Capítulo 3 #6
Quería estar junto a mi vergüenza para asegurar a todo el mundo que seguía siendo su esposa, para evitar chanzas y agravios. Saberlo ahí en un momento tan difícil me tranquilizó, pero no dejaría que se humillara más de lo ya lo había humillado yo.
Latifa desapareció para dar el recado.
—No es necesario que me acompañes. No me importa lo que digan los demás; sé que habrá toda clase de comentarios y miradas ofensivas, pero nada podrá hacerme daño: saber que te tengo es lo único que me importa. No quiero que sufras mi vergüenza.
Suspiró y volvió a la cama. Me acercó un poco de té y una tierna rebanada de pan de pasas.
—Quiero pasar hasta el último instante contigo —confesó.
De repente, se me ocurrió algo.
—Tal vez puedas visitarme en plena noche sin que nadie te descubra.
Sonrió complacido: un brillo peculiar asomó a sus ojos.
—No creas que no lo he barruntado, pero he dado mi palabra y he de cumplirla. Sin embargo, me encanta saber que también será difícil para ti aguantar tantos días lejos de mí.
Dejé el pan que había empezado a mordisquear y lo miré contrariada.
—Sé que te he dado más que motivos para que dudes de mi amor, pero, si hay un Dios, se llame Alá, Yahvé o Cristo, te juro que estos meses sin ti serán como caminar sobre las brasas del infierno.
Su mirada afectada aguantó el asomo de tímidas lágrimas. Logró sonreír sin derramarlas.
—Escuchar eso de tus labios bien merece todo el sufrimiento pasado.
Nos miramos largamente. Ninguno pudo probar bocado. Rashid apartó la bandeja y me atrajo hacia él.
—¿No vas a comer nada? —inquirí conociendo la respuesta.
—El único alimento que preciso ahora solo puedes dármelo tú.
—¿Tenemos tiempo?
—El pasado ha huido, lo que nos espera está ausente, pero el ahora es nuestro.
* * *
Todavía sentía sobre mí las miradas reprobatorias de su familia.
El gran imán Taliq se atusó la punta de la barba y, con el ceño fruncido, me dedicó un discurso lleno de recriminaciones sobre la virtud de la mujer casada.
La reprimenda fue peor que la letanía de un monje, y yo, cabizbaja, aguanté la regañina sabiéndome merecedora de ella.
Decidieron que, puesto que continuaba estando casada, debía llevar un acompañante adonde quiera que fuera, incluso a mi internamiento. Afortunadamente, Latifa fue elegida como mi guardiana hasta la reunión definitiva dentro de tres meses.
Ya traspasaba la puerta cuando vislumbré el rostro triunfal de Amina que, agazapada en el recodo de un pasillo, atisbaba curiosa. La maldije para mis adentros.
Una vez en la calle, me volví hacia Rashid.
—Amina no puede quedar impune —aduje con furia.
Me miró meditabundo y, paciente, contestó:
—Tendré una conversación con ella y le restringiré los derechos que tiene.
—¿Solo eso? ¿Ha intentado destruirnos y no vas a divorciarte? —proferí incrédula.
—¿Acaso crees que no deseo librarme de ella?
Antes de esto ya se me hacía insoportable —replicó airado—.
¿Por qué crees que accedí a casarme con ella?
Por el acidaque, única y exclusivamente.
Si me divorcio de ella, tendré que devolver hasta el último dírham de oro.
No poseo tanto dinero, y menos ahora que lo he invertido en una flota para el transporte desde Oriente.
Cuando el comercio marítimo dé sus frutos, me libraré de ella; hasta entonces tendré que aguantarla.
Pero, eso sí, ahora que sé quién es, la tendré vigilada y, por supuesto, como castigo a su vileza los martes desaparecerán.
No podía creer que su maldad no tuviera su justo castigo. Ella seguía junto a él, y yo no.
A pesar de todo, tuve que admitir que los argumentos de Rashid eran incuestionables y que gran parte de mi desgracia se debía a mi completa necedad.
Aun así, no pude dejar de sentir impotencia y rabia.
Recordé una cita: “Espera sentado y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.
Tal vez ella solita cavara su tumba. Por lo general, la perfidia suele acabar por consumir a su creador.
Resoplé y miré a Latifa: caminaba tras nosotros sin decir palabra.
Llevaba un hatillo con algunas pertenencias. Me mostró una sonrisa de ánimo.
—La has conquistado al igual que a mí —comentó Rashid sonriente.
—Por desgracia, no he tenido tanta suerte con el resto de tu familia.
Me apretó la mano y me miró con fijeza.
—Ellos ven dinero y linajes, no les importa nada más. Si solo te dieran una oportunidad, sé que acabarían queriéndote.
Caminamos junto a la ribera del río descendiendo por los extramuros. Rashid astutamente había elegido el camino menos concurrido.
Contemplamos los juncos y cañaverales que se mecían lánguidamente junto a las tranquilas aguas del Tajo.
En la superficie espejada se dibujaban temblorosas las nubes que cubrían parcialmente el cielo y las copas de los árboles más cercanos, además de partes de la muralla medio derruida por la que los chiquillos saltaban al río en verano.
Era como contemplar un paisaje al revés.
—Seguro que ella ingenia una nueva forma para obligarte a acudir a su lecho.
No podía dejar de pensar en que tenía el campo libre y que tres meses para un hombre podían hacerse demasiado largos.
Rashid, con un mohín de disgusto, se detuvo y me tomó de las manos.
—Nada has de temer en lo que a mí se refiere. No podrá obligarme. Preferiría besar a un camello antes que tocarla a ella. Además, sabe que no la perdonaré por habernos separado; dudo incluso de que se atreva a dirigirme la palabra. Si es tan lista como ha demostrado, se mantendrá alejada de mí.
Miró a ambos lados para cerciorarse de que estábamos solos, aparte de Latifa, y con una sonrisa me susurró al oído:
—Solo tú enciendes mi pasión. Soñaré cada noche contigo, miraré la luna y te imaginaré tendida en mi lecho desnuda con el cabello alborotado cubriéndote parcialmente los senos y el rostro arrebolado por el deseo. Van a ser tres meses demasiado largos —suspiró.
Sentí su cálido aliento en el cuello y me ruboricé. Nuestros labios estaban demasiado cerca para resistirse. Nos besamos lentamente. Ahí estaba de nuevo ese deseo que nos consumía. Rashid se obligó a separarse, aunque a regañadientes. Se mordió el labio inferior y apartó los ojos de mí.
Lo miré divertida, me tomé de su brazo y aceleramos el paso. Nadie iba a separarnos, nuestro amor era demasiado fuerte. Ahora lo sabía. Más tranquila, vislumbré en el último recodo una de las entradas a la ciudad: faltaba poco para llegar a mi casa.
Mi madre había sido puesta al corriente de la situación y me esperaba. Deseaba tanto abrazarla.
Llegamos hasta la puerta. Sentí un nudo en la garganta. La expresión de Rashid me conmovió, no despegaba los ojos de los míos con tal intensidad que se me secó la boca. Quería plasmarme en su memoria como si aquellos meses pasaran a ser años.
Latifa llamó a la puerta, y Ahmed le abrió. Ella le murmuró algo en el oído, y el nubio cerró dejándonos en el zaguán para despedirnos con total intimidad.
Alcé una mano y acaricié su mejilla; la sombra de una barba incipiente cosquilleó suavemente mis dedos, sus labios plenos y suaves eran una tentación que no pude aguantar.
Nos besamos nuevamente, esta vez con dulzura. Él apresó mi cintura y me ciñó posesivo contra su pecho, sentí cada músculo de su cuerpo adherido al mío como si quisiera fundirme en su interior.
—No te atrevas a olvidarme, Shahlaa. —Él también manifestaba sus miedos.
—Antes, me olvidaría de respirar.
Sonrió satisfecho con mi respuesta. Me volví para entrar a la casa, pero él me detuvo.
—Recuerda: sea cual sea el resultado de la reunión, vendré a buscarte.
—Yo siempre te esperaré, amor mío.
—Te amaré hasta el fin de mis días.
Esa voz profunda, la mirada sincera y la expresión compungida subrayaron sus palabras.
Entré en la casa. Cuando cerré la puerta, me flaquearon las rodillas.
Apoyé la espalda en la gruesa madera de nogal y sentí que él estaba allí, del otro lado, inmóvil todavía.
Podía escuchar los latidos de mi corazón golpeándome contra el pecho.
Era suya en cuerpo y alma. Me juré que, una vez pagado el castigo, nadie me separaría de él.