Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Sin embargo, no fueron las náuseas las que lo alejaron de mí: fue un puño lanzado sin conmiseración contra su oreja.

El hombre aturdido se tambaleó aullando de dolor.

El guerrero que lo había golpeado le gritaba como pidiéndole explicaciones, dudaba de que mi atacante pudiera oírlo.

El salvaje golpeado desapareció de mi vista.

Ahora, frente a mí, tenía al líder de los ojos verdes que me contemplaba absorto.

Su mirada libidinosa recorría mi pecho desnudo, mi vientre y se detenía completamente asombrado en mi depilado pubis.

Giró la cabeza como mirándolo desde otro ángulo e imaginé que nunca habría visto algo parecido.

Dio un paso hacia mí y alargó un brazo. Me rozó la mejilla, y yo ladeé la cabeza para evitar el contacto.

Su mano entonces se dirigió a mi cabello.

Tomó un mechón, lo acarició entre los dedos y lo olfateó.

Acercó el rostro a mi cuello y aspiró profundamente.

Suspiró. Tomó mi barbilla y me obligó a mirarlo.

Imprimí en mis ojos todo el odio que me inspiraba.

Furiosa, levanté la rodilla para golpearlo, pero él, más rápido a pesar de su imponente tamaño, se retiró a tiempo.

Me sonrió. Pronunció una frase en su lengua y esa sonrisa cínica se evaporó.

Nuevamente me contemplaba interesado. Volvió a hablarme, y yo decidí expresarme en un lenguaje que estaba segura de que entendería.

Lo escupí. Nuevamente sonrió al tiempo que se limpiaba la mejilla con el dorso de la mano.

Y, de repente, se cernió sobre mí. Su boca cayó sobre la mía sin dejarme tiempo de reaccionar.

Me sujetó por la cintura para inmovilizarme.

Me sentí asqueada cuando su lengua ávida me exploró.

Fue un beso salvaje, atroz y afortunadamente corto.

Se retiró más por miedo a que intentara morderlo que porque deseara acabarlo.

Sus ojos verdes, ahora flamígeros, me recorrían voraces; no obstante, se alejó de mí.

Se acercó a la anciana esclava y le dio una orden.

Ella asintió, y él ascendió a cubierta para mi total tranquilidad.

Todavía respiraba agitadamente cuando la mujer se me aproximó con una capa raída.

—Eres afortunada, muchacha. Serás para el jarl y ninguno de esos patanes podrá tocarte.

La miré furiosa.

—Pues para no poder tocarme bien que lo han intentado.

—Ulf estaba tan borracho que ni siquiera midió las consecuencias, y el hersir Gunnar…

Debiste de impresionarlo mucho para lograr menoscabar su pétrea voluntad.

Es un hombre duro y frío como los hielos de su reino; jamás muestra sus sentimientos ni debilidades, aunque imagino que unas buenas jarras de aguamiel suavizan el carácter de cualquiera.

—¿A eso llamas buen carácter?

La anciana me sonrió taimada al tiempo que cubrió mis hombros con la capa de sarga y la ató concienzudamente.

—Espero que no tengas que sufrir el mal carácter de Gunnar el Temible.

Ya se marchaba cuando le pregunté:

—¿Cuál es su nombre?

Los ojillos vivaces de la anciana se velaron con la sombra de un recuerdo.

—Soy Eyra, pero hubo un tiempo en que mi nombre fue otro.

—También yo poseo dos nombres.

Me contempló pensativa, sus finos labios se curvaron en una mueca indefinible.

—Entonces muy pronto serán tres.

—Sin embargo, seguiré siendo la misma.

Negó con la cabeza, esta vez sí sonrió con sorna.

—No tienes ni idea de cuánto vas a tener que cambiar, apenas serás una sombra de lo que eres. Si quieres sobrevivir a esto, deberás amoldarte a tu nuevo destino. —Hizo una pausa—. Con el tiempo, llegarás a olvidarte del pasado, porque recordarlo será demasiado doloroso.

—Jamás lo olvidaré —espeté con decisión.

—Peor para ti.

* * *

Tras varios días de hacinamiento en la nave de los mayus , arribamos a un puerto. Descendimos la pasarela cegadas por la blanquecina mañana otoñal. Hacía frío y agradecí a Eyra que me hubiera ataviado con una túnica bajo la capa. Mi hermoso vestido desgarrado fue guardado por la esclava.

Frente a nosotras, surgió un campamento improvisado con tiendas de lona rayada. Baluartes extraños con imágenes de dragones y serpientes enroscadas nos recibieron ondeantes. Grupos de hombres conversaban mientras nos observaban curiosos.

Habían soltado nuestros grilletes para atarnos con cuerdas unas a otras en una fila demasiado extensa. La mayoría caminaba cabizbaja, arrastraban pesadamente los pies, claramente indiferentes ya a su destino.

Comenzó a llover y los hombres se resguardaron en las tiendas mientras que nosotras permanecimos a la intemperie. El agua arreciaba y las más debilitadas comenzaron a temblar. Intenté acercarme a la mujer más próxima en busca de calor. Las demás hacían lo mismo. Y así pasamos el día y la noche.

A la mañana siguiente, aterida de frío, famélica, y con todos los músculos del cuerpo gritándome su dolor, me levanté del fango.

Rodeada de pinos, retamas y arbustos de romero comprendí dónde me encontraba.

Estaba en Qadis, el lugar desde donde había partido la incursión hacia Sevilla.

Quizá todavía tenía la oportunidad de escapar.

Miré a mi alrededor para buscar algo con lo que pudiera rasgar las cuerdas, que más parecían maromas por lo gruesas. Maniatada era prácticamente imposible buscar nada. Solo había una manera.

—Intenta morder mis cuerdas, y yo haré lo mismo con las tuyas.

La mujer a mi derecha me miró como si hubiera perdido el juicio.

—Estamos en Gades. Si nos vuelven a embarcar, estaremos perdidas. Es nuestra última oportunidad.

La mujer cayó de rodillas tras de mí y tiró con sus dientes fuertemente.

—Es imposible romperla, aunque tal vez logre aflojar el nudo —explicó en árabe.

Asentí y miré nerviosa hacia las tiendas. El alba despuntaba; no teníamos mucho tiempo. Otras mujeres comenzaron a imitarnos.

Froté mis muñecas insistentemente; el esfuerzo de mi compañera empezó a dar sus frutos.

Noté cómo las escupía para facilitarme la tarea.

El áspero cáñamo comenzó a ceder la presión; encogí los dedos hacia el interior de la palma y forcejeé con empeño.

Por fin liberé los brazos. Sin pérdida de tiempo, me dispuse a ayudar a mi liberadora.

Las demás, animadas por nuestro éxito, se afanaron en su tarea con renovado entusiasmo.

Cuando mi compañera escapó de sus ataduras, se lanzó a correr a campo traviesa en una alocada huida. Decidí huir en dirección opuesta. Otras tomaron diferentes caminos.

No miré atrás. Troté con desesperación con una sola imagen en mi mente. Rashid. Mis ganas de verlo dieron alas a mis pies.

Un grito de alarma surgió a mi espalda. Era una voz de mujer. Una voz que me resultaba familiar. Habló en árabe.

—¡Escapan!

Casi inmediatamente sentí retumbar bajo mis pies decenas de pisadas veloces.

Aceleré el paso cuanto pude. Los pulmones me ardían en el pecho.

Jadeaba entrecortadamente. El cansancio pronto comenzó a hacer mella en mí.

El chapoteo de sonoras pisadas surcando las ciénagas que yo dejaba atrás se aproximaba peligrosamente.

Desesperada, aceleré cuanto pude. Saltaba arbustos, maderos caídos, sorteaba árboles, giraba una y otra vez temerosa de que una mano agarrase mi capa en cualquier momento.

Escuché jadeos a mi espalda. Varias voces se comunicaban a los gritos. No pude evitar girar.

Horrorizada descubrí a tres guerreros corriendo tras de mí; estaban muy cerca. Dos de ellos me flanqueaban y el más cercano a mí me seguía el rumbo como un perro de presa. Estaban acorralándome. También escuché los gritos de otras mujeres.

Solo un milagro podía ayudarme, y Dios parecía haberse vuelto en mi contra. No sé cuánta distancia había recorrido, solo sabía que había errado el camino. Frente a mí apareció una enorme marisma. Dudé si cruzarla o bordearla, y fue esa duda la que terminó con mi huida.

Un puño se cerró en mi capa y me hizo trastabillar y caer sobre el lodo.

Un enorme cuerpo impactó contra el mío y me cortó la respiración.

De alguna manera, logré encontrar las fuerzas necesarias para girar y empujarlo.

Pero de nada sirvió. Golpeé su pecho con fuerza, y el guerrero me sujetó las ensangrentadas muñecas.

Grité más por ira que por sufrimiento. En realidad, no sentía dolor ni cansancio, solo una furia desbordante.

Me convulsioné con violencia en mi afán por apartarlo de mí, pero nada daba resultado.

El guerrero esperó paciente tumbado sobre mí; todavía me apretaba las muñecas por encima de la cabeza y se apoyaba en los codos al tiempo que me contemplaba.

Jadeamos exhaustos por la carrera; su aliento cálido y algo dulzón me rozó los labios y me alertó de inmediato por la cercanía.

De nuevo, comenzó a llover. Mechones mojados de su largo cabello me rozaron los hombros. Las gotas arrastraron mis lágrimas, aunque no mi frustración.

La verde mirada de Gunnar el Temible me sobrecogió. Frunció el ceño al tiempo que me susurró algo incompresible.

Clavé mis ojos en los suyos. Sostuvo mi mirada con gravedad.

Permanecimos durante un largo rato así. Bajo la lluvia, prácticamente sumergidos en el barro, mirándonos intensamente.

Su rostro inexpresivo estaba a escasos centímetros del mío, su barba trenzada cosquilleaba en mi barbilla.

Contemplé la dureza de su mentón, los altos pómulos, la boca ancha, la nariz recta y los ojos refulgentes como esmeraldas, insondables como la profundidad del bosque. Él hizo lo mismo conmigo.

Entonces, recordé una frase pronunciada por mi amado Rashid: “Tienes el poder de dominar a los hombres”. ¿Podría dominar yo a aquel bárbaro de mirada dura e impenetrable? ¿Sería capaz de someterlo a mi voluntad? En ese momento, lo único que deseaba era su muerte.

La tormenta arreció. El cielo se oscureció, el sonido de un trueno sobre nosotros lo sacó de su ensimismamiento.