Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—Tu rescate podría tardar mucho tiempo en llegar y, mientras tanto, es vital de quién seas.

El jarl es un hombre despiadado, cruel. Te violará hasta que se harte de ti y luego te entregará a sus hombres y puede que hasta a sus perros.

Para cuando te rescaten, serás tan solo un despojo.

En cambio, Gunnar, a pesar de su fiereza, de su rudeza, posee buen corazón.

Y, por cómo te mira, no creo que te cueste mucho derretir su frío muro de indiferencia.

Nunca lo había visto bajar tanto la guardia con nadie.

Anoche lo descubrí observándote, habría dado lo que fuera por escuchar sus pensamientos.

—Quiero que me enseñes su lengua.

La anciana sonrió. Ya se marchaba cuando le agarré la mano.

—¿Por qué me ayudas?

—Eres lista, muy lista. Con la mitad de tus atributos, yo habría conseguido ser la monarca de sus tierras. Tal vez tú lo consigas, por eso te ayudo.

—No quiero ser la reina de estos bárbaros, solo quiero volver con mi familia —admití con pesadumbre.

—A veces, muchacha, la vida te ofrece lo que no quieres y no te queda más remedio que tomarlo.

* * *

Los temibles knörr eran aprovisionados para la larga travesía que nos aguardaba.

Más parecían monstruos marinos que embarcaciones.

En sus quillas, se alzaban feroces tallas de dragones que mostraban la dentadura.

Eran barcos largos y anchos, aunque de poco calado, construidos con maderas superpuestas, tachonadas de orificios por los que asomaban larguísimos remos.

En la parte superior de los costados apostaban coloridos escudos de madera circulares, algunos con hendiduras astilladas.

El velamen era cuadrado, de paño listado en color rojo y blanco, que en ese momento se abombaba henchido por un viento del este.

Por una estrecha pasarela subían el cargamento.

Sentada en el suelo, maniatada nuevamente junto a mis compañeras, observaba el ajetreo de los hombres que desmontaban el campamento.

Gunnar los dirigía con firmeza, con órdenes precisas y concisas que nadie discutía, pero a la vez ayudaba a los guerreros.

Era obvio por qué lo respetaban. No pedía nunca nada que no estuviera dispuesto a hacer él mismo.

Lo observé detenidamente. Su altura era más que considerable, su espalda ancha y musculada, su torso amplio y prominente.

Se había desprendido de la sobretúnica corta de lana que llevaba, y la camisa corta de lino se le pegaba al cuerpo humedecida por el sudor; un amplio cinturón de piel curtida marrón oscuro le ceñía el talle.

Pude observar cada uno de sus poderosos músculos que se estiraban y encogían mientras trasladaba pesados baúles. Sus brazos, como dos colosos, levantaban sin demasiado esfuerzo todo tipo de pesados objetos.

Su apariencia era verdaderamente amedrentadora.

No supe descifrar si era bien parecido; su expresión casi siempre huraña y su mirada ceñuda, además de esa barba descuidada que lucía, ocultaban cualquier atisbo de apostura.

Lo único que realmente resaltaba del fiero rostro era el intenso color verde musgo de sus ojos.

Hundidos y alargados, parecían iluminados desde dentro.

El débil sol de otoño lograba sacar reflejos dorados a la larga y alborotada melena castaña del gigante.

De pronto, como si hubiera intuido que lo observaba, se volvió hacia mí.

Sorprendido por mi escrutinio, se detuvo en seco.

Su fornido pecho se agitaba todavía por el esfuerzo.

Deslicé a propósito mi mirada sobre aquella enorme masa de músculos.

Tras un instante, volví a indagar en sus ojos.

Logró mantener esa expresión hierática, sin embargo, observé un leve gesto que delató un ligero nerviosismo.

Tragó saliva y se humedeció los labios. Inmediatamente me dio la espalda y continuó con el trabajo.

Era la antítesis de Rashid. Carecía de dulzura, de gentileza, de sensibilidad.

Sería imposible cerrar los ojos e imaginar que era mi esposo.

Solo habría una manera de obligarme a yacer con él, y era tener el pleno convencimiento de que era tan solo un peldaño escarpado que debía subir en mi ascenso por volver con los míos.

Sería parte de un plan premeditado para la consecución de un solo objetivo.

Si lograba embaucarlo lo suficiente, si conseguía envolverlo en mis redes, no solo me liberaría de la amenaza de aquel jarl perverso; tal vez podría acelerar mi rescate, además mientras tanto conseguiría un protector.

Y, con Amina cerca, debía contar con un buen aliado.

* * *

Mi espalda curaba bien. Las costras empezaban a desaparecer, aunque las cicatrices permanecerían como un recuerdo más de la vileza de mi enemiga.

Afortunadamente no embarcamos juntas. Recordé otro proverbio musulmán: “Si alguien te muerde, te hace recordar que tú también tienes dientes”. El siguiente mordisco lo daría yo.

No solo pensaba en Amina, pensaba en todos y cada uno de cuantos me habían apartado de la felicidad. Devolvería cada golpe, esperaría la traición y trazaría con frialdad mi venganza.

Atrás quedaba la ingenua Leonora, la dulce Shahlaa. Todavía desconocía mi nuevo nombre, pero sí sabía que la nueva persona en la que me estaba convirtiendo se ganaría el apelativo de taimada.

Llevábamos semanas navegando por alta mar.

La travesía, pesada y tediosa, solo había servido para acelerar mi aprendizaje de la lengua nórdica.

Era un lenguaje complicado formado por dieciséis runas que componían un alfabeto llamado futhark .

Fui una alumna aplicada y tuve una maestra extraordinaria que incentivaba mi enseñanza y me obligaba a pedir las cosas en esa lengua o me dejaba sin comer.

Eyra se admiraba con mis progresos; ayudada por mi estómago, comencé a entender cuanto me decía.

Incluso me enseñó a escribirlo. Usar bien la lengua de mis captores era otra arma que aprovecharía en mi favor.

Las demás mujeres se acercaban curiosas, y una de ellas, Jimena de Nimes, capturada en Galicia, había aprendido con la misma celeridad que yo.

A pesar de tener más o menos mi edad, me recordaba a mi madre.

Su cabello claro y sus ojos azules eran similares a los de ella.

Era bonita y de apariencia dulce y frágil.

Se adivinaba su noble cuna, cultivada y de maneras exquisitas.

Tendría que crearse una fuerte coraza si quería sobrevivir.

No tardamos en congeniar y nos contamos nuestras vidas, ora reíamos, ora llorábamos.

Encontramos en aquella amistad solaz y consuelo.

Una vez al día, nos turnábamos en grupos de cinco para subir a cubierta a respirar aire fresco.

Aquella aparente recompensa para unas era un duro trance para otras.

Las seleccionadas para el jarl , entre las que se encontraba también Jimena, éramos respetadas por los hombres, las demás se exponían a la lascivia de los toscos guerreros.

Aquella mañana, solo subimos tres; tan solo yo podía respirar tranquila asomada a la borda. Mis compañeras, temblorosas, se pegaban a mis costados; enlacé sus cinturas.

—Cerremos los ojos y dejemos que el aire llene nuestros pulmones —les susurré—. Disfrutemos del sol e imaginémonos en otro lugar. En nuestra mente nadie puede entrar, cobijémonos en ella.

Escudriñé a mi espalda, temerosa de que algún guerrero se aproximara en busca de las mujeres.

Pero la única espiada era yo. Gunnar me observaba apoyado indolente en un banco junto al timón.

Lo sujetaba con fuerza y, mientras me observaba, movía los dedos para acariciar la madera de roble como si fuera mi piel.

La gravedad de su mirada me cortó la respiración.

El viento me agitó el cabello y me pegó la túnica contra el cuerpo.

La verde mirada del líder centelleó. Dejé que se deleitara con mis formas y me pregunté si no estaría sobrepasando mi descaro.

No quería que se abalanzara sobre mí como un animal salvaje, y eso era lo que en verdad gritaba su mirada.

En teoría, debía respetarme, pero el instinto podría traicionarlo y llevar al traste mi plan.

Debía seducirlo progresivamente, enamorarlo si acaso poseía tal capacidad, enloquecerlo hasta convertirlo en mi siervo.

Giré y contemplé el océano. Sentí su mirada quemándome la espalda.

Agitada intenté acompasar la respiración cuando escuché unos pasos a mi espalda.

Tomé aire y pensé en la mejor manera de enfrentar la situación, sin embargo, cuando miré, era otro hombre el que se acercaba.

Ulf, el guerrero que había destrozado mi vestido en aquel intento por forzarme, me miraba con seriedad.

—Esperaré hasta que el jarl se harte de ti. —Hizo una pausa y agregó—: y cuando sea mi turno sabrás lo que es un hombre de verdad, pequeña thrall . Hasta ese momento, tendré que conformarme con tus amigas.

—Un hombre de verdad no fuerza a una mujer, se la gana. Solo eres un miserable.

Aunque mi pronunciación no fue perfecta, comprendí por su expresión que había elegido bien cada palabra. Alzó la mano airado, pero su descenso se detuvo en seco. El puño de Gunnar se cernió sobre la muñeca del hombre.

—Vuelve a tus obligaciones.

Ulf echó chispas por los ojos y obedeció sin rechistar. Me había ganado otro enemigo, pero también un protector. Sonreí para mis adentros.

Para sorpresa mía, Gunnar me tomó fuertemente del brazo y me arrastró hacia el timón. Las mujeres corrieron a refugiarse al escotillón.

—¿Desde cuándo sabes nuestra lengua? —preguntó al tiempo que me sentaba en el largo banco de madera.

—Desde hace unas pocas semanas.

Pareció sorprendido. Me miró admirado y me obsequió una deslumbrante sonrisa que me desarmó. Era la primera vez que la veía y pensé que era una lástima que no se prodigara tanto con ellas. Notó que le miraba los labios y su expresión cambió.