Capítulo 9 #2
Alcé las cejas con asombro. Me admiraba su capacidad deductiva.
—El otro motivo, sin duda, eras tú. Pensaba echarte la culpa de todo, su cabeza ya había maquinado los pasos que tendría que dar para llevarte donde te tiene. Es astuta, fría y calculadora. Una enemiga temible.
—Solo que hay algo que no ha tenido en cuenta. Cuando privas a alguien de todo cuanto posee, te enfrentas a un ser enfurecido sin nada que perder.
Eyra rio.
—En verdad, muchacha, las adversidades no te menguan, al contrario, te dotan de fortaleza y sabiduría. Sin embargo, no te confíes: que la destierren no significa que puedas respirar tranquila, a no ser que los lobos hagan su trabajo.
—Por desgracia, no sé si les gustará la carroña —observé.
—Una manada de lobos hambrientos no le hacen asco a nada. ¿Y ahora qué piensas hacer con la adelfa?
La miré mientras mi cabeza barruntaba una idea.
—Creo que es hora de que pruebe su propia medicina.
—¿Piensas acabar con ella?
Negué con la cabeza.
—No, quiero que sufra antes. Cuando enferme y le sonría pensará que ha llegado su muerte y disfrutaré con ello, pero disfrutaré mucho más cuando la aten a un peñasco y la ofrezcan como un suculento venado con manzana y todo.
—Desconocía esa veta de crueldad en tu carácter.
—Ha matado a mi hijo, ha frustrado mi huida, ha intentado quemarme, ha provocado que me violen y estoy segura de que pensaba matarme antes de que me llevaran a Haithabu. Es una demente y está obcecada conmigo, en esta historia una de las dos debe morir, y no quiero ser yo. Es mera supervivencia.
—Ella juega con ventaja; cuenta con la protección de Ulf, tú en cambio…
—Esto es entre ella y yo. Siempre ha sido así.
—Ahora que lo pienso sí te ha beneficiado en algo. Gracias a ella vas a reunirte con tu esposo.
No contesté. Pensamientos desordenados y emociones confusas pugnaban por buscar su lugar. Eyra respondió por mí con su agudeza habitual.
—No veo que saltes de alegría.
La dejé en el establo luchando conmigo misma. Traté de impedir que el orden que comenzaba a encajar en mi cabeza saliera a la luz. No, me dije, solo hay una vida para ti y está al otro lado del océano.
* * *
La humedad flotaba en el aire. Una bruma blanquecina y pesada se extendía sinuosa desde el mar hasta la aldea rodeando en gélido abrazo cada árbol, cada helecho. Tuve la sensación de estar sumida en un sueño, de caminar entre nubes.
Apenas había amanecido y ya había podido comprobar que el sol tampoco aparecería ese día. Tan solo un mortecino resplandor asomaba entre las plomizas nubes.
Me arrebujé bajo mi gruesa capa de lana y atravesé la espesa nebulosa que desdibujaba el sendero. El frío me quemaba la garganta, volutas de vaho me salían de la boca, dolía respirar.
Pensé que nunca en toda mi vida había sentido tanto frío.
Temblaba de manera incontrolable y aceleré el paso para entrar en calor.
Me detuve frente a la cabaña de Thorkel y miré a ambos lados.
Todavía era temprano y todos dormían felizmente acurrucados en sus jergones, algo que pensaba reanudar cuando cumpliera mi objetivo.
Por fortuna, los animales habían sido resguardados en el interior de la cabaña porque estaba prevista una fuerte nevada, y mis pisadas no despertaron la sospecha de ningún ser vivo.
Me acerqué a la triangular estructura de madera y me dirigí a la parte trasera.
Sabía que, bajo la solera de la casa, se almacenaba un tonel con aguamiel que Amina solía preparar para el consumo de la pareja.
Busqué con la mirada y no tardé en localizar la portilla de madera que daba entrada al oscuro y estrecho recinto.
Me agaché, levanté el listón de madera que la cerraba y la abrí con cautela.
Solo había negrura ante mí. Esperé hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y me arrastré al interior.
El gélido contacto con el suelo me subió por las palmas hasta lo más profundo de mi ser.
Gateé hasta dar con varios barriles. Prácticamente a tientas levanté la tapa de uno de ellos y saqué con premura la bolsa de cuero en la que la peligrosa adelfa había sido convertida casi en polvo por las hábiles manos de Eyra.
Vertí la sustancia en el barril y lo cerré.
Retrocedí con la mayor premura que me fue posible y, cuando ya salía, escuché unos pasos cerca de donde me encontraba. Con el corazón desbocado me puse en pie y me pegué cuanto pude al costado de la cabaña.
Un rumor de ropas seguido de una fuerte ventosidad me hizo pensar que el inoportuno aldeano era un hombre. Sin duda, estaba frente a la cabaña, y lo que escuché a continuación no me dejó dudas de lo que hacía. Estaba orinando entre pequeños gemidos de satisfacción.
Cuando finalizó, lo que para mi asombro le llevó un buen rato, debía de tener la vejiga del tamaño de uno de sus barriles, comenzó a expectorar estentóreamente lanzando un escupitajo.
Seguidamente, los pasos regresaron al interior.
Era el bueno de Thorkel; justo antes de cerrar la puerta de la cabaña, escuché la voz de Amina.
—¡Vuelve a la cama, viejo estúpido! No querrás que me congele, ¿no?
Compadecí al hombre. Seguro que padecer los retortijones de la adelfa era, con mucho, más soportable que convivir con esa arpía. No obstante, habría preferido excluirlo de mis planes; algo del todo imposible viviendo juntos.
Me deslicé con sigilo para regresar al sendero.
Contuve la respiración y recé para que nadie más saliese de la cabaña.
Los últimos pasos fueron casi a la carrera.
Cuando por fin entre en la mía, exhalé aliviada.
Desaté mi capa y me acerqué a la hoguera central.
Froté las manos enérgicamente agradecida por el calor que devolvía la sensibilidad a mis miembros.
En la penumbra, distinguí la silueta de Eyra en su camastro; dormía profundamente.
Desde la partida de Gunnar había insistido en permanecer a mi lado.
Era mi ángel guardián, mi consejera, mi sanadora, en definitiva, lo más parecido a la figura materna que podría encontrar y daba gracias todos los días por tenerla.
Recordé a Flora, la dulce y siempre atenta Flora, sus mimos, sus cuidados.
A Latifa, su apoyo, fidelidad y entrega.
Por curioso que pareciera, sentía que Dios siempre me mandaba un consuelo en forma de mujer protectora que velaba por mi bien.
Tres nombres, tres aliadas, tres destinos dispares y dos hombres que llenaban mis pensamientos.
Me metí en el jergón que había compartido con Gunnar y deseé poder abrazarme a su cuerpo sólido y cálido, deseé sentir sus fuertes brazos estrechándome con fuerza, su boca ancha y suave rozando la mía. Su mirada intensa encendiendo mi alma.
Aunque al principio había pensado que con los días lograría acostumbrarme al distanciamiento, descubría con pavor que cada día era más largo, más aciago y gris. La separación me hería profundamente y, cada vez que escuchaba el trote de un caballo, corría con la esperanza de verlo aparecer.
¿Por qué no me alegraba de mi inminente rescate? ¿Por qué no pensaba en la dicha de reencontrar a los míos? ¿Por qué no dejaba de pensar en él, en aquel maldito bárbaro?
Me abracé y suspiré. Intenté pensar en Rashid, aquello solo logró abatirme más.
Porque cada vez tenía más claro que se me había metido dentro, no sabía muy bien cómo había pasado, pero por alguna rendija mal resguardada había conseguido filtrarse hasta mi alma.
Lo sentía allí anclado, justo ahora que pensaba devolverme.
Recordaba vívidamente sus últimas palabras.
Pensaba entregarme personalmente. De pronto en mi mente se hizo la luz.
Comprendí por qué se había marchado. Intentaba arrancarme de su corazón; era la única manera que tenía de poder entregarme a otro hombre.
Necesitaba distanciarse para enfriar sus sentimientos hacia mí.
Sí, ahora lo veía, y aquello no hizo más que sumar desasosiego y una honda tristeza a mi maltratado corazón.
No sabía si a él le estaba dando resultado; desde luego, a mí no.
* * *
La adelfa no tardó en surtir efecto.
Entre los aldeanos cundió el pánico más absoluto. Se reunían en la casa grande e invocaban a sus dioses rogándoles protección. Pasaban el día con las runas y ocasionalmente ofrecían un sacrificio de sangre. Unas veces, era una cabra; otras, un gallo, incluso un ternero.
En torno a una hoguera central se sumergían en extraños cánticos y danzas que acababan en un paroxismo generalizado.
Borrachos de cerveza o de aguamiel, fornicaban cobijados por pieles en la penumbra o se enzarzaban en peleas atroces.
Entonces volaban por el aire mesas y bancos, jarras y escudos y todos corrían a esconderse hasta que los combatientes caían inconscientes al suelo.
Fue toda una suerte que ninguno muriera en los altercados.
Eyra me había contado que Amina sufría espantosos espasmos abdominales, que la fiebre la hacía tiritar y que vomitaba de manera incontrolable.
Thorkel no estaba mucho mejor, aunque parecía aguantar los desmanes de la intoxicación con más aplomo.
Y, para nuestra sorpresa, el que peor se encontraba era Ulf.
Ya era innegable la intimidad que compartían.
—Sabe que has sido tú —me dijo la anciana. La preocupación oscurecía su faz ya de por sí mortecina.
—Solo tiene una enemiga; no le debe de haber sido muy difícil atar cabos, ¿no te parece? —repliqué indiferente.
—¿No temes la represalia?
—¿Qué más puede hacerme? —intenté mostrarme tranquila sin conseguirlo.
Tomó un cuenco y se sirvió estofado de ciervo.
—La crueldad es la fuerza de los cobardes —citó pensativa— y una persona cruel que además es calculadora y astuta de seguro tiene una imaginación desbordante. Reza para que cuando se recomponga la luna te favorezca.
No faltaba mucho para la siguiente luna llena. Solo esperaba que mi maldición surtiera el efecto deseado.