Capítulo 4 #3
Obediente, me besó de nuevo. Fue un beso largo, conmovedor, que puso de manifiesto el anhelo contenido, el amor latente, el sufrimiento por la separación, la hiriente necesidad de sentirnos, de abandonarnos al deseo. Sus manos recorrieron cada curva de mi cuerpo y me apretaron contra él.
Los gemidos escaparon de nuestras bocas, a la vez que nos devoramos, queríamos recuperar todo el tiempo perdido con un solo beso.
—He venido a llevarte conmigo —explicó.
Me separé lo suficiente para mirarlo.
—Pero ¿y la reunión? No me han dado permiso para entrar y…
—No habrá reunión.
Lo miré intrigada.
—Cuando Latifa me dio la noticia, yo mismo la anulé. No hay discusión posible cuando es mi hijo el que llevas en tu vientre. Serás mi esposa les guste o no.
Sonrió orgulloso. ¡Cómo había echado de menos aquella voz suave, melodiosa como el rumor del viento! Me abrace a él, mi cuerpo libre ya de tensiones se relajó, tanto que sentí que me desvanecía. Lo último que vi fue la expresión alarmada de Rashid.
Desperté en el jergón. Junto a mí, en una silla, dormía él con la cabeza colgando y las largas piernas apoyadas en un taburete trastabillado. Todavía no amanecía. Le sacudí ligeramente una pierna y se incorporó aturdido.
—¿Qué… ocurre algo?
Sonreí. Tenía una expresión muy graciosa.
—Ven a mi lado —le pedí. Abrí las mantas para dejarle paso.
No puso objeción alguna. El espacio era demasiado estrecho, pero no necesitábamos más. Nos abrazamos adormilados.
—Me has dado un susto de muerte —espetó.
—Estaba tan nerviosa y luego tan emocionada que…
Me acarició el cabello mientras me besaba la frente.
—Tu madre dijo que era por el embarazo. Dice que es algo normal. Voy a tener que tratarte como a una reina.
Lo miré encandilada por sus mimos.
—Siempre lo has hecho.
Sonrió y volvió a besarme, esa vez, en la punta de la nariz.
—Creo que tendremos problemas para dormir aquí —adujo moviéndose incómodo.
—Bueno, es muy pequeño, pero nos apretaremos.
—Ese es precisamente el problema, que estamos muy apretados y yo… llevo tres meses de abstinencia y noto tus pechos apretados contra mí…
De repente, noté la dureza de su miembro que me presionaba la cadera.
—Tómame.
—No creo que sea lo más indicado, no sé si…
—No debes temer por el niño, es demasiado pequeño, ni siquiera me abulta el vientre, además en mi estado no debes contrariarme.
Me saqué la camisola por la cabeza y dejé que me contemplara.
—Pensé que era imposible que estuvieras más hermosa, pero lo estás. Tus pechos son aun mas turgentes y los pezones son ahora un poco más oscuros. Sin duda, no podremos dormir. —En su voz se quebró el deseo contenido.
Tomó entre sus manos mis pechos y los acarició con frenesí.
Bajó la cabeza para cubrir con la boca los erectos pezones.
Gemí ante el húmedo contacto. Arqueé ligeramente la espalda y me abandoné al placer.
Sus manos aletearon inquietas por mi cuerpo y acabaron con mi cordura.
Incapaz de contenerse, se colocó sobre mí y me poseyó.
Sus movimientos lentos, delicados elevaron mis gemidos.
Tuvo que sofocarlos con su boca que caía sobre la mía con delirio.
Tomé sus nalgas con las manos y lo urgí a intensificar la pasión.
Su mirada turbia era un pozo de contención que pensaba derribar alzando indolente las caderas.
Se rindió ante mi urgencia. Y, como yo deseaba, se abandonó al placer acelerando los embistes.
No tardó en culminar. Sudorosos y felices nos fundimos en un abrazo.
—Te he echado tanto de menos que pensé que iba a volverme loco.
—Por eso me espiabas, ¿no?
Sonrió; sus negros ojos se sumergieron en los míos.
—Llevaba ya un tiempo viéndote pasear por la alameda.
Verte me reconfortaba y, aunque me moría por acercarme a ti, lograba permanecer oculto a tu vista.
Sin embargo, te veía tan triste, tu semblante antes radiante estaba pálido y tus ojos apagados; quería dejarte una prueba de que estaba muy cerca de ti, de que te añoraba tanto como tú a mí.
Y, cuando te adentraste en el río, no lo pensé.
—Suspiró al recordarlo—. Parecías una ninfa saliendo del agua.
Ver tu cuerpo desnudo brillando bajo el sol fue una dura prueba para mí.
A punto estuve de salir de mi escondrijo y tomarte allí mismo.
Esa noche no pude dormir, ni siquiera lo intenté.
Lo miré enamorada. Le retiré un mechón negro de la frente.
—Por eso permaneciste bajo mi ventana.
—Sí —confesó—. Te asomaste y miraste la noche como buscándome. Sabías que estaba ahí, ¿verdad, Shahlaa?
Asentí. Sus manos se deslizaron por mis labios.
—Recibí tu beso, el viento me lo trajo.
* * *
Traspasé el arco de herradura que adornaba el portalón de entrada al palacete en compañía de Rashid. Caminamos por el pasillo flanqueado de columnas y entramos en el salón. Allí, frente a mí, se encontraba toda la familia. No vi a Amina y lo agradecí.
—Mi esposa ha regresado —comenzó Rashid—. Trae en su vientre el regalo más preciado para mí. Alá nos ha bendecido. Atrás queda el pasado; la he perdonado como recomienda el Corán y exigiré el respeto que merece. No toleraré ningún desaire para con ella.
—Mientras respete esta casa, ningún problema ha de haber.
Taliq clavó sus ojillos desconfiados en mí.
—La respetará —aseveró Rashid—. Y ahora se retirará a descansar.
La firmeza con la que había hablado no dejaba dudas de su imposición y poder dentro de la familia. Era respetado y querido por todos, nadie se habría atrevido a contrariarlo. Había cumplido mi castigo: nada ya tenían que objetar.
Nos retirábamos cuando Amina ingresó al salón y con sangre fría se plantó frente a nosotros.
—Celebro tu regreso. Espero de corazón que no haya más malos entendidos entre nosotras.
Deseé estrangularla.
—Entiendo perfectamente cuanto me dicen. Lo único que no comprendo es la lengua de las serpientes.
Ella cerró la boca y simuló una expresión apenada. Rashid, amenazante, le espetó:
—Te avisé que te apartaras. No volveré a consentir que la molestes y ahora menos.
Su voz cortante como un cuchillo la paralizó y nos dedicó una extraña mirada cargada de odio. Sin embargo, sus finos labios se curvaron en una sonrisa escalofriante. “Si el león te muestra los dientes, no creas que te está sonriendo.”
—Recuerda, Rashid, que yo también puedo estar embarazada.
La miré atónita. El semblante de mi esposo se contrajo como si hubiera recibido un puñetazo.
—No puedo creer tanta maldad. Voy a acudir a un prestamista para devolver tu dote; saldrás de esta casa cuanto antes. ¡Lárgate y no oses volver a enfrentarte a nosotros!
Mi esposo me agarró del brazo y nervioso me llevó a la habitación.
Aturdida me senté frente al espejo, busqué en el reflejo sus ojos y no los encontré. Evitaba mirarme. Supe al instante que algo había pasado.
—Yo no confié en ti y a punto estuvimos de separarnos. Confía tú en mí y cuéntame qué urdió esa arpía para llevarte a su lecho. Porque estuviste con ella, ¿no?
Aquella certeza me carcomía por dentro y me obligué a serenarme lo suficiente para escucharlo. Necesitaba una explicación.
Él deambulaba de un lado para otro y se pasaba las manos por el pelo sin cesar.
—Fue poco después de que te marcharas —empezó angustiado—.
Habíamos discutido; me había encarado con ella furioso por la situación.
Le dejé claro que no volvería a tocarla y que ni siquiera quería que se cruzara conmigo.
Aquella noche estaba recostado en el banco del patio.
Pensaba en ti. La melancolía me abrumaba, era como una piedra en el pecho que equivocadamente intenté aligerar con algunas copas de licor.
¡Alá es sabio al alejarnos del alcohol! Cuando mi cabeza se embotó lo suficiente, me arrastré a la habitación y me dispuse a dormir.
Soñé contigo, que me besabas, olí tu perfume a jazmín, pero no eras tú.
No recuerdo absolutamente nada, solo que desperté aturdido y a mi lado dormía Amina vestida con tu camisola.
La desperté horrorizado y la eché del cuarto a empujones, ella me juró que habíamos consumado.
Creo que miente, pero no puedo estar seguro.
Se arrodilló frente a mí esperando mi reacción. Enterré mis dedos en su cabello y le sonreí.
—Estoy segura de que miente. Pero esta vez sus engaños no darán resultado. La creía más lista.
—Te juro que antes de que acabe la semana estará lejos de nosotros.
Continué acariciándole el espeso cabello, le deslicé los dedos por el cuello y dibujé invisibles círculos. Clavé mis ojos en los suyos.
—Me secas la garganta cuando me miras así, Shahlaa.
Me levanté muy despacio sin parar de mirarlo.
Parecía hechizado, hipnotizado con cada uno de mis movimientos.
Me sentía poderosa, con ganas de jugar. Levanté los brazos y me liberé el cabello que tenía recogido en un moño, lo ahuequé y le sonreí.
Lentamente me acaricié el contorno y tiré de los cordones delanteros de la túnica verde.
Encogí los hombros y la deslicé con ligeras sacudidas.
Abrí el escote fruncido de la camisola de lino que llevaba debajo y hundí una mano entre mis pechos.
Eché la cabeza hacia atrás y gemí. Con la otra mano subí la tela y le mostré mis piernas, las acaricié mientras lo miraba.
Terminé de quitarme la ropa. Él se levantó, sus ojos refulgían locos de deseo.
—Vas a pagar caro tu osadía.
Se abalanzó sobre mí apresándome la boca.
—Me vuelves loco, Shahlaa. Tan loco que creo que voy a estallar en llamas.
—Entonces deja que apague tu fuego.
Era mío y no solo esa noche, era mío para toda la eternidad.
* * *
Saciados, pasamos la mañana en la cama abrazados.
Rashid no apartaba las manos de mi vientre y hacía conjeturas sobre el sexo del bebé, sobre cuál sería su nombre o a quién se parecería. Me contó todo lo sucedido en la casa hasta mi regreso, me habló del auge de su comercio por mar y del talante de algunos de sus clientes.