura.

—¡Vaya hembra, eso sí que es elegir con cabeza! —gritó otro.

—¿Con cuál de las dos?

Las risotadas se sucedían mientras el hombre nos acompañaba al interior del skáli .

Como todos, constaba de una nave central de planta rectangular y dos más estrechas anexas a ambos lados.

Ya en el penumbroso interior, caminamos hasta el fondo de la sala, en la que una mujer anciana, sentada en una hermosa silla labrada, que más parecía un trono, nos aguardaba expectante.

—¿Por qué tanto revuelo?

Se dirigía al hombre que nos acompañaba, pero sus ojos intrigados se depositaron en mí.

—Vienen de Skiringssal y, según dicen, solo quieren una embarcación y una boda.

El escrutinio al que estaba siendo sometida se trasladó a Gunnar. El rostro de la anciana mostró desconfianza. A su lado, un hombre encorvado como si sobre la espalda cargara el peso del mundo se inclinó hacia la mujer y le susurró algo al oído. Era su consejero.

—Así que son hombres del viejo Harald.

Gunnar asintió, sostenía la mirada de la mujer con frialdad.

—Entonces debo imaginar que desean desertar.

Escuché a mi espalda un gruñido de protesta. Los guerreros de Gunnar nos habían seguido al interior.

—¿Me insulta, Halldora? —inquirió Gunnar malhumorado—. Bien sabe usted quién soy.

—¡Vaya, no debo de estar tan mal después de todo! La última vez que te vi, apenas eras un mocoso.

—Siento desilusionarla, pero su aspecto es horrible, parece tener cien años al menos. Sin embargo, reconocería esa mirada entre un millar. Es la de mi padre.

Lo miré atónita. Esa mujer enjuta, de largo cabello ralo, de rostro huesudo con pómulos prominentes y penetrantes ojos celestes era su tía. No obstante, la animosidad entre ellos era más que evidente.

—La tuya, en cambio, es la de tu madre.

Enfatizó adrede la palabra “madre” con cierto desdén. Gunnar se envaró más.

La mujer se levantó y se acercó a mí. No esperaba que fuera tan alta; a pesar de tener la espalda algo encorvada, me sobrepasaba un palmo al menos. Pensé que en su juventud debió de parecer imponente.

Me tomó con firmeza la barbilla, la alzó y me contempló nuevamente.

—Imagino que esta es la mujer con la que quieres desposarte, ¿no?

Gunnar no contestó, ella tampoco esperaba una respuesta.

—Lamento comprobar que cometes los errores de tu padre. Te obnubilas con la belleza sin tener en cuenta nada más.

Me giró la cabeza a un lado y a otro; acometida por un arrebato de rebeldía, retrocedí molesta: me examinaba igual que lo habría hecho con un caballo que pensara comprar.

—No me interesa tu opinión como tampoco le interesó a tu hermano.

La anciana fulminó a Gunnar con la mirada.

—Y ya viste los resultados —le escupió con inquina.

El consejero sonrió ladino, era pequeño y nervudo, lucía una incipiente calvicie y la malformación que aquejaba su espalda lo hacía parecer un duende malvado.

Gunnar apretaba los labios para contener la rabia.

—Sin embargo, si algo he aprendido —continuó Halldora camuflando con voz suave su malestar—, es a ser paciente; el tiempo siempre me da la razón, por lo que todo esfuerzo resulta fútil en estos casos.

No seré yo quien impida tu caída al vacío, querido sobrino, no hay más que verla para intuir que te traerá problemas.

Él fingió indiferencia.

—¿De veras? ¿Y desde cuándo ves el futuro?

—Por algo me conocen como Halldora la Sabia. ¿Quieres una demostración?

Esta vez, Gunnar sonrió, cruzó los brazos sobre su amplio pecho y asintió curioso.

La mujer, ignorando mi incomodidad me rodeó pensativa para observarme con interés.

—Su cabello negro bien puede ser de origen celta, sin embargo, el tono de la piel deja bien claro que procede de algún reino árabe, aunque sus ojos amarillos me desconciertan bastante, nunca vi unos iguales, son…

extraños. —Hizo una pausa, se frotó la barbilla y agregó—: sus facciones son armoniosas, elegantes, obviamente de buen linaje, con lo que deduzco que es una esclava valiosa.

Indudablemente es muy bella y, por cómo la miras, es fácil adivinar tus sentimientos, pero solo un necio arrebataría una esclava a su jarl , y solo un redomado imbécil la llevaría a Haithabu. Porque vas allí, ¿no?

—Donde yo vaya no es tu problema, ahora solo quiero saber si vas a casarnos.

Halldora sonrió taimada, nos dio la espalda y se sentó de nuevo.

—Si no lo hago yo, me temo que otro lo hará, así al menos todo quedará en familia.

Gunnar me tomó por la cintura y me acercó a él.

—Esa palabra te queda demasiado grande. Ahora prepara a la novia como se merece, esta noche oficiarás la boda.

Me dio un beso fugaz y salió acompañado por sus hombres.

La mujer alzó la mano derecha y, al instante, dos mujeres corpulentas acudieron prestas a su llamada.

—Preparen un baño, busquen una túnica adecuada y los elementos necesarios para el rito —ordenó con sequedad.

Las mujeres salieron sin pronunciar palabra.

—¿Lo amas?

No me esperaba aquella pregunta. Por la expectación que mostraba su semblante, supe que no le importaban los sentimientos de él, solo quería ponerme a prueba. Decidí contestar con sinceridad.

—Sí, lo amo.

—¿Y por qué lo obligas a desertar cuando más lo necesita su jarl ?

—No va a desertar.

—¿Entonces por qué te lleva a Haithabu?

—¿Por qué le interesa tanto? Por lo que he podido comprobar, no ha tenido ninguna relación con él, no creo que merezca ningún tipo de explicación.

Halldora sonrió abiertamente, sus penetrantes ojos claros se suavizaron.

—Veo que eres algo más que un mero objeto decorativo.

—Gracias, creo.

La anciana señaló hacia una esquina en la que unos bancos se entreveían entre los gruesos troncos que apuntalaban las vigas del tejado. De tronco a tronco había entrelazadas unas cuerdas sobre las que colgaban diversos tipos de pieles que conferían algo de intimidad.

—Deberías dormir un poco, creo que va a ser una noche muy larga.