Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #8
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Capítulo 7 #8

Un pensamiento se filtró en mi mente para sembrar aun mas inquietud.

—Me raptaste para ti, pero me elegiste para tu jarl . Algo no encaja.

—Mis hombres tienen ojos en la cara. Tenía que fingir que serías para el jarl ; sin duda, eras la más hermosa, aunque ya tenía pensado comprarte.

—¿Y todo este tiempo has dejado que te sedujera para convencerte? ¡Incluso me rechazaste!

—En realidad, no las tenía todas conmigo, el jarl es un hombre imprevisible y temía que hubiera llegado a sus oídos tu singular belleza.

Esas tierras son lo único que tengo y nunca dudé en entregarlas por ti.

Las veces que te rechacé solo lo hice movido por los celos.

Aunque he de reconocer que he disfrutado enormemente con tu seducción.

Me conquistabas con tus miradas sin saber que ya estaba conquistado.

Me incitabas con tu cuerpo cuando ya me había rendido a tus encantos.

Y aquel día, en el barco, solo quería ponerte las cosas difíciles para alargar el juego.

Sabía que no te rendirías, solo temí perderte cuando anoche en la fiesta te vi junto a uno de los nobles más ricos de la región. Estabas tan arrebatadora.

Cuando terminó de hablar, lo abofeteé con todas mis fuerzas. Todo había sido un juego para él cuando el sufrimiento me había quemado las entrañas.

—Prefiero mil veces pertenecer al jarl .

—Es demasiado tarde, hace días que partió el mensajero. No tardará en llegar el contrato.

—¿Y si no acepta lo que le ofreces?

—Lo aceptará, las tierras que poseo lindan al norte con una de las regiones que ambiciona conquistar. Son de un clan enemigo. Siempre las anheló.

La cabeza me daba vueltas, el odio y la ira me sacudían por igual.

—Eres mi esclava.

Negué con la cabeza.

—A partir de hoy seré tu lobo. Y te juro por mi dios que no cejaré hasta devorarte el alma.

Nos sostuvimos la mirada y nos retamos mutuamente. En la mía refulgía la venganza que pensaba cobrarme. En la suya, una determinación apabullante por conquistarme.

—Ya has empezado a hacerlo —masculló.

* * *

Aquella noche de luna llena, de pensamientos funestos y de ataques de llanto culminó de la manera más grotesca. Con un incendio.

Compadeciéndome de mí misma, me arrebujé en el irregular jergón en un vano intento por conciliar el sueño. Solo podía pensar que era un objeto, una posesión, un juguete roto que danzaba sin rumbo a merced de un destino caprichoso y cruel cuando un intenso olor a humo se filtró por la puerta.

La cabaña de las esclavas seleccionadas para el jarl en la que me hallaba se encontraba en una esquina del pueblo casi cobijada por una abertura en la roca, algo más alejada de las demás.

Alertada, me incorporé, no tardé en escuchar el crepitante rumor del fuego.

Jimena y otra esclava llamada Blanca, natural de Lisboa, se agitaron en sus lechos.

El humo les rodeaba las cabezas y, entre toses, abrieron los ojos.

—¡De prisa, tenemos que salir de aquí! —urgí y corrí hacia la puerta.

Ante mi sorpresa, no se abrió. Forcejeé apremiante.

—¡Está atrancada! —exclamó Jimena.

No contesté, retrocedí y golpeé con el hombro. Apenas temblaron algunos maderos. Volví a la carga, esta vez, lanzando patadas con toda la fuerza de la que era capaz.

Blanca, viendo con pavor que mis esfuerzos resultaban infructuosos, se lanzó a la única abertura cerrada a cal y canto por las contraventanas de roble.

—¿Quién ha cerrado la ventana?

Nos miramos cada vez más aterradas. Empezaba a ser evidente que nos habían encerrado para ser cocinadas.

El humo ya llenaba la estancia. Tosíamos sofocadas. Me acerqué esperanzada al único balde que teníamos y recé para que estuviera lleno.

Blanca se me adelantó y lo tomó con intención de apagar las lenguas de fuego que ya lamían los quicios de la puerta.

—¡No! —grité y me precipité sobre ella.

Jimena, más adelantada que yo, logró detenerla.

—¿Qué demonios pasa? ¡Vamos a achicharrarnos si no lo apagamos!

—¿Y piensas apagar un fuego que rodea toda la cabaña con un solo cubo de agua a través de una maldita puerta cerrada? —espeté furiosa.

—¿Y para qué diantres sirve el agua? ¿O acaso piensas esperar a que el fuego entre para recibirlo como es debido? Para entonces nos habremos asfixiado.

No repliqué, el humo me quemaba la garganta. Me arranqué un trozo de lino de la camisola y lo empapé en el agua. Después me cubrí parte de la cara con él, atándolo fuertemente tras mi cabeza. Las demás me imitaron. Con el resto del agua nos mojamos el pelo y los hombros.

Jimena tomó las pieles que colgaban de las paredes y las puso sobre nuestras cabezas. Las tres nos apiñamos y esperamos a que la puerta que ya comenzaba a ennegrecerse se debilitara lo suficiente para poder derribarla.

Temblábamos abrazadas. Los ojos de Jimena buscaron valor en los míos.

No sé lo que encontró. Intenté mostrar serenidad, pero no dejaba de pensar que, si no lográbamos traspasar la puerta, la cabaña se convertiría en una pira funeraria.

Sus manos pequeñas y pálidas estrujaron las mías.

Clavamos la vista en la puerta, las llamas comenzaban a devorarla.

La viga principal del techo comenzó a crujir. Nos movimos a tiempo de evitar que se desplomara sobre nosotras. Blanca gritó aterrorizada. El calor empezaba a ser insoportable. Nos cobijamos en una esquina.

Sentí un rápido movimiento a mi izquierda y un tirón fuerte que me arrancó bruscamente la piel con la que me envolvía. Blanca, abrumada por el horror, corrió hacia la puerta antes de tiempo.

Apenas tuvimos oportunidad de reaccionar; su cuerpo chocó contra la llameante madera y, como un demonio salido del averno, golpeó repetidas veces.

Su túnica se prendió y enloquecida se tiró al suelo.

Las llamas le subieron por las piernas. Sin dudarlo, nos despojamos de las pieles que todavía conservábamos y la golpeamos con ellas.

Blanca aullaba y suplicaba. El olor a carne quemada impregnó el aire. Empecé a marearme.

Entre el rugido del fuego y el crujir moribundo de la madera se filtró uno más desconcertante que me aceleró los latidos. Un golpeteo sordo y rítmico comenzó a quebrar la madera a mi espalda que, astillada, se abrió lo suficiente para dejar entrever el filo de una enorme hacha.

Nos retiramos al rincón opuesto con la esperanza soliviantando nuestros temores. El grueso tronco que conformaba la pared del fondo se fragmentó y cayó. Una cara conocida nos miró.

—¡Rápido, por aquí, la cabaña está a punto de derrumbarse!

La voz de Gunnar nos impelió hacia la abertura.

Entre Jimena y yo logramos sacar el cuerpo inconsciente de Blanca por la oquedad. Él lo tomó por los hombros, lo deslizó con una suavidad pasmosa. Ayudó a salir a Jimena y, por último, estiró una mano hacia mí.

Cuando atravesé el agujero, me estrechó contra su pecho. Temblaba al igual que yo. Me reconforté en su abrazo y, cuando finalmente me miró, vi angustia en sus ojos.

—¿Estás bien, Freya?

Asentí; sin previo aviso me soltó y quede allí, aturdida, todavía necesitada de consuelo.

Miré a mi alrededor y comprendí el motivo de su brevedad.

El incendio se había extendido. Vi dos de las cabañas colindantes devoradas por las llamas.

Los hombres intentaban apagar el fuego con agua y con paladas de tierra.

Gunnar llevaba en brazos a una niña pequeña que sollozaba contra su hombro.

Le acariciaba el cabello y le susurraba al oído.

La pequeña lo abrazaba desconsolada. Mi mirada sobre él cambió.

La ternura que mostró hablaba de un corazón compasivo; sus actos, de un hombre noble y valeroso.

Empezaba a lamentar que solo me viera como una esclava, una mujer a la que deseaba, un sueño engañoso que arrastraba desde su juventud.

Sin embargo, no podía apartarlo de mis pensamientos.

Gunnar dejó a la niña con una anciana y volvió a entrar en la cabaña.

Parte del techo se había desplomado y temí por su seguridad. Inquieta, me acerqué para observar. En ese momento, la niña que gimoteaba se escapó y corrió tras él al interior de la casa en llamas.

El corazón se me detuvo cuando el ennegrecido dintel cayó sobre la pequeña y la dejó tirada en el suelo.

Cuando llegué junto a ella, no se movía.

El madero chamuscado le aprisionaba la espalda.

Sin pensarlo, lo tomé con las manos y con toda la rapidez de la que fui capaz lo levanté lo suficiente para alejarlo de la niña.

La tensión me liberó momentáneamente del dolor.

Agarré su cuerpecito y me alejé corriendo.

Caí de rodillas junto a un abrevadero y metí a la pequeña dentro.

Gemí y me dejé caer junto a la hierba. El dolor me sacudió.

Una mujer se acercó y metió mis manos en un cubo con agua. Gemí de nuevo. Sudaba y temblaba al mismo tiempo.

—La pequeña Gwilyn vivirá gracias a ti.

En ese momento, el cuerpo laxo de una mujer atravesó una de las ventanas y cayó sobre el huerto. Acto seguido, Gunnar saltó por ella precipitadamente, tosiendo con violencia y con la cara cubierta de hollín. Permaneció un rato de rodillas convulsionado por la falta de aire.

Me descubrí respirando aliviada y me tumbé jadeando, no sabía si por el dolor o por el esfuerzo. Cerré los ojos, sentí movimiento a mi alrededor, unas mujeres sacaban a la niña del agua. Sabía que estaba viva; al menos respiraba. Una mano me tocó en el hombro.

—¡Muchacha, levántate! Cuanto antes te cure las manos, mejor.

Eyra me las tomó y las contempló pensativa.

—Mmm… ya han salido las llagas. Primero te pondré la clara de un huevo, eso te aliviará y ayudará a la cicatrización, después el aceite de caléndula hará el resto. Vamos.

Apenas la escuchaba, sentía el fuego saliéndome de las palmas y extendiéndose por mis brazos. Me castañeteaban los dientes. Unos brazos fuertes me alzaron.

—Si sigues temblando así, vas a morderte la lengua.

Gunnar me sonrió.