Capítulo 6
Esclava del destino
El ambiente era denso y húmedo, cargado de tensión.
Respiraciones agitadas y velados sollozos lo envolvían.
Percibí la presencia de muchas personas a mi alrededor.
Una semioscuridad agobiante invadía el lugar y un sobrecogedor tintineo de cadenas se sucedía intermitente.
El hedor era insoportable: a heces, a sudor, a sangre y a miedo.
Mi codo chocó contra algo, y el tintineo se incrementó.
Asombrada, sentí un peso que me obstaculizaba los movimientos.
Tanteé mis muñecas, unas pesadas argollas me mantenían los brazos sujetos a la espalda.
Entre los quejidos lastimeros y los lamentos, algunas personas murmuraban asustadas. Escuché con atención. Todas las voces eran femeninas. Una voz levemente ronca y más calmada que las demás se alzó entre el barullo.
—Debemos mantener la cordura. Serenémonos y pensemos que al menos estamos vivas.
Esos malditos salvajes nos han tomado prisioneras.
Algunas de nosotras seremos convertidas en esclavas, otras seremos canjeadas por lo que precisen.
Encomendémonos a nuestro dios para que nuestro suplicio sea breve y recemos con ahínco para que el Altísimo nos provea de resignación.
Algunas seremos llamadas a su seno. No temamos, pues nos aguarda el paraíso; cualquier sufrimiento terrenal será compensado con creces.
—Hizo una pausa—. Soy sor Adelina, hermana de la Orden de Jesús Redentor.
Si alguien tiene a bien seguirme, iniciaré el rezo para sosiego de nuestras almas.
La oración comenzó en un susurro que se extendió por la estancia y que creció en intensidad a medida que la letanía avanzaba.
Otro sonido, más extraño, me llamó la atención.
Era como un chapoteo regular y rítmico. Una nueva sensación, más turbadora, se unió al aturdimiento que todavía me embargaba.
Un ligero bamboleo me acunaba. Afiné el oído y descubrí el rumor del agua batiendo la madera.
Estaba en un barco. Acostumbrados mis ojos a la penumbra, pude percibir los maderos superpuestos que formaban los costados ahuecados del escotillón en el que me hallaba.
El chasquido continuado eran los numerosos remos que sesgaban a paladas el agua.
El rezo cesó y con él comenzaron nuevamente los gimoteos y sollozos. Las siluetas de las mujeres encadenadas se recortaban en la oscuridad. Una voz a mi lado me sobresaltó.
—Si lo que la monja intenta es dar consuelo, no lo ha conseguido. ¿Acaso no ven que Dios nos ha abandonado? Estamos más que perdidas.
Giré la cabeza en su dirección.
—No debes rendirte tan fácilmente. Yo, al menos, no pienso dejarme vencer. Debemos estar atentas a cualquier ocasión de escapar o tal vez nuestra gente logre rescatarnos.
La mujer ahogó una risita.
—¿Rescatarnos? Nos llevarán a su tierra en los confines del mundo y, si nos venden, será a cualquier mercader sin escrúpulos. Debes de ser muy ingenua si piensas que alguien vendrá en tu busca. Para todos, estás muerta.
Pensé en Rashid, en mi recién descubierta familia y en mi madre.
Un nudo atroz me estrujó el corazón. ¿Y si esa mujer tenía razón y nunca volvía a verlos?
Recordé las últimas palabras de mi esposo cuando juró que me encontraría.
Le creía. Su amor sería capaz de eso. Debía fortalecerme con ese convencimiento, era a lo único que podía aferrarme para mantener la cordura, para sofocar el pavor que me helaba el alma.
Sin embargo, a mi mente acudía la imagen de mi esposo y mi padre, malheridos, tirados como despojos en la calzada, y mi corazón se encogió.
No, me dije una y otra vez. Ellos estaban vivos.
Tenían que estarlo. Y me buscarían sin descanso, solo tenía que mantenerme con vida.
Auguré que eso no iba a ser tan fácil en el momento que la escotilla de la cubierta superior se abrió y de ella emergieron cinco gigantes blandiendo sus enormes espadones.
Iluminaron la estancia con antorchas y patearon a algunas mujeres que les entorpecían el paso.
Frente a ellos surgió una figura encorvada.
Era una anciana que no llevaba grilletes y que, a pesar de mostrar una actitud servil, evidenciaba un conocimiento con los hombres.
Intrigada, observé cómo parlamentaba con el que parecía ser el líder del grupo. Hablaban en aquella lengua tosca y gutural, solo que convertida en un leve murmullo.
A continuación, la mujer giró hacia nosotras y habló en un castellano claro, sin ningún tipo de acento, lo que denotaba su verdadero origen.
—¡En pie! Van a ser clasificadas. A la que toquen en el hombro deberá sentarse; la que no, permanecerá en pie. —Hizo una pausa y miró con severidad en derredor—. Ahorren los lamentos, de nada servirán; a partir de ahora, son thralls : esclavas.
Un estremecimiento recorrió a las presentes, pero ninguna habló.
El reducido grupo de guerreros comenzó el escrutinio.
El líder, algo más adelantado, observaba con atención a las prisioneras.
Tocaba en el hombro indistintamente a mujeres jóvenes y viejas.
Por lo que puede observar, descartaba a las peor parecidas o a las que no eran de su gusto.
El retumbar de pasos de aquel temible gigante me aceleraba el pulso y me secaba la garganta.
Cuando lo tuve frente a mí, me sentí desfallecer.
Su melena castaña clara, leonada, larga y descuidada mostraba resecos mechones manchados de sangre; su rostro también mostraba salpicaduras.
Su aspecto era feroz, su semblante adusto, sus ojos, de un intenso verde, fríos y duros.
Llevaba una barba larga trenzada sobre su amplio pecho.
Era alto y fornido. Los brazos parecían querer reventarle la tela de la túnica.
Amenazante, se cernió con curiosidad sobre mí.
Una manaza sucia me tomó de la barbilla y me obligó a alzar el rostro.
Me contempló largamente; parecía dubitativo.
Entonces sus ojos se clavaron con intensidad en mi boca.
Temí un beso. Agradecida, no llegó. Cuando me soltó, respiré aliviada.
Continuó su camino. No me había tocado el hombro, así que permanecí en pie aguardando mi destino.
Cuando acabó su particular clasificación, volvió sobre sus pasos. De nuevo se detuvo frente a mí. Me observó intrigado, pero siguió sin tocarme.
Los guerreros hablaron un instante entre ellos y el líder desapareció ascendiendo a cubierta.
Para mi completo asombro, algunas de las mujeres que habían sido descartadas fueron arrastradas por los cuatro hombres que permanecían todavía allí.
Los gritos de las elegidas que se negaban a subir obligaron a los guerreros a usar la violencia.
Dos fueron golpeadas salvajemente y cayeron inconscientes.
Las subieron a cubierta y dejaron la escotilla abierta con la clara intención de que escuchásemos todo lo que allí estaba ocurriendo.
Hombres borrachos canturreaban una canción ininteligible, chocaban aceros y jarras y reían enardecidos.
Escuchamos aterrorizadas cómo las mujeres pedían inútilmente clemencia, cómo rasgaban sus ropas y cómo se animaban entre ellos para abusar de ellas.
Gemidos repugnantes, jadeos sonoros y llantos de dolor me acuchillaron los oídos.
Cerré los ojos y las lágrimas contenidas brotaron libres sin otorgarme ni un ápice de tranquilidad ni consuelo. ¡Qué cruel el destino al arrebatarme la felicidad para confinarme al peor de los infiernos! Me cubrí con las manos la cabeza y sollocé.
—Yo dije que no valía la pena resistirse.
La esclava cómplice de los bárbaros habló de nuevo.
—¿Van a violarnos a todas? —inquirió una voz temblorosa.
—Casi a todas. Tan solo reservarán a las mejores para el jarl .
Otra voz surgió a mi lado. Era la compañera con la que había hablado.
—¿Quién es el jarl ?
—Es su rey y permanece en las gélidas tierras del Norte.
Mi compañera me miró con envidia. Era de mediana edad, bajita, de formas orondas y rostro amable.
—Seguro que tú serás para él —afirmó.
—Mi destino será igual de aciago que el tuyo, aunque lo posterguen —repliqué apesadumbrada.
La mujer me miró y bajó la cabeza, los ojos se le ensombrecieron.
—No imaginas lo que daría yo ahora por postergar lo que se me avecina.
Deseé abrazarla y sentirme abrazada. Anhelé una palabra de consuelo, una mano en el hombro, una mirada cariñosa. Pero estaba sola en mi desgracia, sola y encadenada. Debía enfrentar mi destino fuera el que fuera.
* * *
No sé en qué momento logré dormirme, solo sé que desperté conmocionada por unos gritos ensordecedores.
Miré a mi alrededor y aturdida descubrí un hombre que se acercaba con premura.
Retrocedí todo lo que daban las cadenas hasta que choqué contra el maderamen del barco.
Entonces me acorraló. Unas manos mugrientas rasgaron violentamente mis ropajes.
Me debatí pataleando frenética. Con las manos encadenadas era una presa más que fácil.
El hombre, de cabello trigueño, ralo y enredado, me abrazó y mordisqueó el cuello; un vendaje ensangrentado le rodeaba el brazo, lo reconocí: era el que había herido a Rashid.
Apestaba a alcohol y a podredumbre; su aliento me mareó.
Me apresó con su enorme cuerpo para evitar de esa forma mis constantes patadas.
Giré la cabeza asqueada para evitar su boca infecta; aquel monstruo buscaba mis labios y reía ante mi obstinación.
Noté cómo sus dedos se clavaban en mis senos desnudos y sentí una arcada ascender por mi garganta.
Deseé vomitar, tal vez así desistiera en su ataque.