Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Un cortejo inesperado

Un entusiasmado grito de “tierra a la vista” dividió nuestros sentimientos.

Por un lado, deseábamos abandonar aquel barco que, a pesar de ser el más grande de la flota, unos veintitrés metros de eslora, resultaba opresivo.

Y, por otro, sentíamos la incertidumbre sobre la nueva vida como esclavas de una comunidad tan diferente a la nuestra.

Cuando el barco atracó, descendimos en fila la pasarela hasta un embarcadero de madera.

El pueblo, llamado Skiringssal y perteneciente al reino de Vestfold, se hallaba cobijado en una pequeña ensenada y respaldado por unas escarpadas y verdes montañas.

Multitud de cabañas salpicaban la bahía.

Los tejados de pronunciada inclinación casi llegaban al suelo.

En la parte delantera de la viga central, exhibían cabezas de dragones: réplicas exactas de las quillas de sus barcos.

Las jambas de las puertas estaban ricamente talladas con motivos naturales.

Todas las casas eran de madera con una solera de piedra caliza.

En el centro, algo más cerca de la cadena montañosa, se erguía la skáli .

La casa comunal era una versión enorme de las demás, pero con dos alas más estrechas a cada lado.

Imaginaba que allí se congregaba la comunidad para todo tipo de eventos.

Una cerca alta de madera amurallaba el poblado y lo protegía del bosque que asomaba en el Oeste.

Apenas divisaba la copa de árboles inmensos que nunca había visto.

El lugar me pareció hermoso, aunque inhóspito.

Caras curiosas nos observaban alborozadas.

Mujeres acompañadas de sus pequeños recibían con júbilo a sus maridos, padres e hijos.

No había pensado en que, tal vez, Gunnar tuviera una pareja que también lo esperara.

Lo vi descargando los tesoros robados. No parecía buscar con la mirada a nadie en especial.

Saludaba y recibía palmadas de bienvenida de sus allegados.

Una mujer de pelo rubio y se acercó tímida y le ofreció una jarra enorme que rezumaba un líquido amarillento.

Gunnar la aceptó y la bebió casi de un trago.

Pude percibir, desde donde me encontraba, el interés de aquella mujer.

Sonreía coqueta y no se separaba de su lado.

Por algún motivo, me agradó que Gunnar la ignorara.

No deseaba competencia. No había vuelto a hablar con él desde aquel episodio junto al timón.

Habíamos cruzado alguna que otra mirada, pero nada más.

Temí que se enfriara y había urdido que, ya en el pueblo, mi acercamiento sería más atrevido.

Nos llevaron a los establos para lo que se suponía sería una subasta.

Eyra me había explicado con detalle cada paso que iba a tener que vivir.

Las prisioneras serían subidas una a una a una especie de altillo, y los hombres libres, llamados bondis , pujarían la cantidad que estimasen justa por la que más le interesase; no eran monedas ni oro lo que allí se manejaba, eran mercancías e incluso alimentos en conserva.

Gunnar se había introducido en la gran cabaña rodeado por su gente. Me maravillaba lo poco que valían las esclavas; la vida de un ser humano reducida a unas libras de manteca, alguna oveja, pescado en salazón o barriles de alcohol.

Para mi sorpresa, un hombre me empujó hacia el altillo.

Muchas manos se alzaron. Intenté bajar, pero otro hombre se apostó en las escaleras.

Le grité que pertenecía al jarl , pero no me escuchó.

El bullicio era tal que ni yo me oía. Busqué a Eyra con la mirada, pero había desaparecido.

Apabullada contemplé cómo ofrecían por mí cabezas de ganado, barriles de sal y hasta un barco.

Incrédula buscaba una forma de escapar. Estaba rodeada de hombres exaltados que se desgañitaban para hacerse oír por el que dirigía la subasta.

Parecía que un hombre de complexión robusta e hirsuta barba rubia se hacía con mi posesión.

Ofrecía el barco y una cabaña con todos los animales domésticos dentro.

La preocupación comenzaba a alterarme. Decidí tranquilizarme; tarde o temprano desharían el entuerto.

Pensé que tal vez sería tarde cuando el hombre rubio se acercó a la tarima y, tomando mis pantorrillas, me echó sobre su espalda como un vulgar saco. Pataleé desesperada. ¿Dónde demonios estaba Gunnar?

Aliviada escuché un rugido que silenció aquella barahúnda.

—¡Suéltala, Thorberg! Ella no está en venta.

El tono amenazante de Gunnar resonó en la estancia. El hombre, contrariado, me bajó. Me dirigió una mirada entristecida.

—Ya me parecía una ganga —replicó disgustado.

—¡Le pertenece al jarl ! —gritó para que todos lo supieran—. Nadie puede tocarla.

También él me miró apesadumbrado.

Pensé que me llevaría con él. Pero, tras dejar claro que debían respetarme, se marchó y me dejó sola.

Estaba claro que había decidido poner distancia entre nosotros.

Por un momento, sentí los ojos arrasados en lágrimas.

No. No iba a permitírselo. Al único hombre al que pertenecería siempre sería a Rashid, mi dulce Rashid.

Pero ahora el peldaño hacia mi esposo se alejaba.

Me sequé los ojos e imprimí determinación en mi semblante.

Gunnar era mi tabla de salvación y me asiría a ella como fuera.

* * *

Me asignaron todo tipo de tareas: salar pescados y carne, arrancar las malas hierbas de los huertos traseros, desplumar gallinas, cortar leña y lavar ropa.

Las elegidas para el jarl estábamos al servicio de la comunidad hasta que nuestro amo nos reclamara.

Éramos requeridas por las mujeres para todo tipo de trabajos duros.

Durante una de esas tareas, me topé con Amina.

Había sido comprada por un pescador para que ayudara a su esposa.

La encontré destripando pescado. Su semblante se cubrió de malevolencia ante mi presencia.

Le sostuve la mirada con frialdad y odio.

Tenía que ayudarla, así que me senté en la orilla junto a ella.

A nuestro lado, una montaña de pescado refulgía bajo el sol.

—Pagarás por todo lo que me has hecho —silbó junto a mi oído en árabe.

La miré boquiabierta; deseé abofetearla.

—Lograste que me desterraran, mataste a mi hijo y conseguiste que me azotaran. Soy yo la que clama venganza.

Espió sobre un hombro, temerosa de que su ama la viera conversando.

—Todas mis desgracias son por tu culpa. Incluso esta: si Rashid no me hubiera echado de la casa, no habría tenido que huir a Lisboa y…

No pude aguantar más. La agarré por la trenza y tiré con fuerza para exponer su cuello. El pequeño cuchillo que usaba para el pescado se lo apoyé contra la garganta.

—Si vuelves a tramar algo en mi contra, si osas volver a dirigirme la palabra, te juro por la sagrada palabra del profeta que acabaré contigo.

Vio en mis ojos que hablaba completamente en serio. La solté, la punta del cuchillo le había dejado un punto rojo en el cuello por el que corría un hilillo de sangre. Se lo limpió aturdida y alejó su banqueta de la mía.

Terminamos el trabajo sin mirarnos, pero, cuando me levantaba para marcharme, un golpe seco en la parte trasera de las rodillas me derribó. Amina tenía un tronco en la mano y sonreía.

—Tendrás que matarme si quieres que te deje en paz, porque, mientras me quede un aliento de vida, lo dedicaré a hacerte sufrir.

Me lancé contra ella. Caímos rodando hacia la orilla del mar.

Pensé en el hijo perdido y la golpeé con saña.

Derramé en ella toda la ira acumulada. Ella gritaba pidiendo ayuda; se defendía lanzando ciegamente sus puños sobre mí.

Rodamos de nuevo contra las lánguidas olas del aquel remanso.

Logré ponérmele a horcajadas y, agarrándola de la cabeza, intenté sumergírsela en el agua.

De su boca abierta escaparon burbujas de aire.

Unas manos me arrancaron de ella. Un grupo de gente nos había rodeado. Amina se levantó tosiendo, escupía agua y espuma. Me señaló con el dedo.

—¡En nombre de Loki! ¿Qué está pasando aquí?

Giré, era Gunnar quien me sujetaba. Eyra estaba a su lado.

—Ha intentado matarme —acusó Amina entre jadeos.

Eyra lo tradujo. Todas las caras se volvieron hacia mí.

—Primero me golpeó ella —me defendí.

Amina negó con la cabeza y replicó:

—Estaba tranquilamente trabajando cuando Shahlaa me clavó la punta de un cuchillo.

Alzó el rostro y todos vieron el delgado hilo de sangre que todavía brotaba de la herida, para colmo se apreciaban las rojeces dejadas por mis dedos en su cuello. Ni siquiera recordaba haber intentado estrangularla.

Los aldeanos murmuraban atónitos entre ellos. Y miraban a su hersir en espera de una decisión.

—No volverás a usar un cuchillo en ninguna de tus tareas —dictó severo— y no podrás acercarte a la esclava de Thorberg bajo ninguna circunstancia.

Amina sonrió triunfal. Clavé en ella una mirada airada.

La gente comenzó a dispersarse. Empapada, me giré hacia Gunnar. Todavía me sujetaba. Me zafé.

—Empezó ella —continué disgustada—. Ni siquiera pensaba dirigirle la palabra a pesar de todo cuanto me ha hecho.

Él me miraba de forma extraña.

—No solo te refieres a lo que pasó en tu huida, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Él parecía decidido a averiguar mi historia.

—La conocías antes, ¿no? ¿Fue una amiga desleal?

Mientras hablaba se iba acercando; yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra una roca.

—Era la segunda esposa de mi esposo.

Atrapada entre la roca y su pecho, él inclinó la cabeza hacia mí. Sus ojos me taladraron.

—No puedo creer que tu esposo no se conformara solo contigo.

—Se conformaba de sobra —repliqué altanera.

Él me regaló una media sonrisa. Sus dedos comenzaron a deslizarse por mi mejilla. Su boca estaba muy cerca.

—Tuvo que tomarla por la dote. Necesitaba dinero para su negocio; su familia lo obligó.