Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 28La mujer que no se había marchado
87%

CAPÍTULO 28La mujer que no se había marchado

La mujer que no se había marchado

Inés Calderón había pedido hablar con nosotros antes de que comenzara la declaración.

Su abogada nos recibió en el pasillo y solicitó unos minutos para aclarar el procedimiento.

Inés había sido detenida la tarde anterior, después de incorporar los últimos resultados periciales y las comprobaciones realizadas en el aparcamiento.

Hasta entonces había ejercido su derecho a guardar silencio.

La letrada que la acompañaba había sido designada personalmente por ella. Nos confirmó que había podido entrevistarse con su defendida, que conocía los hechos por los que se encontraba detenida y que quería prestar declaración con todas las garantías.

—Mi clienta está dispuesta a explicar determinados acontecimientos de aquella noche —dijo—.

Pero quiero que las preguntas se refieran a hechos concretos y que cualquier manifestación sobre su intención quede recogida con sus propias palabras.

Hemos examinado parte de las diligencias y considero importante distinguir lo que pueden demostrar de las interpretaciones que han realizado.

—Es lo que pretendemos —respondí—. También tendrá oportunidad de corregir cualquier extremo antes de firmar. La declaración quedará grabada y podrá interrumpirla para consultar con usted cuando lo necesite.

Al entrar encontré a Inés sentada junto a una mesa despejada. Llevaba una blusa azul oscuro y el cabello recogido. Había dejado de utilizar las gafas que acostumbraba a colocarse para revisar documentos; las tenía dobladas delante de ella, junto a un vaso de agua.

Molina tomó asiento a mi lado y comenzó la diligencia después de comprobar que se habían reiterado sus derechos.

Inés esperó a que terminara.

—Supongo que empezarán por mi empresa —dijo—.

Llevo varios días escuchando que me apropié de ciento noventa mil euros y quiero explicar algo antes de que conviertan esa cifra en el motivo de todo lo demás.

Cauce realizó trabajos reales. Algunos se contrataron correctamente y otros se facturaron de una manera que yo sabía que Gabriel no habría aceptado.

—Los pagos a Linde ascienden a ciento tres mil euros —respondí—.

La sociedad está vinculada a usted y no hemos encontrado una justificación suficiente para la mayor parte de los servicios facturados.

También tenemos la modificación de OP-417 desde su equipo.

Puede explicar ambas cosas, pero hoy necesitamos saber qué ocurrió cuando Gabriel descubrió esas diferencias.

Inés cogió las gafas y las hizo girar lentamente entre los dedos.

—Gabriel todavía no conocía toda la operación.

Sabía que la conciliación estaba modificada y que había dinero que no aparecía donde debía.

Lo que me preocupaba era que Ferrer examinara las subcontrataciones, porque entonces habría encontrado Linde.

Pensé que podía corregir una parte de los asientos y presentar otra documentación antes de que comenzaran a revisar las cuentas.

Molina apoyó una copia de la conversación recuperada.

—A las veinte quince aceptó reunirse con Gabriel en el aparcamiento. Usted declaró después que no había vuelto a verlo desde la discusión en las oficinas. Necesitamos que nos diga si acudió a aquella cita.

Inés miró la hoja sin tocarla.

—Sí. Bajé al aparcamiento y estuve con él dentro del coche.

La abogada levantó ligeramente una mano y le preguntó si quería continuar. Inés respondió que sí, aunque pidió que se anotara que deseaba explicar lo ocurrido sin dar por buenas todas las conclusiones del informe policial.

—¿Cómo llegó hasta allí? —pregunté.

—Utilicé el acceso de servicio. Había solicitado consultar unas cajas del depósito auxiliar y Rafael dejó preparada la autorización. Pasé por seguridad, encontré la tarjeta con la documentación que habían apartado para mí y la cogí. La utilicé para bajar a la planta menos dos.

—¿Era AUX-04?

—Era una tarjeta auxiliar con una etiqueta blanca. Recuerdo el número cuatro porque lo comprobé antes de acercarla al lector. Había varias tarjetas en aquel departamento y quería asegurarme de que utilizaba la que me habían autorizado.

Molina tomó nota.

—La primera apertura de S-2 figura a las veinte treinta y cinco. Gabriel llegó seis minutos después. ¿Qué hizo durante ese tiempo?

—Me quedé junto a la plaza. Sabía dónde aparcaba porque había bajado otras veces con él. Desde el pasillo vi su coche y el todoterreno de la plaza contigua. Esperé allí hasta que apareció.

La declaración coincidía con el recorrido que habíamos reproducido, aunque la huella encontrada en la tarjeta continuaba sin permitirnos fechar aquel contacto por sí sola.

—¿Entró antes que Gabriel? —pregunté.

—Cuando se acercó, me vio junto al lado derecho. Llevaba la carpeta azul bajo el brazo y tenía el teléfono en la mano. Me hizo una señal para que entrara. Después accionó el mando y abrió las puertas. Yo me senté mientras él rodeaba el coche por el lado del conductor.

La explicación resolvía una de nuestras dudas sobre el acceso, pero no era algo que las imágenes permitieran confirmar con la misma precisión.

Le pedí que continuara.

Inés había dejado las gafas sobre la mesa cuando comenzó a hablar de la conversación con Gabriel.

—Me enseñó las dos versiones de OP-417 y me preguntó cuál pensaba entregar a Ferrer. Le dije que la diferencia podía corregirse y que una revisión externa, en aquel momento, iba a perjudicar a toda la empresa. Gabriel me respondió que precisamente por eso necesitaba a alguien de fuera.

Molina le preguntó si había mencionado Linde.

—Lo hizo después. Me dijo que había pedido documentación sobre las sociedades contratadas por Cauce y que esa misma mañana le habían confirmado una relación que yo debía haberle comunicado.

Intenté explicarle que Linde llevaba años constituida y que existían servicios prestados.

Pero él quería saber por qué una empresa mía estaba cobrando a través de un proveedor que él había autorizado sin conocer esa vinculación.

—¿Le dijo qué pensaba hacer? —pregunté.

—Que suspendería nuevas operaciones, apartaría a mi departamento de determinadas decisiones y entregaría toda la documentación a Ferrer.

También habló de comunicar los hechos a sus abogados.

Le pedí tiempo para revisar las cantidades y devolver el dinero que no pudiera justificarse, pero se negó a negociar conmigo.

La abogada intervino para precisar que las manifestaciones sobre los pagos no suponían aceptar una calificación penal determinada. Asentí y pedí a Molina que mantuviera la distinción en el acta.

—En algún momento Ferrer llamó a Gabriel —continué—. ¿Seguían hablando de las operaciones cuando comenzó esa conversación telefónica?

Inés volvió a coger el vaso, aunque apenas bebió.

—Gabriel atendió y yo dejé de hablar. Ferrer quería saber quién le entregaría los documentos al día siguiente.

Gabriel le dijo que todo seguía adelante.

Estaba enfadada porque aquella llamada me confirmó que iba a cumplir lo que acababa de anunciarme.

Había pasado nueve años trabajando allí y comprendí que al día siguiente podía perderlo todo.

—¿Qué ocurrió mientras Gabriel hablaba con Ferrer? ¿La discusión continuó durante aquella conversación?

—Gabriel estaba sujetando el teléfono cerca de la consola.

Yo intenté apartar la carpeta que llevaba sobre las piernas para que me escuchara.

Discutimos otra vez y le dije que estaba dispuesto a destruir mi vida por unos documentos que todavía podían corregirse.

Me contestó que la responsabilidad era mía y que ya no iba a protegerme.

Guardó silencio.

La abogada se inclinó hacia ella y le habló durante unos instantes. Inés escuchó, dejó que terminara y continuó antes de que yo formulara otra pregunta.

—Llevaba una navaja pequeña en el bolso.

La había cogido de mi despacho antes de bajar.

La utilizábamos para abrir embalajes de documentación y algunas veces me la llevaba cuando tenía que revisar cajas.

Aquella tarde la guardé porque sabía que tendría que entrar al depósito auxiliar si encontraba los anexos que estábamos buscando.

—¿La sacó durante la discusión? —preguntó Molina.

—Sí. Gabriel seguía hablando de denunciar las irregularidades. Pensé que podía obligarlo a detenerse, aunque ahora sé cómo suena eso. La abrí y se la mostré. Él me dijo que la guardara y que dejara de hacer tonterías.

—¿Qué hizo después?

Inés permaneció varios segundos con la vista fija en las gafas.

—Lo apuñalé.

La abogada le preguntó si quería detener la declaración. Inés negó con la cabeza.

—Estaba sentado al volante, vuelto un poco hacia mí.

Me acerqué y le clavé la hoja en el pecho.

Gabriel se movió y chocó con la consola.

El teléfono cayó hacia aquel lado y yo me aparté.

Recuerdo que intentó incorporarse y llevó una mano hacia la puerta.

Había sangre en su camisa y en el asiento. Yo seguía sujetando la navaja.

Molina dejó de escribir.

—Ferrer escuchó un ruido antes de que terminara la llamada. ¿La agresión ocurrió mientras Gabriel todavía estaba hablando con él?

—Creo que sí. Recuerdo que el teléfono seguía encendido cuando Gabriel se volvió hacia mí, aunque después lo vi sobre la consola. Había empezado a discutirle mientras hablaba y todo sucedió muy deprisa. Lo que no puedo decirles es en qué segundo terminó la comunicación.

Su explicación era compatible con el ruido que había descrito Ferrer y con que Gabriel ya no respondiera a la siguiente llamada.

—¿Intentó ayudarlo? —pregunté.

—Me quedé mirándolo unos momentos. Él quiso abrir su puerta y parecía que todavía podía moverse. Yo tenía sangre en una mano y en el bolso. Pensé en llamar a alguien, pero miré hacia fuera y vi que la furgoneta estaba descargando. Entonces decidí marcharme.