Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

También habían traído la cultura del agua; no solo habían conseguido fertilizar terrenos yermos con ingeniosas norias y batanes, sino que habían canalizado ciudades y construido baños, incluso tenían una normativa en cuanto a la seguridad e higiene, el hisba .

Todos esos cambios habían pulido a la sociedad hispana y habían mejorado ostensiblemente la calidad de vida.

Y nosotros no hacíamos más que quejarnos y rebelarnos contra un régimen que nos beneficiaba en todo y que además permitía a judíos y cristianos conservar sus leyes y su religión por tan solo unos impuestos.

Eso nos inculcaba Rodrigo, y yo me embebía de su sabiduría y rezaba para que se aplacaran los continuos brotes de rebeldía, porque temía que el emir endureciera las leyes y convirtiera nuestra comunidad en un infierno.

Y, aunque yo iba a formar parte de una familia islámica, mi corazón siempre sería cristiano y mi gente seguiría siendo la misma.

Aquellos pensamientos fruncieron mi ceño y plantaron en mi alma una inquietud.

Y, de pronto, no me sentí tan afortunada, pues, sabiendo la fecha de mi partida, no quería que llegara el momento de dejar esa casa en los arrabales ni quería dejar de sonreír a mi madre cuando me revolvía el cabello al despertarme.

No quería dejar de asistir a misa junto a los vecinos, no quería perderme los fabulosos relatos de mi tío acerca de sus viajes a tierras lejanas, ni dejar la vida que llevaba, rodeada de amor y respeto, de amistad y calor.

No, no quería. Pero lo haría, aunque esa inquietud se convirtiera en auténtico terror.

* * *

Entreabrí los ojos y esperé ver la suave luz del alba entrando por las rendijas de las contraventanas, sin embargo, tan solo noté un leve resplandor.

Extrañada, me incorporé.

Apenas comenzaba a amanecer, sin embargo, la casa bullía de actividad. Me había despertado el tintineo de ollas, el canturreo de Flora mientras preparaba sus deliciosas viandas y las explicaciones pausadas e insistentes que mi madre derramaba sobre Ahmed para que ejecutara las labores con eficacia.

Llegó a mi olfato el embriagador perfume del pan de cereales y pasas que solo se preparaba en ocasiones especiales, el inconfundible aroma de ricas especias con las que bañaban carnes y verduras, y mi estómago se agitó.

¿Por qué tanto alboroto a horas tan tempranas?

Intenté recordar alguna fecha importante.

Pero no, tendría que ser otra cosa. Eran los primeros días de agosto, un mes caluroso, seco y tedioso.

Cuando era niña, adoraba el verano, pues se me permitía chapotear en las orillas del Tajo junto a otros niños.

Pero ahora, como ya era una mujer, esas cosas me estaban vedadas.

Y lo curioso era que yo todavía sentía en mí la espontaneidad, la inocencia, la curiosidad y la sonrisa infantil, con la diferencia de saberlas prohibidas y de aprender a reprimirlas.

Agosto se había convertido entonces en un mes de encierro, en el que la agradable frescura de los patios interiores alejaba el bochorno de las callejuelas y de las polvorientas y calurosas plazas.

Tan solo salíamos lo imprescindible: a misa y a las reuniones semanales de la congregación cristiana en las que la vecindad intercambiaba con avidez noticias de la Hispania cristiana con sede en Burgos, de las confrontaciones del conde de Barcelona con el emir y de los planes del rey para reconquistar paso a paso la península ibérica.

En esas ocasiones se exponían sutilmente quejas de los conciudadanos musulmanes.

Problemas de convivencia en los que, a pesar de estar envueltos en un clima de normalidad y tolerancia, siempre emergía, aunque con cierto recelo, la figura de conquistador y el conquistado.

Eran pequeñas vetas de rebeldía, de inconformismo, de deseo incontrolable de recuperar la tierra de los antepasados para los descendientes.

Nosotros teníamos nuestras costumbres, acertadas o no, pero nuestras, y nuestras convicciones religiosas, por lo que no tomábamos de buen grado tener que pagar al emir para disfrutar de una limitada y engañosa libertad.

Y, si bien yo sentía lo mismo que mi comunidad, estaba entre dos mundos y a un paso de cruzar definitivamente la frontera de uno de ellos, el que no me pertenecía.

Mi familia no deseaba que yo asistiera a aquellas reuniones, pero temían que nuestra congregación nos mirara todavía con mayor recelo del que ya lo hacían y mucho temía que evitaran extender su disgusto ante nosotros por miedo a ser delatados.

Éramos considerados demasiado cercanos al opresor infiel y aguardaban nuestra despedida para dar rienda suelta a sentimientos hostiles.

Mi tío al llegar a casa sacudía la cabeza y rezaba para que el sentido común les evitara un mal mayor.

Aquellos pensamientos me apesadumbraron y nuevamente me hundí en el jergón, sin embargo, el incitante aroma de las especias avivó mi curiosidad.

Me levanté y fui hasta la puerta.

En el patio, Ahmed, sacudía con vigor los tapices, y mi madre deambulaba pensativa de un lado a otro, visiblemente nerviosa, hablando para sus adentros.

Me vestí con rapidez y bajé la escalera.

—¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanto ajetreo?

Los claros ojos de mi madre, de un azul cerúleo, me miraron inquietos. Al instante, su sonrisa me reconfortó, aunque no logró borrar esa chispa un tanto preocupada que asomaba.

—Vienen a confirmar el contrato prenupcial.

Tragué saliva, no era normal que se presentaran sin avisar.

Por lo general, la cita se concertaba con antelación: en la ceremonia se legalizaba el acuerdo, se entregaba la carta de arras y se culminaba con un ágape. Caí en la cuenta de que mi tío, único miembro varón de mi familia, estaba ausente; en tanto hombre solo él podía entregarme.

—Algo anda mal —susurré meditabunda.

—No, querida, la criada que trajo el recado lo dejó muy claro: dijo que venían a ratificar los esponsales. Tampoco yo comprendo el motivo de tanta premura. Además es una falta de educación, pero qué se puede esperar de esos…

Debía de estar más nerviosa de lo que imaginaba, ella casi nunca perdía el control.

Eran contadas las ocasiones en las que mostraba algún tipo de rencor contra los musulmanes.

Ya había presenciado algunos arrebatos, sin embargo, y, aunque yo sabía que no eran de su agrado, jamás me había inculcado ningún tipo de animadversión hacia ellos.

Tal vez, algo habría sucedido en el pasado que le habría implantado desconfianza en el corazón.

—Vamos, cielo, tenemos el tiempo justo para arreglarte —agregó molesta—. Su padre es el imán y no dejará escapar la oportunidad de criticar cada uno de nuestros desatinos.

Me arrastró a la habitación y me sentó en un pequeño taburete. Se agachó sobre el baúl que tenía a los pies del jergón y lo abrió. Con delicadeza sacó varias prendas.

—Tu tío lo trajo de Bizancio —explicó—. Creo que es la última moda allí.

Desplegó la larga camisola blanca de seda con largas y voluminosas mangas y una túnica de un azul intenso con escote cuadrado bordeado de gemas doradas.

Las mangas, cortas y ahuecadas, terminaban en ricos bordados con hilo de oro y plata, al igual que los bajos de la túnica.

Se ceñía al cuerpo con cordones cruzados en la espalda.

Cuando estuve lista, mi madre me miró orgullosa. Había trenzado mi largo cabello oscuro y sobre el velo de seda que cubría mi cabeza colocó un hermoso y resplandeciente tocado con zafiros.

Sentí el peso de aquella joya como sentía el peso de aquel compromiso, conocedora de su valor y, sin embargo, con temor de perderlo o dañarlo.

—¡Oh, mi pequeña Leonora! Estás tan hermosa… —Su voz pareció quebrarse y casi al instante se volvió para que no pudiera verle el rostro—. Voy a echarte tanto de menos. Pensarás que soy una egoísta, pero tengo miedo de estar sola.

Me acerqué a ella y la abracé.

Doña Elvira de Casto y Villarejo, hija de Leocadia y Álvaro Casto, era más menuda que yo, pero a pesar de su constitución delicada siempre había demostrado un valor y una entereza dignas de un gigante.

No nos parecíamos en casi nada, solo en el carácter, en la forma tan peculiar que teníamos de arrugar la nariz cuando algo no nos gustaba y en el hoyuelo que se nos formaba en las mejillas al sonreír. Ahí acababa todo parecido.

Su cabello dorado como la luz del sol le caía lacio sobre los hombros.

El rostro delgado y elegante de pómulos altos era adornado por unos grandes ojos claros que cautivaban todavía las miradas masculinas.

Poseía una belleza sobria, clásica, poco común, más celta que visigoda.

Yo, en cambio, era más alta y voluptuosa, de cabello oscuro ondulado y abundante, de tez olivácea y ojos grandes, almendrados y de color ámbar.

Prácticamente, era la antítesis de mi progenitora.

Me habría gustado haberme parecido más a ella.

Suspiré y pensé en mi padre; no lo conocí.

Don Diego de Antúnez, fiel caballero del rey Alfonso II de Asturias, era natural del condado de Oviedo y había sido enemigo acérrimo de los musulmanes.

Junto a su rey, había saqueado Lisboa y había cargado contra los infieles en Narón y en Anceo.

Hacía ya dieciocho años de su hazaña y aún se recordaba.

¿Qué pensaría de su hija rindiéndose ante sus enemigos?

Pero él ya no estaba para ver su vergüenza.

Había caído en una refriega en la frontera de Navarra.

Apenas contaba yo con tres meses de edad, y mi madre sola y desolada huyó de Oviedo.

Los enemigos, todos nobles de la corte que habían sido descubiertos por mi padre en sus sucios tratos a espaldas del rey, tomaron venganza. La emboscada salió a la perfección. Y, libres del asedio de tan fiero guardián, continuaron sus intrigas sin que ningún paladín entrometido estorbara.