Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El viaje a mi interior

Un haz de luz dorada atravesó el estor de la ventana y se derramó sobre el diván y le confirió un aspecto mágico, como si en verdad fuera la puerta hacia otro mundo.

—Recuéstate, querida, intenta relajarte.

Miré al doctor y asentí.

Alex todavía me sujetaba la mano y noté su reticencia a soltarla. Pensé que sería él quien intentaría tranquilizarme, sin embargo, fui yo quien le sonrió en un vano intento por apagar el temor de su mirada.

Acomodada en el suave diván, cerré los ojos y sentí la agradable tibieza de aquel tenue rayo que acariciaba mi rostro. Por un momento, no escuché nada y me pregunté si habría empezado ya mi viaje al pasado. Sin embargo, escuché la cálida voz del doctor que pronunciaba la fecha y mi nombre.

—Bien, querida, empezaré indagando unos cuantos años atrás e iré retrocediendo gradualmente.

Puede que lleve un tiempo, pero es necesaria la minuciosidad si queremos encontrar la raíz del problema.

Ahora, cierra los ojos e intenta no pensar en nada, solo presta atención a mi voz; ella te guiará; solo obedecerás a mi voz, ella te arrastrará, te acompañará a donde tú quieras llevarla.

Estás cansada, muy cansada, el sol baña tu cuerpo y la brisa mece tus cabellos; te sientes flotar, puedes oler la dulce fragancia de las flores que danzan a tu alrededor.

Estás en un paraje único, de una belleza sobrecogedora; la naturaleza te rodea, puedes escuchar el refrescante murmullo de un arroyo, el canto celestial de un pajarillo que revolotea a tu alrededor, puedes ver la magnificencia de un cielo brillante, despejado y sentir que la vida brota a tu alrededor.

Déjate llevar por el viento, eleva tu espíritu y flota, deja que tu alma vuele, abandona el cuerpo y sube, sube y siente el viento elevándote, meciéndote, acariciándote.

Retrocede con el viento, él te arrastra, te lleva hacia atrás, cada vez más lejos, más y más lejos…

Toledo, año 843 d. C. (228 de la Hégira)

Se sentía el frío. El viento hacía bailar los coloridos toldos del mercado y silbaba misterioso entre la muchedumbre que se cobijaba en sus raídas capas mientras ojeaban interesados la variopinta mezcolanza de productos que los mercachifles alababan vociferantes.

Mi madre se detuvo en un puesto de telas y preguntó a la vendedora por un rollo de seda color marfil; al tiempo, lo acariciaba pensativa y fruncía el entrecejo ante el precio que le exigía.

—Demasiados dinares, no es de tan buena calidad —rezongó ceñuda.

Mientras regateaba, observé con curiosidad a mi alrededor.

No solía salir demasiado y me maravillaba el bullicio que me rodeaba.

Todo me sorprendía, el intenso aroma de las especias, el colorido de las túnicas de los musulmanes que se destacaban por sobre la sobriedad de los ropajes cristianos de colores oscuros y tacto rudo, el correr de los chiquillos inmersos en juegos y las conversaciones que flotaban, unas en castellano y otras en árabe.

Yo entendía ambas lenguas, pues gozábamos de amistades de infieles, como las llamaba mi madre, la mayoría mercaderes ricos que mi tío Rodrigo presentaba como amigos leales y que mi madre miraba con desconfianza.

Yo también gozaba de la amistad de una infiel, mi mejor y más querida amiga: Ruth.

Ruth era judía y, aunque nuestras religiones fueran totalmente distintas, aquello nunca había sido motivo de discusión; ambas respetábamos las creencias de la otra sin imponer ni cuestionar nada.

¿Acaso era importante que ella celebrara el sabbat en honor a Yahvé o que yo el domingo asistiera a la iglesia para escuchar la palabra de Dios?

No, para nosotras lo único importante era estar juntas disfrutando de nuestra compañía, reírnos con juegos de palabras e imaginarnos nuestro futuro con el perfecto esposo apuesto y comprensivo.

Aunque yo poco podía imaginar, pues conocía a la perfección a mi futuro marido.

Su nombre era Rashid ibn Taliq y era musulmán.

Su familia era de Damasco, pero él había nacido en Toledo y poseía propiedades y tierras, que administraba desde que había cumplido los doce años.

Tenía una mente privilegiada para los asuntos comerciales y, según decían, iba camino a convertirse en uno de los terratenientes más respetados de la región.

Poseía un pequeño palacete frente a la plaza del zoco en plena Medina, que compartiría conmigo en cuanto estuvieran listos los esponsales, pues yo estaba a punto de cumplir los dieciséis años.

Él ya tenía veinte y gozaba del favor de las féminas por su apostura.

Aquello me halagaba, y más cuando mi ama de cría, doña Flora, me reveló que había sido él, en persona, quien había insistido a su padre para formalizar el contrato en cuanto me vio, a pesar de que mi dote era superada con creces por otras candidatas.

—Eres afortunada, muchacha, no habrías podido desear un matrimonio mejor.

Y así me sentía yo: feliz con mi destino.

Volvimos a casa cuando comenzó a llover. Mi madre me agarró del brazo y corrió protegiendo con su capa el paquete de seda que finalmente había comprado.

El mercado comenzaba a embarrarse en las afueras, y los vendedores se afanaban por proteger sus mercancías mientras apuraban las últimas ventas. Otros miraban al cielo maldiciendo su suerte. La gente empezaba a dispersarse, unos buscando cobijo, otros regresando a sus hogares.

Nosotras subíamos con rapidez las empedradas callejuelas hasta que nos detuvimos en un soportal.

Mi madre sacudió su capa y me sonrió.

—Finalmente conseguí un buen precio por la tela. Estarás preciosa con ella puesta.

—¿Hemos sido invitadas a alguna celebración?

—Sí, Leonora, a la más importante de tu vida. Esta tela se convertirá en tu traje de novia.

La miré perpleja. Sabía que era algo inminente y que mi prometido era el adecuado, sin embargo, aquello no impidió que se me secara la garganta y que el corazón me golpeara con violencia el pecho.

—¿Cu… cuándo será?

—Este año, al finalizar el Rabadán; así lo ha dispuesto tu prometido.

Solo faltaban dos meses. Tragué saliva y me froté las manos.

—Sé perfectamente lo que estás sintiendo, no solo porque lo veo en tus mirada, sino porque yo sentí lo mismo.

—Sus tiernos ojos mostraban comprensión, y su sonrisa intentó tranquilizarme, pero yo aún temblaba—.

Cielo, a todas nos entra el pánico ante la responsabilidad de gobernar una casa, de responder acertadamente a las exigencias del esposo, de traer al mundo hijos sanos y fuertes, pero el secreto es muy sencillo, solo tienes que mostrar respeto y obediencia y solventar los problemas con tranquilidad conforme vayan llegando.

Sabrás qué hacer en cada momento, la vida te moldeará para ello.

Además, sé que serás una buena esposa, se te ha educado para ello.

No te preocupes y da gracias a Dios por el elegido, serás la dueña de una casa de bien, acomodada y respetada en la comunidad.

Asentí e intenté sonreír. El gesto desdibujó mis labios convirtiendo mi rostro en una mueca estúpida.

—Espero honrar el buen nombre de mi familia y ser la esposa que se espera de mí.

Cuando llegamos a la puerta de casa, la lluvia arreció con fuerza, amenazando tormenta. El cielo se oscureció de repente y las nubes, hasta ese momento blancas y esponjosas, se tornaron de un gris metálico.

Penetramos en el zaguán de entrada acompañadas de una furiosa ráfaga de viento.

Ahmed, nuestro sirviente nubio, recogió las capas que llevábamos encima y las sacudió con vehemencia.

El muchacho llevaba con nosotras apenas tres años y, como guardián, no tenía precio: su enorme cuerpo de ébano amedrentaba a los visitantes.

De pequeño había sido capturado y torturado en Bizancio, le habían arrancado la lengua para convertirlo en un dócil esclavo hasta que lo pusieron a la venta en el gran zoco de Constantinopla.

Mi tío Rodrigo pagó una suma ridícula por él y lo convirtió en su más fiel protector.

Tener las espaldas cubiertas era una prioridad vital y más él, que negociaba con todo tipo de gente, tanto maleantes como nobles señores.

Comerciaba con especias, sedas, vino y todo tipo de artículos que se demandaban en al-Andalus.

Se preciaba de abastecer al mismísimo emir Abderramán II, quien lo requería en su corte con frecuencia y lo agasajaba con todo tipo de obsequios.

Aquel vínculo, aunque comercial, no era bien visto por la comunidad cristiana, que desconfiaba del influjo musulmán a pesar de estar rodeada de él.

Toledo era considerada el punto neurálgico de la confrontación entre el dominio moro y la resistencia de la raza visigoda.

Era una Toledo rebelde e inconformista que no se contentaba con pagar la chyza , sino que aprovechaba cualquier situación inestable del gobierno infiel para amotinarse y luchar sin cuartel por liberarse del yugo opresor.

Sin embargo, había que reconocer que el dominio árabe había enriquecido a la mayoría de las ciudades conquistadas y que su cultura y su refinamiento artístico habían librado a la Hispania infiel de la rudeza y el estancamiento del reino visigodo.

La agricultura había prosperado de manera asombrosa gracias a nuevos sistemas de riego, innovadoras técnicas de labranza y nuevos cultivos con productos hasta ese momento desconocidos.

Las tierras estaban plagadas de olivos, higueras, arrozales, naranjos, limoneros, membrillos, cañas de azúcar, dátiles, granadas, azafrán, algodón, incluso productos de lujo como especias, plantas para la extracción de tintes, moreras para los gusanos de seda, hierbas aromáticas con las que confeccionaban perfumes maravillosos y otras muchas cosas completamente nuevas.