Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

Mi tío, Rodrigo, nos acogió bajo su protección y nos cobijó en su hogar toledano con la seguridad de que los cortesanos de Asturias no osarían entrar en los dominios del emir.

Mi madre apenas hablaba de él, y yo, por no disgustarla, tampoco lo mencionaba.

Solo una frase acudía ahora a mi mente: “Perdón, padre”.

* * *

Caía la noche, el manto azulado se tendía perezoso y hacía retroceder el dorado atardecer que apenas rozaba las colinas de la sierra toledana.

El día había sido caluroso y seco. Por fortuna, a través de la celosía de las ventanas superiores, se filtraba una brisa agradable que ondeaba mi velo y me acariciaba las mejillas. Cerré los ojos.

La paz duró poco. Unos golpes secos en el aldabón envararon mi espalda. Bajé como un rayo, entré en el pequeño salón y me senté junto a mi madre.

Flora los guió hasta la puerta y se retiró.

Rashid iba acompañado por su padre. Cuando nuestros ojos se encontraron, sentí que se me secaba la garganta.

Su mirada gatuna y negra como una noche sin luna me recorrió con lentitud para absorber cada detalle de mi cuerpo.

Su insolencia me encontró desprevenida: sentí un creciente desagrado y bajé la mirada.

— Nsala malekun —saludó el imán.

— Malekun nsala —nos apresuramos a responder.

Mi madre sirvió el té de menta y acercó una bandeja con dulces que Flora tan prestamente había preparado.

Había al-Falüday hechos con miel y almidón, al-Jabis a los que además se les añadía manteca y al-Gabit , que era una especie de pan relleno de azúcar, almendras y pistachos. En otra bandeja se alineaban dátiles e higos.

—Espero sepan disculpar lo precario del banquete, pero con tan poco tiempo… —se excusó mi madre.

—No hemos venido a comer, doña Elvira —rezongó ceñudo el imán.

Era un hombre alto y algo encorvado, más por las preocupaciones que por la edad. Su ojillos inquietos parecían malhumorados. Incómodo se rascó la hirsuta barba cana y sus labios se fruncieron cuando miró a su hijo.

—Estamos aquí porque la impaciencia de Rashid estaba sacándome de las casillas.

Miré sorprendida a mi prometido. Estaba más que apuesto.

Iba ataviado con zaragüelles de seda abombados hasta los tobillos en color vino, babuchas de suave piel marrón, túnica corta de seda negra con damascos en oro, turbante de lino negro y un fajín dorado que le ceñía la cintura y del que sobresalía una daga curva.

La sonrisa que brilló en su semblante me desarmó y me arrancó otra casi sin darme cuenta.

—Desde que vi a su hija, sus ojos me han perseguido hasta la locura. Su belleza me perturba y no pienso en otra cosa más que en hacerla mi esposa.

Su voz grave pero suave fue casi un murmullo.

Mi madre reprimió un mohín de disgusto y se obligó a sonreír.

—Las prisas, señores, no solo son malas consejeras, sino que, a menudo, son causantes de infortunios. Como ya sabrán, mi hermano no ha llegado todavía de su largo viaje a Norteumbría. Así que este evento no puede hacerse oficial —adujo mirando significativamente a Rashid.

—Se equivoca, señora —replicó el interesado—. Acabo de recibir la autorización por escrito junto con el contrato matrimonial que le envié. Puede leerlo con tranquilidad y comprobar las inmejorables condiciones que le otorgo a su hija y…

—Perdón, mi señor, ¿dice que Rodrigo le ha escrito?

Él de nuevo sonrió triunfal y del fajín sacó un manuscrito pulcramente doblado. Lo entregó a mi madre, que lo leyó circunspecta.

La tenacidad, ese era el secreto de su éxito en los negocios. Y eso era yo en esos momentos. Lo miré intrigada. Me encontré de nuevo con esos ojos que ahora, ya tan cerca de su objetivo, se mostraron ávidos.

Tragué saliva.

—Como ve, doña Elvira, mi hijo ha estipulado la entrega de la décima parte de todas sus posesiones y de las que se creen durante el matrimonio.

Además —se aclaró la garganta bastante molesto—, como dote le regala su al-munya de al-subd en las afueras de la ciudad con toda la dotación de sirvientes, así como joyas de gran valor.

Mi madre lo miró pensativa nada impresionada con la exposición.

—Mi señor, gran imán Taliq ibn Zaquid: lo que yo le entrego a su hijo no es comparable con ningún bien terrenal ni joya mundana.

—Me miró con ternura y añadió—: yo entrego una gran parte de mí y he de confesar que es la parte más pura, la que no ha tocado la maldad ni el dolor, la que no sabe de penurias ni de tretas.

Una parte de mi corazón y mi alma. Un ser noble, lleno de luz, que dejará mi vida a oscuras para iluminar la de su hijo.

¿Tiene eso comparación? Aunque, sin duda, lo que verá más provechoso es el contrato de mercadeo que ha adquirido con mi hermano Rodrigo.

Permítame decirle que, sin duda, son ustedes los más beneficiados con este acuerdo.

Sonreí al tiempo que contuve las lágrimas. Nada ni nadie sometería a mi madre. El orgullo herido de los invitados, sobre todo el del imán, prolongó un silencio incómodo que aproveché para deleitarme con mi té.

—Créame, señora, que, si conformo con este compromiso, es por no desairar a mi único hijo. Habría preferido una candidata de nuestro mismo linaje y religión. Pero el ímpetu juvenil… ya sabe: es difícilmente controlable.

De repente, Rashid se levantó, se puso frente a mí y me tomó de la mano.

—Hablando del ímpetu —intervino con su sempiterna sonrisa—. Doña Leonora de Antúnez y Casto —su voz se hizo profunda y con tono formal añadió—: si está de acuerdo con lo estipulado y lo conferenciado en esta sala, celebraremos nuestras nupcias en siete días.

Necesitaba ver la expresión de mi madre, pero él, astuto hasta lo impensable, se interpuso entre nosotras y me obligó a sostener su mirada inquisidora.

Asentí levemente, y llevándose mi mano a los labios, la detuvo allí al tiempo que sus ojos me devoraron.

Percibí su cálido aliento y la suavidad de su boca generosa me erizó la piel. Me sentía como un cordero ante un lobo hambriento. Solo quedaba esperar el sacrificio.

* * *

La tarde anterior a la boda se había esparcido sal por toda la casa para bendecirme. Para mí era lo mismo que haberla echado sobre una herida abierta. Apenas podía pensar en ello. No había dormido en toda la noche y, sin embargo, estaba alerta, expectante y muerta de miedo.

Ya estaba vestida y envuelta en sedas y brocados de color carmesí con dibujos geométricos. Cubierta con collares, colgantes, aretes y pulseras aguardé el comienzo de mi nueva vida.

Una mano pequeña y suave se enlazó con la mía. Me así a ella como un náufrago al único tablón en el océano.

—Iré a visitarte tan a menudo como lo permitan —susurró mi madre—. Y ¡qué diantres!, aunque no lo permitan también. No les va a ser tan fácil separarme de mi pequeña.

Solté una carcajada, ¿por qué me preocupaba? Conociéndola, sabía que siempre estaría a mi lado.

* * *

Me convertí al islamismo, y el nombre elegido para mí fue Shahlaa, ojos maravillosos.

En mi fuero interno sabía que ni mi nombre, ni mi credo serían arrancados de mi alma por mucha ceremonia que me impusieran.

El rito fue breve, conciso y concluyó con un velo rojo y blanco sobre la cabeza de ambos contrayentes. Finalmente, firmamos el contrato redactado en árabe junto a dos testigos y salimos de la mezquita rumbo a mi nuevo hogar.

Caminé junto a mi esposo que, henchido de orgullo, sonreía a su alrededor mostrando su reciente adquisición.

Los adoquines resonaban bajo nuestros pies, polvorientos y envejecidos mudos testigos de la historia de una ciudad rebelde.

Las estrechas callejuelas se entrecruzaban entre ascensos y descensos como un laberinto enloquecido.

Traspasamos la puerta de Mohaguía y, junto al río Tajo, encontré una figura amiga que esperaba sonriente la comitiva nupcial.

—¡Ruth! —exclamé sorprendida. Me detuve y nos abrazamos.

Los ojillos aviesos de mi amiga me contemplaron.

—No pareces tú —espetó.

—Pero siempre seré yo.

Sonrió. Había captado el mensaje. Nada había cambiado; nuestra amistad seguiría en mi corazón y como para firmar ese pacto levanté el meñique. Inmediatamente ella enlazó el suyo al mío como tantas otras veces en las que los juramentos infantiles necesitaron un sello especial.

—Pediré a Yahvé por tu felicidad.

Rashid se acercó para tomarme la mano de nuevo y conducirme por la ribera del río.

Giré la cabeza y me despedí de la dulce Ruth.

Su melena negra y ensortijada fue sacudida por la brisa, y en su semblante algo pálido se dibujó una expresión de tristeza. En sus pequeños ojos pardos, siempre alegres y vivarachos, brilló un atisbo de preocupación.

De repente recordé una conversación en su casa mientras cenábamos una de nuestras tantas noches estivales. Su padre, orfebre de profesión y vocación, Isaac ibn Ibrahim, se jactaba de tener una hija con un talento especial.

—Es capaz de predecir con bastante acierto el porvenir.

Es, más bien, como si percibiera el aura de la gente y supiera si tal o cual persona traerá desgracias o, por el contrario, bondades.

Cuando algo me da mala espina, recurro a ella.

Y, debo decirte, Leonora, que me ha librado de algún que otro litigio con los clientes.

No dudes en recurrir a ella; sin duda, ha sido bendecida con ese don.

Por el desasosiego de su mirada, fue fácil para mí adivinar que eran sinsabores lo que me esperaba.