Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 3 #5
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Capítulo 3 #5

—Has de saber todo de tu enemigo si quieres derrotarlo.

Ella era la relegada en esta historia, probablemente vivía a través de ti.

O quizá querría saber cómo atraer a Rashid.

De cualquier modo, le ha funcionado. Es metódica y constante; y tú, impulsiva y espontánea.

No has sido una presa difícil, a decir verdad.

En este momento, se estará regocijando solo de imaginar que todas esas posturas sexuales que te veía hacer pronto las protagonizará ella.

Sentí deseos de matarla. Pero antes debía buscar una solución con respecto a mi esposo.

—Debemos contárselo todo a Rashid: de ese modo, los mayores verán que fue un ofuscamiento provocado por ella y…

—Muchacha, el daño ya está hecho. Tu única oportunidad está en la tenacidad de tu marido. Solo te queda esperar tu destino.

Maldije a Amina para mis adentros. De un modo u otro cobraría venganza.

Latifa se marchó y a mi dolor se unió el cargo de conciencia por el sufrimiento de mi esposo. Fui una estúpida. ¿Cómo pude permitir que las palabras de Amina borraran de un plumazo las constantes pruebas de amor?

Merecía mi castigo. Pero no sabía cuánto iba a pagar.

* * *

Cuando la puerta se abrió, era ya de noche.

Rashid entró despacio. Estaba ojeroso y pálido.

Su mirada sombría se cernió sobre mí. Supe que lo que tenía no eran buenas noticias.

Deseé correr hacia él y abrazarlo, colmarlo de besos y suplicarle perdón, sin embargo, permanecí inmóvil. El miedo me atenazaba.

—Deberás recoger tus cosas y marcharte con tu madre.

Su voz rota, desgastada, mostró todo el pesar que lo embargaba.

—Perdóname —supliqué compungida—. Sé que merezco esto. Yo misma lo busqué. Lo que no puedo soportar es toda la agonía que te he causado.

Permaneció en silencio, la expresión tirante, los hombros tensos.

—Yo creí que no me amabas, que me engañabas y…

Levantó una mano, y me detuve.

—Latifa me lo ha contado —replicó con frialdad.

Sus ojos empañados como un velo funerario se clavaron en mí.

—Si hubieras creído en mi amor, habrías al menos sospechado algo.

Aunque sus comentarios te hicieran dudar por lo exactos, debiste acudir a mí.

Debiste enfrentarme antes de faltar el respeto a mi apellido.

Has destrozado mi honorabilidad al danzar como una concubina y coquetear descaradamente con otro hombre en mi presencia y ante los míos.

Todo es imperdonable, además de inevitable.

Tu impulsividad nos ha destrozado a ambos, tu falta de fe en mí.

Aunque su voz todavía era firme, sus ojos no pudieron controlar las lágrimas que ya le recorrían las mejillas.

—Cuando te vi por primera vez, estabas en el zoco con tu madre; te acompañaba un negro gigante, tendrías nueve años y yo trece.

Llevabas en la mano una tela arrugada con forma de muñeca.

Mientras observabas los puestos, la muñeca se te cayó.

Yo la recogí y pensé en devolvértela: te toqué un hombro y, cuando giraste y me miraste, sentí caer en un abismo; no sabía bien qué me ocurría, pero no pude hablar.

Tu madre te llevó a rastras por una estrecha callejuela y desapareciste de mi vista.

Permanecí ahí paralizado por algo que no sabía describir.

Averigüé quién eras y dónde vivías y, cuando tenía ocasión, iba a verte a escondidas.

Necesitaba sumergirme de nuevo en esos extraños ojos.

Cuando crecí, supe que era amor y que no descansaría hasta convertirte en mi esposa.

Con los años, tu belleza aumentó y temí que algún otro se me adelantara, por eso precipité cuanto pude tu pedida.

Preferí la muerte mil veces a aquel dolor que me golpeaba en oleadas. Él abrió la mano y de ella cayó un trozo de tela. Era mi muñeca de la infancia.

—Rashid. —Caí de rodillas. Mis hombros se convulsionaron entre sollozos.

—Nadie habría podido separarnos, solo tú, y lo has hecho.

Se acercó, pero todavía lejos de mí se detuvo.

Levanté la mirada: era una sombra lo que veía ante mí.

—Te amo —musité—, pero no merezco tu amor. Te he fallado y pasaré mis días lamentándolo. Olvídame y sé feliz.

—¿Olvidarte? —El dolor le contraía las facciones—. Estás cincelada en lo más profundo de mi alma. Nunca te olvidaré. Jamás seré feliz sin ti.

No podía aguantar más, me levanté y corrí hacia él.

No me rechazó: me asió con fuerza como si temiera caerse si me soltaba.

Busqué su boca y la encontré dando cobijo al desespero.

El beso nos fundió como la cera al pergamino.

Buscamos consuelo con ahínco, con frenesí.

Cuando nos separamos, nuestros ojos gritaron todo el amor que sentíamos.

Rashid hizo una mueca que parecía querer convertirse en sonrisa sin apenas conseguirlo. El sufrimiento pesaba demasiado.

—Tu expulsión no es definitiva.

Lo miré esperanzada.

—He conseguido que se postergue la decisión definitiva hasta dentro de tres meses con la condición de que en ese tiempo no vivas conmigo.

Esperan que me despegue algo de ti y les sea más fácil convencerme para que solicite el divorcio.

Y yo espero que los ánimos se solivianten y lo sucedido pierda fuerza. Soy un duro negociante.

—¿Tú… podrás perdonarme?

—Yo, por ahora, solo sé que ni loco quiero perderte.

Le borré las lágrimas con besos. Sus labios cayeron sobre los míos. Deseé no soltarlo nunca.

Rashid me abrazó y me tendió en el lecho. Todavía lloraba.

—Cuando bailabas y vi cómo te miraban todos los hombres de la sala, enloquecí.

Parecías una aparición, una beldad de otro mundo.

Y, cuando ese maldito extranjero se acercó a ti y te acarició, la locura que ya me dominaba nubló mi entendimiento.

Deseé matarlo. No soy un hombre violento, Shahlaa, y, sin embargo, lo habría hecho.

Una sola mirada tuya es capaz de perturbar al hombre más sereno. No tienes idea del poder que tienes.

Lo miré impresionada; su amor era tan grande, tan puro, que lucharía por lograr su perdón, por compensar todo aquel sufrimiento haciéndolo el hombre más feliz del mundo.

Siempre que nos dieran otra oportunidad.

Acaricié la dura línea de su mandíbula y deslicé los dedos hasta sus labios.

Él me contemplaba absorto, embebiéndose de mi rostro.

—He de tomarte con la intensidad suficiente para que esta noche se grabe a fuego en tu piel y la recuerdes en este tiempo que estaremos separados.

—Tal vez sea la última —susurré angustiada. Aquella posibilidad era más real de lo que ambos nos atrevíamos a imaginar.

Él negó con la cabeza. Era incapaz de considerarlo siquiera.

—Si no te aceptan, nos fugaremos a Damasco.

Vi determinación en su semblante. Era capaz de dejarlo todo por mí.

Ni por un momento contempló la posibilidad de dejarme.

Aquello me hizo preguntarme por primera vez si yo sería un inconveniente en su vida, si no sería un estorbo, una cadena que lo arrastraría a la desgracia.

¿Podía un amor tan grande traer tantos sinsabores?

—Perderías todo por lo que tanto has trabajado, tu hogar, tu mundo.

Sus ojos penetrantes, brillantes, compungidos se clavaron en mi alma.

—Nada de eso me importa si no estás conmigo, Shahlaa. —Me acarició la mejilla y me miró con anhelo—. Y, ahora, muéstrame tu arrepentimiento y cura mi herida.

* * *

La noche dio paso al alba. Desperté entre sus brazos colmada de una dicha que llegaba a su fin.

Nos habíamos amado hasta desfallecer; aquel deseo que nos consumía parecía no tener fin.

Nuestros cuerpos se rindieron al cansancio, pero nuestras almas todavía clamaban hambrientas.

Miríadas de haces solares con forma de diminutas estrellas brotaban por el calado de las celosías de los ventanales cubriendo el frío suelo de azulejo cocido.

Daba la impresión de tener el cielo a nuestros pies.

La penumbra aún dominaba los rincones de la estancia y negaba su rendición ante astro rey.

Una fresca brisa ondeaba las livianas cortinas para aligerar el pesado ambiente de la alcoba todavía abotargado por los efluvios del amor.

Giré la cabeza y contemplé al hombre que dormía a mi lado: el rostro delgado, anguloso, la nariz recta, los labios llenos, los ojos alargados y penetrantes, el cabello negro, abundante y el cuerpo fibroso y proporcionado.

Y toda esa apostura no podía compararse a la belleza que albergaba su interior. Lo iba a echar tanto de menos… Sentí deseos de besarlo una vez más. Me acerqué con cautela, no quería despertarlo. Apenas le rocé la boca, él abrió los ojos. Todavía aletargado, sonrió.

—No te detengas —suplicó.

Lo besé con extrema suavidad. Quise imprimir dulzura hasta que él abrió los labios para dar paso a su lengua.

Jugueteé con ella y saqué de su garganta gemidos ahogados.

Sus manos agarraron mi cabeza para apartar mi melena de su rostro.

Saboreé cada rincón de su boca y, ya satisfecha, lo miré sonriente.

— Saba’a AlKair —susurré.

—Esos son los buenos días que querré de ti cada mañana.

—Los tendrás —aseguré obediente.

Unos golpes en la puerta rompieron la promesa de algo más. Rashid recordó lo que esa mañana nos deparaba, y su expresión hechizada y enamorada se tornó sombría. No pudo evitar clavarme una mirada recriminatoria.

—Vuelta a la realidad —gruñó.

Se levantó, se cubrió con una túnica y abrió la puerta. Yo me limité a permanecer sentada en la cama cubierta por las sábanas de suave lino egipcio. Latifa apareció con un suculento desayuno; su mirada no traía buenas nuevas.

—Los mayores aguardan abajo —fue cuanto dijo. Sus ojos preocupados miraron a Rashid. Él tomó la bandeja y con seriedad espetó:

—Cuando terminemos el desayuno, yo mismo la acompañaré a casa de su madre.