Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #10
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Capítulo 7 #10

—Acabo de ver hablando juntas a Sigrid y a esa árabe que peleó contigo. —Hizo una pausa, se puso una mano en el agitado pecho, miró repetidas veces a la puerta y continuó—: conversaban sobre ti.

—Si recordara cómo hacerlo, me santiguaría —masculló Eyra.

Jimena sí lo hizo.

—¿Escuchaste lo que dijeron?

—Tan solo algunas palabras sueltas, pero creo que traman algo. Hablaban de un mensaje y de la visita del jarl , decían que pronto desaparecerías de sus vidas.

—¿La visita del jarl ?

En mi cabeza sonó una voz de alarma.

Jimena asintió. Sus azules ojos brillaron inquietos.

—Temo por ti, amiga. Esas mujeres son crueles, están celosas y no pararán hasta quitarte de su camino.

—Se cuál es el alcance de Amina, mató a mi hijo todavía en mi vientre.

Me miraron incrédulas.

Jimena se volvió a santiguar.

—Debes contárselo a Gunnar. Sospecho que el incendio también fue un ardid de ellas. Amina es una zorra astuta, no sé cómo lo hizo y creo que nunca lo sabremos, pero no parará hasta… —Eyra no terminó la frase—. Ambas son demasiado peligrosas, él te protegerá.

—No necesito que me proteja. Ya estoy sobre alerta. Andaré con cuidado.

—¡Muchacha orgullosa! Déjate de tonterías, esto es demasiado grave. Prométeme que se lo contarás.

Asentí, aunque no pensaba hacerlo.

* * *

Llevaba dos noches sin poder dormir. Y, a pesar del intenso frío, necesitaba salir a caminar. Me dirigí a un estrecho y sinuoso sendero que conducía a un bosque cercano. La espesa vegetación susurraba bajo mi falda. La luna llena me plateaba la piel y agrisaba el cabello.

Mis pensamientos, la mayoría funestos, flotaban a mi alrededor hirientes.

En un intento por escapar de ellos y de mi infortunio, corrí entre la maleza hasta agotarme.

El vaho de mi garganta y la neblina suspendida sobre los helechos me transportaron a otro lugar.

Fue como si estuviera en mitad de un sueño y me alivió pensar, aunque fuera por un momento, que despertaría junto a Rashid.

En el camino de vuelta, fui sorprendida por Thorffin.

Salía de la cabaña de Helga a hurtadillas, me miró sorprendido, pero nada dijo. Me alegré por ellos, la vida, en su continuo movimiento, colocaba las piezas hasta encajarlas. Gunnar tenía razón, solo nos quedaba aceptar lo que estuviera escrito.

A la mañana siguiente, varias personas amanecieron enfermas, aquejadas de un fuerte dolor estomacal, vómitos violentos e incluso diarreas sanguinolentas. No podíamos hacer nada por ellos, tan solo sujetarles la frente cuando les sobrevenían las arcadas y refrescarlos con paños húmedos.

—Es la primera vez que veo algo así —comentó Eyra desconcertada—. Es cierto que en alguna ocasión, al consumir algún alimento en mal estado, un grupo de gente ha enfermado, pero en este caso se me escapa al entendimiento. Ninguno ha comido lo mismo y todos bebemos del mismo pozo.

El viejo Olaf fue el primero en morir.

La gente comenzaba a pensar que una ola de furia divina había caído sobre ellos. Se sentían castigados y no entendían el motivo.

La segunda fue la dueña de Amina. Ingunn, la esposa de Thorkel.

Para entonces el pánico se había extendido. Los enfermos ya encomendaban sus almas, y las familias rezaban suplicando por sus seres queridos.

—Loki anda suelto y juega con nosotros —había dicho Asdis, la madre de Sigrid, sin dejar de mirarme con desconfianza—. Sin duda, alguien le ha abierto la puerta.

Loki era un dios malvado y cruel, hijo de Odín, el padre de todos los dioses, que al parecer disfrutaba atormentando a los mortales.

La insinuación dirigida a mí de manera tan directa, me incomodó.

Supe al instante que alguien estaba difundiendo un rumor; recé para que no se arraigara en el corazón de esas gentes.

Afortunadamente nadie más murió. Y al cabo de unos días todos se restablecieron. Sin embargo, sentía miradas furtivas a mi alrededor acompañadas de siseos y murmuraciones malintencionadas. Fuera lo fuera sea que habían sembrado, parecía germinar demasiado deprisa.

La noche dio paso al alba, no había podido dormir y necesitaba refrescar los pensamientos; con esa idea me dirigí al embarcadero.

Sobre mis hombros llevaba una capa de lana verde que ondeaba movida por el viento.

Mis cabellos se agitaban al mismo ritmo.

El mar se encrespaba al igual que mis pensamientos.

Amina, ahora llamada Var, y Sigrid no descansarían hasta librarse de mí. Venganza, celos y envidia se habían aliado en mi contra. Debía estar alerta. Sin embargo, solo me quedaba esperar su próximo movimiento.

—Pareces una diosa contemplando su reino.

La suave voz del hersir flotó entre la neblina.

No lo miré. Se acercó y se detuvo a mi lado.

—Necesito saber lo que ocurrió.

Seguí contemplando el mar.

Desde que me había sido revelada la verdad, el destino de Rashid seguía siendo un misterio.

Gunnar me había capturado, pero Rashid había quedado herido con Ulf a su espalda.

Había evitado enfrentarme a Ulf, más por miedo a lo que podría contarme, que por perder los estribos con un hombre tan despiadado.

Pero ahora necesitaba saberlo y tenía la certeza de que Gunnar conocía los detalles.

—Si quieres saber si él sigue vivo, solo puedo decirte que Ulf no lo mató. Recogió el cadáver de Hakon el Rojo y lo llevó a la nave.

Suspiré aliviada. Mi esposo estaba vivo.

—Necesito estar sola.

Mi mirada seguía perdida entre las olas; el mar se había oscurecido, cubierto por nubes enojadas.

—Haré lo que sea para conseguir tu perdón.

Su súplica no me afectó. Sin embargo, recordé las palabras de Eyra.

—Todavía no estoy preparada para dártelo.

—Tengo el contrato en mi poder. Eres mía, tenemos todo el tiempo del mundo.

Seguía sin mirarlo. Mi cabeza abotargada de emociones e inquietudes era incapaz de pensar con claridad.

—No puedo soportar tu distancia, tu frialdad. Te necesito —imploró angustiado.

El lobo me poseyó.

—Más me necesita Rashid.

Ahí estaba mi primera dentellada.

Furioso, me tomó por los hombros y me volvió hacia él.

—Te prohíbo que vuelvas a pronunciar su nombre.

Lo miré. Parecía compungido y desesperado.

—¿Vas a prohibirme también que piense en él?

La segunda.

—¡Sí, maldición!

La furia lo sacudía, pero también el dolor.

—¡Entonces mátame y tus órdenes serán cumplidas!

La tercera y definitiva.

Bajó la cabeza con pesar, parecía vencido. No le veía los ojos, pero apretaba con fuerza los puños. Cuando alzó el rostro, su mirada resentida me taladró.

—Está bien: si así lo quieres, así será. Eres mi esclava y como tal yacerás conmigo todas las noches, te someterás a tu amo en todo lo que se te ordene.

—Como desee el hersir —contesté con frialdad.

Me arrastró rumbo a la cabaña. Cuando cerró la puerta, se plantó frente a mí. Respiraba agitado, sus ojos se oscurecieron.

—¡Desnúdate! —exigió.

Obedecí sumisa, quería mi cuerpo y lo tendría, pero sin alma.

Me contempló con rostro inexpresivo.

Bajé la mirada y esperé.

Se abalanzó sobre mí. Me besó ansioso, me acarició esperando una respuesta que no llegaba.

Pero no se desanimó. Me tumbó en el jergón y me recorrió con la lengua.

Con semblante decidido y furioso continuó buscando mi placer, mi respuesta.

Sus besos me estremecían. Me negaba el goce, luchaba contra él, pero, avezado en esos manejos, supo poco a poco y con inagotable paciencia encender la chispa.

De nuevo mi cuerpo me traicionó. Comencé a gemir. Mis manos empezaron a buscarlo y mi boca terminó rindiéndose a su asalto.

Volcamos la furia que sentíamos en aquel deseo que nos devoraba. Nos tomamos enloquecidos. Gunnar, generoso, esperó hasta que yo alcanzara el placer. Me miró de una forma extraña cuando se derramó sobre mí.

Por un momento, creí ver su alma. Su intensidad me sobrecogió. Vi sufrimiento y miedo, esperanza y anhelo, promesas y perdón.

El lobo se marchó.

—Te amo —musitó. Tenía los ojos arrasados en lágrimas—. Y cruzaría el infierno por ti.

Ahí estaba. Lo que siempre había estado en sus ojos cada vez que me miraba. Ahora lo veía y a mi alma seca llegó una fina lluvia. No sabía si sería capaz de amarlo, pero sí sabía que era incapaz de odiarlo. Era un principio, y se lo dije con una mirada y un beso.

—Te amaré por los dos —susurró con la voz rota.

Sentí que la piedra de mi corazón comenzaba a aligerarse. El rencor se alejaba, conmovido por la profundidad de su amor.

—Dejaré que cures mis heridas —musité.

La mirada se le iluminó. Aquello era un triunfo para él.

—Es cuanto necesitaba oír.