Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Confesiones de un corazón maltratado

Había sido una noche larga y fría poblada de recuerdos y fantasmas, de reproches y esperanzas.

Pero, sobre todo, poblada de frases no dichas, silencios ensordecedores y lamentos impronunciables.

Una y otra vez había forjado en mi cabeza palabras de despedida para el hombre que amaba, así como las del reencuentro con el hombre que amé.

Y, en ambos casos, las frases se arremolinaban, se atropellaban y formaban un caos en mi mente.

Los pensamientos se enfrentaban en combate y en la contienda la única víctima era mi alma.

Había decidido regresar, aún a sabiendas de lo que dejaría en ese lugar inhóspito. Marcharía con la clara sospecha de que jamás podría recuperar mi antigua vida, aunque lo intentaría, como última ofrenda al amor que una vez sentí por Rashid.

Habían pasado dos largos años, casi el doble de lo que había estado junto a mi esposo.

Y aquella forzada ausencia, aquella inmisericorde distancia nos cobraría con creces los besos no dados, las caricias ausentes, las palabras perdidas.

Sería un duro tributo, tal vez demasiado para nosotros.

Y más cuando nuestras vidas habían continuado por caminos tan dispares.

Por primera vez, pensé en la vida que habría llevado Rashid.

Quizás el destino también lo había tentado con la promesa de un nuevo amor.

Y, si así hubiera sido, por mi parte solo tendría comprensión.

Pero, si no fuera así, ¿aceptaría él una esposa mancillada?

¿Tomaría para sí a la mujer de otro hombre?

Porque eso era yo, y esa convicción me desgarraba.

Irónicamente, volvería a estar en brazos de un hombre amando a otro.

No obstante, lo que realmente me torturaba era marcharme y dejar a Gunnar en brazos de la muerte, sabiendo que se entregaría a la batalla sin importarle morir.

Tenía que encontrar la manera de impedirlo.

Abrigada con numerosas capas de ropa miré en derredor hasta localizar un pequeño hatillo con mis pocas pertenencias.

Unas hierbas medicinales secas y agrupadas según las dolencias, la túnica de seda dorada que Eyra había rebatado para mí, un peine de marfil, algunos broches, un odre con leche de cabra y otro repleto de aguamiel, una hogaza de pan de centeno, un trozo de carne de venado ahumada y arenques en salazón.

Tomé mi última y más preciada posesión: el arco que me había regalado Gunnar.

Dadas mis continuas prácticas, mi puntería más que afinada se había revelado como un talento oculto.

Lo cargué en un hombro y salí de la cabaña.

El alba despuntaba y alejaba apenas las azuladas tinieblas.

Una bruma pesada y gélida envolvía la aldea.

Carámbanos de hielo adornaban las esquinas de los tejados, así como las cabezas de dragón talladas se erguían amenazantes sobre los umbrales de las casas para conferirles un aspecto más desconcertante si cabía.

La capa de hielo crujió bajo mis pies. Me arrebujé en la capa y avancé hacia la explanada principal en la que escuchaba relinchos de caballos y el murmullo apagado de voces masculinas.

Un grupo de personas aguardaba mi llegada: Eyra, Jimena, Blanca, Helga y su pequeño Ottar, Inga la Roja, e Ylva y Gwilyn, la niña que había salvado del incendio.

Parpadeé aturdida: Eyra fue la primera en acercarse.

Tomó mi mano entre las suyas y depositó en ella un alfiler con cabeza de oro, única pertenencia valiosa que adornaba su pelo en contadas ocasiones.

—Es cuanto conservo de mi familia. Lo llevaba puesto cuando me raptaron a los doce años.

Visitaba a un tío mío en el castillo de Lindisfarne el ocho de junio del año 793.

Vi morir a mis padres y hermanos. —Hizo una pausa para enjugarse los ojos—.

Quiero que te lo quedes y que me recuerdes cada vez que lo mires.

Bajé la mirada anegada de lágrimas y contemplé la exquisita talla en forma de mariposa. Había un nombre grabado en él.

—Agnes —leí en voz alta.

—Agnes de Sandford del reino de Mercia —completó con orgullo.

—Una de las familias más poderosas de la región.

—Yo no… —No supe qué decir.

Los oscuros ojos de la mujer brillaron con determinación.

—No te atrevas a rechazarlo. En tu cabello lucirá hermoso.

—No necesito nada material para recordarte porque siempre estarás conmigo aquí. —Me señalé el pecho—. Aunque te prometo que nunca me separaré de él.

La anciana me estrechó fuertemente entre sus brazos. Era menuda, pero vigorosa a pesar de lo escuálida que parecía.

Tras ella, las despedidas se sucedieron entre un mar de lágrimas. Todas me regalaron algún objeto que las personalizarían en mi memoria, aunque sus rostros ya estaban cincelados a fuego en mi alma.

—Nunca las olvidaré.

Gunnar, que observaba impertérrito, me tomó del brazo y me acercó a su caballo. Por el rabillo del ojo, vislumbré a Thorffin que besaba apasionadamente a su flamante esposa.

—Parece que has hecho más amigas de las que imaginabas.

No contesté. No podía. Lloraba en silencio. La cálida humedad que surcaba mis ojos me goteaba incesante por la barbilla. No dejaba de aclararme la vista con el dorso de la mano, pero de nuevo se empañaba.

Gunnar me ayudó a montar y, con la agilidad de un gato, se encaramó detrás de mí.

Se inclinó ligeramente para tomar las riendas y con una leve sacudida de sus muslos la montura se puso en movimiento.

Sus fuertes piernas se acoplaron tras las mías.

Me apoyé en su pecho agradeciendo el calor que manaba de él. Me sentí protegida y cobijada.

Miré por última vez el poblado que había sido mi hogar buscando pequeños detalles que pudiera terminar de grabar en mi mente para evocarlo en los recuerdos con precisión.

Las puntiagudas cabañas diseminadas por la ladera, las alargadas y coloridas naves bamboleándose contra el embarcadero movidas por el suave vaivén de las olas, la costa rocosa poblada de agrestes acantilados y cavernas horadadas por la fuerza del mar.

Contemplé la curva amable de la bahía que cobijaba a aquellas almas protegiéndola de temporales.

Más allá, surgían bosques de coníferas y arces que se extendían hacia el interior poblando las montañas. Suspiré. Nunca volvería a ver aquel paisaje de salvaje belleza.

Skiringssal quedó atrás como tantas otras cosas.

Cabalgamos en silencio entre brezales; cada tanto, el caballo sorteaba montículos de roca y se adentraba en cristalinos arroyos. El blancor del páramo, iluminado por el sol, cegaba la vista. Entrecerraba los ojos tan a menudo que caí en una especie de duermevela.

Debí de cabecear hasta casi el punto de caer del caballo porque de pronto sentí el brazo de Gunnar en torno a mi cintura que me sujetaba.

—¿Estás muy cansada?

Su aliento me acarició el pelo.

—No pude dormir —confesé.

—Yo tampoco.

Me revolví en la silla, y él se envaró. Era tan consciente de su mano en mi vientre que el sueño se evaporó como por arte de magia. Pareció notar mi incomodidad y me soltó.

—Pronto acamparemos, aunque será un descanso breve; hemos de llegar a Tønsberg antes de que anochezca.

No volvimos a hablar.

Durante todo el trayecto, solo fui capaz de percibir la sólida presencia del hombre que había tras de mí. Notaba sus vigorosos músculos tensarse y relajarse, sus elegantes y sutiles movimientos para manejar la montura, sus grandes manos sujetando las riendas delante de mí.

El magnetismo del jinete acaparaba toda mi atención.

En las ocasiones en que fortuitamente me rozaba, un cosquilleo encendía mi piel clamando una recompensa.

A mi mente solo acudían imágenes de lujuria compartida.

Sentí arder las mejillas y me obligué a pensar en otra cosa.

Afortunadamente, él no podía ver mi rostro pues me llevó bastante tiempo recomponerme.

Miré hacia el sendero pedregoso; la retama bordeaba el camino con su helado velo níveo.

La belleza invernal cubría cada rincón del bosque y, a pesar de la quietud que nos envolvía, de vez en cuando atisbábamos el veloz movimiento de una liebre que huía de algún depredador oculto.

Observamos alguna familia de perdices corretear con ligereza entre la maleza, incluso un avezado zorro olfateando asustadizo el rastro de alguna presa.

De pronto, Gunnar detuvo el caballo.

Se estiró en la silla y miró concentrado a su alrededor.

Parecía olfatear el aire atento a cualquier movimiento inusual.

Yo no veía nada, todo me parecía igual de tranquilo.

Me giré interrogante, pero él permanecía alerta, inmóvil como un halcón acechando agazapado.

Sus hombres parecían compartir su misma inquietud.

Era como si poseyeran un sentido extra, una especie de alerta invisible que los ponía en guardia.

Thorffin acercó su montura a la nuestra.

Los inmensos caballos percherones se olisquearon para reconocerse.

—Nos están siguiendo —confirmó Gunnar.

—Desde que salimos de Skiringssal —apuntó el gigante.

Thorffin lo miró bastante asombrado.

—¡No me digas que acabas de darte cuenta! Estás perdiendo facultades. Debe de ser la edad —se burló.

Gunnar emitió un gruñido malhumorado.

—¿Quién nos sigue? —interrumpí.

Gunnar arreó de nuevo al caballo; su amigo nos siguió.

—Pueden ser salteadores o espías del jarl , aunque lo más probable es que sea Ulf.

Solo había un motivo por el que Ulf nos podría estar siguiendo, pero Gunnar evitó la aclaración.

—¿Estará Amina con él?

—Imagino que sí. Ella también tiene intereses en la emboscada.

—¿Emboscada?

Lo miré perpleja. Su semblante impasible no translucía la más mínima preocupación.