Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 8
41%

Capítulo 8

El nacimiento de un lobo

Una mañana apareció con un hermoso arco amarillo y negro, una funda repleta de flechas y una enorme sonrisa.

—Lo he hecho para ti.

Lo miré intrigada y pasé un dedo por la suave curvatura del arco.

—Te lo agradezco, pero no sé para qué lo necesito.

Me sonrió, sus manos me enlazaron la cintura.

—Casi todas las muchachas de la aldea saben usarlo, las espadas son demasiado pesadas para ellas.

Caí en la cuenta de que las mujeres pasaban solas mucho tiempo cuando sus hombres embarcaban o marchaban a la guerra, y de ellas dependía la seguridad y la subsistencia.

La mayoría eran altas y robustas, de genio vivo y talante emprendedor.

Nada parecía amedrentarlas, de hecho, esa ausencia de temor, esa libertad de acción y de opinión resultaba refrescante en comparación con la sociedad de la que procedía.

Las mujeres cristianas vivían con recelo bajo el yugo de los mandamientos, de las leyes y de la incesante vigilancia de los vecinos.

Siempre sometidas a normas que las relegaban a un escalón por debajo del hombre, se convertían en seres casi invisibles, útiles única y exclusivamente para el hogar y el cuidado de los hijos.

Pero ¿qué cabía esperar de una religión que imprimía en su gran libro que la mujer era la costilla del hombre y que en sus letanías incluía sermones plagados de duras amonestaciones contra las tentaciones nocivas que provocaban?

Temor: esa era la insignia bajo la que vivíamos. Sometimiento era cuanto nos quedaba.

En una tierra lejana, rodeada por una sociedad pagana, envidiaba a aquellas mujeres que gozaban de su vida de forma plena, que tomaban decisiones propias, haciendo y deshaciendo a su antojo, tan solo regidas por unas cuantas normas de convivencia.

En esa sociedad, yo era la esclava, de alguna forma, siempre lo había sido. Sin embargo, con Gunnar me sentía relativamente libre; a su lado, mi realidad, mi condición se desdibujaba lo suficiente para sentirme dichosa a pesar de todo.

—¿Piensas marcharte pronto?

La sola idea me sobrecogió.

—Espero que no. —Me alzó el rostro y besó la punta de la nariz—. He de confesarte que es la primera vez que lamentaría partir. Aunque también sería la primera vez que tendría un motivo para regresar.

Me puse de puntillas y lo besé.

Enlazó mi cintura y me llevó hasta el prado en el que se ejercitaba con el arco.

Varios escudos se hallaban dispuestos a la altura de los ojos contra unos robles jóvenes. La mayoría estaba profusamente perforada, así como también los troncos de los árboles en toda su extensión.

—¿No temes que me clave una flecha en el pie?

Me alejó unos pasos y entrecerró los ojos para calcular la distancia.

—Si tan solo temiera eso…

Le di un ligero empujón con un mohín de disgusto.

Rio y se puso detrás de mí.

—¡Vaya! ¿Dónde está el valor de los temibles hombres del Norte?

—No me escondo, solo intento enseñarte a colocar el arco debidamente.

Sus grandes manos se posaron en mis caderas. Pude sentir su cálido aliento en mi oído. Las palabras susurradas me erizaron la piel.

—Ténsalo todo lo que puedas, al principio te costará, pero con el tiempo tu brazo adquirirá más fuerza y te será más fácil.

Lo hice. Tuve que apretar los dientes en el intento; enseguida bajé el brazo, temblaba por el esfuerzo.

—Creo que deberás repetir ese movimiento unas cuantas veces para tomar algo de resistencia.

—No, quiero probar a lanzar una flecha.

No podía verle el rostro, pero su cuerpo tras el mío era toda una distracción para mis sentidos. Intentaba concentrarme mientras él tensaba por mí la cuerda y ubicaba debidamente la flecha.

—Cuanto más abras el arco, con más fuerza saldrá la flecha.

Si el objetivo está cerca, solo habrás de tener en cuenta el viento, pero, si está algo más alejado, es conveniente que siempre apuntes más alto para que la parábola que trace la flecha acabe justo donde tú lo desees. No es más que práctica.

Soltó la cola y la saeta salió disparada hacia el centro del escudo que se hallaba enfrente. Lo miré boquiabierta. Él sonrió tan sorprendido como yo.

—Te juro que no he apuntado, ni siquiera estaba mirando.

—¿Y qué mirabas?

—Tu perfil. Estás muy guapa cuando frunces el ceño y entornas los ojos atendiendo tan seria mis explicaciones.

Sentí que me sonrojaba.

—Ahora quiero hacerlo sola.

Me soltó y se puso a mi lado. Atisbé en su expresión un brillo divertido.

No pensaba aguantar que se mofara de mí.

Así que, con toda la fuerza y destreza de la que fui capaz, dispuse otra flecha y tensé no sin esfuerzo la elástica cuerda.

Antes de que los temblores me debilitaran el brazo, solté la emplumada cola y la flecha, describiendo un arco, cayó sin gracia a mitad del recorrido.

—No está mal para empezar, al menos ambos conservamos los pies intactos.

Temeroso de mi reacción se apartó unos pasos. Su boca se curvó en una sonrisa.

—Si vuelves a burlarte, te juro que no serán solo tus pies los que corran peligro.

—Espero que no te refieras a cierta parte a la que le tengo bastante estima, por no mencionar lo mucho que te satisface.

Avancé hacia él de manera amenazadora.

—Pareces una valquiria con el arco en la mano y esa expresión malhumorada.

Gunnar retrocedía divertido, el viento le mecía la melena, la picardía brillaba en su mirada.

Aproveché su desconcierto y me lancé sobre él. Caímos sobre la alta hierba y rodamos entre risas. Su inmenso cuerpo prácticamente me sepultó; se alzó sobre los codos y me miró.

—Mi preciosa valquiria, ahora creo que soy yo el que tiene una flecha apuntándote.

—Imagino que no piensas tener piedad.

—Ninguna.

Me besó impetuoso. Comenzó a llover, pero ya nada podía detenernos. Solo era consciente de sus manos arrancándome la túnica, de su boca devorándome el cuello. Abrí las piernas y hurgué en sus calzas para liberarle el miembro, aguanté la respiración ante su violenta incursión.

—Moriría así —gimió enronquecido.

Su cabello mojado se desplegaba en torno a mi rostro.

Me sujetó las muñecas por encima de la cabeza y me besó.

Se movió dentro de mí con vehemencia. Me sumergí en el destello verdoso de su mirada cargada de lujuria.

El placer me envolvió en llamaradas ascendentes.

De pronto, se detuvo, apartó el cabello empapado de mis mejillas y apoyó su frente contra la mía. Cerró los ojos y susurró:

—Mía, solo mía.

—¡Oh, no te detengas!—supliqué jadeante.

Abrió los ojos y sonrió.

—No, mi amor, nunca.

Alcé las caderas recibiendo cada embestida con ardiente desesperación. El mundo desapareció. El repiqueteo de la lluvia, el viento, el retumbar de los truenos, el aroma de tierra mojada, de hierba fresca. Todo se evaporó; solo estábamos los dos y flotamos hacia el clímax.

* * *

El gran jarl llegó sin previo aviso acompañado de una comitiva numerosa de guerreros y esclavos.

Gunnar se vistió aceleradamente con preocupación.

—No quiero que salgas de la cabaña en todo el día. Al menos hasta que sepa a qué ha venido.

Lo contemplé desde el hogar. En el caldero de cobre que colgaba de un gancho en el techo burbujeaba una sopa de carne. Tomé una escudilla de madera y vertí una generosa cucharada en ella.

—Tómalo. Te calentará las tripas y alejará tu inquietud.

—No estoy inquieto.

Le sonreí divertida.

—Sí que lo estás y no deberías. En el contrato de cesión está estampado su nombre. No puede romper su propia palabra.

Se limitó a gruñir mientras se calzaba las botas.

—Toda precaución es poca tratándose de él.

Bebió la sopa a tragos cortos sin dejar de mirarme. Me preguntaba cómo podía soportar tragarla con semejante temperatura.

—Está deliciosa —me sonrió.

—Debes marcharte ya, no hagas enfadar al jarl .

—Ha venido acompañado de ese monje siniestro que le murmura constantemente en el oído. Me pone la piel de gallina.

—¿Un monje? ¿Aquí? —me extrañé.

Gunnar asintió.

—El prior Kearan, un viejo irlandés: lo capturamos en el saqueo de su abadía. Ha ganado la confianza del jarl con sus sabios consejos; quiere hacernos creer que es como Anscario, pero no hay dos monjes más diferentes. A Kearan solo lo mueve la codicia.

—¿Cuántos monjes acampan por estas tierras paganas?

Besó la punta de mi nariz y sonrió.

—Anscario es un monje francés traído por el antiguo rey Haroldo con el noble propósito de evangelizar el reino.

Ahora, bajo la protección de Erico, el actual rey, extiende el cristianismo con el fin de eliminar la barbarie.

Erico quiere unificar los territorios sometiendo a los jarls , pero mucho me temo que no le va a ser tan fácil.

Creo que dentro de poco se celebrará una theng .

Sonrió ante la expresión ignorante de mi rostro.

—A veces olvido que desconoces algunos términos. Una theng es una asamblea que convoca el rey para obtener la aprobación de sus jarls . Teme una sublevación y necesita el beneplácito de la mayoría para contener la rebeldía de los más disconformes. Harald el Implacable es uno de ellos.

—Imagino que tú irás a esa asamblea.

—Es mi deber.

—¿Y tendrás que hacer lo que tu jarl decida aún en contra del rey?

—Si quiero continuar siendo el hersir de este pueblo, sí.

—Sus ojos verdes adquirieron un tinte apesadumbrado—.

A veces uno toma decisiones en contra de sus principios si con eso evita un mal a la gente que quiere.

Ulf quiere mi puesto, y no voy a permitir que un hersir despiadado gobierne a mi pueblo.

Era un gran hombre y era mío. Me sentí orgullosa.

Tomó su capa y fue hasta la puerta.

—No olvides lo que te he dicho. No quiero que salgas de aquí, ¿entendido?

Asentí y le mandé un beso.

Me despidió con una sonrisa.