Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

El principio del fin

Sevilla apareció ante nuestros ojos después de nueve agotadoras jornadas de viaje.

El polvo del camino se pegaba a nuestra piel y nos secaba la garganta.

Finalizaba septiembre y, aunque la temperatura se había entibiado, hacía un calor impropio para la estación.

Anhelábamos un poco de lluvia que refrescase la brisa.

Asomé la cabeza por el ventanuco de la carreta y contemplé la imponente muralla que se alzaba ante nosotros.

Era la primera vez en la vida que viajaba y me sentía entusiasmada.

Una y otra vez me levantaba de mi asiento y sacaba casi medio cuerpo por la ventanilla.

—Acabarás debajo de la carreta —apuntó con sorna.

Aguardamos nuestro turno de entrada tras una extensa fila de carretillas que portaban toda clase de mercancías.

Caminantes y viajeros que acudían a la ciudad nos adelantaban con sus hatillos sujetos en torno a la cintura.

Otros, por el contrario, caminaban solos, tal vez con alguna bolsa de monedas bien oculta entre las ropas.

Por encima de turbantes y tocados se alzaba la muralla de piedra caliza rematada por puntiagudas almenas.

Cada cierta distancia, se elevaban atalayas de planta circular construidas con mampuesto de piedra caliza y rellenadas con adobe.

Rashid me había contado que de una atalaya a otra se comunicaban enviando señales: de día utilizaban espejos y, de noche, fogatas.

El polvo se elevaba sobre nosotros y nos hacía lagrimear los ojos.

Conversaciones en árabe llegaban a nuestros oídos.

Un hombre cargaba sobre los hombros a un niño que, sonriente, me miraba.

Lo observé melancólica. Mi esposo me puso un brazo sobre los hombros.

Le sonreí. Sabía cómo actuar en cada momento como si estuviera dentro de mis pensamientos.

El lento traqueteo de la desvencijada carreta nos llevó por fin a la puerta de acceso.

Estaba coronada por un gran arco de herradura apuntado y portaba dintel y jambas hechas de sillares.

La doble hoja era de madera, gruesa y oscura punteada por refuerzos de hierro.

El guardián de la entrada iba ataviado con una túnica roja larga abierta a partir de la cintura, un parapeto de cuero negro y calzas del mismo color, un ancho cinturón que le ceñía la cintura y una correa doble que le caía sobre la cadera y que mostraba la funda de un impresionante alfanje.

Su cabeza estaba protegida por un casco puntiagudo.

En la mano exhibía una lanza. Sus ojos curiosos nos observaron.

—¿Vienen a mercadear? —nos preguntó. Se rascó la barba pulcramente recortada al tiempo que rodeó la carreta.

—No —contestó Rashid—. Venimos a visitar a un pariente.

El guardián me observó largamente.

—¿Es su esposa?

Rashid asintió y le dedicó un semblante adusto.

—Será mejor que no se separe ella; es fácil que se meta en problemas si la deja sola: es más hermosa que la favorita del cadí Ibn Adabbas.

—Le agradezco el consejo, pero no pensaba separarme de su sombra. —Dio por terminada la conversación: palmeó las manos y el carretero agitó las riendas para azuzar a los caballos.

La súbita sacudida nos empujó hacia atrás. El quejido lastimero de las ruedas y los cascos se mezcló con la barahúnda de sonidos y colores de Isbiliya, como la llamaban los árabes.

Era una ciudad grande y bulliciosa. El río Guadalquivir la rodeaba y la abastecía de agua: en sus orillas se alzaban las norias y nacían las acequias.

Un abarrotado puerto surgió ante nuestros ojos. Dotado de embarcaderos, estaba plagado de pequeñas barcazas de pesca, de dhows y jabeques. El viento abombaba sus velas amarillentas. Extasiada, admiré el espectáculo.

Sevilla era uno de los puntos neurálgicos de las rutas comerciales. La actividad incesante obligaba al almotacén a acompañarse de varios ayudantes para controlar con diligencia el trabajo portuario.

Continuamos avanzando en la medina hasta llegar a la alcaicería poblada de toldos listados.

Los puestos se amontonaban y exhibían variopintas mercancías.

El intenso olor de las especias nos envolvió para aguijonear nuestros famélicos estómagos.

Túnicas, sayos, velos y capas flameaban con la brisa de finales de septiembre y esparcían aromas diversos.

Más adelante, Rashid me señaló la mezquita mayor, la aljama llamada de Umar ibn Adabbas en honor al cadí de Sevilla.

Me asombró el imponente alminar que se erguía orgulloso sobre nuestras cabezas construido en piedra arenisca de un color ocre marrón.

Junto a la mezquita se hallaba la madraza, de planta rectangular, especializada en la enseñanza de la ciencia religiosa, jurisprudencia y derecho canónico a los jóvenes musulmanes que vivían dentro de ella.

Por fin, la carreta se adentró en los establos de un al-funduq , un edificio público que alojaba a los visitantes y forasteros.

Rashid descendió y entregó unas monedas al carretero.

—Búscanos una habitación confortable.

Me tomó de la mano y me ayudó a bajar.

—Creo que necesitamos un baño.

Anduvimos un trecho y, cerca de la aljama, encontramos un hamman .

Nos adentramos en los baños públicos.

Mi esposo desapareció en la sala de los hombres, y yo ingresé a la de las mujeres.

Bajé unas escaleras hasta llegar a una especie de sótano abovedado que era el primer recinto, el vestidor.

Mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra.

Una mujer de mediana edad me ayudó a desvestirme. Me sentía sucia y acalorada.

Tras entregarme un paño blanco y calzarme unos chapines, me acompañó a la siguiente sala.

La sala del vapor. La luz tenue que desprendían las velas colocadas sobre estantes invitaba a la relajación.

El ambiente, demasiado húmedo, era escarlata y parecía la misma entrada al infierno.

Envuelta en el paño, me tumbé sobre una tarima y sentí languidecer cada músculo.

Sobre mí se alzaban arcos de herradura de medio punto apoyados en columnas ricamente labradas con atauriques vegetales; en la bóveda se abrían lucernas con formas octogonales cubiertas por vidrios de vivo color carmesí por los que pasaban huidizos rayos de sol.

Las paredes, unas con zócalos coloridos y otras con rojos estucados, formaban un rectángulo.

En el centro se hallaban dos piscinas de agua fría.

Al final de la sala, una estrecha galería abovedada conducía a un aljibe, el pozo que abastecía de agua al edificio.

El vapor ascendía y humedecía el ambiente. Pequeñas gotas de vaho perlaban los azulejos y las pieles de las visitantes.

Madres, hermanas, hijas, amigas se reunían en agradable conversación a la vez que se enjabonaban, se depilaban, se untaban con aceites de tomillo, romero, laurel y se adornaban con henna, embelleciéndose para sus hombres entre risas y camaradería. Algunas incluso comían y bebían.

Cerré los ojos e inmediatamente me evadí del mundo. Las voces suaves y el murmullo del agua elevaron mi espíritu. Ajena al tiempo, me dejé llevar por el embrujo del lugar.

Una mano me sacudió ligeramente, abrí los ojos aturdida. Había llegado mi turno.

La mujer que trabajaba allí me ofreció un vaso de té y una bandeja con dátiles y naranjas. Le sonreí y bebí agradecida. Me desprendí del húmedo paño de algodón y me adentré en la piscina. Evité nadar, pues no estaba bien visto por los musulmanes, y me recosté en la sumergida escalinata de mármol.

El frescor del agua evaporó mi letargo y me entonó el cuerpo. Era tan agradable, tan excitante que recordé aquel baño en el Tajo. Deseé estar entre los brazos de Rashid.

Salí y me dejé hacer. Una de las esclavas me invitó a ponerme en cuclillas.

Enjabonó enérgicamente mi cuerpo de arriba abajo con rítmicos movimientos circulares.

Me lavó el cabello y le aplicó alheña mecha a mecha.

Luego, me aclaró con recipientes de madera llenos de agua fría que, en contacto con el cálido pavimento, provocaban vaharadas de vapor.

Me restregó el rostro con tierra de Armenia para suavizarlo.

Para mi asombro, depiló todo el vello de mi cuerpo, incluido el del pubis, con una mezcla de caramelo y limón y me cubrió con fragantes ungüentos que me dejaron la piel tan suave como la seda.

Depositó unas gotas de almizcle y laurel en determinadas zonas, coloreó mis ojos con kohl y, finalmente, me introdujo una pequeña corteza de nogal en la boca para mejorar el aliento y sonrosar mis encías.

Unas mujeres que me observaban me hicieron un gesto para que me acercara.

—¿De dónde eres? —quiso saber una de ellas.

—Vengo de Toledo.

—Por alguna razón, me resultas familiar. He visto esos ojos en alguna parte.

El corazón me dio un vuelco.

—Busco a mi padre. Se llama Khaled abd al-Yaced, y creo que posee un puesto junto al río.

Las mujeres se miraron asombradas.

—¡ Basmala ! Alá sabio y misericordioso te ha traído hasta nosotras.

—¿Dónde puedo encontrarlo? —inquirí nerviosa.

—Vive en una casa en los arrabales con su esposa y sus tres hijos. —Frunció el ceño, meditabunda—. Pero son tres varones.

Me miró desconfiada y dubitativa; finalmente, negó con la cabeza.

—¡Vaya truhán! —exclamó—. Un hombre así debe de tener hijos por doquier: no he visto nunca ojos así.

Casi todas las mujeres suspiraron al unísono.

Sonreí para mis adentros.

—¡Muchacha, si hubiera tenido un cuerpo como el tuyo, sería dueña de la alcazaba, y el cadí sería mi siervo!

Las mujeres prorrumpieron en carcajadas.

En mi interior creció el desasosiego. Pronto estaría frente a mi padre, y su reacción me aterraba.

Embellecida y perfumada, salí del establecimiento en busca de Rashid. Él ya me esperaba impaciente y sus ojos se iluminaron cuando me vieron. Se acercó y me olfateó el cuello.

—¡Mmm…! Deliciosa —susurró.

Sus labios depositaron un beso en mi boca.