Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Gunnar pareció decidir acabar con su adversario y en mitad de un giro se clavó de rodillas en el suelo hundiendo el costado de la espada en el vientre del enemigo.

La sangré manó a borbotones y le salpicó el rostro.

Con la velocidad de un rayo rodó de costado y, alzando de nuevo la hoja, atravesó el pecho de otro hombre.

—Dejen uno con vida —gritó a sus guerreros.

Cuando quise darme cuenta solo dos estaban en pie. Ambos se miraron asustados.

Ragnar, con el hacha goteando sangre, se decidió por uno y, asestando un golpe mortal, lo derribó dejando una tremenda brecha en su tórax. El hombre se tambaleó perplejo, dio dos pasos hacia atrás y mirando abrumado la herida cayó de bruces.

Los hombres jadeaban pletóricos. Iban cubiertos de sangre, pero la sonrisa que les asomaba a los labios era prueba más que suficiente de que todos estaban bien.

Gunnar dirigió la mirada hacia mí y frunció el ceño.

Me acerqué a la carrera.

—Bonita forma de esconderte. Asomabas medio cuerpo —recriminó.

Pensaba abrazarlo, pero cambié de idea ante la cantidad de sangre que cubría su túnica. En el asalto se había desprendido de la capa de piel de oso con que se abrigaba.

Él sonrió divertido ante la aprensión que mostraba por tocarlo. El metálico hedor de la sangre me sacudió la nariz.

—Tendré que facilitarte las cosas.

Tenía las mejillas enrojecidas y sus ojos brillaban cargados de anhelo. Tomó los bordes de la túnica y de un solo ademán se la quitó y la lanzó con indolencia sobre la cabeza. Con el torso desnudo dio un paso hacia mí.

—Vas a morir de frío, insensato —lo regañé.

—Voy a morir si no me abrazas.

Pero fue él quien me sujetó por los hombros y me estrujó contra su pecho. Acaricié la piel de su espalda, cálida por el esfuerzo, y él gimió. Noté su excitación pegada a mi vientre. Alcé el rostro y comprobé la intensidad de su deseo.

—Creo que no es el sitio ni el momento —susurré.

Gunnar echó un rápido vistazo a sus hombres que recogían los cuerpos de los caídos.

Thorffin nos observaba con un deje irónico en los labios y le lanzó una túnica limpia y la capa de pelo.

Gunnar se cubrió con ella y me arrastró tras un peñasco cubierto por una fina capa de musgo.

Lo rodeó, me ciñó a la pared más vertical y me tomó los labios a la vez que me acariciaba el cuerpo.

Logró liberar mis senos y los lamió y mordisqueó cegado por la pasión.

—¡Te deseo tanto, Freya! Todo este tiempo he estado muerto sin ti.

La imperiosa necesidad del hombre acrecentada por el fragor del combate, el distanciamiento y la angustia por la separación se desató casi con desesperación.

Por mi parte, una vez decidido mi destino, me sentía liberada y hambrienta de amor.

Respondí con la misma fogosidad, la misma vehemencia que él.

Tremendamente excitada, deslicé mis manos por la cinturilla de sus calzas hasta adentrarlas bajo la tela. Le apreté las duras nalgas al tiempo que le clavaba las uñas.

Gunnar jadeó de placer.

Su boca y sus manos prendieron fuego mi piel.

Abrí las piernas, y él apartó hoscamente la tela hasta encontrar mi húmedo punto de excitación, lo acarició y deslizó un dedo en mi interior.

Arqueé la espalda entre gemidos. Él los sofocó con un beso.

Creí enloquecer de placer, me convulsioné con sus caricias, estaba más que preparada para recibirlo.

Él no pudo esperar más, me alzó una pierna y, con un brusco empellón, me penetró.

Era como estar envuelta en llamas. El ritmo impuesto era dócilmente acompañado por mis caderas. Una y otra vez lo recibía entre gemidos. Vibrábamos al unísono, temblando de placer.

Lo mordí en el hombro sacudida por un violento orgasmo. Me dejé caer laxa entre sus brazos, pero todavía quería más de mí. Comenzó a moverse más enérgicamente hasta que mi cuerpo despertó de nuevo. Creí que moriría sumida en el éxtasis más increíble que había experimentado nunca.

Allí, contra la frialdad de una pared rocosa, el goce me cosquilleaba las venas como lava volcánica.

La erupción no tardó en llegar. Gunnar presintió mi culminación y me acompañó en el clímax.

Sentí la calidez de su simiente derramándose en mi interior.

Él ocultó el rostro en mi hombro. Hundí mis dedos tras su nuca para masajeársela suavemente.

—Cuando estoy contigo es como si nada más existiera.

Su voz llegó a través de mi pelo, amortiguada y suave. Me tomó la cabeza entre las manos y con expresión afectada susurró:

—No supe lo que era el miedo hasta que comprendí que te había perdido. Jamás me he sentido tan solo, tan angustiado. Y, a pesar de eso y de que ardo en deseos de llevarte lejos de todo, haré lo que me pidas, aunque me falten las fuerzas.

La intensidad de su mirada me estremeció. Me amaba hasta el punto de dejarme ir si resolvía hacerlo. Pero la decisión que había crecido poco a poco en mi ser hasta convertirse en la dueña de mis actos también iba acompañada de un último deseo.

—Sí, hay algo que quiero pedirte.

Sostuvo mi mirada, la incertidumbre y el temor se apoderaron de él.

—¡Mírame! —exigí.

Algo confuso, obedeció.

—Mírame como siempre lo hacías mientras buscabas aquello que tanto anhelabas de mí.

Él abrió los ojos claramente impactado. Clavó su felina mirada en la mía durante un largo instante en el que dejé brotar todo el amor que me inspiraba. Una chispa encendió el claro verdor de su mirada. Lo había visto.

—Sí —confirmé emocionada—, lo has conseguido, maldito. Me has robado el corazón. Te amo tanto que este tiempo sin ti ha sido la tortura más cruel. Y, déjame advertirte algo: si vuelves a tocar a otra mujer, te juro que te arrancaré los genitales y se los daré de comer a los cuervos.

Me abrazó con tanta fuerza que temí la fractura de alguna costilla. Cuando me soltó, no esperé ver lágrimas en sus ojos, pero las había.

—¡Dilo otra vez! —pidió con la voz rota.

—Te amo, te amo, te amo, te a…

Me besó largamente lleno de dicha. Reía y lloraba al tiempo. La emoción nos envolvía entre besos y caricias.

—Hay otra cosa que quiero pedirte, algo que necesito.

—Lo que quieras, amor mío.

Debía medir las palabras para no inducir a error. Sabía que no sería fácil para él, pero era un paso necesario para construir el camino de mi nueva vida. Un paso duro, tal vez demasiado, pero inevitable.

—Quiero verlo —comencé—. Necesito saber de mi madre, de mi familia y explicarle mi decisión de quedarme. He de cerrar debidamente una puerta para poder abrir otra. Lo entiendes, ¿verdad?

Asintió, pero su semblante se oscureció.

—No cambiaré de opinión como no puedo cambiar de corazón, y el mío es tuyo. Ahora y siempre —lo tranquilicé.

—No temo por eso. Me amas, y nunca agradeceré suficiente a los dioses esta dispensa. Pero, si Rashid te ama una décima parte de lo que yo lo hago, no se conformará. Intentará obligarte a que te marches con él.

—Han pasado casi tres años desde que me vio por última vez. Puede que sus sentimientos no sean los mismos. Incluso puede que no haya venido; tal vez, solo esté mi tío.

Gunnar pasó los dedos por el lóbulo de mi oreja y acomodó un mechón de cabello tras ella.

—Fuiste su mujer durante un año, créeme, no te ha olvidado. Nunca podrá hacerlo. Eres demasiado hermosa, demasiado especial. Marcas a tus hombres de por vida. Empiezo a compadecerlo y, a la vez, solo deseo enfrentarme a él por ti. Eso sería lo más justo.

—Ya me ganaste, y ambos sabemos cuánto has luchado por eso.

Nuevamente apresó mis labios, nunca parecía tener suficiente. Cuando me soltó, pegó su frente a la mía.

—Sí, te he ganado, pero todavía tendré que luchar para conservarte. —Hizo una pausa en la que se acomodó la ropa—. Te llevaré junto a él, pero te diré una cosa: lo mataré si osa arrebatarte de mi lado.

—Como tú hiciste —le recordé disgustada.

—Sí, y no dudo de que me habría matado si hubiera podido.

Recordé el moreno rostro de Rashid contorsionado por la furia. Mi corazón se encogió.

—Sí, lo habría hecho.

* * *

La noche nos sorprendió cuando remontábamos un estrecho barranco.

Gunnar había decidido dar un rodeo para evitar otra emboscada, y cabalgar por aquel siniestro desfiladero me ponía los pelos de punta.

Los jinetes, atentos al pedregoso camino, apenas hablaban: cabalgaban cabizbajos y, de vez en cuando, se inclinaban para susurrar palabras tranquilizadoras en las orejas de sus monturas cuando se detenían atemorizadas en los recodos.

El sol ya oculto tras la blanca cima nos sumió en una gélida penumbra azulada.

Los caballos se mostraban reacios a continuar en la oscuridad.

—Será mejor que desmontemos y los guiemos. Más adelante está la explanada de los espíritus. Pasaremos la noche en la cueva —aconsejó Gunnar.

—Uno de mis primos pasó la noche ahí y perdió el juicio —espetó Erik.

—Tu primo ya estaba loco antes —rezongó Ragnar—. Dicen que se enfrentó a un oso de noche y desarmado para demostrar que era inmortal.

Thorffin dejó escapar una risita.

—Imagino que demostró lo contrario.

—Tuvimos que recoger sus inmortales pedacitos y enterrarlos junto a mis tíos —confirmó Erik.

Ragnar soltó una abrupta risotada.

—Ríete lo que quieras, pero perdió la cabeza en esa maldita cueva. No paraba de decir que le hablaban los espíritus. Que le contaban cosas sobre el futuro.

—Creo que se les pasó contarle lo del oso.

Los hombres estallaron en carcajadas. Pero Erik permanecía ceñudo.

—Estúpidos; yo no entraré en la cueva.

Esta vez fue Gunnar quien replicó.

—Entonces creo que los espíritus van a predecir con bastante acierto la muerte de uno de mis hombres por congelación.

Las risas ganaron intensidad. Ragnar se doblaba sobre sí mismo lagrimeando; cuando pudo hablar, murmuró:

—¡Vaya familia de inmortales!

De mejor humor, recorrimos a pie el último trecho.