Capítulo 5 #3
Los niños quedaron atrapados entre los dos grupos y estaban a punto de ser aplastados. Miré a mi alrededor y abrí el baúl. Sin dudarlo, saqué de la funda la temible cimitarra de Rashid y bajé a la calle.
Aquella masa de gente entorpecía mi camino, sin embargo, yo empujaba con apremio y me deslicé en busca de los niños.
—¡Corran! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Nos atacan las bestias del Norte!
Encontraba caras aterradas y confundidas. Me resultaba imposible penetrar en esa marea de gente enloquecida. Escuché el llanto de aquellos pequeños atrapados en la barahúnda y, sin pensarlo, alcé la cimitarra.
La gente se alejaba de mí lo suficiente para localizar a las criaturas: eran una niña y un niño de unos cuatro y seis años respectivamente.
Lloraban desconsolados. Conseguí llegar hasta el final de la calle en la que se agazapaban entre las piernas de la masa.
Tomé en brazos a la niña y logré que el pequeño me asiera fuerte de las faldas.
Retrocedí lo andado y me oculté en un soportal.
—No hay de qué temer. Ahora solo es necesario permanecer muy callados. Vamos a escondernos, estoy segura de que no es la primera vez que juegan a este juego.
Los dos asintieron aterrorizados.
—Bien, entonces, hay que hacer silencio para no ser descubiertos. ¿Está claro? —Tuve que alzar la voz para hacerme oír.
Debía llevarlos a la carreta y esconderlos allí hasta que llegara Rashid y pudiésemos escapar.
Pero, cuando asomé la cabeza, vi que la muchedumbre corría horrorizada.
Aullidos y lamentos me atronaban los oídos.
Debían de estar cerca. Tragué saliva y respiré profundamente.
El terror ocupaba cada fibra de mi ser, sin embargo, no tenía otra opción que salir o estaríamos atrapados.
Tomé de nuevo a la niña y pedí al niño que subiera a mi espalda.
Estaban muy delgados, pero rogué a Dios que me diera las fuerzas suficientes para llegar.
Me lancé a la callejuela rumbo a la hospedería.
Corrí sin mirar atrás. La multitud huía: algunos portaban a sus hijos, otros, algunos pocos enseres.
Fui empujada con violencia y a punto estuve de caer. La pequeña gritó y escondió su cabecita en mi hombro. Logré estabilizarme y continué. Estaba llegando y vislumbré la puerta de los establos. Una figura familiar me salió al encuentro.
—¡Rápido, pasa!
Rashid tomó de mis brazos a la niña y nos adentramos en el cobertizo. Apenas quedaban carros. Olía a heno y a estiércol, pero sobre todo a miedo. Grupos de personas se habían refugiado allí, tal vez, a la espera de familiares.
Mi esposo me miró con furia.
—¡Me has dado un susto de muerte! ¿Por qué saliste del cuarto?
No contesté, todavía intentaba acompasar la respiración. Miré a los niños que se acurrucaban bajo mis faldas.
Rashid se acercó a mí y me abrazó, pude sentir que temblaba.
—No podía dejarlos a su suerte; habrían muerto sepultados.
Los miré. La pequeña me observó con los ojos muy abiertos. Parecía aterrada. Me agaché junto a ella y acaricié su ensortijada melena.
—¿Cómo te llamas?
—Amaal. —Su dulce vocecita se me clavó en el alma—. Y mi hermanito, Yusuff.
Les sonreí para tranquilizarlos y les expliqué que trataríamos de escapar y que encontraríamos a sus padres cuando todo se calmara.
—Todo saldrá bien, pequeños. —La niña me abrazó—. Me llamo Shahlaa, y él es mi esposo.
Unos golpes en los portalones nos sobresaltaron. Rashid me arrebató la cimitarra.
—¡Aprisa, escóndanse en la carreta!
Subí a los niños y me agazapé contra ellos. Los caballos resoplaron agitados. Entreabrí apenas el toldo de la capota y escudriñé el exterior.
Rashid esperó tras la puerta, sable en mano, hasta que una voz conocida lo llevó a abrir con premura los postigos. Khaled entró acompañado de dos de sus hijos. Estaba herido: un tajo abierto le atravesaba el brazo izquierdo, sangraba profusamente.
Salté del carro y corrí hacia él. Sin miramientos levanté mi túnica y arranqué un trozo de tela de la larga camisola. No le hablé, le hice un torniquete como vi hacer una vez a Flora con Ahmed.
Mi padre y mi esposo me miraban asombrados.
—He visto guerreros tardar más tiempo en reaccionar, hija. Pero no hay tiempo para esto, mi esposa se escondió en los baños junto a la mezquita; he de ir a buscarla. La multitud nos separó. Lleva al bebé.
Le apreté con fuerza el nudo de la improvisada venda y le besé fugazmente la mejilla.
—Voy contigo, estás herido y vas a necesitar ayuda —propuso Rashid.
—¿Dónde demonios están los soldados, la guardia del cadí? ¿Por qué nadie se enfrenta a esos salvajes? —inquirió iracundo.
—Han huido —respondió mi esposo intentando mantener la calma, aunque sus ojos mostraban indignación—.
El cadí y toda su guardia nos han abandonado.
Cuando recibieron el aviso, escaparon asustados a Carmona.
Cuando fui en tu busca, me encontré con un informante.
Justo en ese momento divisamos las naves de los mayus .
Una flecha hirió a mi hombre. Tuve que ayudarlo a regresar a su casa. —Me miró—. Por eso me retrasé.
—¡Qué Alá nos proteja! Vámonos; temo por mi esposa —apremió Khaled.
—Déjame acompañarte, padre —espetó el mayor de los muchachos.
—Ni hablar, tú te quedarás aquí para cuidar a tu hermano —ordenó con aplastante firmeza.
Miré a Rashid con el corazón en un puño. Negué con la cabeza.
—Volveremos enseguida, los baños están cerca de aquí.
Rashid me besó precipitadamente y me entregó la pequeña daga que siempre lo acompañaba.
—Espera en el carro con los niños; cuando regresemos, saldremos como centellas de este lugar.
Empuñó con fuerza el arma y salió junto a mi padre. Cerré los portalones y subí a la carreta acompañada de mis medio hermanos. El mayor tendría un año menos que yo, diecisiete, y el pequeño, doce. Jamil y Said, así se llamaban, me miraron impresionados. Veían a su padre en mí.
—Tú eres Shahlaa, ¿no?
Jamil pronunció mi nombre con desprecio.
—Por ti discutieron mis padres anoche —agregó resentido.
—¿Ella es nuestra hermana? —preguntó Said.
Asentí cogitabunda. Debí de haber esperado esa reacción.
—No he venido a robarles el padre. Tan solo quería conocer a mis medio hermanos. Soy la única hija de mi madre.
Me miraron recelosos. No era el momento de conversar.
Esperamos en silencio. Los gritos continuaban, los pasos acelerados que golpeaban los adoquines se sucedían interminables.
Había pasado demasiado tiempo. Ya deberían de haber regresado.
Algo andaba mal, podía presentirlo. El nudo que me atenazaba el estómago me aceleró el pulso.
No podía quedarme de brazos cruzados mientras los dos hombres de mi vida podían estar en peligro. Miré a Jamil.
—Iré a buscarlos. Te dejo a cargo.
No se opuso. Nada dijo, simplemente asintió. Estaba aterrado al igual que yo. Le apoyé una mano en un hombro y le sonreí.
—Volveré con ellos —prometí.
Bajé del carro y salí. Fuera se había desatado el pandemónium.
La muchedumbre corría en todas direcciones chocando unos con otros.
Un grupo de andalusíes que se había organizado y armado avanzaba hacia el puerto.
Me filtré entre ellos para evitar ser arrastrada por la multitud que huía despavorida.
Llegué al final de la calle, doblé a la derecha y continué rumbo a la aljama.
Escudriñé a mi alrededor con ansiedad. No los veía por ningún sitio.
Tropecé con algo blando y caí al suelo. Di de bruces con el cadáver de una mujer.
La habían degollado. Horrorizada, me incorporé.
La sangré inundaba la calle principal. Varios cuerpos descansaban inertes en la calzada, clara muestra de que los hombres del Norte habían desembarcado. Instintivamente apreté con fuerza la daga.
El entrechocar del metal se alzaba por encima de gritos y lamentos. Estaban muy cerca de mí. Sentí el impulso de girar y correr al refugio, pero la desesperación por encontrar a mi esposo logró aplacarlo. Entonces los vi.
Mi padre se hallaba inclinado sobre el cuerpo flojo y ensangrentado de una mujer; a su lado un manto arrugado con la forma de un cuerpo pequeño permanecía inmóvil y trágicamente silencioso.
Me sentí desfallecer, aquel diminuto cuerpo era mi hermano.
Unos hombres peleaban encarnizadamente; de pronto, me encontré en mitad de la contienda.
Los invasores eran todavía más grandes de lo que imaginaba y más temibles; parecían demonios ataviados con pieles de oso. Sobre sus cabezas llevaban un casco de hierro puntiagudo con protección para la nariz; a algunos el yelmo les protegía los ojos como si de una máscara se tratara.
Los pocos ciudadanos que les hacían cara comenzaban a retroceder. Asustada, corrí hacia Khaled que, desolado, sollozaba junto al cadáver de su esposa. Lo sacudí vigorosamente. Tardó en mirarme y, cuando lo hizo, pareció no reconocerme.
—¡Debemos irnos! No puedes hacer nada por ellos —le grité.
Él no reaccionaba. Su brazo sangraba de nuevo. Lo zarandeé hasta lograr que volviera a mirarme. Tenía la cara amoratada, su ojo izquierdo apenas podía abrirse.
—No puedo marcharme sin ellos —contestó.
Lo tomé del brazo sano e intenté tirar en vano de él. Era como empujar una roca anclada al suelo.
Los guerreros se acercaban, el chasquido de las espadas silbaba sobre mi cabeza.
—Entonces yo tampoco me iré sin ti.
Con el corazón en la boca me senté junto a él. De mis labios salió la pregunta que bullía lacerante en mi cabeza.
—¿Dónde está Rashid?
Contuve el aliento. Khaled me miró aturdido.
—No sé. Él me salvó la vida, cuando… cuando vimos cómo… —Cerró los ojos y respiró hondo—. Cómo se enzarzó en la pelea contra uno de esos salvajes; creo que lo mató, pero aparecieron más.
Fui yo quien cerró los ojos. Sentí que el pulso me aguijoneaba las sienes.
Me encontraba en medio de la pesadilla más abominable que alguien pudiera imaginar.
Abrí los ojos. Cuerpos mutilados, sangre, gritos, sollozos, hombres desesperados peleando por su vida.
Y, en mitad de aquel infierno, lo vi. Rashid levantaba una espada que no era la suya y la descargaba contra uno de esos gigantes.
No parecía él: enardecido por el combate, fruncía el ceño con determinación, gruñía y gritaba iracundo con cada estocada.
Mi corazón se encogió. Me erguí horrorizada, su oponente lo doblaba en tamaño.
Rashid retrocedía conteniendo a duras penas las acometidas de su adversario.
De repente, unas fuertes manos me enlazaron la cintura y me alzaron en el aire.
Dejé escapar un grito. En ese instante, mi esposo miró en mi dirección.
Su rostro concentrado se desencajó. Abrió los ojos espantado.
—¡Shahlaa! —chilló.
La punta de una espada voló hacia su cabeza.
Grité enloquecida. Se agachó a tiempo. Su contrincante aprovechó la distracción para arrinconarlo en una esquina.
Pataleé, cabeceé y mordí como una fiera.
El gigante de pelo rojo y casco reluciente me alzó sobre un hombro sin inmutarse.
Rashid me miraba angustiado incapaz de escapar de la refriega.
—¡Khaled! —aulló desesperado—. ¡Tu hija, ayúdala! ¡Sálvala!
Mi padre giró la cabeza y lo miró. De pronto, un brillo peculiar le iluminó los ojos.
Se levantó como un endemoniado y embistió contra el gigante que me cargaba.
Caí al suelo en mitad de la escaramuza. Horrorizada, comprobé que mi padre tan solo iba armado con la furia que brotaba de su interior como un torrente incontrolable.
El guerrero pelirrojo blandió una espada y la hundió en su costado.
Khaled abrió los ojos asombrado.
—¡Noo…! —rugí.
Mi padre se desplomó sobre el pavimento. Las lágrimas impotentes que mojaban mi rostro no impidieron que viera con claridad lo que tenía que hacer.
Saqué la daga del cinto de mi túnica y me acerqué al guerrero.
Él me apresó de nuevo. Ya me alzaba cuando, con un movimiento preciso y certero, clavé mi daga hasta la empuñadura en su cuello.
La sangre, cálida y viscosa, fluyó a borbotones, me salpicó el rostro y empapó mi ropa.
El hombre cayó de rodillas con una expresión de desconcierto en el semblante.
El guerrero que batallaba con Rashid me observó atónito. Gritó algo en una lengua extraña y al instante aparecieron dos hombres más.
Mi esposo aprovechó el desconcierto para herir a su oponente y, sin dudarlo, corrió hacia mí.
Sin embargo, no llegó. Una espada le atravesó el hombro a la altura de la clavícula.
Cayó de rodillas. Estiró el otro brazo y lo alargó para tocarme.
Me arrojé junto a él y lo besé. Me abracé con fuerza a su cuerpo, temblaba atormentado, colérico, impotente.
Una mano me agarró con fuerza de la cintura y me separó bruscamente de Rashid.
—¡Suéltala, maldito! —exclamó entre dientes.
Mi captor me apretó contra su cuerpo y me miró con fijeza.
Era un guerrero enorme de aterradores ojos verdes.
Me debatí colérica. No conseguí separarme ni un ápice.
La expresión atormentada de Rashid fue lo último que vi.
Fui cargada nuevamente sobre la espalda del bárbaro y llevada como un objeto por las callejuelas.
Una voz, la voz de mi amor, llegó hasta mí.
—¡Juró que te encontraré! ¡Estés donde estés, te encontraré, Shahlaa!
Su voz se rompió en un aullido estremecedor. Su rabia reverberó en las paredes del callejón como un eco que rebotaba partiéndome en mil pedazos.
—¡Rashid! —vociferé rota de dolor.
—¡Shahlaa, Shahlaa, mi Shahlaa…!
Fue mi nombre lo último que escuché. Tambaleada y derrotada, me sumí en la negrura más absoluta.