Capítulo 4 #5
Una cálida humedad brotó de mi interior. Sentí algo denso y pegajoso descender por mis piernas. Miré horrorizada la sangre que rápidamente se extendía por mi túnica. Inmediatamente pensé en mi hijo.
—¡No! —grité desesperada—. ¡Dios, no lo permitas!
Con cada contracción la sangre manaba a borbotones.
Aullé de dolor. La puerta se abrió, y Latifa, horrorizada ante la escena, se arrodilló en el suelo junto a mí.
Tras ella aparecieron dos siervos que me levantaron y me depositaron en el lecho.
Con la mirada nublada por el sufrimiento agarré su cabeza y la pegue a la mía.
—¡Ayúdame! —supliqué agonizante—. ¡No dejes que lo pierda!
Latifa, temblorosa y asustada, observó la sangre que ya se esparcía por toda la cama. Sus ojos llorosos me arrancaron el alma.
Una nueva punzada más intensa que las anteriores me atravesó el abdomen como un rayo furibundo en mitad de una tormenta y llegó a la parte baja de mi espalda.
Grité de dolor y me desplomé sobre Latifa, que ya sin tapujos lloraba desconsolada.
Escuché que llamaban a un médico. La vista comenzó a nublárseme.
El martirio continuaba y convulsionaba todo mi cuerpo; ya demasiado debilitada para gritar, aguanté cada sacudida envuelta en llanto.
Agradecida, me dejé llevar por la oscuridad.
* * *
Desperté desorientada. Me dolía la cabeza.
La habitación estaba en penumbras, no sabía muy bien si anochecía o si era el alba lo que estaba a punto de romper.
Giré la cabeza a la derecha y encontré a Rashid acostado a mi lado.
Dormía, parecía estar sumido en alguna pesadilla por los movimientos bruscos que le sacudían los párpados.
Su barba crecida me sorprendió. Y entonces recordé.
Instintivamente me toqué el vientre; un dolor agudo me sacudió el alma.
Él ya no estaba allí. Ya no lo sentía. Cerré los ojos, las lágrimas escaparon en un vano intento por aliviar mi pena.
Mis hombros involuntariamente se sacudieron en violentos sollozos.
Maldije a Dios, se llamara como se llamara, me había arrebatado a mi hijo. Jamás podría perdonarlo.
Rashid despertó sobresaltado, se volvió hacia mí e intentó abrazarme.
Por alguna razón, lo rechacé. Estaba furiosa con el mundo y descargué en él mi ira.
Lo golpeé, lo empujé, le grité. Finalmente, logró controlarme.
Me apresó con fuerza entre sus brazos y esperó a que me tranquilizara. Me rendí desolada.
—Alá lo quiso así. Hemos de acatar su voluntad.
Lo miré colérica, deseé golpearlo de nuevo.
—¿Vas a venerar a un dios que ha matado a tu hijo?
La mirada de Rashid mostraba todo el sufrimiento que sentía.
—No, voy a venerar a un dios que ha salvado a mi esposa.
—En su voz percibí el miedo que lo había embargado—.
Cuando regresé y me encontré con esto, el médico estaba junto a tu cama.
—Hizo una pausa como si le costara revivirlo—.
Dijo que habías perdido mucha sangre y que era posible que no despertaras. Llevas inconsciente tres días.
Cerré los ojos. Ahora sí me sentía seca. Seca y derrotada.
—Estás viva, mi amada Shahlaa, y eso es lo único que importa. Seremos bendecidos con otros hijos. Mi amor curará tu herida.
No le contesté. Estaba tan cansada.
—Solo necesitas tiempo para reponerte. Muchas mujeres sufren abortos, creo que es algo normal y más en el primer embarazo.
Abrí los ojos acuciada por un único pensamiento.
—No ha sido un aborto natural.
Me asombré de mis propias palabras.
Rashid, boquiabierto, tomó mis hombros y me contempló temeroso.
—Todavía deliras, ¿verdad?
Negué con la cabeza. El amargo sabor de aquel horrible té junto con el incompresible nerviosismo de la joven sirvienta despertaron mis sospechas.
Le narré lo ocurrido aquella trágica mañana. Su semblante se oscureció. Frunció el ceño y apretó inconscientemente los puños. Me miró visiblemente consternado. Un mismo nombre ocupaba nuestros pensamientos.
—Te juro, por lo más sagrado, que desentrañaré lo ocurrido. Y, si hay un culpable…
Salió de la cama como impulsado por un resorte.
Podía escuchar los latidos de su corazón retumbándole en el pecho.
Deseé tener la fuerza suficiente para seguirlo, sin embargo, la cabeza seguía dándome vueltas.
Volví a recostarme vencida. Clavé los ojos en el velo turquesa que coronaba la cama.
Me imaginé tumbada en el ribazo del río contemplando el cielo estival, ignorante todavía de la maldad que albergaba el mundo.
Esa inocencia no volvería nunca. Me toqué el rostro, estaba mojado. Lloraba.
* * *
Cuando volví a despertar, estaba sola. Tenía la boca seca.
Miré a mi alrededor para buscar la jarra de cobre que Latifa solía llenar de agua.
La hallé en la pequeña mesa tallada que estaba justo en el centro de la estancia.
Me levanté despacio. Las piernas me flaquearon al principio, pero logré caminar con bastante estabilidad.
Tomé la jarra y bebí directamente de ella.
Una gran parte de su contenido se derramó en la pechera de la camisola.
Agradecí el frescor. Algo más reconfortada, me dirigí a la ventana y la abrí.
El sol estaba alto, escuché el peculiar sonido que emitían las chicharras.
El calor seco y asfixiante me golpeó. Entrecerré los ojos, la luz me cegó.
De repente, un soplo de aire me acarició el rostro.
Me incliné ligeramente hacia delante en mi anhelo por disfrutar de su contacto.
En ese preciso instante, escuché el correr de unos pasos tras de mí.
Unas manos me sujetaron la cintura. Me volví aturdida.
El asustado rostro de Rashid me contemplaba.
—No pensaba lanzarme al vacío —aclaré al ver su reacción.
Me alejó de la ventana y me inspeccionó el rostro.
—Pues lo parecía.
Más calmado, su respiración se acompasó.
—Solo necesitaba despejarme. Quería refrescarme.
Cerró las ventanas y me sentó en los almohadones que rodeaban la mesa central.
—Pues me temo que no has elegido un buen día. Este bochorno se hace insoportable —comentó. Entonces reparó en la mojada camisola—. Veo que has conseguido tu propósito.
—Me moría de sed.
Me acarició el cabello. Tomó un cepillo del arcón en el que guardaba mis enseres y comenzó a cepillarlo.
Ninguno habló. Aquello me relajaba, cerré los ojos Para disfrutar de aquella agradable sensación.
Sentí sus labios en mi frente y luego en mi barbilla.
Hizo una pausa y finalmente su boca cubrió la mía.
Mantuve los labios cerrados. Abrí los ojos.
—Necesito saber la verdad.
Indagué en su mirada y descubrí una honda tristeza.
—Fue ruda.
Lo miré sin entender.
—La ruda es una planta medicinal muy peligrosa para las mujeres embarazadas, pues provoca fuertes sangrados y ocasiona el aborto.
—Hizo una pausa y tragó saliva, su voz era contenida—.
Su sabor es bastante desagradable y en grandes cantidades la hemorragia puede provocar la muerte.
A ti te echaron en el té tres partes más de lo aconsejado. —Su voz se apagó.
—¿Fue ella, verdad? —Mi voz fue atonal.
Asintió levemente. La ira cobró forma en su rostro.
—Latifa y yo interrogamos a Nadwa. Nos confesó toda la verdad entre sollozos.
Amina encontró la planta junto al río y preparó la infusión, la sirvienta lo presenció, sin embargo, asegura que desconocía las propiedades de la ruda.
Amina le mintió cuando le dijo que solo te provocaría algún incómodo problema intestinal, que quería indisponerte para que yo durmiera con ella.
Le habló de lo injusto de su situación, de lo triste que se sentía por saberse ignorada y vilipendiada por mí.
Que como esposa tenía los mismos derechos que tú…
y la convenció. Nadwa no imaginó hasta qué punto llegaría la travesura.
Me levanté y volví a dirigirme a la ventana; aunque cerrada, la brisa se filtraba por la celosía.
—Con la confesión —continuó Rashid— buscamos a Amina.
Estaba tranquila en su alcoba. Cuando la vi, perdí el control.
Me lancé iracundo sobre ella y la habría estrangulado si mi padre y mi tío no me hubieran detenido.
En ningún momento admitió la verdad. Juraba con un aplomo apabullante que la criada mentía.
Afortunadamente, Latifa, astuta, registró la habitación mientras Amina se defendía de nosotros.
Y en un pequeño cajón oculto en su arcón encontró algunos brotes de ruda.
Fue entonces cuando el demonio mostró la cara.
Encolerizada, golpeó a Latifa. Y se revolvió contra nosotros.
Blandía una pequeña daga. Pudimos reducirla.
No quieras imaginar las barbaridades que salieron de su boca.
Te odiaba tanto que hasta saliva escupía cuando hablaba de ti.
Según ella, le habías robado cualquier posibilidad de ser feliz, de que yo la quisiera y… ya no volverá nunca más.
—Quiso matarme y, en parte, lo ha conseguido. Ha matado la mejor parte de mí.
Mi apatía pesaba como el yunque de un herrero. Rashid se acercó y me abrazó.
—La mejor parte de ti, Shahlaa, está aquí —dijo y señaló mi corazón—.
Y aquí —continuó señalando el suyo—. Y, mientras esas partes estén unidas, seremos capaces de superarlo todo.
—Lo miré abatida, perdida, afligida—. Date tiempo, mi amor.
Juro que no pararé hasta volver a encender esa hermosa luz dorada de tus ojos.
Nos abrazamos hallando consuelo y sosiego.
* * *
Finalizaba julio y, más recuperada, pasaba las tardes en el jardín. Todavía lloraba a escondidas y maldecía para mis adentros. Afortunadamente el cariño de mi gente actuaba como bálsamo reparador.
Mi madre me visitaba a diario, también a Ruth se le permitió acompañarme.
Mi tío, Flora e incluso el gran Ahmed acudían a cenar.
Latifa preparaba sus mejores guisos para ellos, y eso nos convertía a todos en una gran familia.
Rashid me colmaba de atenciones, mimos y arrumacos y, a pesar de tanta entrega, por la noche tumbados y abrazados juntos esperaba en silencio una breve señal de mi parte que acabara con nuestra castidad, pero no llegaba.
Él, necesitado de ese tipo de cariño, parecía contagiado por mi abatimiento.
Esa noche, luego de una copiosa cena y de haber despedido a todos los invitados, Rashid se quedó en la sala redactando cartas a los clientes. Ya ni siquiera insistía en su empeño.
Le miré el rostro a la luz de la vela y, cuando alzó los ojos para desearme buenas noches, me sobrecogió la aflicción de su semblante.
Su alma estaba tan sedienta que empezaba a languidecer.
Subí pesarosa a la alcoba, me desnudé y elegí una camisola de fina seda marfil, traslúcida y suave, con un escote ribeteado de bordados de oro.
Me senté a esperarlo. Tardó un buen rato en subir.
Cuando me vio, su semblante se iluminó. Me puse de pie y dejé que me contemplara subyugado.
Sin embargo, parecía necesitar una señal más contundente.
Recordé su mirada cuando vio la pechera de mi camisa mojada aquella mañana.
Tomé la jarra de la mesa y bebí de ella.
Intencionalmente vertí el contenido sobre mis pechos.
Los pezones instantáneamente se me endurecieron claramente visibles bajo la liviana seda.
Él contuvo la respiración. Su mirada era flamígera.
—Vuelves a ser tú —espetó emocionado.
Nos buscamos casi con violencia. Me tomó entre gruñidos y jadeos salvajes. Hambriento hasta desfallecer, se cernió sobre mí enardecido.
Esa noche nos buscamos de nuevo, pero, ya saciados, fue la dulzura, la ternura la que nos gobernó. Caricias sugerentes, miradas almibaradas, besos lánguidos, dulces como la miel y promesas susurradas fortalecieron nuestro amor.
—Voy a soñar toda mi vida con tu imagen echándote agua por el cuerpo. Eres la mujer más sensual que conozco.
Me miró pensativo. La firme línea del mentón se endureció apenas, sus labios se ensancharon en una resplandeciente sonrisa.
—Vamos a viajar a Sevilla —anunció.
—¿Có… cómo?
Inmediatamente los latidos de mi corazón se aceleraron.
—Has perdido un hijo, es justo, pues, que ganes un padre.
Lo abracé emocionada; hasta ese momento, no me había percatado de lo feliz que aquello me hacía.
—Te amo, mi dulce Rashid.