Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Mi madre entró en la habitación; me miró intrigada. Comenzaba a sonreír cuando reparó en la carta que descansaba a mis pies. Visiblemente nerviosa se acercó con premura y la tomó del suelo como si recogiera un tesoro. Miró mi semblante confundido y se arrodilló a mi lado.

—Tarde o temprano tenía que decírtelo.

Sentí un martilleo en la frente. Tragué saliva e intenté prepararme para su confesión.

—Me enamoré de otro hombre estando casada. —Bajó la mirada azorada.

—No debes arrepentirte por amar.

Ella negó con la cabeza; en su pálida tez parpadeaba el resplandor de la vela. Sus ojos acuosos me miraron con atención.

—¿Cómo voy a arrepentirme si fruto de ese amor naciste tú?

Ahí estaba ante mí la verdad de mi existencia. Algo que quizá siempre había intuido. Mi supuesto padre había sido un noble caballero del Norte. Era poco probable que su cabello fuera tan negro como la noche, su piel aceitunada y sus ojos dorados.

—Eres idéntica a él. A Khaled abd al-Yaced: tu padre —confirmó—.

Era el hombre más hermoso que jamás haya visto.

Su mirada cautivadora derretía al corazón más frío.

Era alto y fuerte y con una personalidad arrolladora.

Culto, amante de las letras, poeta y músico.

Nació en Alepo al noroeste de Siria, pero viajó por todo el mundo hasta que conoció a Rodrigo.

Se hicieron grandes amigos y, como tal, llegó a mi casa.

—Hizo una pausa y suspiró—. Cuando lo vi por primera vez, me dio un vuelco el estómago.

—Se estremeció ante el recuerdo—. Fui débil, apenas luché contra la moral, traicioné mis votos, pero estaba tan sola.

Diego batallaba junto a su rey, pasaba meses sin verlo y yo… me enamoré perdidamente de Khaled.

Le acaricié comprensiva el cabello; ella, todavía arrodillada, apoyó la cabeza en mi regazo.

—¿Por qué no te fuiste con él?

Volvió a mirarme, sus ojos ausentes en el pasado brillaron con tristeza.

—Iba a hacerlo, pero llegó una carta de la corte. Diego había sido herido en una reyerta y me necesitaba a su lado. Yo acudí y, al verlo tan mal, no tuve corazón para dejarlo. Y así se lo dije a Khaled.

—Pero poco después enviudaste y tú ya estabas encinta. ¿Por qué no lo buscaste?

—Lo hice, pero no lo encontramos. Rodrigo movió cielo y tierra sin ningún resultado. Hasta cuatro años después. Apareció en Sevilla, pero casado y con dos hijos. Al parecer, no le había costado mucho olvidarme. —La amargura le tiñó la voz.

—¿No pensaste en decirle que tenía otra hija?

Los ojos se le oscurecieron, los labios se le tensaron ligeramente.

—Tras la muerte de mi esposo, Rodrigo me trajo a Toledo.

Aquí fuimos acogidos por una comunidad cristiana desconfiada y alerta, llena de rencor hacia el opresor.

Todos te creían hija de mi marido, un valeroso azote de los herejes.

¿Qué crees que habría pasado si hubieran sabido que eras hija de uno de ellos?

Nos habrían dado la espalda y, aunque gozábamos de la protección de mi hermano, él casi nunca estaba en casa.

Así, todo habría sido demasiado difícil para nosotras.

La sola idea de que te rechazaran me era insoportable.

Tu apariencia ya creaba comentarios a mi alrededor, pero nadie se atrevía a afirmarlos.

Nadie podía comprobar si tu origen era cierto, así que los rumores quedaban ahí.

—¿Él vive en Sevilla?

—Creo que sí. Al menos, la última vez que lo vi fue allí.

Boquiabierta, contemplé su expresión soñadora.

—¿Y no le dijiste nada?

—No hablé con él. Solo lo vi —aclaró—. Viajé yo sola.

Tú tenías cinco años y te quedaste en casa de Ruth.

Había soñado tanto con él que sentí la necesidad de verlo.

En mi fuero interno deseaba encontrarlo solo y atreverme a contárselo todo, aunque dada su situación y la mía no habría valido de mucho.

Lo encontré en un puesto que él regentaba junto al río.

Bromeaba con una mujer que supuse la suya por la cercanía que manifestaban.

Vi esos hermosos ojos mirarla a ella, y vi amor en ellos.

La mujer levantaba a un chiquillo del suelo y se lo depositaba en el regazo.

Otro poco más mayor me miraba a través de un estrecho mostrador.

Ninguno de los pequeños había heredado esos extraños ojos ámbar, solo tú.

El chico mayor tendría tu edad. ¿Qué mejor prueba de lo poco que había significado para él?

Ya me había dado vuelta cuando lo escuché preguntarme qué deseaba.

No lo miré siquiera: escapé de allí envuelta en lágrimas.

Nunca lo olvidé. ¿Cómo podría teniendo un réplica suya tan cerca?

La abracé tan fuerte como pude. Lloró desconsolada como nunca la había visto hacerlo. Todavía amaba a mi padre. Ahora, que sabía lo que era el amor, la compadecí.

Me imaginaba vivir para siempre sin Rashid, y la sola idea me quebraba el alma. Aquella confesión me dejó con demasiadas inquietudes. Tenía dos medio hermanos, o quizá más, y mi padre estaba vivo y no tan lejos de mí.

¿Resistiría yo la tentación?

* * *

Amanecí con unas náuseas tremendas. La cabeza me daba vueltas y me mareé cuando intenté ponerme en pie.

Volví a recostarme. ¿Era posible enfermar de melancolía?

Tan solo restaba una semana para verlo. Debía encontrarme más animada, sin embargo, mi apatía persistía, mi permanente cansancio me relegaba al lecho y pasaba gran parte del día dormida.

Mi madre subió a verme preocupada.

—Hoy tampoco has bajado a desayunar, Leonora. Voy a tener que avisar al médico, esto empieza a no gustarme.

Se inclinó y me tocó la frente. Negó con la cabeza.

—Te traeré algo de comer. Flora y Latifa han preparado tus dulces favoritos, seguro que…

Reprimí una arcada, mi cuerpo se convulsionó.

—Por favor, ten piedad y no me nombres la comida —rogué.

Ella me miró boquiabierta, un extraño brillo le asomó a los ojos.

—Leonora, ¿cuándo fue la última vez que sangraste?

Pensé un instante y de pronto recordé que no lo había hecho desde que había llegado. Abrí los ojos.

—¡Dios mío! ¿Crees que…?

—Tienes todos los síntomas.

Una sonrisa resplandeciente emergió de sus labios. Me abrazó alborozada y corrió a dar la noticia.

Apenas podía creer tanta felicidad. Esperaba un hijo del hombre al que amaba.

No veía el momento de decírselo. Me acaricié el vientre todavía plano.

¿Cómo no me había dado cuenta antes? Ahí estaba su semilla, un pequeño ser que nos uniría todavía más.

Las lágrimas me asomaron a los ojos. Iba a ser madre.

Me recosté plena de dicha; abajo oí la algarabía de mis dos fieles protectoras: Flora y Latifa irrumpieron en el cuarto y me llenaron de besos. Ambas lloraban de alegría.

—¡Rashid morirá de felicidad!

Latifa me tomó la mano. Su cara redonda y risueña, surcada de pequeñas arrugas, mostró el cariño que me tenía.

—Criaré a ese niño con la ayuda de Alá.

—Ya basta, está embarazada y tiene que descansar —les recriminó con sorna mi madre.

—¿Más? —inquirió Flora—. Lleva descansando casi tres meses.

Cerré los ojos, no podía dejar de sonreír.

* * *

Faltaban solo dos días para que se celebrara la reunión, y Latifa subió a verme con una propuesta.

—Pido tu permiso para contarle a Rashid la buena nueva.

La miré boquiabierta, no pensaba dejar que nadie me arrebatara ese momento.

—Sé que ardes en deseos de decírselo en persona —continuó—, pero no has contemplado la posibilidad de que en la reunión lo obliguen a divorciarse.

En tal caso, un argumento de peso y contra el que no podrán será este hijo que viene en camino.

Si él sabe que estás encinta, tendrá ganada la batalla de antemano.

Tenía razón. La miré pensativa. Si me rechazaban definitivamente, no estaba en las mejores condiciones para fugarme y menos a un lugar tan lejano.

Le confesé a Latifa nuestros planes de huida.

—¡Ah, no! Ni hablar. Sería una locura emprender un viaje tan arriesgado. Creo que mi idea es la más sensata.

Asentí entristecida. Me perdería su reacción, pero lo importante sin duda era aquella maldita reunión.

—Te contaré con lujo de detalles el encuentro —prometió.

Se acercó y me besó la frente.

—Dile cuánto lo amo —le pedí.

—Sé de sobra cuánto has sufrido su ausencia, pequeña. Ya es tiempo de felicidad.

Abandonó el cuarto. Dichosa ella que lo vería.

* * *

Llegaba la noche, y Latifa no regresaba. Un creciente nerviosismo se apoderó de mí. Paseé de un lado a otro del patio inquieta; me apoyé en el viejo pozo para intentar serenarme y acompasar mi respiración. Llené de aire los pulmones y, de nuevo, caminé como un animal acorralado.

Ahmed me miraba con preocupación. Yo le sonreí para tranquilizarlo; él me miró extrañado, alzó las cejas y negó con la cabeza como si hubiera perdido el juicio. Y es lo que pasaría si no recibía noticias.

El aldabón sacudió vigorosamente la puerta. Los golpes me hicieron dar un respingo. Ahmed corrió a la entrada. Me obligué a permanecer inmóvil deseando escuchar los rápidos pasos de Latifa, pero no eran los pies de ella los que se acercaban.

Rashid irrumpió en el umbral del patio.

Sentí que el corazón se me desbocaba. Me contempló durante lo que me pareció un siglo. Sus ojos me recorrieron despacio y se detuvieron en mi vientre. Instintivamente lo acaricié. De nuevo se sumergió en mis ojos.

Su respiración era agitada como si hubiese venido a la carrera. En su semblante asomó una sonrisa triunfal. El amor que me tenía le brotó de todos los poros y ya sin aguantar más la distancia se abalanzó sobre mí.

Nos abrazamos henchidos de dicha. Su boca hambrienta tomó la mía con desesperación. Me tomó el rostro entre las manos y con ojos llorosos susurró:

—Te amo, Shahlaa, mi bella Shahlaa. —La voz se le entrecortó—. Acabas de hacerme el hombre más feliz del mundo. Todavía estoy temblando.

—¡Bésame, tócame, abrázame! —rogué impaciente.