Capítulo 6 #3
Se levantó, y a mí con él. Me dio la espalda y caminó de regreso al campamento arrastrándome de la mano.
Sus largas zancadas me obligaron casi a correr para evitar que me arrancara el brazo.
Me debatía para obstaculizar su avance. Giró la cabeza y me miró con hosquedad, harto de mi resistencia.
De un fuerte tirón me pegó a su pecho. Me rodeó la cintura con una mano mientras que con la otra me agarró el mentón.
Su boca cayó imperiosa sobre la mía. Quiso dejar claro quién mandaba: me introdujo la lengua y gobernó a su antojo el beso.
No me sometí. Le arrebaté el control cuando mi lengua entró en su boca.
Lo besé con violencia. Mis manos le agarraron con fuerza la nuca e instintivamente froté mi cuerpo contra el suyo.
Me deseaba. Sus manos tomaron con fuerza mis nalgas.
Jadeaba enardecido, exhalando gruñidos satisfechos.
Lo besé como había besado a Rashid tantas veces y, ante su recuerdo, me sentí asqueada.
Me separé, y él, todavía aturdido, me contempló jadeando.
Su semblante no dio crédito a lo que hice a continuación.
Le agarré la mano y caminé delante de él; ahora era yo quien lo llevaba al campamento.
Sin embargo, no me iba a resultar tan fácil someterlo: con un rápido movimiento me alzó del suelo y me depositó sobre su hombro. Volvía a ser la prisionera.
* * *
Capturaron a casi todas las mujeres, sin embargo, la que me había ayudado había logrado huir.
Me alegré por ella. Fuimos de nuevo atadas, pero esta vez habían apostado guardias.
Los guerreros se cobijaron en sus tiendas, podíamos verles las siluetas a contraluz.
Habían encendido velas, comían, bebían y parlamentaban.
La lluvia había cesado, pero empapadas tiritábamos.
Ahora, sin truenos que nos camuflaran, nuestros estómagos reclamaban ruidosos alimento. Llevábamos casi dos días sin comer.
Una figura encorvada salió de la tienda principal.
Tras ella, dos fornidos guerreros arrastraban un caldero.
Eyra llevaba un cazo en la mano. Se acercó a nosotras y, frente a cada una, depositó en el suelo una gran cucharada de gachas de avena.
Nos lanzamos hambrientas y, arrodilladas, lamimos hasta la más lejana brizna de hierba que contuviera algo de aquel engrudo insípido.
La mujer se acercó a mí.
—Te han delatado —me susurró sin volverse apenas.
La miré confundida. Mi pelo embarrado lucía trazos de gachas pegadas; lamenté no poder chuparlo, mi estómago seguía rugiendo.
—¿Delatado? ¿A qué te refieres?
—Una mujer dijo que fuiste tú quien instigó la huida, que eres peligrosa, que tu esposo es tan poderoso que movería cielo y tierra para encontrarte, que sería mejor que te mataran y dejaran tu cuerpo aquí; de ese modo, tu familia ya no tendría motivos para reunir un ejército en tu búsqueda.
—¿Quién ha podido decir eso?
—La misma que dio la voz de alarma: su traición le valió un puesto de confianza. Ahora come en la tienda, caliente y arropada. Los soplones son muy útiles para los amos que poseen muchos esclavos.
Tragué saliva. La avena comenzó a sentarme mal. Me sentía mareada, no entendía nada.
—¿Cómo les explicó todo eso?
—Yo tuve que traducir. Conozco varias lenguas. Les soy de mucha utilidad.
La anciana me miró meditabunda. Se rascaba la barbilla.
—¿Y tú que has hecho para ganarte tal enemiga?
—Nada de lo que tenga que arrepentirme, te lo aseguro. Por cierto, ¿ha dicho su nombre?
La anciana asintió, parecía disfrutar de la situación.
—Se llama Amina.
La miré boquiabierta. No podía creer mi mala suerte. El ser más vil que había jamás conocido había estado todo el tiempo a mi lado. Y ahora de nuevo escupía su perfidia contra mí.
—Veo que la conoces.
—Sí, para desgracia mía. Pero soy yo la que tiene una cuenta pendiente con ella. —De pronto, se me ocurrió que tal vez estaba en la ciudad urdiendo algún plan contra mí—. ¿La capturaron en Isbiliya?
—No, fue hecha prisionera en Lisboa los primeros días de agosto.
Permanecí en silencio intentando asimilar aquello; Eyra puso una mano en mi hombro.
—¿Los ha convencido?
—Irónicamente sus argumentos han conseguido el efecto contrario. Les ha hecho ver que eres valiosa y que podrían pedir por ti un cuantioso rescate. No van a matarte, aunque temo que te darán un escarmiento.
En ese preciso instante, un grupo de guerreros salió de la tienda.
Gunnar iba a la cabeza. Se acercaron a mí.
Me puse en pie intentando sofocar los temblores que me sacudían.
Un hombre de cabello rojo ensortijado y panza prominente sacó una daga y se acercó con determinación.
Me soltó y me llevó ante su líder. Gunnar llamó a Eyra a su lado.
A continuación, habló con aquella voz gutural y profunda, que alzada debería de ser como el estallido de un trueno.
—La próxima vez que intentes escapar, tres de tus compañeras morirán.
—Habló en voz alta para que todas pudiesen escucharla—.
Ahora serás azotada ante ellas y así será cada vez que te rebeles.
—Sus ojos imperturbables me miraron con frialdad.
Le sostuve la mirada y fingí indiferencia.
Me desaté la capa y giré. Me abracé al árbol más cercano y esperé con los dientes apretados.
El primer latigazo rasgó el tupido paño gris de la túnica; el segundo, mi piel.
Intenté alejar el dolor que me abrasaba pensando en lo único bueno que ese día me había traído: descubrir que pedirían un rescate a Rashid.
Algún día volvería a su lado, solo eso me importaba.
El tercer latigazo me sacudió como un relámpago lacerante.
El cuarto me hizo temblar las rodillas. El quinto las dobló, y con el sexto me desplomé con la espalda en llamas. No sentí el séptimo.
* * *
Boca abajo en una especia de hamaca, Eyra colocaba trapos untados en un verdoso y maloliente ungüento sobre mi maltrecha espalda. El solo roce del aire me lastimaba. Gemía dolorida aguantado a duras penas la cura.
—Muchacha, has demostrado más valor que muchos guerreros, no vas ahora a quejarte por mis cuidados.
Intenté hablar, pero me castañeteaban los dientes. Eyra me tocó la frente y pareció alarmada.
—Ardes en fiebre. Tendrás que levantarte.
Negué con la cabeza. Temblaba de manera incontrolable. Estaba muerta de frío.
—Tengo que meterte en el mar, la sal curará más rápido las heridas, y el frescor del agua bajará la fiebre. No puedo hacer nada más.
Desapareció a la carrera. Enseguida apareció con dos hombres.
Uno era el líder. Gunnar me tomó en brazos y gemí cegada por el dolor.
Corrió a la orilla y se adentró en el agua.
Se arrodilló en la arena y me colocó de cara a él.
El frío del agua me sobrecogió. En ese instante, me di cuenta de que estaba desnuda.
Gunnar me tomó de la cintura para dejar que arqueara la espalda sobre el mar.
Las olas me lamieron las heridas, al instante sentí como si un millar de agujas se me clavaran en la piel. Cerré los ojos y apreté con fuerza los dientes, por un momento temí perder el conocimiento.
Incliné el cuerpo todavía más y sumergí la cabeza en el agua. Las fuertes manos de Gunnar me apretaban con fuerza las caderas. Apenas saqué la nariz para respirar; aguanté estoicamente el dolor y logré mantenerme así un largo rato.
Algo más despejada, me incorporé y me encontré con la mirada algo desconcertada del líder.
Me contempló el rostro y lentamente deslizó la mirada por mis senos y mi vientre.
Ambos estábamos de rodillas con el agua por la cintura.
Sentí sus dedos acariciar suavemente mis caderas.
Sus ojos ya no eran fríos e inexpresivos, muy por contrario, era fuego lo que veía en ellos. De sus labios escapó una frase.
Cerré los ojos, la debilidad me llevó. Me abracé a su pecho e imaginé que era Rashid quien me levantaba y me llevaba. Caí en la negrura. Soñé con mi amor.
* * *
Cuando desperté, los temblores habían cesado. Sentí la liviandad del lino sobre la piel. Seguía boca abajo. Miré en derredor, no estaba sola.
—Debes comer algo. Tus heridas curan y tu cuerpo necesita fortalecerse.
Asentí. Tenía un hambre lobuna.
Eyra me alimentó pródigamente. Al menos, en ese infierno, había un ángel que velaba por mí.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
—Casi una semana, pero mañana partiremos. Varios knörr llevarán los tesoros y las esclavas al reino de Vestfold; los demás volverán por el río para saquear nuevamente.
—¿Qué es un knörr ?
—Son los barcos de los madjus —respondió al tiempo que me limpiaba la boca.
Ante mi expresión inquisitiva contestó de nuevo.
—Los madjus o mayus , adoradores del fuego, los nordumâni , las bestias del Norte.
Cerré los ojos y, para mi sorpresa, la imagen de Gunnar frente a mí en el mar me asaltó.
—¿Oíste lo que me dijo cuándo me sujetaba en la orilla?
La anciana asintió. Su cabello blanco y desmadejado le ocultó parte del rostro, pero creí ver en su mirada un brillo divertido.
—Dijo que jamás imaginó ver a Freya salir de las aguas.
—¿Freya?
—Freya es una de las muchas divinidades de su religión. La diosa del amor y la belleza.
Guardé silencio. Sabía que no le era indiferente, los pocos instantes en que sus ojos habían bajado la guardia ante las emociones, me habían hablado de interés y deseo. Tal vez sí tenía poder después de todo.
—Muchacha, realmente lo has impresionado, no sé si fue tu exótica belleza o tu bravura, pero se siente atraído por ti. Tal vez, si eres lista, tengas una oportunidad.
—¿A qué te refieres?
—A que tal vez consigas no llegar a ser esclava del jarl . Si usas bien tus encantos con Gunnar, él podría comprarte.
No entendía nada, se suponía que pedirían mi rescate, qué más daba de quién fuera esclava. Y así se lo dije a la anciana.