Capítulo 3
El dulce néctar de la pasión
La celebración estuvo plagada de danzas, buena comida, algarabía y risas.
Los miembros de la casa de mi esposo me miraban con recelo y más de una mujer con envidia.
A un gesto de Rashid, dos mujeres me levantaron de mi cómodo refugio entre almohadones y me llevaron por un largo y oscuro pasillo.
Traspasamos un doble arco de herradura. En uno de ellos habían cincelado las manos de Fátima para alejar la enfermedad y atraer la buena suerte y, en el otro, unos colibríes en alegre danza.
Abrieron las pesadas puertas dobles de la alcoba principal y me adentraron en un sueño de opulencia y color.
De las ventanas cubiertas por celosías pendía ondeante una tela vaporosa de color azafrán ribeteada en oro.
En cada rincón de la estancia se hallaban encendidos faroles de metal dorado con formas geométricas calados con estrellas y lunas que plagaban de esas formas paredes y techos.
En un robusto aparador ardían, dentro de un recipiente de barro, hojas y ramas secas que elevaban volutas de fragante humo. No supe reconocer el aroma, pero era subyugador.
El en suelo, y sobre una gran alfombra persa con motivos florales, se disponían multitud de cojines de colores brillantes en torno a una mesa baja redonda y ricamente tallada. Sobre ella, una jarra de cristal verde con adornos dorados y dos copas pequeñas.
Finalmente, y al fondo de la sala, se hallaba la cama.
Acotada por cuatro grandes postes sobre los que colgaba un gran velo azul, dominaba la estancia.
Jamás había visto algo así. No solo invitaba a entrar en ella, sino que, además, estaba segura de que no sería sencillo salir.
Alta y mullida, vestida de sedas y fino algodón turquesa con estampados en plata, bien parecía la entrada al paraíso.
Las mujeres me sentaron en una silla frente a una cómoda de madera oscura, sobre la que habían dispuesto toda clase de elementos para embellecer: afeites, jabones, cepillos, peines y complementos para recoger el cabello.
Me dejé hacer. Soltaron y cepillaron mi cabello, me desnudaron y me untaron el cuerpo con aceites perfumados de romero y tomillo.
Colorearon con henna mis pezones, las palmas y los dedos de mis manos y pies, y me frotaron los dientes con una mezcla de nácar y cáscara de huevo molida.
Finalmente, me cubrieron con una larga camisola de gasa blanca que translucía con cierta sutileza mi desnudez.
—Sin duda, es muy bella —comentó la mayor de las mujeres—. Parece una de las nuestras, nadie diría que es cristiana.
—Pues lo soy —repliqué airada. Odiaba que hablaran como si no estuviera presente. Ya había oído antes ese comentario y, por alguna razón, me desquiciaba.
—Tus rasgos son más árabes que otra cosa. Sin duda, algún antepasado tuyo tuvo algo más que palabras con los nuestros.
Ambas estallaron en carcajadas.
—No oses mancillar el nombre de mi familia. Ahora soy tu ama y me debes respeto.
La más joven, Nadwa se llamaba, cerró la boca y miró al suelo, pero la otra no se amilanó.
—El respeto se gana, señora. Y créame si le digo que le queda un largo camino por recorrer. La primera luna tras el matrimonio es de miel; las que le siguen, de amargura.
—Es mejor encender la luz que maldecir la oscuridad —contesté con otro proverbio.
No tuvo tiempo de responderme, pues en ese momento apareció Rashid y, cabizbajas, se apresuraron a salir.
Mi esposo me contempló con admiración, no pasó por alto la indignación de mi semblante y murmuró:
—Castiga a los que te envidian haciéndoles el bien.
Empezaba a estar harta de tanto proverbio.
Se acercó lentamente, como un gato. Su mirada de ébano me estremeció.
Nadie me había hablado de la intimidad entre un hombre y una mujer. Supuse que él estaría ducho en esa materia y mi única misión sería intentar serenarme y dejar que él hiciera cuanto quisiera. Pero ¿cómo tranquilizarme cuando sus ojos penetrantes como la noche me erizaban la piel?
—No imaginas las veces que he soñado con este momento, los desvelos al imaginarte desnuda y entre mis brazos. Pero ni en el mejor de mis sueños te vi así. Me cortas el aliento.
Su mano acarició mi mejilla y deslizó el dedo índice por mis labios con extrema suavidad.
—Nada has de temer —susurró—. Te enseñaré todo lo que necesitas saber para satisfacer a tu esposo, descubrirás el gozo del amor, pero tendrás que olvidar los estúpidos tabúes que tu religión con su necedad te ha inculcado. ¿Estas dispuesta a aprender?
Aquella voz melodiosa me envolvió con una calidez inquietante.
—Sí, lo estoy.
Su rostro se cernió sobre mí. Su boca atrapó la mía.
Un agradable cosquilleo me inundó cuando nuestras lenguas se enlazaron.
Sentí sus manos acariciándome la espalda, descendiendo hasta mis nalgas.
Un suspiro ahogado salió de mi garganta.
El beso se volvió más exigente, sus manos más inquietas.
Sentía cómo caía en un pozo oscuro, sin fondo; mi piel despertaba bajo sus caricias, que encendían una hoguera en mi interior.
No sabía si era decoroso que me mostrara tan receptiva en nuestro primer encuentro, solo sabía que estaba disfrutando de cada sensación. ¿Qué importaba todo lo demás?
De repente, él se apartó. Lo miré intrigada, jadeando y con los ojos nublados por la pasión.
—Desnúdate.
Deslicé la tenue camisola por los hombros y esperé.
Sus ojos ardían mientras se deleitaban con mi cuerpo. Se posaron en mis pechos, en mi vientre plano, en mis piernas largas y bien torneadas y en la pronunciada curva de mis caderas para acabar su mirada en mi pubis.
Por algún motivo, no sentí ningún pudor ante tal escrutinio.
—Hoy creo que no podré enseñarte mucho —musitó con voz ronca—. Apenas puedo contenerme.
En un instante, se liberó de sus vestiduras y me arrastró al lecho.
—Que Alá me ayude, ninguna mujer me había encendido tanto.
Volvió a besarme, esta vez, con frenesí.
Sus manos no dejaron un solo rincón sin conquistar.
Su boca tomó uno de mis pezones arrancando de mi garganta jadeos asombrados.
De pronto, sentí una humedad extraña en mi entrepierna, acompañada de un hormigueo.
Percibí la incursión en mi interior de uno de sus dedos y, como por reflejo, junté las rodillas.
—Ábrete al placer, mi amor, déjame llevarte al paraíso.
Nos miramos a los ojos. Acaricié su nuca y por impulso lo besé.
Fue mi total rendición.
Sus dedos acabaron con mi cordura. Fue como si todo mi cuerpo ardiera. Mis gemidos inundaron la estancia. Súbitamente, un estremecimiento arqueó mi cuerpo, algo vibró y estalló en un placer inmenso. Abrí los ojos sorprendida.
Su rostro, a escasos centímetros del mío, me observaba satisfecho. Sonrió y nuevamente me besó. Se colocó sobre mí y me penetró con toda la lentitud que pudo. Su expresión fue contenida, concentrada. Noté su dureza acompañada de un pinchazo agudo.
—Me duele —confesé algo asustada.
—Es solo al principio; cuando te acostumbres, volverás a gozar. —Su voz tirante y algo temblorosa confirmó el fuerte control que ejercía sobre sí mismo. La contención iba cediendo al ritmo de sus empellones.
Cerró los ojos y me besó.
Con cada sacudida, mi cuerpo despertaba de nuevo al placer. Mis manos se aferraron a su espalda, y mis caderas bailaron con las de él. Sus jadeos se mezclaron con los míos hasta que un grito ahogado escapó de su boca derramando en mi interior su semilla.
Se desplomó sobre mí.
Su respiración fuerte se fue calmando bajo mis caricias. Enredé mis manos en su cabello y sonreí feliz. ¿Cómo algo tan hermoso podía considerarse pecado?
Me miró asombrado y sonrió; solo entonces caí en la cuenta de que el pensamiento había salido de mi boca.
—Solo en tu religión, amor mío.
Lo miré. Era un hombre guapo: su piel canela, sus profundos ojos negros y su blanca sonrisa, imaginé, habrían derretido más de un corazón. Pero yo era la elegida. Me vanaglorié de ello.
—¿De veras me amas o es solo una expresión cariñosa?
Me observó largamente antes de contestar.
—Supe que serías mía nada más verte. Y sí, te amo; de otra forma, no estarías aquí.
—¿Cómo puedes amar a alguien que no conoces?
—Digamos que caí dentro de esos ojos tuyos.
Por eso elegí tu nombre. Son como dos astros de oro que hechizan a quien los mira demasiado tiempo.
Nunca en mi vida contemplé nada más hermoso.
Es como mirar un amanecer. Podría morir mirándote.
Tus labios, tu rostro, todo tu cuerpo me enloquece. Y sí, te conozco. Sé todo de ti.
Era mi físico el que lo había cautivado, yo querría algo más en el futuro.
—No sabes nada de mi alma, de mis pensamientos ni de mis defectos. No se puede amar sin conocer todo eso.
—Sí se puede. —Retiró un mechón de mi frente—. Cuando alguien te mira y sientes un cosquilleo en el estómago, cuando esa persona no está a tu lado y sientes una piedra en el pecho, cuando cierras los ojos y solo puedes ver su rostro y no se puede pensar en nada más, ¿qué crees que es?
—No lo sé, todavía no lo he sentido.
Temí que mi confesión le molestara, y así fue, como demostró su semblante. Sin embargo, me sonrió.
—Eres franca y directa, Shahlaa, eso me gusta de ti. Prometo hacerte sentir todas esas cosas. Solo necesito tiempo y eso creo que nos sobra.
En ese instante, sentí que ya lo quería un poquito. Delicado, tierno, comprensivo y honesto. Nadie habría deseado un esposo mejor.
* * *
Los días pasaban largos y tediosos y solo en las noches, cuando regresaba de sus constantes reuniones mercantiles, era cuando realmente vivíamos con dicha nuestra unión.
Me convertí en una alumna aventajada en las artes amatorias. Disfrutábamos de la pasión hasta caer desfallecidos. Yo siempre quería saber más, y él, atento, accedía de buena gana.
Mi amante gozaba con mi iniciativa y predisposición a toda clase de posturas y juegos sensuales. Incluso ordenó a una bailarina de su casa que me instruyera en la danza oriental de Bagdad.