Capítulo 9 #3
A tal fin, Eyra se propuso correr el rumor de que la enfermedad de Amina había sido provocada por un maleficio mío.
De esa manera, nadie dudaría de mi poder maligno.
Si ya les provocaba temor, ahora ni se atreverían a cruzarse en mi camino.
La anciana también se encargaría de recordarle la única forma de librarse de mí.
* * *
La luna llena parecía incluso más grande de lo habitual y destacaba con un peculiar tinte amarillento sobre el oscuro manto de la noche.
Se percibían en ella circulares manchas desvaídas que le conferían un aspecto añejo y misterioso.
La luz que proyectaba cubría de plata cuanto tocaba y convertía el mundo real en uno de cuento.
Era fácil evocar toda clase de criaturas extrañas saliendo de las profundidades del bosque, del mar y de la tierra.
Era por la noche cuando las historias que se contaban junto al fuego cobraban sentido.
Historias de dioses, héroes, hadas, demonios, duendes y magos.
Por algún motivo, recordé el mito sobre Balder, tantas veces repetido junto a la hoguera.
Balder es el Cristo entre las divinidades escandinavas, uno de los muchos hijos de Odín.
Cuenta la leyenda que desde pequeño sufría terribles pesadillas que presagiaban su muerte.
Entonces su madre decidió hacer algo. Recorrió los nueve mundos haciendo prometer a todo ser viviente, animal, vegetal y mineral que no dañarían jamás a su hijo.
Todos hicieron el juramento, excepto la planta del muérdago.
Su madre no le dio importancia y creyó que el problema estaba resuelto.
De ese modo, Balder se convirtió en inmortal.
En el Valhalla, los dioses se divertían disparándole flechas sin causarle ninguna herida.
Pero Loki, el dios del fuego, traicionó a los dioses y engañó al dios ciego Hodr dándole una flecha en cuya punta puso una planta del muérdago.
Hodr disparó la flecha e hirió gravemente a Balder.
En su lecho de muerte, Odín le susurró unas palabras al oído; cuenta la leyenda que le prometió la resurrección tras la purificación del mundo.
Tragué saliva, fuera oía la turba agitada. Las voces se alzaban vehementes. Había llegado el momento. Me sentía inquieta pensando en la flecha con muérdago que me aguardaba y, aunque no albergaba dudas sobre quién la dispararía, tenía la esperanza de que mi tiro fuera el primero en hacer diana.
Avancé hacia la puerta y salí.
En el centro del poblado un grupo de hombres y mujeres que portaban antorchas discutían acaloradamente frente a la cabaña de Amina.
Thorkel, en el umbral, gritaba amenazas que subrayaba gesticulando hoscamente.
Al tiempo agitaba en círculos una enorme hacha para dejar claro que cumpliría sus sangrientas promesas.
El olor de la brea inundó la noche. Los fieros rostros se volvieron hacia mí. Algunos se tornaron de temor, otros de incertidumbre. El resplandor de las teas que bailaban en sus semblantes los asemejaba a demonios en busca de venganza. Con gran acopio de valor, me erguí ante ellos y exclamé:
—¡Solo la quiero a ella! ¡Entréguenla a los lobos y detendré mi magia para siempre!
—¡Ven, maldita bruja, y déjame mostrarte la magia de mi hacha!
Apenas tuve tiempo de retroceder.
Thorkel se cernió sobre mí enloquecido y, blandiendo su arma, la descargó sobre mi cabeza. Me agaché justo en el último momento, perdí el equilibrio y caí sobre el barro helado. El silbido del arma reverberó en mis oídos como una serpiente de cascabel.
Me levanté aterrorizada dispuesta a correr lejos de su alcance, pero resbalé y caí de nuevo.
Un reflejo plateado cortó el aire a pocos centímetros de mi oreja y se enterró en el lodo cortando con un escalofriante chirrido la capa de hielo que se había formado en el congelado charco en el que me hallaba desplomada.
Intenté ponerme a gatas. Cada latido en mi pecho atronaba como un tambor tensando cada fibra de mi ser.
Mi atacante alzó de nuevo el hacha y la descargó con toda la ferocidad de la que fue capaz.
Cerré los ojos desesperada y rodé hacia un lado mientras rezaba para mis adentros.
De nuevo la hoja se hundió en la superficie escarchada.
Una larga espada había desviado la trayectoria.
—¡Detente! —tronó una voz.
A través de unas blanquecinas volutas de vaho que escapaban de mi garganta, todavía encogida por el miedo, vislumbré un guerrero alto y corpulento, con el cabello enmarañado, barba trenzada y flamígeros ojos verdes.
—¡En el nombre de Odín! ¿Qué está pasando aquí?
Gunnar miró en derredor con furia contenida.
—Todo es culpa de la bruja —respondió la voz gastada de una mujer.
—¡Todos de regreso a sus hogares! ¡Primero habré de escuchar lo acontecido en mi ausencia y luego juzgaré!
—¿De veras? ¿Y serás objetivo? —inquirió Olaf.
Gunnar clavó los ojos en mí.
La frialdad que encontré en ellos me contrajo el alma en un apretón feroz que me cortó la respiración.
Sentí estrechárseme la boca del estómago.
Le sostuve la mirada y dejé escapar un suspiro.
Había anhelado tanto sumergirme en aquellos ojos esmeralda, había soñado tantas veces cobijarme entre sus brazos.
Había deseado tan fervientemente sentirme amada y protegida que, ahora, ante aquel semblante hosco y malhumorado, frío e inexpresivo me derrumbé.
Fue a través de lágrimas que escapó todo el miedo y la angustia vivida.
—No soy el mismo hombre que se fue —sentenció.
A pesar de sus palabras, me tendió la mano.
La rechacé y me levanté temblorosa. Había estado a punto de morir, y mi cuerpo todavía tenso acusó cansancio y pavor. Recurrí a mi última reserva de aplomo y entereza para dirigirme al hersir .
—Yo tampoco soy la misma mujer. Soy lo que me dejan ser. —Miré en derredor con determinación—. Una mujer desesperada por sobrevivir, cansada de ser vapuleada y maltratada. Tan solo defiendo mi vida.
Los hombres y mujeres que me rodeaban me contemplaron en silencio, frenados por la súbita aparición de su líder. Solo una voz replicó.
—Eres tú, maldita bruja, la que atentas contra nosotros propagando enfermedades y maldiciones, atemorizando a nuestros hijos con tus miradas maléficas.
La madre de Sigrid, Asdis, me miró con rencor. Era más que obvio que esperaba enardecer de nuevo los ánimos en mi contra.
—Equivocadamente representé el papel que me fue asignado. Pensé que, si se me temía, estaría a salvo; ahora compruebo mi error. Un error astutamente aprovechado por la verdadera banshee .
Clavé los ojos en Thorkel. La multitud exhaló un suspiro de asombro.
—Sí, hay una bruja autentica aquí, de maldad solapada y extensos conocimientos sobre plantas dañinas.
—Los ojos de Thorkel se abrieron desmedidos—.
La esclava Var fue la causante de la epidemia que asoló la aldea.
Utilizó una flor llamada adelfa que pérfidamente añadió a la comida con la intención de matar a la esposa de Thorkel; para no despertar sospechas, decidió enfermar a más gente.
Ella incendió mi cabaña para deshacerse de mí, y ella y su amante Ulf tramaron la traición del hersir .
Yo, mejor que nadie, conozco sus malas artes; tuve la desgracia de vivir con ella y de sufrir su crueldad, también usó una planta para arrancar un hijo de mis entrañas.
Ante la mención de Ulf, el semblante de Thorkel se descompuso. Boqueaba como un pez deseando decir algo que no lograba articular.
—Estoy segura de que tenía en sus planes deshacerse de ti cuando Ulf ocupara el cargo que tanto ansía.
Bocas desencajadas, ojos agrandados y semblantes aturdidos se miraban entre sí intentando asimilar aquella declaración. Gunnar me contempló pensativo.
Unos pasos acelerados irrumpieron en la noche; las antorchas iluminaron un rostro tosco enrojecido que jadeaba por la carrera.
—¡Ulf ha desaparecido! —espetó Thorffin.
Gunnar avanzó hacia la cabaña de Thorkel.
—No te molestes en buscarla, ella ha huido con él —aseguré.
Me volví y caminé arrastrando los pies. De repente, sentí el cuerpo laxo y derrotado; tan solo deseaba cobijarme en mi jergón y refugiarme en el sueño. Había jugado mi última carta: la carta de la verdad y, aunque no siempre era de ayuda, rogaba que en esta ocasión lo fuera.
* * *
Aunque todo encajaba a la perfección, a pesar de encontrar un cofre repleto de hierbas tóxicas en su cabaña y de que la huida era una prueba más que incriminatoria, la aldea entera continuó mirándome con recelo.
Sabía cuáles era mis obligaciones diarias y las ejecutaba hasta caer rendida.
Trabajaba de sol a sol, apenas hablaba con nadie y el poco tiempo libre que me quedaba practicaba obcecadamente con el arco para liberar mis demonios y desfogar la ira y la frustración hasta lograr cierta habilidad en su manejo.
Otras veces, deambulaba por la costa lanzando guijarros contra las olas, rememorando los rostros de mi gente y pronunciando sus nombres, como si esperara que el viento me los trajera.
Y, sin embargo, el dolor de el pecho continuaba presente casi todo el día, acompañándome sin descanso.
No importaba cuán agotada cayera, el sueño parecía evitarme.
Mi piel sedienta de caricias clamaba con un dolor casi físico, exigiendo la presencia de un cuerpo que dormía muy cerca de allí.
Gunnar se había trasladado a una cabaña cercana y, a pesar de eso, era como si estuviera en otro mundo. Apenas lo veía y, cuando lo encontraba, desviaba a propósito la mirada. No era el mismo.