Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Pasé el resto del día tejiendo. Gunnar, bajo mi petición, había instalado un telar al fondo de la cabaña.

Todas las mujeres tenían uno para que las largas noches invernales fueran más amenas.

El telar, con su larga urdimbre y sus contrapesos de arcilla, tenía unas dimensiones considerables y, a pesar de haber recibido alguna que otra lección por parte de las mujeres, seguía cometiendo muchos errores.

Una y otra vez sacaba la lana, deshacía el entuerto y volvía a comenzar.

El viento aullaba junto a la puerta, se filtraba por el quicio y levantaba las chispas del hogar. Curiosamente las cabañas no tenían chimenea. Era más bien una oquedad en el techo cubierta por heno o maderas separadas.

Ya habían caído las primeras nevadas. El gélido blancor invernal cubría el verdor de las tierras con asombrosa rapidez. Ante la ausencia del sol, esas jóvenes nieves permanecían intactas muchos meses, crecían y engordaban hasta acabar languideciendo en primavera.

Unos golpes en la puerta enderezaron mi espalda. Eyra entró con talante agitado.

—¡Rápido, toma tu capa y acompáñame: el jarl quiere conocerte!

Me levanté algo confusa y asustada.

—¿Qué está pasando? Gunnar me ordenó que no saliera.

La anciana me miró malhumorada.

—Pasa lo que no tendría que haber pasado si me hubieras escuchado.

Tomé la capa y salí tras ella.

—Eres una necia, Freya. Debiste contarle a Gunnar lo que descubrió Jimena.

Había olvidado por completo a esas víboras.

—Por fin, descubriremos su ardid —musité entre temblores y no era el frío el que los provocaba.

—Sí, aunque me temo que sea demasiado tarde. ¿Recuerdas que había escuchado algo sobre una nota y el jarl ? Pues eso es lo que hicieron. Enviaron un mensaje a Harald el Implacable. En él acusaban a Gunnar de traición.

Sentí que se me paraba el corazón. Aquello no tenía sentido.

—No puede ser. Gunnar no ha hecho tal cosa.

—Sí lo ha hecho.

La miré estupefacta.

—Se quedó contigo, ¿no? Ofreció a su jarl unas simples tierras por ti a sabiendas de que valías mucho más.

En la nota, y por cortesía de Amina, se explica con lujo de detalle el palacio en el que vivías con tu esposo, tu escalafón social y las riquezas que te rodeaban.

Eso representa un cuantioso rescate que habría pasado a manos del jarl si Gunnar no lo hubiera engañado.

Sigrid intenta eximirlo diciendo en su favor que tú lo has hechizado con malas artes y utilizando la magia, qué él es una víctima de tu poder.

El jarl le ha creído. Gunnar siempre había sido su más leal guerrero hasta que llegaste tú.

Me sentí desfallecer. Aquello no podía estar pasando.

—Y lo peor de todo es que Gunnar habría podido interceptar el mensaje si hubiera conocido su existencia a tiempo. Acabas de cavar su tumba y la tuya.

¿Cómo había sido tan estúpida? Llevada por mis sentimientos, dudas, peleas internas, culpabilidad, pasión y recuerdos había dejado lo primordial en un segundo plano: mi supervivencia.

La venganza de Amina me golpeaba de nuevo.

Y yo, alertada, conocedora de su maldad, la había olvidado.

Un grave error que tendría que pagar. Pero no estaba dispuesta a permitir que Gunnar también lo hiciera.

Él tan solo era culpable de amarme. Si había tenido algo claro cuando había atravesado las grandes puertas de la casa comunal, había sido librarlo de la perfidia de mi enemiga.

La multitud se congregaba curiosa en el ala principal en la que se juzgaba a Gunnar.

Avancé circunspecta por el largo pasillo.

El silencio dio paso a comentarios susurrados.

Al fondo de la gran sala, se hallaba el jarl sentado en la silla del hersir ; junto a él, un encorvado monje benedictino con hábito marrón, mirada inquina y rostro enjuto me escrutaba con desaprobación.

Gunnar estaba a su lado de rodillas y maniatado.

De una de sus comisuras brotaba un hilo de sangre.

Lo habían golpeado. Sentí arder las entrañas.

Me acerqué altiva. Mis ojos flamígeros recorrieron las toscas facciones de Harald el Implacable, jarl del reino de Vestfold.

Gunnar me miraba consternado y furioso. Los ojos pequeños y claros del jarl se clavaron interesados en mí.

—Por ti, mi mejor hombre me ha traicionado. ¡Acércate!

Su voz enojada tronó. Reprimí un respingo.

Subí los tres peldaños que tenía la tarima en la que se hallaban y me sometí a su inspección.

—¡Quítate la capa!

Obedecí; el hombre, aunque alto, era delgado y parecía algo enfermizo. Su rostro huesudo y cubierto por una larga barba rubia era cruel, carente de emociones. Sus ojos celestes ponían la piel de gallina.

—Eres más hermosa de lo que esperaba. Sin duda, una buena captura. Pero ninguna hembra vale una traición.

—No hay traición alguna. El hersir desconocía mi valía.

—¿Y por qué la conozco yo?

Le sostuve la mirada sin amilanarme. No podía dejarlo ver el pavor que me provocaba.

—Porque Amina, ahora llamada Var, quiso vengarse de mí confesando un secreto que juramos guardar. Ella es la segunda esposa de mi marido, su rescate es igual de valioso que el mío. Y sus amos tampoco conocían ese hecho.

Recé para que la mentira que urdía tan apresuradamente fuera creíble.

Una exclamación de sorpresa conjunta sonó a mi espalda.

—Pero, astuta como un zorro herido —continué—, supo que nuestro esposo no pagaría por las dos. Solo una volvería.

El jarl me escrutó con su fría mirada azul.

—Y resulta evidente a quién elegiría. —Hizo una pausa, se frotó pensativo el mentón y agregó—: continúa.

—Sabía que ella intentaría acabar conmigo. Por eso decidí cobijarme bajo la protección del hersir . Use mi magia para envolverlo en mis redes, para anular su entendimiento. Lo hechicé.

Un nuevo murmullo flotó en la sala. El tonsurado monje se inclinó y susurró algo en el oído del jarl .

Harald el Implacable me tomó de la barbilla.

—¿Te acusas a ti misma de hechicería?

Decidí imprimir en mi falacia un último argumento de peso. Conocía de sobra las leyendas de magia, los mitos y las supersticiones que circulaban en torno al hogar cuando en las noches frías y oscuras se reunían a conversar.

—A medianoche, escapaba al bosque para reunirme con los lobos, seres de la noche como yo, y rodeada por ellos invocaba a las fuerzas de la naturaleza con cánticos y danzas, recitando sortilegios y quemando objetos personales del hersir . Lo convertí en mi esclavo.

Gunnar levantó la cabeza; espantado, alzó la voz.

—¡Miente! Ella no ha hecho tal cosa.

Me miró angustiado, sus ojos me advertían que me rectificara.

—Sí, lo hice —insistí.

—¡No! Miente para ayudarme. Desconocía que su familia fuera rica, tan solo me la quedé porque… me enamoré. Es cierto que quise adelantar su compra por temor a que te encapricharas de ella, pero jamás te traicioné.

El jarl , con pasos lentos, se acercó a él.

—Fuiste astuto, pues sin duda no te la habría cedido por unas simples tierras. Aún sin el jugoso rescate que pienso pedir, ella me pertenecía. Me robaste el derecho a gozar de semejante hembra. Un error que pienso enmendar.

—La palabra del jarl es sagrada —explicó Gunnar alzando la voz—, pero yo la tengo estampada en un documento. Ella es mía y no puedes quitármela. No querrás que se sepa que careces de honor, ¿no?

El hombre tomó a Gunnar por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás.

—¿Cómo osas amenazarme?

La sala retumbó con su grito.

—Podría degollarte ahora mismo y nadie me lo impediría.

Un terror primitivo y atroz me sacudió.

—Es mi hechizo el que habla por su boca, no él —intervine.

El jarl soltó a Gunnar y se acercó sibilino hacia mí.

—La hechicera.

Tragué saliva cuando tomó un mechón de mi melena.

—¿Me estás mintiendo para protegerlo?

Su voz me heló la sangre.

—No. Durante uno de mis rituales fui sorprendida por uno de vuestros guerreros.

En la sala, los murmullos subían de tono. Los congregados se miraban intrigados entre ellos.

—Thorffin el Gigante me vio regresando del bosque a altas horas de la madrugada.

Todas las caras se dirigieron a él.

—¿Es eso cierto? —le espetó el jarl .

Thorffin pareció dubitativo. Sabía lo que su amigo quería que dijera, pero resultaba evidente que también temía la suerte de Gunnar si se demostraba que había actuado con alevosía.

—La vi en plena noche regresando del bosque. Los lobos aullaban tras ella.

Otra voz se alzó entre la muchedumbre.

—Es maligna. —Era Asdis, la madre de Sigrid—. Cuando llegó, se produjo un incendio en el que murió uno de los nuestros; poco después, algunos enfermamos misteriosamente y dos más murieron. Es evidente que convoca a Loki para destruirnos.

—Permítame, gran señor, que le haga una recomendación —intervino el prior con voz susurrante— o más bien una advertencia. No subestime a esta mujer, es una bruja y, por lo que he escuchado, de las peores, su pueblo clama un escarmiento público.

El jarl me contempló con atención; meditativo, me rodeó y se paró frente a mí.

—Es evidente la magia que esconden tus extraños ojos. Como es innegable el hechizo que ejerces sobre mi hersir —sentenció.

Se volvió hacia los aldeanos y agregó:

—Exonero a Gunnar de su responsabilidad en esta treta. Se acerca una guerra con los clanes del Norte y lo necesito a mi lado, aunque recibirá un castigo que le recordará su lealtad hacia mí por encima de cualquier sortilegio.

El hombre se me acercó.

—En cuanto a la hechicera, me temo que tendrá que recibir un escarmiento que la aleje de sus sórdidos rituales.

Gunnar clavó una mirada de furiosa advertencia en su jarl .

—No pienso faltar a mi palabra —concedió—. Lamentablemente, es un hecho: la esclava pertenece al hersir y así seguirá.

Gunnar respiró aliviado, pero el jarl aún no había dicho su última palabra.