Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #9
38%

Capítulo 7 #9

—No necesito que me ayudes, puedo caminar sola. —Y para demostrárselo me desprendí de su abrazo.

Había decidido poner distancia entre los dos. Lo que me hacía sentir era demasiado arriesgado para mí.

Él, molesto, no insistió.

—De acuerdo —espetó con los brazos en jarras—. Has demostrado tener agallas, así que no veo por qué no vas a poder andar por ahí con las manos abrasadas.

Lo miré con rencor. Enderecé la espalda y logré dar un par de pasos.

El intenso dolor había llegado a los hombros y me recorrían la espalda unos espantosos calambres.

Las rodillas me flaquearon. Sentí que me desplomaba, sin embargo, no llegué al suelo.

No supe bien que estaba pasando, solo supe que un pecho amplio y cálido me dio cobijo y que floté en unos fuertes brazos.

* * *

Desperté en un jergón que no era el mío. Estaba sola en una cabaña que reconocí como la de Gunnar. Intenté frotarme los ojos, pero mis manos vendadas lo imposibilitaron.

Estaba cubierta por una piel de buey; junto a mí, en un taburete de tres patas, habían depositado un odre. Estaba sedienta. Acerqué mi boca a él y lo tomé con los dientes. ¿Y ahora qué? En mitad de ese pensamiento la puerta se abrió y mi amo entró llevando un cuenco repleto de caldo.

—Aguarda, deja que lo abra.

Me lo arrebató de la boca y quitó el tapón. Lo acercó de nuevo y bebí como si hubiera estado una semana perdida en el desierto. Satisfecha, volví a recostarme.

—Llevas dos días dormida. Eyra y yo hemos estado curándote.

Lo miré. Estaba muy guapo. Sus ojos verdes iluminaban la estancia.

Carente de barba, sus facciones destacaban en toda su armonía.

Los pómulos altos, la frente ancha, el mentón pronunciado, la boca ancha y suave, la mirada felina, el gesto tierno y su larga melena suelta y leonada con dos trenzas cayendo a ambos lados del rostro le conferían una masculinidad salvaje.

Sentí que el corazón se me encogía. Distancia, me recordé.

—Con Eyra habría sido suficiente.

Reprimió un mohín de disgusto y me acercó el cuenco.

—Te sentará bien. Es caldo de carne, te lo envía Ylva, la madre de la niña que salvaste.

—¿La mujer que arrojaste por la ventana?

Asintió y sus ojos adquirieron un tinte apesadumbrado.

—Su marido pereció entre las llamas, no llegué a tiempo.

La pena se le reflejó en el rostro. Luché contra las ganas de consolarlo. Deseaba decirle que había sido muy valiente, que al menos la madre vivía y sobre todo agradecerle mi propia salvación; las palabras se arremolinaban en mi cabeza buscando una salida: en su lugar, cuando abrí la boca, musité:

—No tengo hambre.

Mi sequedad lo irritó, pero logró controlarse. Se esforzó por sonreír.

—Debes comer. Abre la boca o me obligarás a alimentarte a la fuerza.

Negué con la cabeza.

—No quiero nada que venga de ti.

Me observó durante un momento y se levantó airado. Dejó el cuenco en la mesa y paseó de un lado a otro. Estaba furioso. Su vano intento por sosegarse no dio resultado y se volvió hacia mí.

—¿Qué quieres que haga? Te he salvado de la crueldad del jarl , de las garras de la muerte y estoy intentado darte lo mejor de mí mismo. Pero nada parece dar resultado. ¿Qué tengo que hacer para obtener tu perdón?

Sus hermosos ojos chispeaban apasionados.

—¿Para qué quieres mi perdón?

—Ya lo sabes.

Apretaba la mandíbula, la tensión le contraía las facciones.

—Así que es verdad, esperas que te mire como lo miraba a él cuando me arrancaste de sus brazos, ¿no?

El tono burlón de mis palabras lo paralizó. Se levantó dispuesto a marcharse. Pero yo aún no tenía suficiente.

—Dime, gran hersir , ¿por qué ese empeño? ¿Acaso es una nueva meta que te has propuesto conseguir? ¿Un reto para tu gran ego?

Su expresión herida me taladró el corazón.

—Nunca me han amado de esa forma. Yo solo quería saber qué se siente cuando otra persona está dispuesta a entregar hasta el alma por el ser que ama. Y, sin duda, en aquel momento, tú la habrías entregado por él.

—¿Y con qué derecho le robaste a un hombre lo que tan sabiamente se había ganado?

Gunnar me miró sombrío.

—Tomo lo que deseo, y en ese momento eras tú.

—¿Qué se puede esperar de un bárbaro?

Se lanzó sobre mí desquiciado, me sujetó con fuerza la barbilla y me besó con ira.

—Ahora eres mía te guste o no. Te he comprado y empiezo a lamentarlo.

Me aparté con desprecio.

—Todavía no, no hasta que llegue el contrato.

* * *

Días después, apareció un mensajero con el contrato firmado por el jarl . Gunnar inteligentemente no se había acercado a mí. Tal vez pensó que me apaciguaría o simplemente temía un enfrentamiento. Mis manos habían sanado, y agradecí poder reanudar las tareas para mantener la mente ocupada.

Él se había empeñado en investigar el misterio del incendio. Sin duda, habían intentado atentar contra mí o contra alguna de mis compañeras, pues las llamas comenzaron en la cabaña de las thralls . La puerta atrancada así lo demostraba, pero quién o por qué nadie lo sabía.

Mi única enemiga se había defendido diciendo que había pasado la noche cuidando de su ama que llevaba indispuesta varios días. Y Thorkel, el esposo, ojeroso y pálido, había confirmado su testimonio. Así que, de momento, nada podía hacerse.

A pesar de eso, Gunnar había decidido colocar un turno de guardia por la noche.

En cuanto me fue posible, visité a la niña que ya sonreía con su madre.

Las quemaduras en la espalda habían sido leves y hasta era posible que ni cicatriz le quedara.

De Blanca no podía decir lo mismo: sus piernas siempre serían un recuerdo de aquella noche infernal.

Eyra aseguraba que podría caminar y, para alguien que había estado a punto de cruzar al otro mundo, era toda una proeza.

Tras mi intervención en el incendio, las gentes me acogieron de manera más calurosa.

Recibía sonrisas y acudían a conversar conmigo amigablemente.

Les gustaba escuchar relatos de mi querida tierra y reían ante mis descripciones de juegos y danzas.

Era invitada a cenar y respetada por la comunidad a pesar de mi condición de esclava.

No obstante el cariño que me brindaban, la piedra de mi pecho seguí allí pesada y dura.

Temía ver a Gunnar, lo evitaba en la medida de lo posible, y sin embargo, añoraba su presencia, sus miradas, sus lecciones.

Caía la tarde. El invierno se acercaba. La temperatura había descendido considerablemente.

El sol parecía lejano y difuminado en el horizonte, su luz era blanca y lánguida.

Curiosamente, en verano nunca se ponía del todo y, en invierno, decían que casi nunca asomaba en aquellas lejanas tierras jalonadas de glaciares, meandros y altas montañas.

Eyra me observaba preocupada. Juntas preparábamos skyr en la casa comunal.

—Muchacha, has conseguido lo que te proponías, ¿por qué darle vueltas al pasado?

Ella conocía todo lo acontecido con Gunnar.

—Sabes que mi desgracia se la debo a él. ¿Crees que puedo olvidar eso?

Eché un puñado más de sal al caldero.

—Deberías. Él solo seguía su destino. Las piedras se lo indicaron.

La miré con resentimiento.

—¿Y qué hay de mi destino?

Los ojillos de la anciana brillaron.

—Tal vez no era el que pensabas.

Eyra tomó una larga pala de madera y removió el níveo líquido.

—No voy a conformarme —espeté decidida.

—¿Y qué maravilloso plan estas ingeniando? —se mofó.

Había pensado mucho en eso.

—Le haré la vida tan insoportable que acabará por librarse de mí. Lo obligaré a pedir mi rescate. Con el oro podrá comprar tierras, ganado y las esclavas que le plazcan.

Rio divertida. Pero, al ver mi mortificado semblante, se acercó y me tomó la barbilla.

—Te creía más lista, muchacha. Estás luchando contra ti misma. Acepta tu nueva vida, permítele a Gunnar sanar tus heridas, obtener tu perdón. Y, si el destino vuelve a poner a tu esposo en tu camino, corre a su lado si es lo que quieres. Pero hasta entonces no te llenes de amargura.

—¿Jugó conmigo desde el principio?

Me apartó un mechón de pelo y lo depositó tras mi oreja.

—¿Acaso no es un juego el amor?

—Ahora querrás hacerme creer que me ama, ¿no?

—Él no es un hombre caprichoso ni voluble.

Ha sufrido mucho. Desde pequeño tuvo que trabajar como una mula.

Apenas tenía barba y ya había librado duras batallas.

Su vida no ha sido fácil. Su padre y su hermano mayor murieron a manos de los Ildengum, un clan hostil de las montañas.

Su madre murió de fiebres poco después. En cuanto a las mujeres, nunca mostró un excesivo interés por ninguna, tan solo tomaba a la que le apetecía para desfogar sus instintos.

Ha cargado con la responsabilidad de todo un pueblo, protegiéndolo y alimentándolo.

La comunidad es su familia y jamás se ha quejado.

Nunca, óyeme bien, nunca lo había visto tan entusiasmado con nadie como contigo.

No sé si es amor, pasión o devoción, pero sea lo que sea es grande, muy grande.

—Sin embargo —comencé apesadumbrada—, yo no puedo dejar de amar a mi esposo, está metido en mis huesos, en mi piel, en mi alma.

No puedo dejar de sentir rencor hacia Gunnar, de culparlo de todo.

No puedo olvidarme de todo lo que siento aquí.

—Me señalé el pecho—. De la ira y del dolor.

Para colmo de males, veo a Amina cada día, que, no solo me trae sinsabores, sino continuos recuerdos de él.

La huesuda mano de la mujer se apoyó en mi hombro.

—Entonces ten paciencia. El tiempo será el único bálsamo capaz de sanarte.

Intenté sonreír, pero mis labios solo dibujaron una extraña mueca.

—Tal vez no puedas luchar contra tus emociones —agregó—, pero al menos sofócalas.

Oímos unos pasos rápidos recorrer la gran sala. Jimena se acercó a nosotras, parecía nerviosa.

Se dirigió a mí. Llevaba un cubo de leche. Venía de ordeñar.