Capítulo 8 #3
—Así seguirá —repitió con lentitud disfrutando de la agonía de Gunnar— hasta que reciba el rescate de su esposo: entonces tendrá que entregarla.
Por supuesto, las tierras continuarán en mi poder como pago por la afrenta.
Además, exijo disfrutar durante una noche de lo que tan hábilmente me supiste despojar.
Gunnar intentó levantarse y atacarlo. Ulf, que aguardaba a su izquierda, lo detuvo.
—¡No vas a tocarla! —gritó impelido por la furia.
El jarl sonrió ladino.
—Suerte que no eres responsable de tus actos —siseó.
Se acercó a mí y me rodeó la cintura.
—Tu magia es poderosa. Quiero probarla esta noche.
* * *
Gunnar fue arrastrado fuera de la sala y llevado a los establos para ser azotado. Seguía profiriendo terribles amenazas cuando traspasó las puertas. Los aldeanos, enojados, salieron de la sala. La escolta personal cerró las puertas.
El hombre se me acercó, sonreía satisfecho. Su astucia lo había llevado a beneficiarse de todo. Poseía las tierras de Gunnar, obtendría el rescate que pidieran por mí y, además, iba a tenerme por una noche. La velada había salido perfecta para él.
Pensé en lo sucedido. La posibilidad de ver a Rashid llenaba mi corazón de gozo; el castigo que me había prometido me inquietaba y la temida noche me repugnaba. Pero, por sobre todas esas cosas, me sorprendí preocupada por Gunnar; él perdía en todo.
—¿Cómo te llamas?
—¿Cuál de mis tres nombres prefiere oír?
Soltó una abrupta carcajada.
—Los tres y después decidiré cuál prefiero.
—Mi nombre cristiano es Leonora; el árabe es Shahlaa; y el de esclava, Freya. Pero no tendrá que elegir ninguno para esta noche. Porque esta noche no seré una mujer, esta noche seré un lobo, el más fiero y mortífero que pueda imaginar.
Sus ojos brillaron impresionados. A mi pesar, sonrió avieso.
—¿Tendré que atarte a la cama?
—Las cuerdas no lo salvarán de mi ira.
—Eres valerosa e imprudente. Tus cuentos de hechicería no han calado en mí.
Pero te agradezco el ingenio, gracias a él he obtenido cuanto deseaba.
Me he librado de matar a Gunnar, pues la acusación de traición así lo exige y ahora lo necesito más que nunca: tendré tu rescate y tu cuerpo.
Voy a demostrarte quién es el lobo aquí.
Sacó una larga daga y se agachó. Tensó el bajo de mi túnica y rasgó lentamente toda la lana hasta el escote. Intenté en vano cubrirme. El prior me observó con deseo, le dediqué una mirada cargada de desprecio.
—Solo veo una mujer con cuerpo de diosa, pero una mujer.
Me apresó con fuerza y me besó.
El lobo apareció.
Le mordí la lengua con todas mis fuerzas.
El gran Harald aulló. Un golpe en el estómago me derribó. Sus hombres ya se acercaban cuando él los detuvo.
—Es mía, vean lo que vean no se entrometan.
La sangre le brotaba de la boca. Se acercó furioso y amenazante. Descargó en mi rostro un puñetazo brutal, que nubló por un instante mi entendimiento. Volví a caer. Y, de nuevo, me levanté. Sentí una mejilla latiendo dolorida.
—¡Sométete! Será más fácil para ti —rugió.
Se acercó despacio tanteándome. Permanecí inmóvil hasta que lo tuve donde quería: al alcance de la rodilla.
Golpeé con toda la fuerza que pude su virilidad.
Se retorció de dolor en el suelo, aullaba.
Sus hombres de nuevo hicieron ademán de acercarse, pero él de nuevo los detuvo levantando la palma de la mano, todavía no podía hablar.
Miré a mi alrededor desesperada por encontrar algo punzante. Estaba demasiado lejos de las ascuas en las que había toda clase de herramientas culinarias. Lo miré asustada. Se incorporó a medias.
—¡Maldita! ¿Buscas algo como esto?
En la mano blandía la daga. La movió en círculos.
—Ven, tómala.
Retrocedí esquivando los ataques que lanzaba, no tenía con qué protegerme.
Tomé veloz una de las banquetas y la estrellé en su cabeza.
De nuevo cayó. Su rostro aturdido se arrugó por el impacto.
El dolor lo mareó. Intentó levantarse y trastabilló.
La sangre que manaba de la cabeza le goteaba en la cara. Sus ojos refulgían iracundos.
Gritó y cargó con furia contra mí. Caímos al suelo y rodamos.
Pataleé, arañe, mordí. Logré atinar con mi puño en su ojo.
Su alarido me dejó sorda. Me golpeó con tal fuerza que pensé que iba a matarme.
Otro puño cargó contra mis costillas. Sentí perder la respiración.
No encontraba el aire. Abrí la boca dolorida sin emitir ningún sonido.
Sus manos me rodearon el cuello y lo apretaron progresivamente. Cuando creyó que iba a morir, me soltó.
El aire me llenó de nuevo los pulmones y los colmó de dolor.
—Ya hemos jugado bastante.
Con las rodillas intentó abrirme las piernas.
Me abofeteó con fuerza.
Lo escupí. Me alegró comprobar que su ojo izquierdo empezaba a inflamarse.
—Me equivocaba contigo, en verdad eres un lobo, pero un lobo que voy a domar.
Estaba atrapada sin remedio. Su cuerpo inmovilizaba el mío. Logró colárseme entre las piernas y lo único que se me ocurrió fue permanecer quieta para confiarlo.
Aquello le agradó, mi sumisión le hizo creer que por fin me había rendido.
Volví la cabeza asqueada y cerré los ojos mientras su lengua ensangrentada recorría mis pechos. Mi cuerpo era manoseado vilmente por aquel monstruo.
Comenzó a gemir.
—Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Eres sublime.
Sabiamente evitaba besarme la boca, pero no pudo contenerse con mi cuello. Y, cuando se cernió apasionado sobre él, aproveché mi última oportunidad.
Como un lobo hambriento me lancé a su cuello y lo mordí con saña.
A pesar de no tener los dientes afilados, sentí la calidez de su sangre en mi boca.
En su afán por retirarse, el desgarro fue mayor.
Gritó aterrorizado pidiendo ayuda. Sus hombres, que habían contemplado toda la escena, acudieron prestos.
El jarl se apartó raudo de mí. Su mano presionaba la herida, que sangraba profusamente.
Los hombres me levantaron del suelo y me sujetaron por los brazos inmovilizándome.
Uno de ellos era Ulf. Sus ojos grises me observaban asombrados.
Le supliqué ayuda con la mirada, él me ignoró. Tal vez aguardaba su turno.
El jarl se acercó, parecía venir de la batalla. Yo era la vencida, pero al menos su rostro reflejaba que había sido atacado.
Me golpeó con el dorso de la mano. Mi cabeza se sacudió.
Lo miré con odio, mi semblante congestionado por la ira lo atemorizó.
—¡Túmbenla en el suelo y sujétenla fuerte!
—¡Cobarde! —le escupí—. Necesitas a tus hombres para reducir a una mujer.
Los ojos del jarl me contemplaron airados.
—Tú no eres una mujer. Tú eres Fenrir, el lobo de Loki, dios del engaño y la mentira, perverso como el que más. Y ahora conocerás mi ira.
Parecía haber enloquecido.
Se tumbó sobre mí, su rostro ensangrentado junto al mío. Sentí la incursión de su miembro con una embestida tan violenta que grité. Me tomó con furia esperando ver en mi rostro un atisbo de súplica, de dolor, de llanto.
Lo privé de todo eso. Fue dureza lo que le mostré, indiferencia y, aunque arremetía con toda la fuerza de la que era capaz, no mostré el dolor que me provocaba. Apreté los dientes y recé para que aquel calvario terminara lo antes posible.
Sujetada de manos y pies, violada y golpeada viajé de nuevo a mi tierra. Cerré los ojos y me evadí. Rashid acudió a mi encuentro. Intenté visualizar su rostro, pero no lo veía. Tan solo aparecieron dos gemas verdes y brillantes en mi auxilio. Sabía quién era.
Cuando acabó, se levantó y miró a sus hombres.
—Si tienen agallas, es de ustedes.
Los hombres me miraron temerosos. Ninguno se atrevió. Me dejaron allí tirada. Por fin, sola, me permití llorar.
El lobo me dejó.
* * *
Corría en mitad de un bosque oscuro y cerrado; aullidos de lobos me rodeaban y, por mucho que corría no lograba avanzar; en cambio, las fieras que me perseguían se acercaban peligrosamente. Grité, grité con toda el alma hasta que escuché la voz de Rashid que se aproximaba.
Pero, cuando lo tuve frente a mí, no era su rostro el que veía, era un lobo enorme que se cernía hambriento, un lobo con ojos celestes, fríos y despiadados. Entonces la cara se transformó en la de un clérigo decrépito y enjuto con acento irlandés que alzaba una antorcha amenazante y reía sin parar.
Retrocedí aterrorizada hasta que una mano grande me detuvo.
Sentí una caricia y sonreí. Estaba a salvo.
La caricia me recorrió la mejilla con ternura.
De pronto la mano se convirtió en una mariposa que cosquilleaba mi rostro.
Abrí los ojos para encontrarme con dos esmeraldas pulidas cargadas de compasión.
Gunnar estaba de rodillas junto a mi camastro, tan solo llevaba unas calzas.
Podía ver en sus hombros el comienzo de unos surcos sanguinolentos.
También en sus costados. La carne parecía haber sido arrancada sin piedad.
No concebí cómo había logrado llegar a la cabaña; el dolor debió de haber sido ser atroz.
—Juro que pagará por esto, la muerte no será suficiente para él.
Su semblante, contrito, cargado de odio y dolor me estremeció.
Me acarició el cabello y fijó su mirada en mi lastimado rostro. Recorrió con infinita suavidad mi pómulo inflamado, el corte de la ceja y las magulladuras de todo mi cuerpo como si su contacto pudiera borrarlas.
Su rostro se contrajo por la ira y la impotencia.
Alcé la mano y la apoyé en su mejilla.
—Estoy bien, pero tú… —Sentí unas lágrimas asomando a mis ojos—. Tú estás malherido. No deberías estar aquí —lo regañé.
Bajó la mirada y, cuando volvió a levantarla, lo que vi me sorprendió.
—¿Podrás perdonarme?
—Nada de esto es culpa tuya, ¿me oyes? —contesté sobresaltada.
—Todo es culpa mía. Mía y de mi egoísmo.
Lo miré sin entender. Su expresión torturada me acuchillaba el alma.
—Te arranqué de una vida apacible y dichosa, llena de amor y promesas para traerte al confín del mundo. A un mundo duro y cruel. Yo… —Se le quebró la voz.
No fue capaz de aguantar mi mirada y la fijó en mis manos.
—Creí poder protegerte de todo; en mi presuntuosa estupidez pensé que era capaz de alejar el peligro de ti, incluso de hacerte feliz.
—Soltó una risotada dirigida a él mismo—.
Soy un necio. Un necio que soñó con algo imposible y, aunque voy a pagar duramente las consecuencias, no me importa, de veras que no.
Me miró de nuevo, su mirada brillaba contenida.
—Lo que más lamento es el daño que mi egoísmo te ha causado.
Solo mirarte en este estado me rompe el corazón.
Imaginar… las manos de ese malnacido sobre ti me revuelve el estómago.
Siento tal odio que pienso que las llamas que brotan de mi interior acabarán por salir y devorarme, porque ese odio va dirigido a mí mismo.
—Sus dedos se entrelazaron con los míos—.
Me arrepiento de haberte raptado y, aunque el mal ya está hecho, te juro por mi familia que mora en el Valhalla que voy a protegerte de todo y de todos hasta que…
—Su voz languideció atormentada—. Hasta que regreses con tu esposo. Yo mismo te llevaré hasta él.
Los latidos de mi corazón me aturdieron.
El tormento de Gunnar, su renuncia a mí, sus remordimientos y la certeza de que volvería con los míos me envolvieron en un huracán de emociones confusas.
Sin embargo, la que predominaba era la angustia, el desasosiego y, sobre todo, una honda sensación de pérdida.
Deseaba consolarlo, su agonía era la mía. No me atreví a preguntarme por qué.
La ruleta del destino daba otro giro.
Hizo ademán de levantarse. Le tomé con fuerza la muñeca.
—Una vez me dijiste que el destino era caprichoso, que éramos víctimas de la situación, que aceptarlo era lo único que se podía hacer.
Es cuanto nos queda a ambos. No te culpo de nada, y menos de esto.
Y, si mi destino es regresar a mi vida, puedo asegurarte que, cuando piense en ti, jamás lo haré con rencor, más bien al contrario.
Era patente el control que intentaba ejercer sobre sus emociones.
La tensión le estiraba el rostro. Apretaba con firmeza los labios y un velo le cubrió la mirada.
Supe que no podía hablar sin derrumbarse, tan solo asintió con una sonrisa tibia en señal de agradecimiento.
Se levantó con una mueca de dolor y se marchó.
Entonces le vi la espalda y ahogué una exclamación.
Estaba en carne viva, las brechas entrecruzadas sangraban; en algunas ya se había formado una costra, otras rezumaban un líquido verdoso proveniente de alguna cataplasma que le habrían aplicado.
Apreté los dientes y me juré que Amina también pagaría su perfidia. No me marcharía sin vengarme. Cerré los ojos y lloré. Fue un llanto desconsolado; lloré su dolor y el mío.
Otro pensamiento me asaltó. ¿Podría contarle todo aquello a Rashid?
¿Me miraría como siempre? ¿Seríamos capaces de reanudar nuestra vida?
Solo una cosa tenía clara: ya no era su dulce Shahlaa, no al menos la que conocía y de la que se había enamorado.
Ahora, el lobo que tantas veces me había poseído, formaba parte de mí; solo rezaba para que no acabara devorándome.