Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 9 #5
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Capítulo 9 #5

Con la otra mano, le retiré un mechón de la frente.

Nuestras bocas estaban demasiado cerca. Su aliento cálido y dulzón acariciaba mis labios.

Deseaba besarlo, pero algo en su mirada me detuvo.

Su lucha interna estaba devastando las pocas defensas que le quedaban, pero él no cejaba.

Su obstinación teñida de desesperación despertó mi conciencia y me devolvió a la realidad.

De pronto, me sentí avergonzada ante mi impúdica conducta y, lo que era peor, ante mi absoluto egoísmo. No tenía ningún derecho a destruir a un hombre que era capaz de sacrificarse por mí. Me había abandonado a mis instintos sin pensar en las consecuencias.

Otra duda me asaltó. Él había decidido apartarse de mí con la esperanza de enfriar sus sentimientos, ¿pero qué pasaba conmigo?

Era tan estúpida que ni siquiera había pensado en lo que sentiría cuando me fuera de su lado.

¿Sería capaz de soportarlo? ¿Lo amaba tanto como creía?

¿O ver de nuevo a mi esposo evaporaría el hechizo que ese hombre ejercía sobre mí?

De cualquier forma, ¿iba a arriesgarme a averiguarlo el mismo día que viera a Rashid?

Sin duda, era una necia. Lo más inteligente era su actitud.

Sí, debía alejarme cuanto pudiera, pero ¿cómo?

Él notó el cambio en mi expresión. Supe que leía en mi rostro como un libro abierto y pude ver que se relajaba.

Me levanté y, para mi sorpresa, volvió a sentarme en sus rodillas. Apenas tuve tiempo de reaccionar antes de que apresara con ferocidad mi boca. Deslizó su mano entre mi cabello y, sujetándome con fuerza la nuca, me impuso un beso intenso y largo. Su otra mano ceñía mi cintura y me inmovilizaba.

Cuando me soltó, su mirada era grave.

—No te atrevas a tentarme de nuevo, a menos que decidas no regresar con tu esposo. Porque, si lo haces, te cargaré sobre mi hombro y te llevaré donde nadie pueda encontrarte —musitó entre dientes.

Era una amenaza en toda regla, pero era la amenaza más tentadora que había escuchado, y aquello realmente me asustó.

No había contemplado la posibilidad de quedarme a su lado y, por primera vez, pensé si sería capaz de olvidar mi vida anterior con todo lo que ello implicaba.

Pero Rashid contaba con más de una ventaja que inclinaba la balanza a su favor: mi madre, mi padre, mi tío, mis nuevos hermanos y mis amigos.

Me alejé de él y regresé al lado de Inga. Sentía el rostro arrebolado y me senté cabizbaja. Respiraba agitadamente con el calor del beso todavía en la boca.

—Lo amas, ¿verdad?

El tono compasivo en la voz de Inga me conmovió, intenté sonreírle y aguanté las ganas de llorar.

—¿Acaso importa? Mi vida es otra, y pronto volveré a ella.

Apoyó una mano en mi hombro y me dio un apretón suave.

—Claro que importa, sobre todo, si es amor de verdad. Tal vez haya alguna forma de que te quedes.

Le arrebaté la jarra que tenía en la otra mano y bebí. Sentí el líquido descender por mi garganta propagando en su camino un calor gratificante.

—No la hay. Además, necesito marcharme. No creo que pueda aguantar mucho más.

Justo cuando terminé de hablar, vi una mujer en el regazo de Gunnar.

Me envaré en el asiento. La mujer que había ocupado mi sitio se dejaba manosear por él y lo besaba con frenesí.

Maldije para mis adentros cuando comprobé quién era.

Sin pensar, y dominada por una oleada de furia primaria, me dirigí hacia ellos.

Una mano frenó mi avance, me revolví rabiosa.

—Creo que ya has cometido suficientes desatinos por hoy.

Eyra me petrificó con una mirada helada. Su semblante era decidido y la presión con que sujetaba mi muñeca me asombró.

—No puedo consentir que ella…

—¿Que ella apague el fuego que tú has encendido? Es un hombre y necesita desfogarse. Tú pronto estarás muy lejos, ¿qué te importa lo que él haga?

Me desasí de su mano, pero me mantuve inmóvil.

—Me importa —confesé— y me importa mucho más si es con ella. No puedo soportarlo.

En ese momento, Gunnar se levantó y sostuvo en brazos a la mujer que pensaba tomar en mi lugar. El cabello dorado de Sigrid cayó sobre su hombro, y ella sonriente se apoyó en su amplio pecho.

Deseé matarla.

Entonces Gunnar me vio. Parecía compungido, aunque el deseo todavía le nublaba la mirada.

Por un breve instante, pareció dudar: lo que vio en mi ojos lo perturbó, pero luego, casi con resignación, avanzó cargando su presa.

Sigrid también me miró, pero con una odiosa expresión triunfal.

Salieron de la estancia dejándome envuelta en llamas. Los celos me corroían.

—Es una lástima que tengas que irte, me habría gustado ver cómo te liberabas de esa alimaña; muy pronto tendremos otra boda.

Clavé mis ojos furibundos en el ajado rostro de la anciana.

—Te encanta torturarme, ¿no es cierto?

Eyra me contempló pensativa.

—A veces, la gente necesita más que un empujón para ponerse en movimiento, y tú, muchacha insensata, necesitas un buen golpe y, si tengo que ser yo quien te lo dé, pues que así sea.

Pero, si crees que voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo dejas escapar al hombre de tu vida, es que eres más lerda de lo que pensaba.

Al menos, por mi parte, no me recriminaré el no haberlo intentado.

—¿Y qué pretendes que haga? —casi grité.

—¡Luchar por él! Arrancar a esa víbora de su cama y decirle lo que sientes.

—Renunciar a mi vida. —Mi voz se apagó.

—¡Tu vida ahora es esta! —espetó con ímpetu.

Negué con la cabeza. Tenía una familia al otro lado del océano, una familia que había crecido, gente que me quería. No, no podía renunciar a ellos.

Permanecimos en silencio. El semblante de Eyra se oscureció con un velo de tristeza. Por un momento, sus arrugas se acentuaron, sus aviesos ojos perdieron el brillo, y sus labios se apretaron formando una delgada línea.

—Veo que has tomado una decisión.

Asentí.

* * *

A la mañana siguiente, sentí todo el cansancio del mundo sobre los hombros y salí de la cabaña después de haber empujado con la puerta un considerable montón de nieve apiñada contra ella.

El sol parecía querer asomarse entre las nubes. Débiles destellos doraban la nieve y despertaban en ella motitas relucientes, como minúsculos diamantes engarzados en un manto de algodón. Todo a mi alrededor era blanco y reluciente. La belleza del paisaje me sobrecogió.

Me abracé y me aventuré al sendero.

Las piernas se me hundían hasta la pantorrilla en aquel mullido manto níveo y el avance hasta el arroyo fue más que lastimoso. El cubo con el que pensaba recoger agua se bamboleaba y me golpeaba cada vez que trastabillaba. Escuché el murmullo del arroyo y el canto de un mirlo sobre mi cabeza.

La paz que reinaba calmaba la inquietud que había sufrido durante las largas horas nocturnas pobladas de desvelos, ataques de ira y llanto. Respiré profundamente para llenar los pulmones de aquel aire fresco y limpio.

Llegué a la orilla para comprobar que la superficie estaba cubierta por una capa delgada y translúcida de hielo. Debajo de ella, el arroyo corría lleno de vida.

Alcé el cubo y lo estrellé contra la escarcha, que se agrietó. Golpeé de nuevo; tan fuerte, que el impacto retembló en mis brazos y la brecha creció. Necesitaba abrir una oquedad lo suficientemente grande para poder introducir el recipiente.

Temí quebrar la madera del balde y opté por escoger una gruesa rama; armada con ella, sacudí furiosa la fisura hasta conseguir que se ramificara en zigzagueantes y blanquecinas líneas que crujían y se abrían por toda la extensión de hielo.

Un último golpe fragmentó la superficie y me salpicó gotas heladas en el pecho y en el rostro. El agua estaba tan fría que sentí como si me hubieran lanzado guijarros. Me agaché para recoger el cubo y entonces lo oí.

Al principio, y camuflado por el rumor del arroyo, pensé que se trataba del silbido del viento y quizá del crujir de las ramas, pero no, aquel sonido era diferente, más bien como un gañido sordo, como un ronroneo apagado, tenue, pero roto.

Cuando me volví, el miedo me atenazó. En la orilla opuesta, un lobo me contemplaba.

Instintivamente, retrocedí sin apartar los ojos de él.

Me agaché muy lentamente y tanteé el suelo hasta encontrar la rama que acababa de soltar.

La aferré con fuerza y la alcé. El animal inclinó ligeramente la cabeza para olfatear el aire.

Tenía un hirsuto pelaje negro que, acariciado por el sol, resplandecía con matices azulados.

Sus ojos eran dorados como el ámbar, insondables e hipnóticos.

De repente, pensé que bien podía ser el lobo que Gunnar había visto de pequeño, el lobo que campaba en sus sueños, aquel al que yo me parecía. Lo observé con curiosidad.

El animal resopló y me mostró los dientes en una mueca grotesca. Sus orejas retrocedieron y se alinearon contra el cráneo. El gruñido se intensificó. Estaba en posición de ataque dispuesto a saltar sobre mí en cualquier momento.

Decidí confundirlo y me le adelanté.

Grité con todas mis fuerzas y sacudí la rama a modo de garrote contra la nieve.

Vencí las ganas de echar a correr y me acerqué a la orilla apaleando el agua con furia.

El lobo retrocedió aturdido, pero no se marchó.

Comenzó a deambular de un lado a otro sin apartar los ojos de mí como meditando el siguiente movimiento.

Se me secó la garganta y, aterrorizada, eché un fugaz vistazo en dirección a la aldea.

Era por completo imposible que lograra escapar corriendo, dada la cantidad de nieve que ocultaba el sendero, así que mi única opción era pelear.

Estaba en inferioridad de condiciones y, si conseguía derribarme, no tendría ninguna posibilidad.

Así que pegué la espalda contra el tronco más cercano y esperé rezando para mis adentros.

Apretaba tan fuertemente la rugosa rama que sentí clavarse en mi piel cada nudo. Esperé.

El lobo negro comenzó a avanzar.

—¡Largo de aquí, bestia inmunda!