Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Ya entiendo. —Su voz sugerente me envolvió—. Tu Rashid solo tenía ojos para ti, y ella volcó toda la rabia y el rencor sobre la favorita, ¿me equivoco? Apuesto a que te hizo más de una jugada cuando vivían juntos. Tuvo que ser un calvario; es más que obvio que es una arpía.

Asentí, no tenía ganas de explicarle nada más, aquellos recuerdos me herían el alma, sobre todo escuchar su nombre. Él notó el cambio en mi semblante.

—¿Te llamas Shahlaa?

Asentí. Tragué saliva, era la primera vez que pronunciaba mi nombre. Su voz era tan distinta a la de Rashid, sin embargo, el tono fue parecido. ¿Lo habría dulcificado a propósito?

—¿Qué significa?

—Ojos maravillosos —contesté alterada por su cercanía. Pensé en que debía aprovechar la oportunidad. Sin embargo, la constante mención a Rashid me lo impedía.

—Muy apropiado. —Su mirada penetrante pareció escrutar mi alma—. Sin embargo, aquí serás Freya, mi Freya.

—Querrás decir la Freya de tu jarl .

Negó con la cabeza, su aliento cálido me acarició los labios.

—Soy el hersir del pueblo, la máxima autoridad aquí y, hasta que el jarl no te reclame, serás mía.

Me besó, pero esta vez con dulzura. Se recreó en mi boca.

Reconocí que sabía cómo besar a una mujer.

Su lengua exigía mi colaboración y yo, ducha también en esas lides, lo llevé al delirio.

Cada tanto me separaba de él, lo miraba lasciva y volvía a hundirme en sus labios.

Me deleité con el beso, me evadí de la realidad, solo supe que aquel hombre estaba encendiendo en mí un fuego que necesitaba sofocar.

Mi túnica mojada translucía mis pezones erectos, sus manos los acariciaban con frenesí.

Excitada, lo imité. Su amplio pecho, delineado por poderosos músculos, era cálido y duro.

Mis manos se deslizaron por sus fuertes hombros, por su cuello. Gruñó desesperado.

De pronto, sumida en esa nube de deseo, comprendí que, si me entregaba a él, si me convertía en su amante, podría perder el interés. Ya no tendría ningún incentivo para comprarme. No obstante, ¿cómo sofocar aquella llama que ardía hambrienta dentro de mí? Lo deseaba y tuve que luchar contra eso.

De alguna forma, logré separarme de él. Sus ojos nublados por el deseo mostraron aturdimiento. Intentó besarme de nuevo, pero lo rechacé.

—Si quieres tenerme, habrás de comprarme.

Mis palabras tuvieron el mismo efecto que un puñetazo. Confuso, sacudió la cabeza. Su mirada volvió a la realidad.

—No pienso arruinarme por ti.

Lo empujé indignada.

—Bien. Entonces no me deseas tanto como creía. Desfoga tus instintos con cualquier otra.

El semblante se le oscureció amenazando tormenta.

—Eres la mujer más cruel que hay sobre la Tierra. Empiezo a compadecer al jarl .

Aquello me sobrepasó; él no tenía ninguna intención de comprarme, y yo había estado a punto de entregarme a aquel patán.

—Escúchame bien: no seré de tu jarl y, si tú no estás dispuesto a comprarme, encontraré a otro que lo haga.

Me apretó los brazos furibundo. La fuerte atracción que sentíamos se tornó en ira.

—¡Escúchame tú a mí! Nadie en este pueblo tiene ni el poder ni la riqueza suficiente para comprarte; ni siquiera yo.

Intenté escapar sin éxito.

—¡No puede pedir tanto por mí!

—Sí, puede, y lo que pida será poco.

Volvió a besarme con desesperación. Plasmó su ansia, su irritación en mis labios. Me deseaba tanto que temblaba. Notaba en mi vientre su virilidad, me aplastaba con su cuerpo. Me devoraba con desenfreno.

—Moriré si no te poseo —susurró agónico.

Aquella frase trajo de nuevo a Rashid a mi mente. Era cuanto necesitaba para alejarlo de mí. Lo empujé y me alejé a la carrera.

* * *

Sin cuchillo para ejercer debidamente mis funciones, me limitaba a lavar la ropa y trabajar el huerto.

No cultivaban mucha variedad de vegetales; en ese momento, recogía cebollas y apios.

Debía apresurarme, pues todavía tenía que preparar el skyr : una especie de leche espesa que salaban y fermentaban para conservarla en grandes vasijas de modo que aguantara todo el invierno.

También preparaban quesos y mantequilla.

Otra de las tareas que me aguardaba era el ordeñe de cabras.

Cuando terminé con el huerto, decidí atender primero a los animales para aprovechar el débil sol de la mañana.

Tomé un cubo y caminé perezosamente hacia el cercado.

Los animales balaban hambrientos, los alimenté y acaricié un pequeño cabritillo que mamaba de su madre.

Cerré los ojos y dirigí el rostro al sol.

Echaba tanto de menos la calidez de mi tierra, el calor de la gente.

El amor de Rashid, las largas charlas con mi madre.

Recordé a Flora y sus mimos, a Latifa con sus sabios consejos, las anécdotas de mi tío, los juegos de palabras de Ruth y el hermoso atardecer junto al Tajo.

Las polvorientas callejuelas de la ciudad, las piedras de las murallas, el ocre y verde de los campos, sus oliveras y pinos, sus higueras y parras, los terrenos surcados de vides, el sonido de las norias, de las fuentes, incluso el canto del muecín reverberando en mis oídos.

Los alegres mercados, las coloridas vestimentas, la melódica lengua árabe y el seco y elegante castellano, el latín de las liturgias.

Las mezquitas, iglesias y sinagogas. Mi vida. Ahora, mi pasado.

Las lágrimas me recorrieron el rostro, no abrí los ojos, deseaba que la imagen de mi ciudad permaneciera todavía viva en mi cabeza.

A mis pensamientos se acercaron unos ojos.

Eran negros, almibarados y profundos. Lo sentí.

No pude evitar sonreír. Estaba vivo y pensaba en mí.

Me buscaba, estaba segura. Y me encontraría; no podía ser de otra forma.

Nuestro amor era demasiado intenso. Volveríamos a vernos y, aunque tuviera que entregar mi cuerpo, jamás entregaría mi corazón.

Pronuncié su nombre y me dejé acariciar por cada letra, por cada sonido. Me abracé y suspiré.

Cuando abrí los ojos me sentí observada. Giré la cabeza y ahí estaba él. El gran hersir , que me observaba con atención. Se hallaba cepillando a su caballo, un enorme ejemplar negro de pelaje abundante. Su mirada brillaba con un deje de anhelo y una pizca de desazón.

Me preguntaba cuánto tiempo había estado ahí contemplándome.

¿Habría leído el nombre de Rashid en mis labios?

Parecía celoso, así que podía imaginar la respuesta.

¿Qué esperaba él de mí? No podría ser tan estúpido de esperar mi amor.

Era evidente que lograba encontrar mi lascivia y, aunque mi cuerpo me traicionara, mi alma le resultaría inexpugnable.

Sentada en la banqueta me dispuse a ordeñar la cabra más cercana. Lo ignoré, aunque sabía que él seguía observándome. Era la primera vez que lo hacía y, aunque necesité algunos intentos, logré llenar el cubo. Parte de la leche se había derramado en mis manos. Chupé un dedo, saboreándolo.

Gunnar me observaba con lujuria. No podía creer que inspirara en él ese deseo tan apasionado.

Tal vez, necesitara un último empujón. Me levanté y caminé lentamente, pasé por su lado y no lo miré.

Desde nuestro último encuentro no habíamos cruzado palabra.

Pero él siempre se las ingeniaba para ocuparse de sus quehaceres cerca de donde yo estaba.

Le gustaba mirarme y esperaba anhelante que yo hiciera lo mismo.

Le devolvía alguna que otra mirada, pero acababa ignorándolo, sabiendo cuánto lo aguijoneaba aquello.

Quería torturarlo, enloquecerlo para que entregara hasta el más insignificante trozo de tierra que tuviera.

Actuaba con perfidia y premeditación, pero a mi defensa siempre acudía mi honestidad; jamás lo engañé.

No le prometía amor eterno, solo lo utilizaba para librarme de un mal mayor, y él lo sabía.

En el camino de vuelta tropecé con la joven rubia que perseguía pertinazmente a Gunnar.

Se llamaba Sigrid, era muy bonita, alta y esbelta.

Sus azules ojos, intensos como un cielo estival, se fijaron en mí con algo de envidia.

No podía reprochárselo. Era más que evidente para todos el interés que yo despertaba en su hersir .

Aunque sabían que le estaba vedada, lamentaban verlo así.

Su tosquedad habitual había tocado límites insospechados, golpeaba a los hombres ante cualquier distracción.

Se ofuscaba enseguida y bebía en demasía.

Apenas hablaba con nadie, y la pobre Sigrid hasta temía acercársele.

Todos y cada uno de ellos me miraban acusadoramente.

—¡Esclava! —llamó altiva—. ¿Dónde está el hersir ?

—En el prado, con el caballo —contesté.

Se retiró un mechón suelto del pelo y me contempló ceñuda.

—No entiendo qué ve en ti.

—Pregúntaselo a él.

Ya me marchaba cuando me frenó agarrándome el cubo lleno de leche; en el bamboleo se derramó gran parte del contenido. La miré malhumorada.

—No te he dado permiso para que te vayas.

No quería más problemas, así que esperé en silencio.

—¿Sabes que esta noche hay una gran fiesta? Vendrán nobles de otras aldeas, y quiero estar radiante. En mi cabaña he dejado un vestido rojo y quiero que me busques algunas flores para el pelo. Puedes irte.

Apenas me alejé unos pasos cuando escuché a unos hombres jaleando entusiasmados.

Volví, dos hombres se habían entregado a una pelea brutal.