Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

Había bajado considerablemente la temperatura, y tiritaba envuelta en la capa de Gunnar.

A pesar de la cantidad de ropa que llevaba, el frío parecía empeñado en calarme los huesos hasta convertirlos en carámbanos.

Los dientes me castañeteaban incontrolados y cada vez que inhalaba era como tragar nieve.

El aire que manaba de la nariz y la boca se transformaba en pesadas volutas de vaho que se evaporaban al instante.

Sentía las puntas de los dedos de las manos y de los pies dormidos y comenzaba a aquejarme un molesto dolor de cabeza.

Gunnar, que observaba mis temblores, aceleró el paso.

Afortunadamente llegamos a la planicie antes de que se cerrara la noche. Atisbé la famosa cueva al fondo de la explanada. La negra entrada era como la siniestra sonrisa de la montaña que nos invitaba a entrar, pero a la vez dejaba entrever que algo maligno nos impediría salir.

Esperé a que los hombres encendieran una tea y, más que reacia a refugiarme en la gruta, caminé junto a la entrada mientras ojeaba la inspección a la que era sometida.

Convencidos de que ningún animal salvaje se resguardaría en ella, arrearon a los caballos al interior y prendieron una modesta hoguera.

Gunnar se acercó a mí y me tomó del codo.

—No debes temer nada mientras yo esté contigo. Las historias que se cuentan de este lugar son solo fábulas.

—¿Por qué la llaman “la explanada de los espíritus”?

Nos adentramos en la cueva; el resplandor anaranjado del fuego había disipado en parte el misterio.

—Pues porque aquí arriba el viento suele aullar con fuerza, como si fueran los lamentos de almas en pena.

—Y porque aquí —interrumpió Erik— mataron a todo un clan en una noche sin luna, mujeres y niños incluidos. La gente dice que todavía se escuchan los gritos de los condenados.

Gunnar dirigió una mirada amenazante contra Cabello Hermoso.

—No lo escuches, solo quiere asustarte.

—¿Pero es… cierto?

Gunnar resopló, desató la alforja del caballo y acomodó una pila de mantas en un rincón junto al fuego. Luego se acercó a mí.

—Ven, mi amor, estás helada.

No me moví. Solo mis ojos lo hacían buscando entre las sombras que proyectaba el fuego algo mínimamente parecido a una silueta humana.

—¿Y bien? —insistí.

—Sí, un clan fue ajusticiado aquí. Se habían declarado en rebeldía y…, pero eso fue hace muchos años, no tienes por qué pensar en eso.

—No, pero no puedo evitarlo.

—Tenemos que reponer fuerzas —me sonrió.

Me acercó el odre con aguamiel y unos arenques sobre una rebanada de pan de centeno. Comimos en silencio.

—¿Alguno de nuestros asaltantes pudo ser reconocido? —inquirió Thorffin con la boca llena.

—No los había visto en mi vida. No parecían ser de la región.

Erik se rascó la cabeza con la punta del cuchillo.

—Creo que les pagaron para que nos mataran —espetó Gunnar.

—Bueno, si es así, es fácil imaginar quién lo hizo —adujo Thorffin al tiempo que se limpiaba las migas de la barba con ligeras sacudidas.

—También es fácil adivinar que lo intentarán de nuevo —replicó Gunnar—. Y ya que será un viaje bastante animado, les doy la oportunidad de volver a la aldea. Los relevo del deber para conmigo. En realidad hace días que debería haber dicho esto porque he traicionado a nuestro jarl .

Los hombres lo miraron boquiabiertos, todos menos Thorffin.

—Sin embargo, y por la amistad que nos une, les pido que esto quede entre nosotros hasta que la batalla por la unificación de los reinos concluya.

—¿Vas a pelear del lado del rey?

—No, aunque Halfdan el Negro me lo ha pedido. Hasta quería que liderara a sus guerreros.

—Pues no entiendo nada —se quejó Ragnar.

—Si descubren que he traicionado al jarl , mi gente quedará expuesta a su furia. Pero, si peleo junto a él, muera o no, nadie sabrá de mi traición; y, si lo descubren después, no importará, porque Harald ya estará muerto.

Los guerreros se miraron desconcertados.

—La batalla ya está decidida, así que les pido que no participen en ella.

—¿Y cómo demonios piensas librarte si tus mejores guerreros no colaboran? Será una muerte segura.

Gunnar me miró. Yo estrujaba entre mis dedos la capa conteniendo la respiración.

—Cuando planeé todo esto, no ansiaba salir con vida, pero ahora las cosas han cambiado.

Los hombres me miraron. Vi comprensión en sus semblantes.

—¿Y has ideado un nuevo plan? —preguntó Ragnar frotando con energía su reluciente calva.

—Todavía no —confesó.

—Yo tengo uno.

Fue Thorffin quien habló.

—Podemos matarlo antes para evitar un combate innecesario.

—¿Crees que no lo he pensado? —adujo Gunnar—. Siempre está rodeado por su clan, además, su escolta nunca lo abandona; en cambio, inmersos en el fragor de la batalla, será fácil llegar hasta él. Solo hay que idear una manera de escapar a tiempo.

—Seríamos desertores —replicó airado Erik y agitó la mano descartando semejante aberración.

—No si gana el rey, y lo hará —respondió Gunnar.

Sentí la necesidad de dar mi opinión.

—¿No sería más sensato simplemente no participar en el combate? Si, como dices, va a ser tan desigual, hay bastantes probabilidades de que lo maten, ¿no?

Gunnar negó con la cabeza, sin embargo, me sonrió.

—Si no acudo, sabrá que lo he traicionado, y puedes estar segura de que mandará a algunos de sus hombres en mi busca. Si no me encuentra, viajarán a Skiringssal a tomar venganza. Arrasaría el pueblo mientras él combate.

Las opciones se agotaban, tendría que pelear y aquello me consumía. La posibilidad de perderlo era ahora más palpable.

—Solo queda esconder unos caballos cerca y llegar hasta ellos antes de que consigan matarnos —murmuró Ragnar.

—¿Te estás incluyendo? —inquirió Gunnar, aunque no mostró asombro.

— Nos estamos incluyendo —respondió Thorffin—. ¿O acaso piensas acaparar toda la diversión?

Gunnar sonrió, esperaba la lealtad de sus amigos.

—Bien, cuando acabe con él, huiremos.

Hubo un momentáneo silencio. Gunnar se reclinó en una roca mientras comía pensativo. Me llamó la atención el dubitativo semblante de Thorffin; parecía luchar consigo mismo; por fin, tomó una decisión y habló despacio.

—Los Ildengum han rendido pleitesía al jarl .

Gunnar se incorporó como accionado por un resorte. Sus facciones se endurecieron. Inconscientemente apretaba los puños para contener un acceso de ira.

Supe al instante que aquello lo cambiaba todo.

Los Ildengum habían matado a la mitad de su familia cuando él era pequeño.

Y había presenciado todas las atrocidades que habían cometido con ellos.

No conocía los detalles sórdidos, pero, sin duda, lo habían marcado.

Dirigí una mirada reprobatoria a Thorffin.

—Los habrías visto a tu lado en la batalla —se disculpó—; así estarás preparado.

—Creo que Gunnar pasará más tiempo matando gente de su mismo bando que aniquilando a los contrarios —observó Ragnar con sorna.

Nadie rio con la broma.

La apatía del hersir contagió a sus hombres que agotados se envolvieron en sus pieles y nos dieron la espalda ofreciéndonos algo de intimidad, al menos visual.

Gunnar permanecía inmóvil, sumido en funestos pensamientos.

Alcé una mano y se la apoyé en el hombro.

No se inmutó, pero pude comprobar que temblaba ligeramente.

Tenía la mirada perdida, abstraída en los recuerdos de aquel trágico día.

Le retiré un mechón del hombro y le acerqué mis labios a su oreja.

—Ya no estás solo, estoy aquí contigo.

Esta vez sí me miró. Volvía a la realidad, pero en sus ojos perduraba el dolor.

—Sí, mi amor, ahora estás tú y te necesito tanto como respirar. Por eso todo es tan difícil.

Me sostuvo entre los brazos y me acarició la espalda.

—¿Lamentas amarme?

No podía verle la cara, pero me ceñía con fuerza.

—Mi vida no tenía sentido hasta que te vi.

Pero reconocerás que amarte no ha sido fácil.

—Su voz sonaba grave y afectada—. Nunca tuve miedo a la muerte, pero ahora debo pensar en ti.

Por segunda vez, me planteo si te conviene estar conmigo.

Debo protegerte y esconderte durante lo que dure el combate, pero también he de disponer una alternativa para ti si muero y solo se me ocurre una.

Escondí la cabeza en su pecho negando tal posibilidad.

—No vas a morir, me lo debes.

Alzó mi barbilla y me miró profundamente.

—¿Te lo debo?

—Sí. Yo voy a dejar atrás mi pasado por ti.

Él sonrió, su mirada rezumaba una infinita dulzura.

—Bueno tampoco está en mis planes morir, solo los dioses conocen nuestro destino.

Empezaba a sentir un vago regusto amargo. Sentía que daba cuanto tenía sin recibir el mismo grado de entrega.

—Puedes olvidar la venganza y defender a tu pueblo de cualquier ataque estando allí. No vayas a la guerra.

—Sabes que debo hacerlo. Tú misma acabas de pedirme encontrarte con tu esposo para poder cerrar esa puerta. Yo te pido lo mismo: he de cerrar algunas puertas para abrir la principal de par en par.

El miedo a perderlo comenzaba atenazarme la garganta.

—Pero, si te pasa algo, no lo soportaré.

Me tomó el rostro entre las manos y me besó la punta de la nariz.

—Ahora más que nunca me gusta mirarte, todavía no creo lo que veo en tus ojos; he soñado tanto con eso.

—Por eso no puedes dejarme —insistí.

—Y te juro por Odín, mi hermosa Freya, que haré cuanto esté en mi mano para envejecer a tu lado.

Lo besé con ímpetu, él me recibió de buena gana.

—¡Oh, Freya, mi Freya… suspiro por ti incluso en sueños!

Nos besamos de nuevo embargados por la intensidad de nuestros sentimientos. Una pregunta surgió de mis labios.

—¿Qué alternativa tienes en mente?

—La única posible. Dispondré un barco para devolverte a tu esposo. Lo harías, ¿verdad?

Me contempló y esperó mi reacción; su mirada felina estudió mis facciones. Supe que aguardaba una respuesta, pero también la temía.

—Sí, volvería, pero no con él. No puedo regresar como esposa si amo a otro hombre, no sería justo para ninguno.

Respiró aliviado, más que satisfecho con mi respuesta.

—Ahora, pequeña, déjame demostrarte cuánto te amo.