Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Uno de ellos era Gunnar, que tan solo cubierto por unas apretadas calzas grises lanzaba puñetazos feroces sobre el rostro de su contrincante: un enorme pelirrojo de ojos avellana, robusto y peludo, que más bien parecía un toro endemoniado por la forma de arremeter bajando la cabeza.

En uno de esos embistes alcanzó a Gunnar en mitad del estómago.

El hersir dejó escapar una aguda exclamación y cayó al suelo.

Su oponente puso los brazos en jarras y estalló en carcajadas.

Gunnar se levantó como un rayo y se lanzó de nuevo a la pelea lanzando un puñetazo tremendo contra la mandíbula del hombre.

La sangre brotó de la boca del pelirrojo. Curiosamente, no paraba de reír.

Eyra apareció a mi lado.

—Son unos salvajes —comenté apabullada.

—Estas tierras lo son.

—¿Cómo se atreve ese hombre a enfrentarse a su hersir ?

Se apoyó en el cercado y contempló atenta la pelea.

—No se está enfrentado a él.

Sorprendida miré de nuevo la escena. Seguían golpeándose.

—¿Ah, no? ¿Y qué demonios están haciendo si no?

—Están divirtiéndose.

Abrí los ojos confundida. Eyra rio.

—Thorffin es su mejor amigo. Ya desde niños les gustaba medir sus habilidades. Thorffin el Gigante es el más fuerte de la aldea, y a Gunnar le gusta retarlo de vez en cuando; es una especie de entrenamiento para ambos.

A decir verdad, parecían disfrutar a pesar de las caras amoratadas. Contemplé más atentamente a Gunnar: me llamaba la atención la cantidad de cicatrices blanquecinas que le cruzaban el pecho y parte de la espalda.

—Son cicatrices de batallas, ¿verdad?

Eyra asintió.

—Ha estado a punto de morir un par de veces.

Dicen de él que es temible porque lucha sin importarle su vida; creen que es un berserker , un guerrero que pelea semidesnudo enfebrecido por la ira, pero yo sé que nunca ha consumido beleño, un hongo alucinógeno que enardece el ánimo.

No lo necesita. Se entrega al combate de manera intrépida y arriesgada.

Su arrojo atemoriza a sus enemigos y consigue que huyan incluso antes de que empiece la contienda.

Siempre he pensado que buscaba la muerte.

Aquello me sobrecogió.

—Pero ¿por qué?

—Nunca ha tenido nada que lo ancle a la vida desde que perdió a su familia. Hasta que llegaste tú.

Tragué saliva. Gunnar sudaba copiosamente; sus ojos verdes centelleaban, su larga melena estaba recogida en una trenza a su espalda, jadeaba tambaleante frente a su amigo. La fiereza de su semblante provocó una extraña picazón en mi interior. La fuerte masculinidad de aquel hombre me sacudió.

Lo deseé.

Como si mi mente hubiera emitido alguna especie de señal, Gunnar me miró.

Lo que vio en mis ojos pareció gustarle y me sonrió.

Una agradable calidez me envolvió. Se centró más jubiloso en el combate y, esquivando algunos derechazos, logró por fin derribar al gigante de un codazo en la mandíbula.

La gente aplaudió y vitoreó a su hersir .

Ayudó a su amigo a levantarse. El muchacho le sonrió mostrando el hueco ensangrentado en el que antes había tenido un diente.

—¡Por todos los dioses que moran en el Asgard! ¿De dónde has sacado esa fuerza?

Gunnar se acercó a la valla en la que yo me encontraba y me regaló una mirada cargada de anhelo.

—De mi lobo.

El profundo y claro verdor de sus ojos me desarmó. Todos los que estaban allí me miraron extrañados. Sentí que, si no despegaba los ojos de él, acabaría tomándome en mitad del prado.

Hice acopio de toda mi voluntad y rompí el influjo que unía nuestras miradas. Le di la espalda y me encontré con la mirada resentida de Sigrid. Sus ojos chispeaban furiosos, los celos la corroían.

—¡Esclava, te he dado una orden!

No le contesté y a desgana me alejé de allí.

* * *

Salía de la cabaña de Sigrid cuando Gunnar apareció ante mí; parecía haber estado esperándome.

Se hallaba apoyado, indolente, contra un gran arce con los brazos cruzados sobre su amplio pecho.

La punta de uno de sus pies trazaba círculos en la tierra; cuando me vio, una media sonrisa se apoderó de sus labios.

—Tengo la sensación de que las tareas que te encomiendan no son de tu agrado —comentó con sorna.

Lo miré algo irritada.

—Desde luego, no son tan divertidas como tus entrenamientos.

Su rostro mostraba la dureza a la que lo había sometido su amigo. Tenía un corte en el labio, un pómulo amoratado y los nudillos despellejados.

—No negarás que aquí has aprendido cosas nuevas. Hasta hace poco, no tenías ni idea de limpiar pescado, de ordeñar ni de cultivar absolutamente nada.

Caminé hacia mi siguiente encargo sin mirarlo, él me acompañó.

—Y sigo sin tener idea, como ya habrás comprobado.

Arrancó de la rama de un arbusto una hoja dentada y la masticó pensativo.

—Alguien tiene que ocuparse de vigilar a los esclavos. —Me echó una mirada furtiva y añadió—: sobre todo si son tan agradables de contemplar.

No le contesté; me dirigía al bosque en busca de ortigas y giré en esa dirección. Justo cuando pasábamos por un enorme sauce, levantó gentil una de sus largas ramas para que yo pasara. Continuó caminando a mi lado.

—¿Piensas seguirme a todos los sitios?

—Puede ser. No quiero que te pierdas, el bosque es muy tupido. Tampoco deseo que te expongas a ningún peligro; dada tu ignorancia en casi todo, es muy fácil que te enredes en cualquier arbusto o incluso que te desangres intentando cortar cualquier hierbajo o que caigas en el río y…

—¡Basta!

Me detuve y me planté frente a él.

—Creo que sobreviviré a la peligrosa misión de recoger ortigas. Así que puedes dar media vuelta y buscar otro entretenimiento.

Fruncí el entrecejo y le di la espalda. Apenas comencé a alejarme, mis pies se tropezaron contra la retorcida raíz de un roble, semioculta por los frondosos helechos. Trastabillé, solté el cesto que llevaba y me aboqué hacia una superficie rocosa.

Contuve la respiración. Una mano me rodeó la cintura y evitó el desastre.

Me ciñó contra su pecho, me miró con expresión divertida y, algo altanero, musitó:

—Voy a tener que acompañarte si quiero que conserves todos los dientes. No te imagino mellada, aunque creo que estarías muy graciosa.

Sonrió ante la imagen que evocó.

Furiosa más con mi torpeza que con su burla, le estampé la cesta contra el pecho.

—Mis dientes no son asunto tuyo.

Continué la caminata. Parecía disfrutar irritándome y me siguió.

—¿Con qué piensas recogerlas? ¿Con las manos?

De nuevo me volví hacia él.

—Sé perfectamente que producen urticaria, así que usaré el bajo de mi camisa —repliqué un tanto airada.

Gunnar ensanchó su sonrisa y entrecerró los ojos estudiándome.

—Bueno, si vas a remangarte la camisa, necesitarás la protección de un guerrero; uno nunca sabe cuántos rufianes pueden estar acechando.

Ahora era yo la que sonreía.

—¡Vaya si lo sé! Tengo al peor delante de mí.

Abrió desmesuradamente los ojos fingiendo asombro.

Reconocí mi objetivo en un claro a los pies de un gigantesco arce. Las flores de un verde amarillento se mecían plácidas por la brisa. Me acerqué y en cuclillas arranqué unos matojos usando el borde de la delgada túnica de lino que llevaba.

Él se apoyó contra un árbol cercano mientras me observaba.

—¿No te has parado a pensar en que mañana amanecerás con unas horribles ronchas en los tobillos?

Lo miré ceñuda y de pronto se me ocurrió que tenía razón. El líquido que rezumaba el tallo estaba impregnando el lino. Maldije para mis adentros.

Gunnar se acercó despacio, me puso en pie y se agachó. Me dedicó una mirada petulante y, de un tirón, arrancó parte de la camisa y me dejó con las pantorrillas al descubierto.

—Solucionado.

Lanzó lejos la tela y de su cinto sacó una daga. Instintivamente di un paso atrás. Él me sonrió y me arrebató la cesta. Con un rápido movimiento segó toda la planta y recogió hasta la última flor.

Me entregó el canasto satisfecho.

—¿No vas a darme las gracias?

Su mirada se tiñó de lascivia.

—No de la manera que desearías, no al menos hasta que cumplas ya sabes qué requisito.

Gunnar resopló simulando tedio.

—Ya me lo decía mi padre. Las mujeres son interesadas por naturaleza.

Recuerdo perfectamente cada palabra. —Se aclaró la voz e imitó en tono grave—: “Hijo, si alguna vez encuentras una mujer que solo hable cuando se lo pida, que no se queje por cualquier cosa y a la que le dé igual cuántas ovejas tengas, cásate con ella”.

Lo miré divertida. Aquella faceta suya me sorprendió.

—¿Y qué decía tu madre al respecto?

Se rascó la barbilla moviendo la trenza de su barba de un lado a otro.

—Decía que, si seguía dándome consejos, iba a quedarme solo toda la vida. Que una mujer así no existía ni en el Asgard.

Mi mirada interrogante lo obligó a añadir:

—El Asgard es la mansión en la que viven los dioses.

Reí. Me habría llevado bien con su madre. Tomó la cesta llena, mi mano y me alentó a caminar.

—Quiero mostrarte un sitio.

Su mirada brillaba. Caminamos en silencio.

Subimos una empinada colina pedregosa. Gunnar tenía que ayudarme constantemente para que no cayera rodando colina abajo.

Finalmente, y tras agarrarme fuertemente a un enhiesto brezo para tomar impulso, logré culminar la cima.

Lo que se presentó ante mis ojos me cortó el aliento.

Era el paisaje más hermoso que jamás había contemplado.

Rodeado de verdes y brillantes laderas pobladas por miríadas de brezales, un río plateado refulgía bajo el sol. Las claras aguas espumeaban contra las rocas que sobresalían de él, y pude ver las alargadas sombras de los peces nadando a contra corriente.

Gunnar me observaba orgulloso. La pradera se extendía hasta la falda de una gran montaña y se perdía en el abrazo de un bosque de olmos.

—¡Es hermoso!

Me agarró una mano y bajamos a la carrera.

—¿Te gustaría aprender a pescar? —Su mirada del mismo verde que aquellas laderas chispeó con entusiasmo—. Vamos, será divertido.

—Espero hacerlo mejor que lo demás.