Capítulo 4 #4
Yo, por mi parte, lo hice partícipe del descubrimiento respecto de mi nueva identidad.
Abrió los ojos asombrado.
—¡Así que eres medio árabe! Era imposible que una cristiana fuera tan hermosa.
Le di un codazo, ceñuda, y sonrió.
—Perdona. ¿Cómo te sientes?
—Triste por mi madre y, a la vez, intrigada por mi padre.
Él contempló la inquietud de mi mirada.
—Querrías conocerlo, ¿me equivoco?
—No, pero a la vez temo que me rechace. Tal vez crea que puedo desequilibrar la paz en su familia. No sé qué hacer todavía.
Me besó dulcemente los labios y esperó a que lo mirara.
—Me gustaría acompañarte si decides visitarlo.
—Nada desearía más.
—Te amo, Shahlaa. Tanto que siento el corazón reventar de pura felicidad.
Le dije lo mismo con un beso y una mirada.
* * *
Llevaba una semana viviendo en una nube de auténtica felicidad. Solo una cosa la empañaba y era la presencia de Amina. Astutamente apenas se dejaba ver, pero saberla tan cerca nos incomodaba.
Rashid había librado otra terrible discusión con su familia cuando les expuso su decisión de divorciarse de ella.
Todos se oponían a la propuesta de utilizar los servicios de un prestamista.
En Toledo casi todos eran hebreos, y eran tachados de usureros.
Pero él no se amilanó y arguyó que Amina sembraba la discordia y ponía en peligro la paz de la casa.
Sin embargo, el taimado Taliq, al ver que su hijo había solucionado el tema económico, cambió el discurso y adujo la enemistad que esa decisión traería con la familia de Amina.
Le recordó que pertenecían a la poderosa dinastía de los Banu Qasi y, por lo tanto, eran parientes lejanos del gran Musa ibn Musa, el controvertido gobernador de Tudela.
El hombre vivía en el castillo de Arnedo desde el que defendía la frontera norte del emirato.
Se había rebelado contra el emir en algunas ocasiones.
No obstante, habían firmado la paz. O, al menos, esa era la última noticia que se tenia.
Taliq, en su incesante plática sobre todos los perjuicios que esa decisión acarrearía, logró convencer a Rashid de que esperara hasta finales de año, hasta que el reciente negocio marítimo se asentara un poco más.
Si adquiría algo más de prestigio, la influyente familia de Amina no podría socavar la reputación de él como comerciante y el menoscabo apenas se apreciaría.
Entrabábamos en julio; solo faltaban seis meses para desprendernos de ella. Curiosamente, el mismo tiempo que restaba para el nacimiento de nuestro hijo. Una enorme sonrisa se dibujaba en mis labios cada vez que pensaba en él.
Rashid se mostraba tan entusiasmado con mi estado. Me observaba con atención el vientre y anhelaba ver alguna protuberancia en él, lo besaba y acariciaba e incluso hablaba con él bromeando sobre mí. Diciembre sería una fecha mágica para nuestro amor.
Anochecía, el calor sofocante nos relegó al patio.
La madreselva que trepaba por las columnas había florecido y era por las noches cuando su exquisita fragancia nos envolvía.
Las polillas y otros insectos se aproximaban a ella para libar el néctar de sus flores amarillas con tonos rosados en el exterior.
El ulular de los insectos y el relajante susurro del agua que caía perezosa de la fuente adormecían nuestros sentidos.
Rashid se levantó, tomó la vela que llevábamos para leer y encendió los farolillos uno a uno.
Instantáneamente, la penumbra se escabulló y liberó de su yugo los vivos colores de las petunias, crisantemos, geranios y zinnias que yo misma había plantado.
El jardín parecía la entrada al edén. Pero en todo edén hay una serpiente.
Amina observaba subrepticiamente desde la ventana de su habitación en la galería superior, en la esquina opuesta a la nuestra. Pude ver su inconfundible sombra junto a la celosía. ¿Cuánto tiempo llevaría ahí? Nada le dije a Rashid, no quería agriarle el humor.
—Embelleces todo cuanto encuentras a tu paso.
—¿También a ti?
—A mi vida. Y no tengo duda de que nuestro hijo será hermoso.
—Tú lo eres. Eres un hombre apuesto y gallardo.
—¿Por eso me amas? —inquirió alzando una ceja.
—Te amaría, aunque fueras un adefesio.
—Mientes.
Él sonrió veladamente mientras forzaba un gesto de reproche.
—¿Cómo pretendes que un adefesio conquiste a la mujer más hermosa de Toledo? Jamás habrías aceptado mis atenciones.
—Tal vez —contesté divertida.
—Doy gracias a Alá por no ser mal parecido.
Me acerqué a él, que todavía llevaba la vela en la mano.
—Y yo, por haber heredado los ojos de mi padre, que tanto te impresionaron.
Le arrebaté la vela y la deposité en el suelo.
—No me impresionan solo tus ojos. Es más bien todo el conjunto.
Su mirada me recorrió. Me rodeó la cintura y me acercó a él.
—Pues doy gracias por haber heredado todo el conjunto.
Sonrió de nuevo. Me besó con ardor y el deseo se manifestó implacable.
Sus manos, ya diestras en esos manejos, camparon alegremente por mi cuerpo.
Estaba siendo demasiado atrevido, alguien podía vernos.
Inmediatamente recordé a Amina. Gruñí como única protesta y lo empujé ligeramente.
Logró separarse a desgana. Miré hacia la ventana y respiré aliviada al no ver su sombra.
—Pueden sorprendernos —le recordé.
Me miró un tanto confundido.
—Cuando te beso, pierdo la noción de la realidad. Es como si todo se detuviera, como si todo a mi alrededor se diluyera en sombras. Como si mi alma necesitara beber de la tuya, es una necesidad vital, acuciante que me acecha sin tregua.
—Dar de beber al sediento es un mandamiento de la Biblia —aduje.
—También lo refleja el Corán.
—Entonces, ¿por qué esperar?
Me tomó en brazos y me llevó a la alcoba.
También allí se encontraba el edén.
* * *
Apenas amanecía y escuchamos, como cada mañana, el cántico del muecín que llamaba a la oración del alba, el al-fayr , desde el minarete de la Mezquita Mayor.
Rashid se había levantado y se hallaba arrodillado sobre la alfombra persa que utilizaba para sus rezos debidamente orientada a la Ka’ba.
Con cada repetición de la oración, inclinaba la cabeza hasta tocar el suelo.
Dios es más grande, Dios es más grande.
Doy fe de que no hay más divinidad que Dios.
Doy fe de que Muhammad es el mensajero de Dios.
Acudid a la oración.
Acudid a la salvación.
La oración es mejor que el sueño.
Dios es más grande.
No hay más divinidad que Dios.
Lo contemplé inmerso en sus rezos.
Los salat eran cinco a lo largo del día. La ferviente fe de los musulmanes detenía el ajetreo de la ciudad y la convertía en un templo de oración y recogimiento. Aquel súbito cambio siempre me había impresionado.
Yo ahora era musulmana, sin embargo, mis ritos no habían cambiado. Rashid me respetaba, nunca me había impuesto ninguna de sus liturgias y, aunque a menudo discutíamos sobre párrafos del Corán, jamás me había recriminado que siguiera las enseñanzas de Jesús.
El rezo terminó y Rashid se levantó. El sol resplandecía en su cabello. Se encontró con mi atenta mirada y sonrió. Tomó la chalina de fino algodón blanco y se la enrolló en la cabeza con desenvoltura. Ya compuesto el turbante, se acercó a la cama y me besó.
— Saba’a AlKair , mi dulce Shahlaa.
Le acaricié el mentón, él giró la cabeza y me besó la palma de la mano. Dejó los labios un instante allí sin dejar de mirarme.
—Para mí no sale el sol hasta que no abres los ojos.
Su dedo índice delineó el contorno de mi boca.
—Y para mí cae la noche cuando te vas de mi lado.
Sonrió complacido. Se incorporó y se despidió hasta la noche. Tenía muchos asuntos que atender ese día. Algunos de sus barcos habían arribado al puerto y lo esperaba un inventario largo y tedioso.
Una de las sirvientas, la joven Nadwa, trajo mi desayuno algo cabizbaja.
—Shukran, Nadwa.
Por lo general era Latifa quien me atendía.
Bebí el té casi de un trago. Al terminar, noté un sabor diferente que dejó en mi paladar un amargor extraño. Miré a la muchacha que observaba circunspecta mis guiños.
—Está realmente horrible. —Intenté sonreír—. Latifa ha debido de levantarse bastante aturdida para prepararme semejante brebaje.
La sirvienta, de origen bereber, me dedicó una sonrisa constreñida. Noté cierto nerviosismo en sus ademanes.
—Tal vez equivocó las hierbas —aventuró.
Era más que posible, desde luego, la hierbabuena habitual no estaba presente ni el anís estrellado con que a veces lo aderezaba. ¿Qué diantres había bebido?
Nadwa esperó intranquila mientras terminaba con mi pan de higos.
—Cuando veas a Latifa dile que quiero verla, tal vez algo aturulle a esa cabeza suya. Quiero ser informada de todos los contratiempos que surjan, siempre me oculta las cosas para que no me preocupe, pero no tengo otro quehacer aparte de la labor y la lectura.
—Como disponga.
Se mostraba seca y distante. Ya había bromeado con ella en alguna ocasión, no entendía muy bien su reciente formalidad.
—¿Te sucede algo?
Negó con la cabeza, pero se mordió el labio inquieta.
Parecía reprimir las ganas de contármelo.
Decidí averiguarlo más tarde. Le devolví la bandeja ya vacía y le sonreí.
Imaginé que saldría corriendo, sin embargo, permaneció inmóvil.
Una o dos veces miró hacia la puerta como si temiera que alguien apareciera.
—Empiezas a preocuparme.
En su expresión se reflejó la duda que la embargaba. No obstante, logró dar la vuelta y salir para dejarme sumida en un molesto desasosiego.
* * *
Los fuertes retortijones empezaron al mediodía.
Eran punzadas lacerantes que acuchillaban mi bajo vientre.
Inmediatamente me asusté por la intensidad del dolor.
Grité para pedir ayuda. El siguiente pinchazo me contrajo.
Jadeé y caí al suelo. No podía ponerme de pie.
El dolor me aguijoneaba el vientre y me cortaba la respiración.
Literalmente me retorcía sacudida por convulsiones intermitentes.