Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Durante la comida, mi esposo no apartó los ojos de mí. Amina habló de su familia, intentando en vano aliviar la tensión que flotaba entre los tres, aunque el desagrado por la excesiva atención que él me procuraba iba haciendo mella en su locuacidad.

Yo ignoraba a ambos, comía absorta en mis pensamientos, deseosa por escapar del allí.

Aproveché la aparición de Taliq para internarme en mi cuarto. Me estaba despojando del velo y de las horquillas en el momento en el que Rashid entró en la alcoba. Me miró con deseo y se me acercó.

—Durante el almuerzo, he estado a punto varias veces de arrastrarte hacia aquí.

No lo miré; continué cepillándome el cabello. Vi por el espejo su expresión. Tuve que controlarme para no echarme a sus brazos.

—¡Tu belleza me estremece, pero es tu ingenio el que me atrapa, tu sensualidad la que me desespera y tu mirada la que me condena al infierno de los impíos! Ni rezar puedo sin que me asalten pensamientos impuros.

Me tomó el cabello entre las manos y aspiró su perfume. Cayó de rodillas tras de mí y me abrazó.

—Ahora puedes compartir tu fogosidad con otra. Ve y déjame, quiero dormir un rato.

Me contempló como si fuera la mujer más cruel del mundo.

—No me hagas esto —suplicó—. Te necesito.

—¿De veras? ¿Acaso no gozaste anoche?

—No, no gocé. —Su mirada angustiada me sobrecogió—. ¡Que Alá ciegue mis ojos y cosa mi boca si miento! Anoche deseé no haberte conocido nunca.

Tragué saliva ante su vehemencia. Parecía sufrir.

—No podía tocarla, era incapaz de besarla y, sin embargo, debía hacerlo.

Me obligaba a cerrar los ojos e imaginar que eras tú, pero mis manos sabias no dejaron que las engañara.

Tuve que beber y beber para soportarlo. En contra de mi religión, dejé que el alcohol confundiera mis sentidos, borrara el dolor y tomé a una mujer que no deseaba, que no amaba.

Ella me vio sufrir, debatirme entre las ganas de marcharme y la obligación de cumplir con mi deber.

Y nada dijo, nada me recriminó. Consumamos, y me marché del cuarto.

—Hizo una pausa, sus ojos llorosos me miraron con rencor—.

Me encaminé hacia el tuyo; la luna seguía alta, y te imaginé durmiendo.

Me moría por estar a tu lado; recorrí el pasillo unas diez veces.

Finalmente, me decidí por el cuarto que hay en el tejadillo. Sabía que no me aceptarías en tu lecho.

Aunque el relato había ablandado mi corazón, aunque luchaba por que las lágrimas no arrasaran mis ojos, le espeté:

—¿Qué te hace pensar que te aceptaré hoy?

—Hoy no importa que no me aceptes. Hoy —repitió con furor— serás mía quieras o no.

Se levantó, me arrancó del taburete y me lanzó contra la cama. Pensé en rechazarlo, pero su determinación era tal, que sabía que de nada valdría. Yo también lo deseaba, tanto que me dolía.

Hicimos el amor como poseídos. Mezclados todos los sentimientos posibles. Amor, odio, rabia, rencor, desesperación, ansia y dulzura.

Él me devoraba con cada beso, con cada caricia, como si hubiera pasado años sin verme. Y yo le devolví su entrega con la misma intensidad. Cuando terminamos, lloramos abrazados.

—¡Dímelo!

Mi ojos se clavaron en los suyos para dejar que contemplara la magnitud de aquel sentimiento.

—Te amo —susurré—. El verdadero amor es como los espíritus, todos hablan de ellos, pero pocos los han visto. Yo los veo con tanta fuerza que me dan miedo.

Me estrechó entre sus brazos, lleno de dicha.

—Nuestro amor es tan fuerte que a mí también me asusta. De solo pensar que te puedes alejar de mí, me siento desfallecer. No me dejes nunca, amor mío.

—Nunca —prometí embriagada por ese sentimiento.

Pensé en cómo serían las cosas con una extraña entre nosotros, ¿resistiríamos ese envite? Recé para que así fuera.

* * *

Solo faltaba una cosa para que nuestra felicidad fuera completa.

Un vástago. Pero no llegaba. Mi madre decía que no debía preocuparme, que algunas mujeres tardaban incluso más de un año en quedar encintas.

Que, cuanto más nerviosa me hallara, menos posibilidad tendría de fecundar.

Me recordó que quizá y solo quizá el problema no radicara en mí.

Sin embargo, y aunque yo intentaba relajarme, temía que Amina me ganara en aquella carrera, aunque partía con desventaja, pues Rashid solo estaba con ella una noche a la semana.

Aquello trajo otra pelea entre nosotros. Él me había prometido no volver con ella tras su primera noche, pero la astuta mujer acudió al contrato matrimonial en el que constaba que, como mínimo, debía yacer con ella una vez a la semana.

Rashid me juró que no conocía esa cláusula, que, cuando firmó, no había reparado en ella. Así que tuvo que transigir. Y, aunque cumplía a rajatabla el contrato, me juraba que se limitaba a dormir arguyendo alguna excusa.

Yo prefería creerle, aunque todos los martes permanecía en vela presa de inquietudes y desasosiegos.

Aquella noche había una fiesta. Las mujeres disponían comida y preparaban el gran salón para la celebración.

Unos ricos mercaderes provenientes de Oriente venían a zanjar un jugoso negocio. Mi tío Rodrigo acudiría con ellos para cerrar el trato y ayudar a Rashid a incluirlos en su lista de clientes.

Decidí ayudar en la cocina. Latifa me miró ceñuda.

—Lo único que harás aquí es estorbar, ya somos demasiadas.

—Por favor —insistí—; seguro que hay algo que pueda hacer.

Latifa se quedó pensativa un instante.

—Bueno, puedes ir al jardín, cortar algunas rosas y buscar un jarrón bonito en el que ponerlas —rezongó.

Asentí y le dediqué una ancha sonrisa.

—Sí, mi ama.

Ella bufó y giró, pero supe que estaba sonriendo. Me había costado un poco, pero me la había ganado bromas y bravuconadas; le había arrancado más de una carcajada y, aunque nunca igualaría el cariño de mi buena Flora, yo también había aprendido a quererla.

Ya en el jardín, elegí las flores más hermosas.

Era primavera y los colores que adornaban el patio alegraban los sentidos.

El perfume del azahar y del jazmín inundaba toda la casa.

Había adquirido en el zoco unos cuantos recipientes con plantas aromáticas y los dispuse en cada esquina, además de unos farolillos que encendíamos las noches que disertábamos felices junto a la fuente.

A Rashid le encantaba tumbarse en mi regazo mientras yo le leía un libro de poemas al tiempo que enredaba mi mano en su cabello.

—¿Qué haces cortando flores?

Amina apareció junto a mí. Últimamente había intentado un acercamiento conmigo, pero yo siempre procuraba evitarla.

No era solo por ser mi rival; había algo en ella que no terminaba de gustarme.

Era aquella mirada suya siempre tan atenta, que observaba en silencio sin perder detalle.

Era la forma de controlar todas sus emociones, nunca demostraba nada, jamás estaba fuera de lugar, sus palabras siempre eran las correctas, como si lo tuviera todo estudiado de antemano.

Su frialdad me erizaba la piel, su cortesía me imprimía desconfianza.

Se asemejaba a un halcón quieto, expectante, esperando un paso en falso de la presa para abalanzarse sobre ella.

—Latifa me pidió que adornara el salón —contesté.

—Esas son funciones de las sirvientas, no deberías perder tu posición.

Tomó una de las rosas de mi cesto y se la acercó a la nariz.

—No creo que pierda mi posición por ayudar a los demás.

Clavó en mí sus ojos castaños.

—Se empieza adornando un salón y se acaba limpiando el suelo. Escucha mi consejo: solo te respetarán si te respetas.

Decidí no seguir la conversación y continué con mi tarea. Ella me sonrió y de pronto acarició mi cabello. Giré sorprendida.

—Tienes un pelo tan bonito —musitó—. Seguro que a Rashid también le gusta hundir su rostro en él. ¡Oh, tenemos tanta suerte de tenerlo!

Parpadeé asombrada, instintivamente retrocedí.

—Deberíamos ser como hermanas —continuó—, compartir todos nuestros pensamientos y experiencias.

Ambas podríamos ayudarnos. Para que veas que obro de buena fe, te diré que te envidio.

—Hizo una pausa para sonreírme—. Sé perfectamente cuánto te ama Rashid, te adora.

Yo solo puedo aspirar a tener un poquito de su cariño y con eso me conformo.

Recé para que se callara, pero mis oraciones no fueron escuchadas.

—Sí, me conformo, ¿qué otra cosa me queda?

Doy gracias a Alá por tenerlo, no hay en el mundo hombre más atento y cariñoso que él.

Me encantan sus besos cada mañana, sus dulces palabras y su fogosidad en el lecho.

—Soltó una risita avergonzada y añadió—: no sabía que se pudieran hacer tantas cosas, tantas…

posturas. ¿No es fantástico cuando te agarra el pelo, echa tu cabeza hacia atrás y te besa el cuello?

Es como si te devorara un perro salvaje.

Y, cuando se pone detrás de ti y agarra tus senos mientras te posee a la vez que te gira la cabeza para besarte, por Mahoma que…

—¡Basta! —le grité.

Me martilleaba la cabeza, sentí un aguijón en el pecho que me taladraba sin piedad. No podía creerlo. Me había mentido. A ella la trataba igual que a mí.

—¿Te ocurre algo? Se te ha demudado el semblante. ¿Quieres un vaso de agua?

La miré. Estaba disfrutando. El halcón por fin había atrapado al ratón. Lo había estado esperando y, sin embargo, nada pude hacer.

El dolor crecía, la traición me encontró desprevenida.

¿Cómo podía decir que me amaba por sobre todas las cosas y mostrarse igual de apasionado con otra mujer?

Solo imaginar que nuestros momentos más ardientes, momentos que creía que solo yo podía provocar, eran recreados con ella me asqueaba. ¡Qué estúpida había sido!

—Yo empiezo a estar algo cansada, así que posiblemente te lo regale toda la semana.

Tú ganas, pensé destrozada, todo para ti. Me volví justo a tiempo de evitar que aquella arpía viera mis lágrimas y corrí a mi cuarto.

* * *

La tarde pereció lánguida y las estrellas asomaron tímidas en un cielo todavía añil.