Capítulo 5 #2
—Sé dónde encontrar a mi padre —comencé—. Unas mujeres me relacionaron con él por mi parecido, les dije su nombre y me explicaron que vivía en los arrabales. Tengo tres medio hermanos.
—Los arrabales son bastante extensos —explicó—. Podríamos probar primero por la alcaicería y después por los puestos que encontremos junto al río.
Asentí y salimos del establecimiento.
* * *
La noche era clara, estrellada y coronada por una sublime luna llena. La temperatura había bajado considerablemente. Estaba en nuestra habitación y, mientras miraba el cielo, sentí una fresca brisa. Me puse la camisola de dormir y cubrí mis hombros con una mobatana de mi madre.
Pensé en ella. Cuando le comuniqué mi intención de viajar a Sevilla, un halo de melancolía la invadió y sus ojos brillaron con la remembranza de aquel amor que la había marcado para siempre. Me dio su bendición y un consejo: “El que nada espera, nunca sufrirá desengaños”.
Al cabo, Rashid apareció con una expresión preocupada.
—Debemos irnos —me comunicó. Sus ojos aguantaron mi confusa mirada.
—No sin verlo primero. Sea lo que sea podrá esperar.
Movió negativamente la cabeza.
—Acabo de escuchar a unos hombres en la taberna y, si lo que allí se ha hablado es cierto, corremos un gran peligro. —En su voz se asentaba una firme determinación.
—No puedo irme ahora que lo tengo tan cerca.
Caminó de un extremo al otro. Me miró de nuevo y se acercó resuelto.
—Escúchame, uno de esos hombres dijo que a su casa había llegado un pariente de su mujer que vive en Coria del Río.
Se encontraba malherido y vivo de milagro.
Según él, la noche anterior habían asaltado su aldea y habían matado a cuantos encontraron a su paso.
Dijo que eran unos demonios de lengua extraña.
—¿Tanto miedo por unos asaltantes? Estamos en una ciudad amurallada bien preparada para la defensa —repliqué.
—¿No lo entiendes? Son las bestias del Norte.
Por lo visto, tienen un campamento en Qadis, en Gades, aterradoramente cerca de aquí; si remontan el río, no tardarán en llegar.
Otro aseguró que el gobernador de Lisboa, Ibn Hamz, hace cosa de un mes los rechazó bravamente durante varios días.
Los nordumâni desistieron y los vieron desplazarse hacia el sur.
—Hizo una pausa para tomarme de los hombros antes de continuar—.
¡Shahlaa, su flota la componían casi ochenta barcos y más de la mitad de grandes dimensiones!
Puede que estén al llegar. —Se pasó las manos por la cara con nerviosismo.
—¿Qué te hace pensar que vendrán aquí? —Empecé a inquietarme.
—Isbiliya es una ciudad rica. Además, ¿por qué crees que han intentado aniquilar a los aldeanos de Coria?
Me encogí de hombros.
—Para que no pudieran dar la voz de alarma al ver pasar ante sus casas una flota como esa. Es lo único que puedo imaginar.
Percibió mi inquietud y me abrazó.
—Pero Coria no está lejos; habrían llegado ya, ¿no?
—Tal vez la masacre de Coria fue obra de una avanzada —dedujo.
—Entonces, habrá que avisar al cadí. Hay que alertar a la ciudad.
Rashid, como por impulso, sacó de su baúl una cimitarra debidamente enfundada. La liberó y la contempló circunspecto. Ensimismado, acarició la empuñadura adornada con filigranas.
—Ya mandaron un mensajero a la alcazaba. Ruego por Alá que lo escuchen.
—¿Cuánto tiempo nos queda?
—Qadis está a unas tres jornadas de aquí —conjeturó pensativo—. Y, si lo de Coria fue anoche, deben de estar en camino; tal vez mañana…
Cerró el baúl y me miró con gravedad.
—Iré a avisar para que preparen la carreta: mañana antes del alba partiremos.
Avancé hacia él y lo detuve.
—Tengo que alertar a mi padre. —Mi tono fue resuelto.
Me miró largamente.
—No sabemos con certeza dónde vive y…
Vio en mi expresión que no pensaba transigir.
—De acuerdo —concedió—, yo mismo te lo traeré.
Lo miré boquiabierta.
—¿Y cómo piensas lograr eso?
—He conseguido cuanto me he propuesto en la vida. —Me sonrió y añadió—: indagaré con mi fiel amigo, él nunca falla. —Alzó la pequeña bolsa de piel llena de dírhams de oro que ocultaba bajo el cinto.
—Cuídate.
Tomó una capa, me sonrió desde la puerta y desapareció dejándome atribulada y angustiada.
Por primera vez, vislumbré la posibilidad de perderlo.
La negrura que veía era tan intensa y abrumadora que rápidamente la deseché de mis pensamientos.
Todo saldría bien, me dije. Fui hasta la cama a sabiendas de que no podría dormir hasta tenerlo conmigo.
* * *
Cabeceaba en una suerte de duermevela poblada de pesadillas llenas de demonios de pelo largo cuando unos golpes secos me envararon.
Aturdida fui hasta la puerta, alguien llamaba con insistencia. Cuando abrí, me vi reflejada en mis propios ojos.
El hombre mostró el mismo asombro que yo. Consternado abrió la boca sin que le saliera palabra alguna. Me contempló con atención sin apenas creer lo que veía. Yo también lo observé con curiosidad.
Era bastante alto, su tez más morena que la mía, sus pómulos elevados, la nariz recta y la boca generosa resaltada por una barba corta y cuidada tan zaina como su cabello.
No llevaba turbante y, al igual que a mí, los rizos se le ondulaban ligeramente reflejando en cada curva el brillo rutilante que desprendían las velas.
Y sus ojos de un ámbar claro e intenso a la vez eran grandes y almendrados, con largas pestañas oscuras, menos rizadas que las mías.
La única diferencia radicaba en el género, ya que, al ser hombre, sus ojos estaban algo más hundidos y las cejas más marcadas y pobladas.
—¡Que Alá misericordioso y compasivo me ayude! —exclamó enternecido—. Era cierto, ese muchacho no me engañaba.
—¿Padre? —La impresión fue tal que sentí ganas de llorar.
—¿Acaso tienes alguna duda ahora que me ves frente a ti? Alá en su infinita sabiduría plasmó mi apariencia en ti para que no hubiera interrogante alguno. —Hizo una pausa y se acercó a mí. Sus ojos brillaban emocionados—. ¡Hija mía!
No pude aguantar el llanto. Él me acogió entre sus protectores brazos. Calmó mis sollozos con palabras cariñosas y me acarició el cabello con ternura acumulada.
—Eres hija de Elvira. —Ahogó un suspiro—. Hija de mi primer amor. Nunca pude olvidarla.
Permanecimos en silencio. Más calmada, lo miré.
—¿Te casaste con otra sin olvidarla? —Intenté que no sonara como un reproche sin conseguirlo.
—Ella marchó con su esposo, y yo aligeré mi sufrimiento viajando por el mundo. Luego, decidí instalarme aquí y conocí a Samila. Ella me dio paz y cariño. Acabé queriéndola; nada supe de tu madre todos estos años, aunque reconozco que algunas noches todavía sueño con ella.
Le conté lo acontecido en nuestras vidas. Incluso el intento frustrado de mi madre por contarle de mi existencia. Y él, perplejo, fruncía el entrecejo aturdido por la jugada del destino. Se frotó la frente y me miró apesadumbrado.
—Si la hubiera sabido viuda antes de desposarme… —Me tomó las manos y me miró con honda congoja.
—¿Podrás perdonarme?
—Lo haría si hubiera algo que perdonar, pero fue el destino el culpable de todo esto.
—Sin embargo, yo me siento…
Le sonreí, él me limpió las lágrimas con la punta de los dedos.
—De nada sirve lamentar y pensar en lo que habría sido; lo único importante es lo que será a partir de ahora. Quiero conocer a mis hermanos.
Me devolvió una sonrisa aun más ancha.
—Por supuesto. Si me dejas, querría recuperar el tiempo perdido. Ahora tengo una bella hija para conocer.
Rashid entró y mi padre habló.
—Tu esposo es un hombre obstinado y voluntarioso. Casi me sacó a rastras del jergón.
Conocía de sobra su tenacidad. Yo era viva prueba de ello.
—Ahora viene la peor parte —avisó Rashid.
Dejó que fuera yo quien hablara.
—Debes recoger a tu familia y abandonar la ciudad.
Su mirada ambarina mostró incredulidad. Le relaté la amenaza de un ataque inminente y me miró como si hubiera perdido el juicio. Seguidamente observó a Rashid que asentía con la cabeza.
—¿Es verdadera esa amenaza?
—Solo hay evidencias, para mí, claras —contestó—, pero en absoluto certezas. Sin embargo, y en honor a tu hija y su afición por los proverbios, te diré que los imprudentes son herederos de la necedad y los prudentes se rodean de conocimiento.
—¿Pero adónde iremos?
—Lo más lejos que podamos. Rentaré otra carreta para tu familia. Marcha aprisa, Khaled.
Mi padre me miró asombrado; inmediatamente se despidió y salió a la carrera.
El sol apenas asomaba por el horizonte y doraba ligeramente los tejados de las casas. La oscuridad retrocedía perezosa y se cobijaba en rincones y estrechos callejones.
Desde mi ventana no divisaba el río, pero la bruma que desprendían sus aguas envolvía la medina. Me desperecé alargando los brazos. De pronto, un ensordecedor ruido me sobresaltó. Un vocerío atronador surgió del horizonte. Eran gritos de guerreros enardecidos.
Corrí a la ventana y me asomé con espanto. Me encontré con cabezas asomadas a la calle que se miraban confundidas entre ellas.
Lo siguiente que escuché fue una sucesión de silbidos incesantes.
Todos los sonidos procedían del río.
La gente salía curiosa a la calle y se encaminaba hacia al puerto.
—¡No! —grité—. ¡Huyan, son los nordumâni , están atacando la ciudad!
De los que lograron escucharme, unos entraron aterrados en sus casas y otros, los más escépticos, continuaron avanzando hacia el puerto.
Me debatía entre la necesidad de avisar a la gente y aguardar el regreso de Rashid. La delgada figura de unos niños que se mezclaban con la multitud que ya ocupaba las calles me decidió.
A mi olfato llegó el olor del fuego; pequeñas nubes brotaban aquí y allá desde los tejados. Estaban lanzando flechas incendiarias. La gente que alcanzaba el puerto corría despavorida y chocaba de frente con la que intentaba indagar.
El caos fue monumental.