Capítulo 7 #5
Se estaba dejando conocer. Deseaba abrirse a mí. Y lo poco que había ido descubriendo ponía más en evidencia mis faltas hacia mi esposo.
—Nunca lo había pensado —repuse y volví la mirada al caballo.
Gunnar continuaba sus caricias. Miré su mano: grande, callosa y curtida, pero de líneas elegantes que se movían con delicadeza por el pelaje del animal y no pude evitar imaginarla en mí. Reprimí un suspiro.
—Estoy acostumbrado a la responsabilidad, pero tener tantas almas a mi cargo requiere estar siempre alerta, dispuesto para lo que surja; la severidad, la disciplina y la justicia han de tener el peso justo en cada momento.
No tengo mucho tiempo para diversiones; incluso, cuando las tengo, mi cabeza nunca se evade del todo.
—¿No has pensado en dejar el puesto algún día?
Sonrió con ligereza.
—Todos los días. Pero no puedo dejar mi cargo hasta que el jarl me sustituya y, aun así, no pienso marcharme hasta que compruebe que mi sustituto es digno de mi gente.
Admiré su lealtad; esa consagración por las gentes denotaba no solo un gran corazón, sino una extraordinaria capacidad de sacrificio. Resultaba evidente que su sueño era otro.
—¿Qué harías si eso llegara a pasar?
Apoyé una mano en el largo y bruno cuello del caballo. Percibí el pulso del animal lento y regular, el mío en cambio se había acelerado; la punta de sus dedos rozaron los míos. No aparté la mano ni la mirada.
—Como ya te dije, tengo unas tierras al norte y algunas cabezas de ganado. Sueño algún día con construir una granja y vivir tranquilo. Con suerte, encontraré alguien que me quiera lo suficiente para compartir esa vida.
Y ese alguien no podía ser yo, pues en mi caso solo tendría una cosa o la otra. Sin embargo, no entendía su cambio de actitud: a sabiendas de que no pensaba comprarme, parecía querer conquistarme, pero ¿para qué?
Gunnar me contemplaba; por su expresión parecía estar decidiendo algo. Miró alternativamente mis labios y los arreos del caballo que descansaban en el suelo. Por fin se decidió y se inclinó para tomar la brida. Parecía tenso, contenido y pensativo.
Colocó el bocado, ajustó bien las correas y depositó con firmeza la silla de montar; el animal resopló. Gunnar le rascó con suavidad entre los ojos.
—Bien, dame tu pie izquierdo e impúlsate con el derecho.
Los estribos estaban demasiado altos para mí.
Se inclinó y entrelazó los dedos a la espera de mi pie. Lo encajé en sus manos y con un movimiento rápido subí a lomos del alazán. Él sujetó con firmeza las riendas y subió detrás de mí con una sorprendente agilidad para un hombre de su tamaño.
—Es más fácil de lo que parece. Solo si sacudes con fuerza las riendas, el caballo comenzará a caminar; cada vez que las agitas, el animal incrementará la velocidad del paso al trote; una nueva sacudida acompañada de un firme toque con los pies y te encontrarás galopando como una valquiria.
Asentí. Tragué saliva. Era consciente de su cuerpo caliente y duro pegado a mi espalda. Me obligué a prestar atención.
—Para frenar —continuó— tan solo debes atraer las riendas hacia ti; dependiendo de la velocidad a la que vayas, deberás tirar con más o menos fuerza. Por supuesto, debes estar preparada para la sacudida.
Soltó las manos de las riendas y las colocó sobre mis rodillas. La túnica abierta por los lados mostraba mis piernas más de lo debido.
—Has de presionar tus muslos contra el caballo para asegurarte una mayor estabilidad.
Sus grandes manos apretaron mis piernas como demostración. El contacto me quemó.
—Eres fuerte, te será fácil hacerte con el caballo.
Hubo un silencio incómodo, sus manos permanecían sobre mis muslos.
—¿Cómo cambio de dirección? —inquirí.
—¿Qué? ¡Oh sí! —contestó algo turbado; carraspeó y recuperó el control—. Es sencillo: tan solo has de girar las riendas en la dirección que desees.
Su mano me rodeó la cintura para ceñirme más a él.
—Te haré una demostración.
Agitó las riendas y el caballo comenzó un lento traqueteo. Observaba su mano manejando diestra al animal. Sin embargo, era su otra mano la que me desconcentraba. Gunnar me pasó las correas y dejó que experimentara.
Sacudí con vigor dos veces y el caballo se puso a pleno galope. Sentí la fuerza de aquella hermosa bestia bajo mi cuerpo. El viento me azotó la cara y, por primera vez desde que fui secuestrada, me sentí libre. Cruzábamos la pradera como un águila sobrevolando un páramo.
Todos mis sentidos se enardecieron. Tuve más conciencia de todo a pesar de la rapidez con que lo atravesaba.
El cielo se me antojaba más azul; los colores rojizos y verdes de los prados, más vivos.
El aroma de la hierba fresca, de la tierra fértil, del heno recién cortado y del almizclado perfume de la montura eran tan profundos que, por un instante, me sentí parte de todo, integrada con la naturaleza, en plena sintonía con mi alrededor.
Y, desde luego, con el hombre que se pegaba a mi espalda y que con movimientos acompasados a los míos robaba el sosiego de mi alma.
Parecimos fundirnos en uno solo. Era tan consciente de sus manos en mis caderas como del aire que me agitaba los cabellos.
Hubo un momento en el que creí estar volando; deseé cerrar los ojos y disfrutar de aquella sensación.
Gunnar pareció leerme el pensamiento y me arrebató las riendas. Sonreí. Apoyé la cabeza en su pecho, cerré los ojos y extendí los brazos. Sin duda, volábamos.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que deseé no parar nunca. Por primera vez, me sentí feliz. Sumida en el olvido. Con él me sentí a salvo de todo.
De pronto, el caballo perdió velocidad de forma gradual hasta detenerse. Escuché el sonido de las olas golpeando con furia. Abrí los ojos.
Estábamos en la cima de un impresionante acantilado.
Me asombró que el animal hubiera querido acercarse tanto a aquel cortante.
El paisaje me cortó la respiración. A ambos lados se sucedían abruptas formaciones rocosas que descendían casi en vertical hacia el mar.
Las olas rompían contra las paredes lamiéndolas, el agua de un intenso azul oscuro se perdía en la inmensidad.
Me giré en la montura. Los ojos de Gunnar me sobrecogieron, su mirada penetrante, su semblante indescifrable. Deseaba saber dónde nos encontrábamos, pero cometí el error de mirar su boca.
Me agarró fuertemente la cintura y me besó de forma arrolladora. Sentí que todo me daba vueltas. Fue un beso intenso, largo y cargado de pasión no satisfecha. Jadeé, y él gruñó. Cuando nos separamos, respirábamos entrecortadamente.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté intrigada.
—Algo que solo tú puedes darme.
* * *
Llevaba cuatro meses en la aldea y era la primera fiesta que presenciaría.
Todos hablaban de los invitados que acudirían y aquello hizo que en mi mente bullera otro plan, tal vez más arriesgado.
Si acudían nobles de otras regiones en busca de tratados o negocios, tendrían riquezas.
Y eso significaba que, si lograba cautivar a alguno, podrían comprarme.
Sin embargo, el nuevo plan tenía demasiados cabos sueltos.
¿Podría entregarme a un nuevo desconocido?
Con Gunnar habría sido más fácil, por algún motivo él despertaba mi deseo con demasiada facilidad.
Tras la fascinante mañana con Gunnar, y en un intento por alejar cualquier pensamiento, dediqué el resto de la tarde a trabajar.
Cuando llegó la noche, estaba más que agotada.
Sabía que debía ayudar a servir a los ilustres invitados el banquete que preparaban alborozadas las mujeres.
Habían asado en una gran parrilla varios jabalíes.
Enormes bandejas de comida eran adornadas con frutos y hojas.
A escondidas, pude robar algo de comida y me llené lo suficiente para aguantar la velada.
Me senté junto al tronco de un árbol caído y me dormí. Una mano me sacudió apremiante.
—¡Muchacha! ¡Despierta, estás desaprovechando tu última oportunidad!
Eyra me tiraba del brazo.
—Está a punto de comenzar. Han llegado los invitados.
Me arrastró somnolienta hasta una cabaña vacía. Una gran tina manaba vapor en el centro de la estancia.
—Tienes que bañarte. He conseguido algo de jabón entre los bienes robados y algo más que no podrás creer.
Me dejé desnudar y empujar dentro de la tina.
El agua estaba caliente, humeaba y me sentí como dentro de un hamman .
Recliné la cabeza y la anciana frotó mi larga melena con aquel jabón de olor penetrante.
Era tan agradable sentirse cuidada. El sopor me invadió de nuevo.
A Eyra se le ocurrió una ingeniosa manera de espabilarme.
Derramó sobre mí un cubo de agua helada.
Salté sorprendida de la tina mientras la anciana reía complacida.
—Mira, muchacha, hasta aceites perfumados tienes a tu disposición.
Me preparó al igual que Latifa lo hizo en mi noche de bodas; me ungió con ellos y secó mi pelo con un paño.
Cuando me mostró el vestido, me quedé boquiabierta.
—No puedo ponerme eso, soy una esclava.
—Pero eres la esclava del jarl . Además, no hay ninguna prohibición con respecto a la ropa. Y esta noche necesitas encontrar un comprador.
Me deje vestir y peinar.
El atuendo era una túnica de seda amarilla a juego con mis ojos; demasiado estrecha para mis formas.
Mis grandes senos asomaban oprimidos por el escote cuadrado, más atrevido de lo que habría deseado.
La seda se pegaba a mi cuerpo como una segunda piel.
Las mangas y el ribeteado del cuello formaban filigranas doradas.
Seguramente había pertenecido a alguna gran dama bastante más menuda que yo.
Busqué con la mirada la sobretúnica y no la encontré, miré interrogante a Eyra.
—No vas a llevar nada encima —aclaró sonriente.
—¿Has perdido la cabeza? ¿Pretendes que salga a servir solo con esto?
Eyra asintió.