Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

Suspiré y nos acercamos al río. Noté el frescor que manaba de él y, algo acalorada, me arrodillé para remojarme la nuca y el escote.

Ahí estaba de nuevo aquella mirada. Esta vez le sonreí.

Nos descalzamos y de la mano me llevó de piedra en piedra hasta que se decidió por una ancha y plana en la que nos tumbamos los dos boca abajo.

—Solo tienes que tener paciencia y guardar absoluto silencio.

Metió las manos en el agua y las depositó en el lecho del río, luego las hundió tan solo un poco en el fango.

Observé su expresión concentrada y sus ojos clavados en aquella superficie espejada y ondulante.

Al cabo de un rato, los peces, que tenían un tamaño considerable, se escurrieron rozando sus manos, pero él continuaba inmóvil esperando la ocasión.

La técnica consistía en confiarlos, supuse, hasta que pensaran que aquellas palmas eran solo un cálido refugio.

De repente, alzó las dos manos a una velocidad vertiginosa y expulsó abruptamente del río un enorme pez anaranjado que cayó convenientemente en la orilla.

El pobre animal boqueaba y se retorcía en busca de aire.

—Nuestro almuerzo: un delicioso salmón a la leña —adujo triunfal.

Me miró, nuestros rostros estaban muy cerca. Sus ojos pasaron a mis labios.

—A falta de un manjar mejor —murmuró algo apenado.

Me ayudó a levantarme y regresamos a la orilla; mi camisa estaba empapada. También la suya, así que se la quitó y la extendió sobre unos arbustos. Me miró inquisitivo y alargó la mano con la esperanza de que lo imitara.

—Ni hablar.

Sonrió; ya había imaginado la respuesta. Su traviesa mirada simuló desilusión.

Escogió unas ramas secas y las apiló con precisión.

Sacó unas piedras del morral y las frotó enérgicamente sobre un puñado de yesca que había ahuecado con suavidad.

Sus movimientos eran elegantes, precisos y teñidos de cotidianidad.

Admiré los poderosos músculos que se contraían ante el movimiento.

Pensé que podría partir un tronco sin inmutarse siquiera.

Se agachó y sopló delicadamente. Un sinuoso hilo de humo gris comenzó a ascender y se evaporó en el camino.

Otro soplido y vi el resplandor anaranjado de una incipiente llama que parpadeaba vacilante.

Sus grandes manos se curvaron protegiendo la débil chispa, sus labios se fruncieron de nuevo y de ellos escapó un ligerísimo suspiro. La llama se avivó.

Inmediatamente, y con sumo cuidado, fue añadiendo delgadas ramitas secas. No tardó en limpiar el salmón y ensartarlo en una rama que clavó en el suelo. La inclinó en el ángulo preciso para que las llamas no abrasaran al pescado. Me echó un vistazo y se rascó la barba.

—Creo que uno no será suficiente. Me comería un caballo. Es tu turno.

Me levanté y me dirigí a la misma piedra. Imité cada uno de sus pasos y esperé. Él me contemplaba con interés.

Parte de mi melena se sumergió en el río.

Vi los oscuros mechones agitados por la corriente en torno a mis quietas manos.

Los peces acudieron curiosos. Estuve tanto tiempo inmóvil que la rugosa superficie de la roca comenzó a clavárseme incómoda en las costillas.

Me picaba un costado y la punta de la nariz, pero aguanté la tentación de aliviarme.

De pronto, lo que parecía una carpa se escurrió entre mis palmas, no lo pensé.

La impulsé con toda la fuerza y velocidad que pude.

Un poco tarde me di cuenta de que no había calculado la trayectoria.

Me volví expectante. El pobre pez describió un chorreante arco en el aire y cayó sobre mí.

Sentí su impacto en la frente, me incorporé aturdida y me escurrí de la roca.

En la zambullida me golpeé el tobillo contra una piedra del fondo.

Salí a la superficie avergonzada y dolorida.

Las estentóreas carcajadas de Gunnar fueron como agujas en mi orgullo. Le regalé una mirada furibunda. Empapada llegué a la orilla. Él todavía se limpiaba las lágrimas de los ojos; intentaba reprimir las carcajadas sin éxito.

—¡Por Odín que hacía tiempo que no me reía tanto! Es la primera vez que veo una carpa pescando una persona.

Reanudó las carcajadas con más vigor, si aquello era posible. Se retorcía golpeando el suelo.

—Tenías que haberte visto la cara cuando el pez voló sobre ti… Ja, ja…

Agarré el primer tronco que tenía a mano y se lo lancé a la cabeza. Le dio en la coronilla.

—Si vuelves a hacer alguna mención más, te juro que el siguiente lo acertaré en tu entrepierna.

Me miró divertido.

—De acuerdo, no me burlaré más de ti. —Su sonrisa se ensanchó. Sus afilados ojos de gato brillaron sopesando mi enfado—. Tengo la sensación de que puedes tener buena puntería porque… —Hizo una pausa y sin poder evitarlo agregó—: porque es imposible que seas tan torpe en todo.

Tomé una piedra, entrecerré los ojos y apunté. Gunnar, que continuaba riendo, esquivó el proyectil y se lanzó sobre mí.

Yo ya estaba buscando otro y su impacto me derribó sobre la mullida hierba. Rodamos y forcejeamos con un tronco que había logrado tomar en la caída. Asombrada me escuché riendo. Él me lo arrebató y me inmovilizó con su cuerpo. Sus ojos se clavaron en los míos. No había sorna en ellos.

—En cuanto a la puntería, es algo que tendremos que averiguar; de lo que no hay duda, es de tu habilidad para hechizar a los hombres.

Me besó con pasión y yo lo dejé. Con la mano derecha me sujetó el mentón con fuerza mientras que la izquierda me acariciaba el costado.

Su lengua tenía el poder de hacerme olvidar.

Mi piel comenzó a reclamar caricias que no llegaban.

Él se separó y me miró pensativo. Parecía estar calibrando sus posibilidades en cuanto a mí.

Aquello me extrañó. Sabía que no me era indiferente, que respondía a su anhelo, que, si lograba abotagarme de deseo, acabaría sucumbiendo a él.

Sin embargo, y por algún desconocido y misterioso motivo, se alejó de mí.

Me dejó temblando en la hierba, aturdida y con los labios enrojecidos. Lo observé dirigiéndose al río con la intención de seguir pescando. Me deseaba, eso resultaba obvio. Había decidido darse un baño antes, imaginaba que para aplacar la protuberancia que le llenaba las calzas.

No me levanté, permanecí tumbada mirando el cielo, pensando en mi propia estupidez.

Me pregunté cómo era posible que estuviera dispuesta a entregarme con tanta facilidad a otro hombre.

A un hombre que no estaba dispuesto a comprarme y que parecía divertirse jugando conmigo.

Podía haberme tomado sin ningún compromiso y no lo había hecho.

Debía de pensar que era una vulgar ramera, demasiado fácil para él.

Seguro que compadecía a mi esposo. Ya me había llamado “perra lasciva” una vez y, sin duda, eso era lo que pensaba de mí.

¿Dónde demonios tenía el orgullo? Lo miré concentrado sobre la piedra buscando peces entre las rocas.

Parecía pensativo, y su semblante se contraía inmerso en sus propias cavilaciones.

¿Cómo haría para sofocar el deseo que me provocaba? Sentí deseos de salir corriendo. Sin embargo, sabía que eso solo pondría en evidencia lo mucho que me afectaba, así que decidí permanecer inalterable. Respiré hondo y me incorporé.

El salmón empalado goteaba sobre la hoguera y liberaba un delicioso efluvio. La piel plateada se había abombado crujiente, la tersura de la carne asomaba incitadora. Lo retiré del fuego.

Me sobresalté cuando Gunnar dejó caer a mi lado otros tres peces.

—Con esto tendremos incluso para la cena.

Lo miré interrogante, él me sonreía. Su expresión volvía a estar relajada.

—¿Piensas retenerme todo el día?

Me contempló y, cuando abrió la boca para contestar, la cerró de improviso. Al rato, musitó:

—Come tu salmón, te espera un día muy duro.

* * *

Tras el almuerzo, Gunnar me llevó a la pradera en la que pastaban los caballos.

El suyo era un enorme ejemplar negro con musculosas ancas que brillaban al sol.

El animal agitaba la cola espantando insectos mientras degustaba el forraje; su larga crin caía con gracia hacia un lado.

Apenas echó una rápida ojeada a su amo y volvió a sumergir el hocico en la alta y fragante hierba.

Cuando me acerqué a él, sus oscuros y húmedos ollares se agrandaron. Me olfateó con interés.

—Los caballos necesitan oler a las personas para identificarlas; aprovecha esta inspección para acariciarlo, así ganarás más rápidamente su confianza.

Gunnar había insistido en enseñarme a cabalgar.

Decía que era algo primordial. Yo no acababa de entender para qué necesitaba una esclava aprender a montar, pero, si tenía intención de huir, y la tendría si no lograba escapar del jarl , me sería de mucha ayuda.

¿Habría pensado Gunnar en esa posibilidad?

El caballo giró el cuello, le ofrecí la mano para que la olfateara.

Sentí el cálido resuello en la muñeca. Con la otra mano le rasqué detrás de la oreja, pareció complacido y emitió una sonora exhalación.

Un enorme ojo negro se clavó en mí. Me vi reflejada en aquella bruñida esfera.

Imaginé que el caballo me estaba grabando en su memoria.

—Parece que le gustas. No es habitual, suele ser bastante arisco.

—Como su dueño.

Me miró un tanto sorprendido.

—¿Piensas que soy arisco?

—Sí, siempre pareces estar de mal humor.

Rascó meditabundo el cuello del caballo, y el animal torció agradecido la cabeza, solo le faltaba ronronear para parecer un gato.

—Ser el hersir es un cargo de mucha responsabilidad.

Todos acuden a ti con este o aquel problema y esperan que tú lo resuelvas.

Cargan sobre mis hombros dudas, altercados y necesidades, y yo en la medida de lo posible las satisfago.

A veces me siento como el padre de todos ellos, y tener tantos y tan dispares hijos te agria el carácter.