Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #7
36%

Capítulo 7 #7

Gunnar me miraba extasiado. Volví a inclinarme sobre él y le tomé la boca. Mis senos se aplastaron contra su pecho y, sin dejar de moverme, lo llevé al clímax. El grito de él me sobresaltó. Su enorme gozo se liberó. Sentí la calidez de su simiente en mi interior. Me abrazó con fuerza. Temblábamos.

Cuando lo miré, descubrí unas lágrimas contenidas en sus ojos. No supe si de felicidad o de placer. Hice ademán de moverme, pero él me detuvo.

—Quiero seguir dentro de ti.

Lo había hecho. Y además lo había disfrutado.

La traición a Rashid me golpeó de pronto.

Tan solo seis meses tras nuestra separación y ya yacía con otro hombre.

Me sentí miserable. El destino jugaba conmigo.

Cerré los ojos y en mi mente le pedí perdón.

¿Me aceptaría de nuevo sabiendo en lo que me había convertido?

Sin embargo, otra pregunta arrastraba mi alma a un pozo más oscuro: ¿volvería a verlo?

¿Era posible que la providencia hubiera puesto a Gunnar en mi camino a sabiendas de que esa sería la única vida que me esperaba?

—Jamás había sentido nada parecido —murmuró.

Me incorporé a medias y le sonreí. Encontré una mirada grave y pensativa.

—Ninguna mujer me había enloquecido de esta manera. —Hizo una pausa, tomó un mechón de mi pelo y se lo llevó a la boca—. Supe que eras distinta a todas desde el primer momento en que te vi.

—Gunnar —susurré.

Sonrió, su mano se enrolló en el mechón.

—Es la primera vez que lo pronuncias. ¿He dejado de ser un bárbaro del demonio?

Asentí, su sonrisa se extendió.

—Adoro tu cabello azabache como una noche sin luna, ondulado como las olas de un mar tranquilo, suave como la caricia del viento.

Adoro tus hermosos ojos dorados, grandes como el sol en verano, profundos como un océano de ámbar.

Y tus labios suaves, rosados y plenos son como una fruta madura, dulce, exquisita que no puedo dejar de saborear.

Nunca en toda mi vida había deseado nada tanto. Temí perder la cordura si no te poseía.

Me besó. No me atreví a hablar del jarl , no hacía falta. Supe que no iba a entregarme. Me tenía y no iba a soltarme. Sus palabras dejaron bien claro el poder que yo ejercía sobre él.

—Te deseo de nuevo —gimió.

—¿Tan pronto? —inquirí asombrada.

—Llevo meses de privación.

—No te creo. Muchas veces te he visto con alguna mujer en el regazo, esa Sigrid no se despega de ti.

Sonrió jactancioso.

—Habría podido tomar a la que quisiera, pero solo te quería a ti. Estuve a punto de desfogarme con Sigrid, pero no pude hacerlo. La pasión no surgía. No era su cuerpo el que yo anhelaba.

Me giró y se puso sobre mí.

—Te he estado esperando —agregó. Su mirada se cargó de lujuria—. Y hasta que no colmes todo mi apetito no saldrás de esta cama.

Tuvo que llegar el alba para que se sintiera saciado.

Apenas habíamos dormitado algo sacudidos por tanta pasión.

Cuando por fin, plenos, nos abrazamos con la única intención de descansar, la noche se retiraba empujada por una luminosidad todavía mortecina.

Débiles haces de luz se filtraban por las ventanas.

Por un momento, esperé ver en el suelo de la cabaña el dibujo de pequeñas estrellas y lunas proyectadas por la celosía de mi antiguo cuarto.

Eché de menos el aroma del jazmín, de la lavanda y del romero ascendiendo del patio, además del ronroneo acariciador de la fuente sobre el apagado ajetreo de la ciudad.

Tampoco descansaba mi cabeza sobre un pecho acanelado y lampiño.

De nuevo, Rashid acudía a mis pensamientos.

Sentí ganas de llorar. La piedra que colgaba en mi pecho pesaba tanto que no podía respirar con normalidad.

Amaba a Rashid y, aunque Gunnar estaba resultando más gentil de lo que había esperado, mi corazón lo clamaba a él, a mi esposo.

Mi dulce y tierno Rashid con su mirada zaina que me erizaba la piel.

Ansiaba escuchar su voz aterciopelada prodigándome todo el amor que sentía.

Aquellos recuerdos eran como dagas en mi pecho.

Necesitaba alejarme de él. Me levanté con cuidado. Gunnar dormía plácidamente.

Caminé a la ventana y apenas la entreabrí.

Cerré los ojos esperando encontrar una suave brisa, sin embargo, fue una ráfaga gélida la que me golpeó.

Miré sin ver. No veía las majestuosas y verdes montañas de aquella tierra.

Ni oía el agitado rugir de las olas sobre las rocas del acantilado, era mi tierra la que veía, mi río el que escuchaba.

Lloré en silencio. Una voz que tampoco era la de Rashid me volvió a la realidad.

—¿Añoranza?

Estaba prácticamente junto a mí, ni siquiera había escuchado sus pasos.

Asentí.

Lo miré, no supe interpretar su expresión. Parecía consternado.

—Tu ciudad era muy hermosa, no tiene comparación con esto —musitó.

Era astuto, había preferido no mencionar a mi esposo.

—No era mi ciudad. Estaba allí de viaje. Mi ciudad era Toledo.

—Imagino que también debe de ser hermosa.

—Lo es. La más bella de todas. Porque en ella viven las personas que más amo.

Su semblante apenas se contrajo. Aguantó mi mirada.

—¿Y qué buscabas en tu viaje?

Continuaba pasando por alto mis sentimientos. Lo miré fijamente, de pronto sentí ira.

—Buscaba a mi padre. No lo conocía y, cuando lo hice, llegaste tú. —Un profundo sollozo escapó de mi garganta. No pude continuar la frase—. Ni siquiera sé si está vivo; aquella horrible espada en su costado…

Gunnar intentó abrazarme, pero rehuí su contacto.

—Tu esposo estaba contigo, ¿no?

Por fin ahondaba en su verdadera preocupación.

—Sí. —La furia comenzó a dominarme—. Y no, no está muerto. Gritaba mi nombre cuando me alejaron de su lado.

Me di vuelta. Rememorar aquella escena me estaba matando.

—Tal vez lo mataron después.

Negué con la cabeza.

Gunnar me abrazó por detrás, me debatí rabiosa. Lo golpeé intentando que me soltara. No movió ni un músculo. Tan solo me sujetaba con firmeza, aguardando mi calma. Sollocé incontrolablemente y, cuando comencé a sosegarme, me atrajo hacia él y me abrazó.

—Tu vida ahora es esta; cuanto antes lo aceptes, mejor.

Lloré en sus brazos, nada dije, pero me hice una promesa: no me permitiría nunca olvidar a Rashid.

—¿Conoces a Helga?

Aquella pregunta me desconcertó. Lo miré.

Asentí. Era una mujer de cabellos casi blancos, aunque joven, amable y cariñosa, que me había requerido para limpiarle el huerto en alguna ocasión.

Me agradaba ayudarla, siempre se había mostrado cortés conmigo; tenía un niño pequeño de pelo rojizo y aviesos ojos azulados. Más de una vez había jugado con él.

—Es la mujer del hombre que mataste.

Abrí la boca muda de asombro. Recordaba vivamente cómo había clavado la daga en el cuello de aquel gigante de pelo rojo que había herido a mi padre. El guerrero que luchaba con Rashid me había mirado sorprendido.

—Y sabe que fuiste tú quien lo mató —añadió.

Tragué saliva. Ella no me guardaba ningún rencor.

—Helga sabe que fue víctima de la situación, no de tu daga.

Quería hacerme entender que todos éramos víctimas y culpables de algo al mismo tiempo.

Que era el destino el que nos manejaba y que, como la pobre Helga, debía aceptar esos avatares como parte de la vida.

Pero eran ellos quienes habían movido la ruleta de la providencia y provocado la fatalidad.

Las víctimas tan solo defendían sus vidas.

—Imagino que fue el guerrero que peleaba con Rashid quien te lo contó, ¿no? Yo solo defendía mi vida.

Me miró indeciso, dudaba si seguir hablando; finalmente tomó aire y continuó.

—Voy a contarte toda la verdad. Ulf era quien peleaba con tu esposo. Y yo, que había estado persiguiéndote, presencié la escena. Vi cómo él te miraba. Tu amado Rashid.

Parecía intentar sacar hasta el más doloroso recuerdo. Le miré con odio.

—Fui yo quien te raptó. El que te alejó de él.

Por eso conocía el nombre de Rashid: lo había oído de mis labios.

El dolor se me reflejó en el rostro, volví a golpearlo. Gunnar me sujetó las muñecas.

—¡Maldito! ¿Me perseguías?

—Te vi correr en el cruce de una calle, parecías buscar a alguien. Tu belleza me sobrecogió, pero no fue eso lo que me hizo seguirte. Luchaba con dos hombres y huí de la reyerta para alcanzarte. Esos hombres están vivos gracias a ti.

—Te odio —le escupí.

Me ignoró, volvió a hablar sin apartar los ojos de los míos.

—Te seguí porque te reconocí.

Con la mirada embargada en llanto lo miré atónita.

—Eyra me echó las runas antes de partir a la conquista.

Tres veces las repitió y las tres coincidieron.

Dijeron que encontraría al lobo que acechaba mis sueños, aquel lobo negro de mi infancia.

Que marcaría mi destino, aunque corría el peligro de que devorara mi alma.

Y, cuando te vi, supe que eras el lobo con cuerpo de mujer.

Tus ojos habían poblado mis sueños durante años.

No podía creer lo que oía. ¿Mi vida se había truncado porque me parecía a un lobo? Noté cómo la sangre se me agolpaba en la cabeza, la furia me embargó.

—¡Estás loco! Completamente loco.

—Eres mi destino.

—No, nunca. No sé lo que buscas en mí, pero sea lo que sea no lo encontrarás.

—Busco que algún día me mires como lo mirabas a él.

Sin duda, deliraba. Me había entregado al hombre que había arruinado mi vida. ¡Y encima esperaba que lo amara!

—Escúchame, nunca voy a mirarte así. Nunca, porque jamás te amaré. No importa las veces que tomes mi cuerpo, mi corazón siempre será de Rashid. ¡Lo amo a él! Y siempre será así —le grité desesperada.

Gunnar me sujetó las muñecas en la espalda y rabioso me besó intentando borrar mis palabras. Lo mordí.

—Saca toda tu rabia, tu dolor. Necesito tu alma vacía y limpia para sembrar en ella.

—Mi alma esta yerma, seca, nada brotará ya de ella.

—El tiempo me ayudará a curarla. He querido revelarte toda la verdad para que viertas sobre mí todo tu odio; para que podamos empezar desde el principio sin cuentas pendientes.