Capítulo 9 #6
Grité tan fuerte como pude. Un alarido furioso que tuvo contestación. Un aullido surgió de entre los árboles erizándome la piel.
El lobo giró y de un salto se adentró en el bosque; me dejó con las piernas temblorosas y un sudor frío perlándome la frente.
Caí de rodillas sobre la nieve y respiré agitadamente, en ese momento unos pasos atropellados surgieron del sendero.
Gunnar, espada en mano, avanzaba dificultosamente junto a tres de sus guerreros. Cuando me vio, su semblante tenso se relajó.
—¿Freya, estás bien?
Miró receloso a su alrededor y, ante una leve señal de cabeza, apenas un imperceptible gesto, sus hombres se dispusieron a inspeccionar la explanada.
—¿Te han atacado?
Me tomó por el codo para incorporarme al tiempo que me examinaba más detenidamente en busca de alguna herida. Más tranquilo, enfundó el enorme espadón.
—Estoy bien. Tan solo un poco asustada.
—¿Qué ha pasado? —Se quitó la capa de piel de oso que le cubría los hombros y la extendió sobre los míos al tiempo que me frotaba con vigor la espalda.
—Creo que he visto a tu lobo. Estaba justo ahí. —Señalé la otra orilla—. Estuvo a punto de atacarme.
—¿ Mi lobo?
—O uno que se parecía mucho.
Con expresión perpleja miró en la dirección que indicaba. Las huellas de las pisadas adornaban la nieve.
—Era negro con ojos amarillos como el de tu sueño. Si realmente me asemejo a él, debo de parecer realmente peligrosa.
Me sonrió. Alzó una mano hacia mi mejilla, pero cambió de idea y la dejó caer antes de tocarme.
—Lo eres.
Desconcertada por lo que encerraba aquella afirmación, miré hacia el bosque por el que el animal había desaparecido.
La tupida arboleda ensombrecía el páramo helado y daba la impresión de ser la entrada a una cueva llena de ramajes y peñascos.
Sentí un escalofrío. Cuando me giré hacia Gunnar, lo descubrí mirándome con una expresión extraña.
—No tienes idea de lo difícil que es —murmuró con voz estrangulada.
Supe al instante a qué se refería. La contención le endurecía las facciones, sin embargo, sus ojos permanecían suaves, cargados de anhelo.
—Pues parece que no te ha sido muy difícil encontrarme una sustituta —repliqué con frialdad.
—Nadie podrá sustituirte.
—¿Pretendes insinuar que anoche no pasó nada?
En el fondo de mi alma abrigaba la esperanza de que no hubiera podido consumar con Sigrid. Ya una vez me había confesado que la pasión no había surgido con ella; tal vez…
—No me refería a eso.
Con las ilusiones rotas, me sentí dominada por la ira.
—¡O sea que sí has podido! Al menos, ya tienes quién caliente tu cama. Te felicito.
Ya me daba vuelta cuando Gunnar me agarró del brazo.
—¿Y qué querías que hiciera? ¡Estaba en llamas por tu culpa! —gritó colérico—. Yo necesitaba…
—¡Sí, ya sé lo que necesitabas!
—¡No, no lo sabes! —bramó—. Pero yo voy a decírtelo.
Necesitaba olvidarte, maldita seas. Sí, maldita una y mil veces.
—Me zarandeó dominado por la furia—. He usado a otra mujer para arrancarte de mi alma, ¿y sabes qué es lo peor de todo?
¡Que no ha servido de nada, sino para desearte con más fuerza!
—¡Suéltame!
Sus dedos se clavaron en mis brazos con más fuerza. Forcejeé rabiosa, pero él no cedía su presión. Le golpeé el pecho con los puños. Quería matarlo. Él parecía compartir ese deseo.
Intentó besarme y lo abofeteé. Se aferró a mi cintura y lo rechacé con un puntapié en la pantorrilla. Solo imaginarlo yaciendo con Sigrid hervía la sangre. Al demonio con él y con todo.
—¡Eres mía, y voy a demostrártelo quieras o no!
Me estampó contra el árbol y se abalanzó contra mí. Su boca buscó la mía, pero yo rehuía el contacto girando la cabeza a un lado y a otro.
Impaciente, me sujetó la mandíbula y apresó mis labios.
Fue como ser devorada por una alimaña hambrienta.
Sentí su lengua buscar la mía, sus dientes mordisquear casi con violencia.
Me hacía daño. Intenté alzar mi rodilla contra su entrepierna, pero se anticipó a mi ataque y me abrió las piernas con un muslo y aplastó mi cuerpo con el suyo como si quisiera desintegrarse en mi interior.
Su deseo se afirmó contra mi vientre palpitando lujurioso.
Había enloquecido. Perdido todo el control, me subió la túnica y me deslizó una mano por el interior de los muslos. Me soltó la boca para morderme el cuello.
—¡Me haces daño! —le grité.
Su nublada mirada me sobrecogió; vi determinación en ella.
—¡También tú a mí! Y vas a pagar por ello.
Me debatí en un vano intento por escapar.
—¡No puedes hacerme esto, no después de…! —supliqué con lágrimas en los ojos.
Mis palabras lo detuvieron en seco. La realidad de lo que estaba a punto de hacer lo sacudió como un puñetazo. Abrió los ojos con asombro y, paralizado por la vergüenza, me soltó. El recuerdo de la violación se implantó en mi mente para revivir todo el terror y la impotencia. Temblaba.
—Lo siento. No quería… Olvidé…
Aturdido, se apartó de mí.
—Regresemos —musité apesadumbrada.
Él asintió cabizbajo y me escoltó en completo silencio. Sus hombres habían desaparecido.
Un grajo sobrevoló nuestras cabezas y emitió un graznido agudo. Las nubes se espesaron y se oscurecieron ocultando los tenues rayos solares. Antes de que llegara la tarde, una nueva helada asolaría aquellos parajes.
Dolía respirar. Aunque el dolor más profundo me latía en el pecho.
Cuando llegamos a la aldea, me detuvo.
—No sé qué me pasó. Perdí la cabeza.
—La recobraste a tiempo. Creo que será mejor que no volvamos a encontrarnos.
Vi tanto sufrimiento en sus ojos que fui yo la que tuve que contenerme para no sucumbir ante él. Apenas asintió, giró y desapareció entre las cabañas.
Entré en la mía, todavía cubierta con la capa de Gunnar. La deslicé de mis hombros y la estreché contra mi pecho. Olía a él. Me abracé a ella y, tumbándome en el jergón, me deshice en llanto.
Ya anochecía cuando Eyra entró en la cabaña, y me encontró en la misma posición.
Me observó intrigada durante un largo instante. Parecía meditar al tiempo que me inspeccionaba el rostro cuando llegó a una conclusión: tomó una banqueta y se sentó junto a mí. Varios mechones de cabello cano asomaban de la pañoleta que le cubría la cabeza.
—Imagino que no estás así por tu encuentro con ese lobo, ¿me equivoco?
Negué con la cabeza. Imaginaba que tenía los ojos enrojecidos, clara evidencia de mi congoja.
—Cuéntamelo.
Le narré lo sucedido hipando entre sollozos entrecortados.
—No creerás que Gunnar pensaba violarte, ¿no?
—No, creo que perdió el control buscando una respuesta. Él olvidó…
La mujer frunció el ceño y emitió un suave gruñido.
—No, él no ha olvidado nada. ¿Quieres saber lo que hizo cuando se marchó de aquí?
Asentí y me incorporé.
—Necesitaba alejarse de ti. Si tenía que entregarte, si iba a perderte, debía poner en su corazón una barrera, un muro de hielo que encerrara sus sentimientos. Y, aunque imagino que tú también llegaste a esa conclusión, no fue ese el motivo principal. Se marchó para vengarte.
Tragué saliva, me sudaban las palmas de las manos.
—¿Lo ha matado?
En el marchito rostro de la anciana asomó una expresión de orgullo.
—Hizo algo más que eso. Viajó para reunirse con el rey Halfdan el Negro de la casa de Yngling para anticiparse al theng .
La miré sin comprender.
—Gunnar tejió astutamente su red y ahora solo espera que la presa caiga en ella —agregó con una sonrisa ladina—.
Suministró al rey información sobre la sublevación que el jarl Harald el Implacable piensa llevar a cabo.
Le indicó con lujo de detalles los pormenores del ataque.
Incluso aportó un testigo de la guardia personal, que confirmó sus palabras.
He de decir que tuvo que ponerlo prácticamente azul hasta que se decidió a colaborar.
—Pero, si Gunnar ha cambiado de bando —deduje alterada—, deja a su pueblo en una situación delicada; sin hersir , Ulf tomará las riendas.
Eyra agitó la mano para descartar tal posibilidad.
—Él no ha cambiado de bando, muchacha.
Agitada comprendí la gravedad de la situación.
—¿Piensa pelear con su jarl en una batalla perdida?
La anciana volvió el rostro hacia el hogar. Un resplandor anaranjado iluminó su perfil y titiló en sus facciones.
—Sí, pero solo para asegurarse de que muera. —Suspiró apesadumbrada—. Sin embargo, no tendrá muchas posibilidades de escapar de un combate tan desigual como ese. En cuanto a Ulf, creo que también tiene planes para él.
Me levanté inquieta y caminé frente al fuego de un lado a otro frotándome las manos. Angustiada, la miré.
—¿Y si descubren su traición?
—Entonces no tendrá que preocuparse por la batalla ni por nada.
Negué con la cabeza. No podía hacer eso. No lo permitiría.
—Todo esto es una locura. No merece la pena, aquello ya pasó. No vale su vida, debe haber una solución.
Mi voz sonó chillona. Eyra permanecía en silencio y me observaba como una lechuza en la noche, impasible e inexpresiva.
—Quiero decir que tal vez haya algo que podamos hacer, quizá…
Eyra alzó una mano para detenerme.
—Freya, la guerra era algo inminente. No solo nuestro jarl pensaba alzarse, hay otros, pero gracias a la confesión de Gunnar, serán eliminados antes de que se incorporen a la batalla.
Le ha regalado la victoria al rey. Si sale con vida, y ojalá los dioses lo protejan, será recompensado con creces.
Le será entregada una buena parte de tierra, ganado y oro.
Conseguirá ser un terrateniente con fortuna; solo queda confiar en que lo logre. Pero eso nunca lo sabrás.
La angustia creció en mi pecho como una losa pesada y fría.
—Tal vez todavía esté aquí.
La mujer negó con la cabeza, sus ojos brillaban.
—Mientras ibas al río, un grupo de guerreros llegó al pueblo: guerreros del jarl .
Gunnar los estaba atendiendo cuando oyeron tus gritos.
Trajeron órdenes de llevarte a Haithabu.
Tu familia te espera con el rescate: ochocientos veinte gramos de plata, el precio de cuatro mujeres. Debes sentirte afortunada.
Ahí estaba la explicación de la conducta de Gunnar, su desesperación creció ante la inminente partida.
Cerré los ojos desgarrada por dos emociones que tiraban en direcciones completamente opuestas.
Por un instante, temí romperme en mil pedazos, tan quebrada estaba mi alma, que me veía incapaz de hablar, de caminar, incluso de respirar.
Eyra contemplaba conmovida mi desesperación. Se levantó y me abrazó con fuerza y fue en ese cuerpo encorvado y enjuto en el que descargué toda mi pena.
—Pequeña, te echaré tanto de menos.
Lloramos desconsoladas. Mi madre en aquellas tierras paganas. Nunca la olvidaría.
La puerta se abrió y fue Gunnar quien nos observó desde el umbral.
—Partiremos mañana al alba —anunció con gravedad.