Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

La noche que, por fin aprendida la lección, bailé para él fue inolvidable para ambos. Hicimos el amor con tal pasión que pensamos que toda la casa nos había escuchado.

—Serías la favorita de cualquier emir del mundo.

—Solo quiero ser tuya, Rashid.

Bajó los ojos y me tomó la mano. Cuando alzó de nuevo la vista, brillaba en ella un dejo de tristeza.

—¿Cuándo lo dirás?

Supe instintivamente a lo que se refería.

—No lo sé. Eres maravilloso y cuando estoy a tu lado me siento feliz; quizá todavía sea pronto.

—Sí, tal vez.

Deseé poder decirle que lo amaba y no entendía por qué no sentía lo mismo que él. Estaba segura de tener el mejor esposo. Lo tenía todo y, sin embargo, mi corazón no vibraba de ningún modo especial.

Observé cómo se vestía; la preocupación enturbiaba su semblante.

Se volvió hacia la ventana y permaneció de espaldas aspirando el fragante aroma de las rosas del patio; una suave brisa se filtró por la celosía.

Movida por un impulso, me acerqué a él y me abracé a su espalda.

—No sabes cómo necesito que me ames, Shahlaa.

Su súplica me rompió el corazón. Y se volvió hacía mí. Su mirada húmeda me conmovió.

—Perdóname.

Alcé el rostro, lo besé con ternura y murmuré:

—La paciencia es un árbol de raíz muy amarga, pero de frutos muy dulces.

—Carezco de ella —adujo todavía sombrío—. Y ya que te gustan las citas árabes, te diré: “La verdad que daña es mejor que la mentira que alegra”, sin embargo, el daño no se borra con un beso.

—Tal vez con dos.

Volví a besarlo, esta vez, con más firmeza. Me ceñí a él para acariciarle el cabello, la nuca, los hombros, el pecho. Me aparté apenas para volver a mirarlo y nuevamente atrapé sus labios. Él respondió con ferocidad y me tomó en brazos.

—Sabes cómo enloquecer a un hombre. Temo haberte enseñado demasiado. Dominas mi voluntad a tu antojo.

Sonreí y lo miré insinuante.

—Solo quiero aliviar tu pena, ¿hay algo malo en eso?

—No, mi bella y ardiente esposa. Pero todos dicen que estoy más flaco. Acabarás consumiéndome.

—Tú me enseñaste estas mieles, carga ahora con la culpa.

Su mirada zaina me sobrecogió.

—El amor está oculto como el fuego en la piedra —musitó—. He de rascar en tu superficie para que salga. Eso pretendes, ¿no?

Solté una carcajada que él apagó con su boca.

La conversación cesó. Era el turno de los sentidos.

* * *

Pasaron los meses.

Mi madre me visitaba asiduamente y conversábamos durante horas; como me veía feliz, se marchaba orgullosa y complacida.

Apenas salía. Deambulaba por el patio interior del palacete entre naranjos e higueras.

Me sentaba en un banco de piedra frente a la fuente y disfrutaba de la lectura.

La frescura del lugar y el ronroneo del agua que discurría entre los pequeños canales que bifurcaban el suelo eran tan relajantes, que en más de una ocasión me habían descubierto dormida.

Sin embargo, la flemática placidez de mi existencia llegó a su fin el día que entró en mis dominios aquella mujer.

Fui llamada por Latifa, la sierva que se había encarado conmigo en mi primera noche, y ella me condujo al gran salón.

—Siéntate, Shahlaa.

Rashid, cómodamente acomodado junto a su padre y uno de sus muchos tíos, me indicó dónde hacerlo. Parecía algo nervioso y miraba inquieto a su alrededor.

—Bien, hijo, ya que has tomado la decisión, ahora debes informar a tu primera esposa.

¿Primera esposa? Mis ojos se clavaron en él. ¿Qué estaba pasando?

—Bueno, yo… —Se aclaró la garganta y continuó—: acabo de tomar una segunda esposa.

Fue como un puñetazo en la boca del estómago. No podía creerlo. Mi estupefacción fue tal que apenas pude articular palabra.

Rashid contemplaba atentamente mi reacción. Atónita, descubrí un amago de sonrisa complacida en su rostro.

—Creí que me amabas —logré articular.

—Y te amo —respondió.

Me ahogaba. ¿Compartirlo con otra mujer?

Sabía que era algo habitual entre los musulmanes ricos.

Pero ¿tan pronto? No, yo no sería capaz, no en el momento en el que empezaba a amarlo.

La sola idea me repugnaba. Me levanté algo mareada, clavé una mirada acusatoria en mi esposo y me volví. Negué con la cabeza.

—¡No es posible amar a dos mujeres a la vez! El amor es uno, ¿me oyes?

Las lágrimas se agolparon en mis ojos.

—A ella no la amo. Solo te amo a ti. Pero mi casa necesita un varón que, de momento, tú no me das. Ellos creen que tal vez tú…

Dejó la frase en el aire, aunque la entendí a la perfección.

—Si en este momento estuviera gestando, ¿te desharías de ella?

Fue su padre el que habló.

—El matrimonio ya es un hecho, muchacha.

Además es un muy buen acuerdo comercial el que hemos ganado.

Nuestra fortuna ha recibido un incremento importante del que tú también te beneficiarás; tendrás más joyas y oro de lo que habrías soñado nunca.

No lamentes tu suerte, Rashid podría repudiarte y no lo ha hecho.

No entiendo por qué desea a una mujer seca a su lado.

—¡No estoy seca!

Salí entre un mar de lágrimas y corrí hacia mi habitación. Necesitaba aire y me decidí por el patio.

La luna ya asomaba su silueta en el ocaso del atardecer frío.

Algunos hilos nubosos surcaban el firmamento sin decidir su rumbo.

Inhalé profundas bocanadas de aire e intenté serenarme.

Me senté en un banco y apoyé los codos sobre las rodillas; la cabeza, abotargada por la noticia, descansaba en mis manos.

No sé cuánto tiempo transcurrió. Solo sé que mi corazón sangraba y que no encontraba la forma de aliviarlo. Escuché pisadas sobre las losas del patio y levanté la mirada.

Rashid me sonreía abiertamente.

—¡Me amas! —exclamó.

Deseé lanzarle algo, pero nada a mi alrededor cumplía mis expectativas.

—Te amaba —rectifiqué.

—Me amas —repitió—. Mi tío tenía razón. No hay nada como un poco de celos para avivar un corazón en letargo.

Lo miré con fijeza.

—Por eso la has tomado, ¿no? Deseabas darme un pequeño empujón.

—Me obligaron —se disculpó—. Desean un varón, yo también, claro, pero quiero que seas tú quien me lo dé. Ella solo es riqueza y posición, nada más.

Me froté la frente. El maldito dolor seguía en mi pecho. Él parecía tan satisfecho que deseé que sintiera lo mismo que yo.

—Quiero que me repudies. —Me levanté y lo encaré.

Sus ojos se abrieron desmesurados. La sola idea lo desencajó.

—¡Jamás!

—No pienso competir con ella, no pienso compartirte. Tú no lo harías, ¿verdad?

—No —confirmó—, pero así es mi mundo.

Apreté los dientes, tenía ganas de gritar.

—Pues quédate en él. Yo me voy.

Me levanté dispuesta a marcharme, pero al pasar a su lado me detuvo.

—No irás a ningún lado. Eres mía.

Se aferró a mi cintura y me beso con pasión. Al principio me negué, intenté zafarme, pero fue inútil. No iba a ceder ni un ápice, así que volqué mi furia en el beso. Parecía una pelea, cada uno buscando la rendición del otro.

Al fin me soltó. Ambos respirábamos entrecortadamente.

—Tantos deseos de que te amara y ahora que lo hago me rompes el corazón.

Se me quebró la voz. Un llanto amargo brotó de nuevo.

Me abrazó para ofrecerme consuelo.

—Solo te amaré a ti. Ninguna mujer tendrá jamás poder sobre mí, ninguna. —Me alzó el rostro y me besó las lágrimas—. ¿Cómo puede una diosa compararse a una humana? ¿Acaso el sol pide permiso cuando sale? Tú, mi dulce Shahlaa, eres mi sol; no hay sombra que te oculte a mis ojos.

—Pero yacerás con ella.

—Es mi obligación, el compromiso debe sellarse. Pero, tras esa noche, no habrá otra, te lo juro por el profeta.

Me separé de él.

—Ella está aquí, ¿verdad?

Él asintió, su mirada profunda indagó en la mía buscando tal vez perdón o tal vez permiso. No pensaba dárselo.

—Un hombre no debe golpear a una mujer ni siquiera con una flor. Y tú lo has hecho clavándome las espinas. No me busques hasta que la herida sane.

Me alejé corriendo. Esta vez no me detuvo.

* * *

No sé cuánto tiempo estuve llorando ni cuándo me quedé dormida; solo sé que desperté con un nudo en la garganta y con ese ya familiar dolor que anidaba en mi interior.

Salí de la cama y me miré en el espejo. Ahí estaba, en lo más profundo de mis ojos, la tristeza, la desilusión, la amargura. ¿Cómo haría para borrar todo aquello?

Me cepillé el cabello y lo dispuse hacia atrás con varios giros y algunas horquillas. Me puse el vestido azafrán, el que más gustaba a Rashid, y salí del cuarto.

Una idea bullía en mi cabeza.

Escuché el trajín de cacerolas y platos. Preparaban el desayuno. Me dirigí al comedor y entré. Allí estaba ella.

Rashid me contempló admirado. Sabía que me encontraba hermosa y, al ver a su nueva esposa, me sentí más radiante.

Era alta, casi tanto como yo, algo más robusta; sin embargo, su rostro era vulgar, aunque habría llegado a ser bonita si sus pequeños ojos no hubieran estado tan juntos.

No era agraciada, pero poseía una inteligencia vivaz que brillaba en su mirada.

Sentí cómo mi presencia aguijoneaba a aquella mujer que me miraba absorta.

—Te estábamos esperando —comentó Rashid.

En su mirada percibí alivio por mi presencia. Pensó que no acudiría. Seguramente imaginaba que ya habría olvidado mi rabieta y que aceptaba la nueva situación. No podía estar más equivocado.

—Estoy muerta de hambre. —Miré a su otra esposa y añadí—: ¿n o vas a presentarnos?

Él se levantó y se plantó frente a nosotras.

—Shahlaa, ella es Amina. Espero que haya paz por el bien de todos.

Esa advertencia era para mí. Bien, pensé, quería paz, pues la tendría.

—Yo pondré de mi parte lo necesario para que así sea. Sé bienvenida y no dudes en acudir a mí para lo que quieras.

Rashid me estudió asombrado. Apenas podía creer mi cambio.

—¡Que Alá te bendiga por tus buenos deseos y que estos se vuelvan para ti también! —exclamó Amina.

No me equivocaba. Era astuta como un zorro hambriento. Tal vez yo había engañado a Rashid, pero no a ella. Debía andar con cuidado.