Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Cansada de llorar, pensaba si enfrentarlo o escapar de aquella gran mentira.

No podía engañarme más: él no me amaba, al menos no tanto como decía; y yo me veía incapaz de convivir con esa víbora.

No deseaba estar allí, pero él no me dejaría escapar, de eso estaba segura.

Así, pues, solo quedaba una opción para irme de allí: lograr que me repudiara.

Se me ocurrieron varias ideas con motivo de la fiesta, así que me levanté y escogí el vestido más atrevido de todos.

Uno que solo usaba en mi intimidad con él.

Era de ricas sedas y brocados de un azul tan intenso como el mar.

El corpiño se ajustaba a mis formas y dejaba un escote generoso a la vista.

La falda liviana, aunque larga, solo estaba compuesta por gasas sujetas a un ancho fajín repleto de pedrería que dejaba entrever mis piernas.

Mi vientre estaba al descubierto y, para finalizar el conjunto, maquillé mis ojos con kohl para resaltar su color dorado.

Luego cepillé mi largo cabello negro que casi me llegaba a la cintura y lo dejé suelto; sobre él coloqué un velo azul que me cubría la espalda hasta casi los tobillos.

Por fin me miré al espejo. Parecía una concubina de la corte de Abderramán.

Con ese atuendo había bailado para Rashid en ese mismo cuarto; ¿por qué no hacerlo delante de todos?

No tendría más remedio que repudiarme por esa ofensa. Su familia lo obligaría.

Decidida, salí de la habitación. Con cada paso que daba, el dolor que me oprimía el pecho se acrecentaba. Lo que iba a hacer me separaría irremediablemente de él, y yo lo amaba. ¿Pero no era mejor una muerte rápida que una agonía lenta? De un modo u otro, el desenlace sería el mismo.

Aspiré profundamente y entré en el salón.

No esperaba encontrar tanta gente Miré en derredor y no encontré a mi tío; con él allí no me habría atrevido y, aun así, sentí el impulso de regresar a mi cuarto.

Pero, cuando localice a Rashid, un fuego súbito me recorrió las venas y apagó la última chispa de lucidez.

Amina estaba sentada junto a él, le susurraba algo en el oído y él reía por la ocurrencia.

Ella le había posado una de sus manos en un hombro y con la punta de los dedos le acariciaba la nuca.

Eras mío, Rashid, mío, pensé desolada, y dejaste que nos separaran. Reprimí el llanto y me volví, todavía nadie me había visto.

En ese momento, la banda de músicos recién llegados de Córdoba entonaron los instrumentos y comenzaron a tocar.

Las notas del laúd de cinco cuerdas, descubrimiento del gran Ziryab, inundaron la sala.

Conocía la melodía y, como llevada por la música, me expuse ante todos y comencé mi danza.

A excepción de los acordes musicales, un silencio sepulcral se extendió por toda la estancia.

Sentí fijos en mí todos los ojos. Mis caderas se contoneaban sensuales al ritmo impuesto, los brazos me ondeaban en gráciles movimientos y mis piernas giraban sin cesar.

No en vano había sido entrenada por una experta.

Arqueé la espalda lentamente hasta que el cabello me rozó el suelo, moví las caderas en cada compás con movimientos secos y repetitivos, y mis ojos, seductores, miraron con descaro a los hombres.

No me atreví a mirarlo a él. Pero, cuando acabó la danza y lo hice, sentí que el mundo se abría bajo mis pies. Su rostro, demudado, era un torbellino de emociones cambiantes. Incredulidad, confusión, desesperación, vergüenza, impotencia y, sobre todo, dolor.

Un rumor creció, y yo igual de altiva me senté en una esquina de la mesa. Entre almohadones me recosté aparentando normalidad.

Rashid parecía paralizado; congelado por mi extraño comportamiento, imaginé que se debatía entre sacarme a empellones o ignorarme. Por no causar aun mas revuelo, seguramente optó por la última opción.

Intenté comer algo, pero la garganta se me había cerrado. Sus ojos llenos de ira y dolor me miraban inquisitivos. Amina, en cambio, sonreía: todo salía tal y como lo había planeado, incluso mejor.

Me sentí como una tonta. Lo odiaba, todo había sido culpa suya.

Un hombre se sentó a mi lado. Era joven y parecía extranjero.

—Su belleza me ha deslumbrado, joven dama. Querría conocer el nombre de joya tan magnífica.

Deseé dejarlo con la palabra en la boca, pero, al ver la expresión celosa de Rashid, decidí asegurarme el futuro.

—Ahora creo que vuelvo a ser Leonora.

El caballero tomó mi mano y la besó. Sus ojos de un azul oscuro me hicieron promesas indecentes.

—Soy hombre viajado, bella Leonora, y créame si le digo que flor tan hermosa no se encuentra con facilidad. Cuando la contemplé mientras bailaba, me secó la garganta.

Pestañeé coqueta, y él complacido se acercó más a mí.

—Daría cuanto poseo por tenerla conmigo —me susurró en el oído al tiempo que me acariciaba la mejilla con la mano y la deslizaba por el cuello hasta posarla en mi clavícula. Allí retiró un mechón de pelo y, muy lentamente, acercó su boca a la mía.

Espantada, atiné a retirarme cuando, por el rabillo del ojo, vi a Rashid acercarse como un demonio.

Había estallado en cólera y se abalanzó sobre aquel hombre.

No tuvo tiempo de esquivarlo; recibió el impacto del puño de mi esposo en la mandíbula.

Pero no se conformó con eso y siguió golpeándolo hasta que lograron separarlo.

Horrorizada por las dimensiones de mi conducta, me levanté y retrocedí asustada.

—Es mía, ¿me oyes, maldito? —vociferó perdido ya todo el control—. Solo mía y, como oses volver a poner tus ojos sobre ella, juro por la palabra del profeta que te mataré. ¡Sal de mi casa y jamás pongas los pies en ella si en algo estimas tu vida!

Una voz se alzó entre las demás. Era el imán.

—No es el único que debe abandonar esta casa, hijo. La afrenta a la que te ha sometido tu esposa es tan grave que no hay compensación posible.

Rashid entonces se volvió hacia mí. La furia se le transformó en un dolor tan grande que me sentí morir.

—¿Por qué? —me gritó.

Bajé la mirada, los sollozos me sacudieron.

—¡Llévensela! —intervino el imán—. No es digna de estar entre nosotros.

Mi esposo me tomó del brazo toscamente y me entregó a Latifa.

—Enciérrala en su habitación —ordenó con brusquedad—. He de disculparme con los invitados. —No me miró; solo giró y desapareció entre la gente.

Lo había hecho. Ya no había vuelta atrás.

Fue la noche más larga de mi vida. Me arrepentí de todo, pero ya era tarde para lamentaciones.

Mi vida descansaba en ruinas a mis pies.

Amaba a un hombre que ahora me odiaba y, después del espectáculo, mi historia circularía por toda la ciudad como el fuego recorre una rama seca.

¿Qué sería de mí? Repudiada y sola. No pensé que la vergüenza también afectaría a mi familia. Sentía los ojos secos y el alma vacía.

* * *

A la mañana siguiente, Latifa entró en mis aposentos con el desayuno. Su mirada apesadumbrada me encogió el corazón.

—¿Dónde está Rashid?

—Está reunido con los suyos —contestó circunspecta. Su mirada acusatoria me paralizó—. Lo que ha hecho no tiene nombre.

—Todo tiene un porqué —fue cuanto pude decir.

Latifa me miró indignada.

—Yo solo veo a un hombre enamorado hasta la locura que en estos momentos pelea como un león por evitar tu expulsión.

Ya ha ingeniado varios argumentos para disculparte, ha suplicado y hasta ha llorado impotente a sabiendas de que los hombres mayores de su familia no aceptarán tu perdón ni nada que venga de ti.

Jamás he visto a nadie más hundido, más destrozado que tu esposo.

Lleva en pie toda la noche intentando llegar a un acuerdo para evitar el desastre, pero me temo que Alá no está de su parte.

—Dile que deje de pelear, si he hecho esto, es porque quiero irme de aquí. Le queda Amina, y seguro que no tardará en buscar otra esposa más; no entiendo por qué se aferra a mí.

Latifa se me acercó; su semblante se contrajo.

—¿No entiendes por qué? No imaginé que fueras tan necia.

En todos mis años nunca vi un amor tan fuerte como el que ese muchacho te profesa.

—Su voz se apagó. Me miró con tristeza—.

Yo lo he criado y sé que, si te vas, perderá la cordura.

¿Sabes que te observaba cuando eras una niña y jugabas en el río con esa amiga tuya hebrea?

¿Sabías que, cuando le toca estar con Amina, espera a que se duerma y sale del cuarto para pasar la noche a los pies de tu puerta?

¡Por Mahoma! ¿Acaso no ves en sus ojos todo el amor que te tiene?

Me sentí desfallecer. Rompí en llanto. Latifa me abrazó con fuerza y me acarició la espalda.

—¿Cómo has cometido tal desatino?

Le conté entre lágrimas mi conversación con Amina.

—¡Esa serpiente! —exclamó furiosa—. Nunca me gustó.

—Tampoco te gusté yo —le recordé.

—Tú sí me gustaste, por eso te puse a prueba.

Me sonrió al tiempo que me acarició el pelo.

—Amina es más lista de lo que parece. Te aguijoneó en el momento justo, y tú, estúpida, caíste en la trampa. ¿No pensaste que todo era mentira?

—Pero… —Me avergonzaba explicar mis intimidades, no obstante, tenía que desentrañar lo que estaba sucediendo—. Es que todo lo que me contó es lo que me hace a mí, y la única manera de saberlo con tanto detalle es haberlo probado.

Latifa suspiró.

—Si me lo hubieras contado antes, todo esto no habría ocurrido. Yo sé por qué sabe tantas cosas de tu intimidad.

Alcé el rostro, impávida.

—Te ha estado espiando.

La sola idea me paralizó. No podía creerlo.

—La descubrí un par de veces junto a tu puerta y, en una ocasión, encontré uno de sus aretes tras las cortinas justo en la esquina en la que está ese mueble alto. Es fácil deducir que, en alguna ocasión, incluso se agazapaba en el rincón y observaba.

Un escalofrío me recorrió: sentí asco y terror. Debía de estar desquiciada.

—Pero ¿por qué?