Capítulo 7 #6
—No veo el momento de que hagas tu entrada.
La envidia contorsionará los rostros de las mujeres y los hombres bajarán la luna para ti.
Esta noche pertenecerás por fin a uno de esos hombres y alejarás para siempre al jarl .
Esa bestia inmunda no pondrá un solo dedo sobre ti.
Y estoy segura de que, aunque empieces siendo una esclava, terminarás siendo una gran señora.
Eyra vivía a través de mí lo que habría deseado vivir ella: era una forma de realizar sus sueños, los sentiría y los disfrutaría.
Sin embargo, yo no estaba tan segura de que todo fuera como ella aseguraba.
Temía pagar aquel osado atrevimiento. Me presentaría como una reina siendo tan solo una esclava.
Pero lo haría. ¿Acaso tenía algo más que perder?
Eyra terminó con mi pelo que, tras cepillarlo, refulgía como la noche. Apartó de mi rostro dos mechones y los giró formando una corona alrededor de mi cabeza, los agarró con una horquilla de concha y me contempló admirada.
—Brillas como la estrella más radiante del firmamento, hasta los dioses del Valhalla bajarán esta noche para contemplarte.
—Más que vestida, me siento atrapada por el vestido.
Soltó una carcajada.
—Deberías dar gracias por tener un cuerpo de pecado; si te avergüenzas de él, es que eres una necia.
—Necia o no, hay algo llamado “decoro”.
Eyra abrió los ojos de forma exagerada.
—¿Aquí?
Sonreí y respiré hondo, temí reventar la seda.
—¡Un momento! ¿Puedes caminar?
Fui yo la que reí. Probé dar unos pasos, me incliné y afortunadamente las costuras seguían en su sitio.
—Creo que puedo hacer todo menos agacharme.
Jubilosas salimos de la cabaña. A cada paso, me ponía más y más nerviosa. Miré a Eyra.
—Si me preguntan de dónde he sacado todo, diré que yo misma lo tomé. No quiero que te involucren de ninguna manera, ¿me oyes?
—Me habría gustado ser tu madre —confesó ella.
—De alguna manera, lo eres.
Nos miramos risueñas.
—En realidad, puedo ser tu abuela, pero me habría gustado más ser tu madre para haber podido yacer con tu apuesto padre.
Reímos de nuevo.
Cuando entramos en la casa comunal, la algarabía cesó. No pude evitar recordar la noche que bailé para los invitados de Rashid, la noche de mi destierro. Supe al instante que esta vez también surgirían dificultades. Caminé con porte de reina.
Los hombres me miraban atónitos; las mujeres, con asombrada indignación.
Busqué con la mirada a Gunnar y no lo encontré.
Solo veía caras extrañas, la mayoría, toscas.
Sin saber muy bien qué hacer, me dirigí a la mesa central y tomé una gran jarra con cerveza.
Me acerqué a los hombres para llenarles las copas.
Y entonces lo vi. Estaba irreconocible. Se había afeitado la barba: su rostro libre de vello era más apuesto de lo que había imaginado, las duras líneas del mentón le conferían una masculinidad subyugante, su boca de líneas suaves aparecía bien definida, los hermosos ojos verdes resaltaban chispeantes, la melena castaña dorada aparecía peinada hacia atrás sujeta por dos trenzas atadas con un cordel.
Vestía una túnica corta de hilo blanca y, sobre las calzas, llevaba unos pantalones grises algo abombados hasta la rodilla, botas de piel y, como siempre, un ancho cinturón negro que marcaba su estrecho talle.
Una capa corta finalizaba el atuendo. Sin duda, era un hombre guapo, muy guapo a decir verdad.
Me miraba embobado. Sus ojos casi me acariciaban. Paralizado ante mi visión, tragó saliva un par de veces. No era el único que me contemplaba absorto. Otro hombre de distinguidos ropajes se acercó a mí y me tomó de la mano.
—¿De dónde ha salido tan espectacular belleza? Por tu aspecto, seguro que de la otra parte del mundo. ¿Persia? ¿Bizancio? ¿Tal vez Siria?
Lo miré. Seguro que él podía pagar mi precio. Sin embargo, solo sentí aversión en su presencia. Ninguno de los nobles que veía me agradaba.
—Soy de al-Andalus.
—Desconocía que los tesoros de ese reino fueran de tal calidad. ¿Tienes amo?
Gunnar no podía quitarme los ojos de encima, yo tampoco despegaba los míos de él. El magnetismo que empezábamos a sentir se rompió cuando Sigrid apareció y se sentó en sus rodillas. Él no la apartó, muy al contrario, la besó sin apartar su mirada de mi rostro.
—No, no tengo amo todavía, aunque me reservan para el jarl .
—Ese condenado tiene suerte.
Me acerqué más a él espoleada por la actitud de Gunnar.
—Tú podrías ser el afortunado si me tomas como esclava.
El hombre me rodeó la cintura.
—Seguro que ese bellaco me pide algún dispendio, pero tú bien lo vales.
Aguanté las ganas de apartarme y dejé que me besara.
Todavía con las miradas entrelazadas, besábamos a otras personas. Deseé arrancar a la fastidiosa Sigrid de su regazo. Y, por el modo en que Gunnar miraba al hombre que me abrazaba, adiviné que deseaba lo mismo.
El hombre me soltó y me tomó de la mano, parecía buscar un lugar más íntimo.
—He de asegurarme que mi oro será bien invertido, preciosa, debo ver bien de cerca la mercancía, aunque esa túnica no deja nada a la imaginación.
Me sentó en uno de los bancos laterales de la sala, en un rincón, cobijados por la penumbra.
Y casi al instante sentí sus sucias manos sobre mí.
Tuve ganas de llorar. Se me hizo imposible aguantar más el manoseo, los besos robados, los susurros que pretendían ser incitantes.
Me levanté arguyendo que necesitaba orinar.
Pero, justo en el momento en que lo hacía, Gunnar apareció con semblante fiero, embargado por el temor de que hubiera desaparecido para siempre.
Nada dijo, solo me tomó de la mano y me sacó de allí. Rodeamos la cabaña y, junto a la empalizada, se detuvo.
—No voy a permitir que otro hombre te toque.
Había luna llena y pude ver sus ojos con total claridad.
—¿Me mantendrás intacta para tu jarl ?
Me rodeó con los brazos. Acercó su rostro y pegando su frente a la mía contestó:
—Te mantendré intacta para mí.
Instintivamente alcé el rostro y el buscó mi boca con frenesí.
Supe que aquella noche sería suya. Lo deseaba y, contagiada por su urgencia, lo acaricié, lo besé como si fuera el último día de nuestras vidas.
Comprendí que estaba perdida, solo podía entregarme a él, a nadie más, ya nada importaba.
Me olvidé del jarl , de mi vida, de todo.
Solo fui consciente de sus besos, de sus manos incendiando cada palmo de mi piel.
Arrebolados por la pasión, encontramos su cabaña sin despegar los labios. Cerró la puerta de una patada y se separó lo justo para desnudarme. Libre de la seda, Gunnar me contempló extasiado.
—Cuando te tuve frente a mí, desnuda en la orilla, ardiendo de fiebre y con la espalda magullada, hice gala de mi mayor autocontrol. Admiré tus firmes y generosos pechos mientras te sumergías. Me moría por acariciarlos, por devorarlos. Ahora nada me lo impide.
Se cernió sobre mí enloquecido. Su lengua, sus manos y su mirada me llevaron al delirio.
Lo ayudé a desnudarse. Recorrí los poderosos músculos de su vasto torso surcado por aquellas sinuosas y suaves cicatrices, las seguí con los dedos.
Jugueteé con el vello que le asomaba tímido en el centro del pecho y descendí hacia sus caderas.
Lo miraba deliberadamente gozando con su expresión contenida.
Mis manos tomaron sus nalgas duras y suaves. Era como acariciar una piedra pulida. Él suspiró. Su miembro erecto se aplastaba contra mí.
—Tómame —supliqué.
Me tendió en el jergón y se colocó sobre mí.
Me contempló durante un instante. Sus ojos brillaban como dos esmeraldas.
Su afectado semblante me emocionó. Le pasé mis dedos por la dura línea de la mandíbula hasta llegar a la barbilla, los subí hasta sus labios dibujando su silueta.
La intensidad de su mirada, el deseo que asomaba hambriento a ella era apenas sujetado por un hilo de autocontrol.
Parecía querer grabarme en su mente antes de abandonarse al placer.
Me contoneé sinuosa bajo él rompiendo a propósito aquel delgado hilo. Me besó con ardor. Sus manos inquietas arrancaron de mi garganta hondos gemidos y le enardecieron los sentidos. Abrí las piernas, y él, aceptando la invitación, me penetró.
Un gruñido satisfecho escapó de su garganta. Se movió con lentitud, saboreando cada empellón. Un placer intenso nos embargó. Los gemidos subieron en intensidad. Dejó de besarme solo para hundir su mirada en la mía. Incliné la cabeza hacia atrás y cerré los ojos, gemía incontrolablemente.
—No —susurró él de pronto—. Quiero que me mires.
Los abrí nuevamente. Su verde mirada era húmeda y profunda.
—Soy yo el que te posee —agregó con voz ronca.
Comprendí a lo que se refería. Él temía que con los ojos cerrados imaginara que era Rashid quien me tomaba. Aquello me conmovió. Alcé las caderas y él aumentó la intensidad de los embistes.
Le rodeé el cuello y lo besé salvajemente. Parecía arder. Los músculos de su espalda ondulaban bajo mis manos. Sabía que no podría aguantar mucho más, así que, para grabarme más a fuego en su mente, decidí ofrecerle otra perspectiva.
No sin esfuerzo, logré girarme invirtiendo las posiciones. Estando yo arriba, tuve el control absoluto. Debía asegurarme que entregaría incluso su alma al jarl por mí.
—Ahora soy yo la que te posee.
A horcajadas comencé a moverme. Cimbreé el cuerpo sin dejar de mirarlo. Él al principio mostró desconcierto. Era evidente que ninguna mujer lo había tomado de esa forma. Su expresión se tornó cautivada, embelesada y sorprendida. El placer que reflejó me hizo sentir poderosa.
Sus manos me acariciaron las caderas, y sus ojos devoraron mi cuerpo totalmente expuesto danzando sobre el suyo.
Me arqueé hacia atrás sin dejar de moverme.
Él jadeaba consumido por el mismo placer que me envolvía a mí.
Sentí como si un rayo me hubiera atravesado el cuerpo y lancé un profundo gemido. De mi cuerpo brotó aquella humedad.