Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Hechizos y artimañas

Y a nada sería igual. No podía serlo. El todopoderoso jarl se había marchado impregnando con su podredumbre cuanto había tocado. Así era mi vida ahora: un terreno desolado y vacío aguardando la lluvia o una brisa acariciadora que lamiera las heridas y sembrara esperanza.

Mi único anhelo era regresar con los míos. Con Rashid. Y olvidar. Olvidar cómo la gente me miraba con desprecio y temor, olvidar el ataque, olvidar el odio que me poseía teniendo a Amina tan cerca, olvidar la imperiosa necesidad de venganza y olvidar el dolor de mi pecho por la ausencia de Gunnar.

Desde aquella última noche junto a mi jergón no había vuelto a verlo.

Había permanecido aislado hasta que su espalda mejoró lo suficiente para poder cabalgar.

Se había marchado, nadie sabía a dónde, ni cuándo regresaría.

Tan solo había dejado un mensaje claro: si alguien se atrevía a hacerme algún mal, lo pagaría con su vida.

De cualquier modo, nadie habría osado a meterse con una bruja.

Ese era mi nuevo nombre. La bruja o banshee .

El prior Kearan, antes de partir, había advertido convenientemente a las gentes sobre el poder de las brujas.

Incluso había narrado con lujo de detalles un caso particular que él mismo había vivido en la lejana Irlanda.

Un ente fantasmal con forma de mujer que anunciaba entre aullidos la muerte de alguien cercano.

Ese ser era llamado banshee y, cuando aparecía, lo único que se podía hacer era rezar.

Como buen cristiano, y sin ningún ánimo de conversión, les había enseñado a hacerlo.

Ahora, cuando se cruzaban conmigo, los paganos se santiguaban como beatos.

Al menos, pensé, Dios iba a deberme la incorporación de nuevas almas en su redil.

En cambio, a Amina las cosas le iban bien.

La súbita y ventajosa muerte de su ama le había dejado el campo abierto para conquistar a su señor, el bueno de Thorkel, que la había tomado como esposa.

Ahora ya no era una esclava, era una bondi , una mujer libre.

Aquel provechoso desenlace para ella me llevó a sospechar de su intervención en la misteriosa enfermedad que había asolado al pueblo meses atrás.

Recordaba vívidamente el té de ruda que me había provocado el aborto.

Era fácil imaginar que tenía un extenso conocimiento de las hierbas, sobre todo de las tóxicas.

No tenía ni idea de la que había utilizado para enfermar y matar a los aldeanos, pero pensaba averiguarlo.

Solo me quedaban dos apoyos: Eyra y Jimena. Y a ellas confié mis recelos. Ambas se ofrecieron a ayudarme. Y diseñamos un plan.

Era sencillo y, a priori, no ofrecía ninguna dificultad.

Jimena intentaría distraerla mientras Eyra se colaría en su cabaña para registrarla.

Yo aguardaría en mitad del camino y, si la veía aparecer, tendría que enfrentarla y provocar una discusión acalorada para dar tiempo a Eyra para desaparecer.

Mi parte sin duda era la más fácil, solo me preguntaba si podría reprimir las ganas de matarla.

A la mañana siguiente, Jimena acudió al pequeño huerto trasero en el que Amina recogía cebollas y, con fingido sobresalto, le comunicó que una de sus vacas se había extraviado en el prado, que la había visto dirigirse a una zona silvestre bastante peligrosa.

Sabíamos que Thorkel había salido a pescar y no imaginábamos que pediría ayuda, pero lo hizo, y Ulf se ofreció a acompañarla.

Aquello también me llamó poderosamente la atención, pues Ulf no se caracterizaba por ser servicial a la comunidad.

Resultaba bastante obvio que existía entre ellos una camaradería peculiar, no fruto de una amistad sincera, sino más bien de una necesidad primaria por la consecución de un mismo objetivo.

Ambos compartían intereses comunes: derrocar a sus enemigos, a sus rivales.

Cuando desaparecieron de la vista, me coloqué en mitad del sendero y esperé. Eyra ya se había adentrado subrepticiamente en sus dominios y recé para que todo saliera bien.

La vaca que buscaban en el bosque pastaba plácidamente en el prado, y Jimena, que los guiaba al interior del helechal, se volvería dubitativa en cuanto a la dirección en la que supuestamente había visto a la res por última vez.

Cuando aparecieron, Eyra todavía no había salido, y me extrañó la tardanza.

Avanzaban malhumorados y gritaban a Jimena su supina estupidez.

—Tal vez haya regresado sola o tal vez la haya confundido con otra —se disculpaba.

—O tal vez no se ha movido y solo querías molestarme —atinó Amina con suspicacia—. No eres más que una estúpida, no debería haberte creído. Al fin y al cabo, eres amiga de la bruja.

Salí de detrás del árbol y me planté frente a ellos.

—Mejor amiga que enemiga, ¿no te parece?

Amina dio un respingo y retrocedió un paso. Ulf no se amilanó y me sonrió con descaro.

—Si tan poderosa soy, deberías hablar con más cuidado de mí. Por cierto, Ulf, ¿no escuchaste anoche a los lobos? Me pareció que aullaban cerca de tu choza.

El hombre palideció. Sus pequeños ojos grises destellaron con temor.

—No te tengo miedo —se apresuró a contestar, pero supe que no era cierto.

Me acerqué a él y clavé mis ojos en los suyos.

—Pues deberías.

Amina se adelantó y, con los brazos, en jarras espetó:

—Pronto nos libraremos de ti. Pero, si crees que tu precioso Rashid va a recibirte con los brazos abiertos, eres más necia de lo que creía.

¿Qué crees que pensará de su adorada Shahlaa cuando sepa que te has convertido en la puta del hersir ?

—Soltó una abrupta carcajada—. Sí, una perra complaciente que se abrió de piernas a la primera oportunidad.

¿O pensabas que no se enteraría? Pues permíteme iluminarte.

El jarl ha enviado una carta a tu esposo pidiendo tu rescate y citándolo en el puerto de Haithabu.

Me ofrecí de traductora y yo misma la escribí en árabe.

Por supuesto, agregué algunas recomendaciones personales, además de informarle de tus indecentes actividades.

Incluso dudo que quiera recuperarte, no vales los ochocientos veinte gramos de plata que pide por ti.

Aturdida como si me hubieran golpeado con un tronco en la cabeza, no supe qué responder. Sin embargo, mis manos al parecer tenían más claro su objetivo.

Le rodeé el cuello y apreté con todas mis fuerzas.

Amina abrió desmesuradamente los ojos y la boca e intentó zafarse con desesperación.

Ulf acudió en su ayuda y me propinó un puñetazo en el costado.

Caí de rodillas con un gemido. En ese preciso instante, apareció el enorme Thorffin: su pelo llameaba bajo el sol, su rostro estaba desdibujado por la ira.

Sus enormes pisadas hicieron retemblar las piedrecillas del camino.

—¡Apártate de ella! —bramó.

Acto seguido, descargó un tremendo puñetazo en la mandíbula de Ulf, que cayó al suelo como un muñeco de trapo.

—¡Gunnar me ha ordenado su protección y te juro por la maldad de Loki que te mataré si vuelves a ponerle las manos encima!

—¿Proteger a una bruja? —inquirió Amina con desprecio.

Alcé el rostro hacia ellos y exclamé en voz alta.

—¡Yo, banshee , bruja entre la brujas, maldigo a ambos!

La gente, alertada por la pelea, se había empezado a congregar a nuestro alrededor.

—Todo aquel que se acerque sufrirá mi azote.

En la próxima noche de luna se escuchará un aullido aterrador que reclamará la vida de esta mujer.

Si no la lograra tener, vendrá al pueblo a llevarse cualquier otra.

—Enfaticé mi voz con un tinte teatral y entrecerré los ojos para añadir un toque grave a mis palabras—.

¡Oh, gentes de bien! Si en algo estiman a sus seres queridos, arrojen a esta mujer infame a las profundidades del bosque para satisfacer a los lobos.

Solo así marcharán para siempre, y yo con ellos.

Miré con intensidad a los concurridos para recalcar mi advertencia.

Y, por el rabillo del ojo, vi la silueta encorvada y delgada de una mujer que se escurría entre la muchedumbre.

Respiré aliviada, sobre todo al comprobar el impacto de mi maldición en Amina.

El color la había abandonado, su semblante adusto era una mezcla de horror y consternación. Ulf no estaba mucho mejor. Sonreí.

Había conseguido volver su propia maldad contra ella misma. Se había encargado tan bien de hacerme parecer una bruja, era tal el temor que había inspirado en mi contra, que iba a ser desterrada por sus propios vecinos que ardían en deseos de librarse de una banshee . La que ella misma había creado.

Los dejé impávidos, y plenamente satisfecha, busqué a Eyra.

Me aguardaba en los establos.

—¡Muy ingeniosa! Un golpe de efecto genial, esa voz de ultratumba.

—Quería asegurarme el éxito.

Eyra agarró un montón de heno y lo distribuyó prolijamente sobre la tierra.

—No tengo ninguna duda de que al primer aullido la mandarán a patadas al interior del bosque y la dejarán atada a una roca para que la devoren. No sé si sabes que estas gentes son muy dadas a los sacrificios, antes más, pero eso siempre queda en las mentes de todos.

—¿Qué has encontrado?

Abrió la palma de la mano y me mostró un saquito de tela.

—Adelfa —contestó a mi muda pregunta—. Una planta de flores amarillas.

—Imagino que provoca fuertes dolores estomacales, vómitos y diarreas.

Asintió.

—Y convulsiones tan violentas que son capaces de parar un corazón si se administra la cantidad indicada.

—Pero, si lo que quería era matar a su ama, ¿por qué quiso enfermar a más personas? —inquirí pensativa.

—Es sencillo, si mataba solo a su ama y poco después se desposaba con el viudo, alguien podría haber pensado mal.

De esa forma, ocasionando una especie de contagio colectivo desviaría la atención sobre ella, y así todos pensarían que había sido algo trágicamente casual.

Además, estoy segura de que tuvo otro motivo tan importante o mayor que ese.