Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 25Antes de los trece minutos
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CAPÍTULO 25Antes de los trece minutos

Antes de los trece minutos

La puerta del copiloto permaneció cerrada cuando Molina intentó abrirla.

El técnico de automoción, situado a varios metros del vehículo, había comprobado previamente que el cierre centralizado estaba activado. Molina volvió a tirar de la manilla y después se apartó para dejar pasar a la agente que iba a participar en la reproducción.

Habíamos solicitado un coche del mismo modelo que el de Gabriel y lo habían colocado en el patio de unas instalaciones policiales, junto a los paneles que representaban la posición del todoterreno gris. La distancia entre ambos procedía de las mediciones originales del aparcamiento.

—Antes de empezar, quiero que tengamos claro qué estamos comprobando —dijo Molina—.

Llevamos varios días considerando que alguien pudo entrar en el vehículo antes de que Gabriel bajara.

El problema es que seguimos sin explicar cómo habría abierto una puerta que, en circunstancias normales, debería estar cerrada.

El técnico nos mostró el mando.

—Hay dos formas de desbloquear este modelo.

Puede utilizarse el sistema de proximidad al accionar la manilla o pulsar el mando a distancia.

Hemos comprobado la configuración que conserva el vehículo intervenido y, cuando se utiliza el botón de apertura, se desbloquean las cuatro puertas.

La prueba de hoy reproduce ese funcionamiento, aunque no permite saber qué procedimiento utilizó el propietario aquella noche.

Pilar había autorizado la consulta electrónica de la configuración después de documentar las operaciones necesarias. El coche original permanecía bajo custodia, sin que tuviéramos que realizar nuevas pruebas físicas sobre las superficies examinadas.

Molina se situó en el lugar desde el que Gabriel aparecía aproximándose en las grabaciones.

—Vamos a hacerlo siguiendo su recorrido. Sergio, quiero que camines desde ese punto hasta la puerta del conductor. Cuando estés a una distancia suficiente, pulsa el mando y continúa con normalidad. Nosotros observaremos cuánto tiempo necesita otra persona para entrar por el lado derecho.

Cogí el dispositivo y regresé a la marca situada al comienzo del recorrido.

Al pulsar el botón, el técnico confirmó que las cuatro puertas habían quedado desbloqueadas.

La agente abrió la del copiloto, giró el cuerpo para superar el espacio estrecho entre los vehículos y consiguió sentarse antes de que yo alcanzara la puerta del conductor.

Repetimos la operación.

Esta vez caminé sin detenerme y llegué mientras ella todavía estaba terminando de acomodarse.

—En las imágenes Gabriel se detiene unos instantes junto al coche —recordé—. Parece consultar su teléfono antes de abrir. Ese intervalo podría haber permitido a otra persona completar la maniobra.

Molina observó la separación entre los paneles.

—También debemos considerar que Gabriel llevaba una carpeta. Puede que tuviera que cambiarla de mano, guardar el teléfono o buscar el mando. Tenemos una secuencia compatible con el acceso de alguien por la derecha, pero no podemos elegir arbitrariamente cada movimiento para conseguir que encaje.

—Por eso quería hacerlo aquí —respondí—. Hasta ahora estábamos buscando un mecanismo para abrir el coche mientras Gabriel seguía en las oficinas. Acabamos de comprobar que pudo desbloquearlo él mismo al aproximarse.

El técnico recogió el mando y volvió a activar el cierre.

—Hay una condición que conviene conservar en el informe.

Para que esta reproducción corresponda a lo ocurrido, Gabriel tendría que haber accionado la apertura a distancia.

La cámara no permite distinguirlo. Si utilizó exclusivamente la apertura por proximidad al llegar a la puerta, habría que reproducir ese funcionamiento por separado.

Molina pidió que se documentaran ambas modalidades.

Después señaló el espacio situado junto al todoterreno.

—La persona que quisiera entrar tendría que esperar aquí, junto al lateral derecho, hasta que el coche estuviera abierto. La cámara principal no cubría completamente esta franja y, si Gabriel esperaba encontrarse con alguien, su presencia tampoco tendría por qué sorprenderlo.

Regresé al lugar donde había comenzado el recorrido.

Desde allí, el vehículo parecía accesible por ambos lados. Al acercarme comprendí mejor cómo la carrocería del todoterreno impedía observar a quien permaneciera junto a la puerta derecha.

La prueba introducía una posibilidad que habíamos pasado por alto.

Una persona podía haber llegado a aquella zona antes que Gabriel y entrar en el vehículo cuando él lo desbloqueara, sin necesidad de haber tenido una llave propia ni de encontrarlo abierto desde la mañana.

Molina se acercó mientras el técnico recogía los instrumentos de medición.

—Hay otra consecuencia —dijo—. Hemos imaginado a alguien escondido durante varios minutos dentro de un coche que posiblemente estaba cerrado.

Quizá la espera se produjo fuera, en el espacio que ocultaba el todoterreno.

La persona que aparecía sola en las cámaras era Gabriel, pero eso nunca nos permitió saber quién podía estar junto al otro lateral.

—La primera apertura de S-2 continúa ofreciéndonos un recorrido posible hasta allí —respondí—. Pero tendremos que demostrar quién utilizó la tarjeta y si llegó realmente a esa zona. Lo que acabamos de comprobar explica una entrada; todavía no identifica a nadie.

Molina miró hacia la puerta del copiloto.

—Al menos ya no necesitamos convertir un olvido de Gabriel en la condición imprescindible de toda nuestra teoría.

Pilar nos recibió antes del mediodía con el informe complementario sobre el asiento del copiloto.

Había terminado de contrastar las actuaciones de los servicios sanitarios y las fotografías realizadas durante la inspección inicial.

—He hablado con los profesionales que intervinieron y revisado la documentación de asistencia —explicó—.

Ninguno recuerda haber accionado el mecanismo del asiento derecho.

Sus declaraciones sitúan la intervención junto a la puerta del conductor, y las fotografías tomadas antes de retirar el cuerpo muestran que el asiento del copiloto ya estaba en su posición retrasada.

Molina examinó la documentación.

—Entonces podemos excluir que alguno de ellos lo desplazara después de encontrar a Gabriel. Esa era la explicación alternativa que nos impedía relacionar el arrastre de sangre con lo sucedido durante la agresión.

—Podemos descartar esa manipulación dentro de las intervenciones documentadas —precisó Pilar—.

También hemos revisado las operaciones realizadas durante la recogida y el traslado del vehículo.

El asiento no se accionó hasta que se efectuaron las comprobaciones controladas, cuando las posiciones originales ya estaban registradas.

Colocó sobre la mesa las fotografías del carril interior.

La pequeña transferencia de sangre de Gabriel seguía siendo el indicio más relevante. Una parte había quedado adherida a la guía fija y otra presentaba un arrastre sobre el mecanismo móvil, compatible con un desplazamiento hacia atrás.

—La interpretación que mantenemos es que el asiento se movió después de que la sangre alcanzara esa zona —continuó—.

Las nuevas declaraciones hacen menos probable una manipulación posterior al hallazgo.

Aun así, necesitamos distinguir el movimiento de la persona que lo produjo.

La sangre no identifica a quien accionó el mecanismo ni permite fijar una hora exacta.

Me incliné sobre las fotografías.

—Si alguien ocupaba el asiento del copiloto durante la agresión, pudo desplazarlo para ganar espacio y abandonar el coche. Eso explicaría que terminara más retrasado que antes.

—Es compatible —respondió Pilar—. También podría haberse movido durante una reacción dentro del habitáculo, sin que sepamos quién accionó el control.

Lo importante es que tenemos un desplazamiento relacionado con sangre de Gabriel y que las explicaciones posteriores que estábamos comprobando no lo justifican.

Molina señaló la posición del mando eléctrico.

—¿Podría accionarse fácilmente desde el asiento del conductor?

—La ubicación del control hace poco probable que Gabriel lo utilizara accidentalmente desde su posición, pero tampoco convertiría esa dificultad en una exclusión absoluta.

Quien estuviera sentado a la derecha tendría un acceso mucho más natural al mecanismo.

Eso es lo que podemos sostener desde el punto de vista físico.

Pilar nos enseñó una última fotografía, tomada antes de la retirada del cuerpo.

La alfombrilla del lado del copiloto aparecía doblada cerca de su parte posterior.

Habíamos observado aquella deformación la primera noche. Después se habían recogido fibras e impresiones de suela, aunque las comparaciones todavía estaban pendientes.

—El conjunto hace razonable investigar la presencia de un ocupante en el asiento derecho durante los hechos —dijo Pilar—. Pero necesito que encontréis una forma independiente de relacionar a una persona con ese espacio. Lo que tengo no es una identificación.

Molina guardó sus notas.

—Y tampoco demuestra que entrara durante los trece minutos.

—Precisamente —respondió Pilar—. Las marcas interiores no os dicen cuándo se abrió la puerta.

Durante unos instantes permanecimos examinando las fotografías.

Aquel movimiento del asiento podía pertenecer a una secuencia distinta de la que habíamos considerado durante buena parte de la investigación. La entrada de otra persona, su permanencia junto a Gabriel y la agresión ya no tenían por qué haber comenzado dentro del mismo intervalo.

De regreso a comisaría, Molina me acompañó hasta una sala que habíamos reservado para reorganizar la investigación.

Había dispuesto las fotografías del aparcamiento junto a la cronología de accesos. En otro extremo de la mesa se encontraban los mensajes recuperados de las cuentas de Gabriel e Inés.

—Quiero que probemos a reconstruirlo sin empezar por la furgoneta —propuso—.

Tenemos una reunión acordada para las ocho cuarenta, una solicitud de acceso al depósito auxiliar, una tarjeta utilizada a las ocho treinta y cinco y un coche cuyo lateral derecho queda oculto desde antes de que llegue Gabriel.

Me acerqué a las fotografías.

—Empecemos por lo que sabemos que ocurrió. Inés aceptó reunirse con Gabriel y canceló el transporte que había reservado. Alguien utilizó AUX-04 para abrir S-2. Gabriel llegó a su vehículo a las veinte cuarenta y uno y permaneció allí. Esos hechos están acreditados por fuentes distintas.

Molina señaló el espacio junto al todoterreno.

—Si Inés fue quien utilizó la tarjeta, pudo llegar a esta zona antes de que Gabriel apareciera.

El recorrido desde S-2 permite aproximarse sin atravesar la parte principal del aparcamiento.

Ahora sabemos, además, que habría podido entrar cuando Gabriel desbloqueara las puertas. La furgoneta todavía no estaba allí.

—Pero seguimos sin demostrar que ella fuera la portadora ni que acudiera a la reunión. Necesitamos que esa posibilidad se sostenga en algo más que la sucesión de horarios.

—De acuerdo. Lo que quiero modificar es nuestra manera de investigar los movimientos.

Hasta ahora buscábamos a alguien que necesitara aprovechar la furgoneta para entrar y salir.

Si una persona ya estaba dentro cuando comenzó la obstrucción, la furgoneta solamente tendría que ocultar lo que sucediera después y, posiblemente, su retirada.

Observé la imagen en la que Gabriel aparecía junto a la puerta del conductor.

Había permanecido unos segundos en aquella posición antes de entrar. Durante semanas consideramos ese instante como el comienzo de una espera solitaria.

La reunión acordada con Inés ofrecía ahora una interpretación diferente.

Gabriel podía estar llegando a un encuentro que él mismo había propuesto.

—Hay algo que todavía debemos explicar —dije—. Si la posición de Marcos fue accidental, el agresor no tenía garantizado que el coche quedara oculto a las veinte cuarenta y siete. Necesitamos distinguir una agresión preparada de una decisión tomada cuando apareció aquella oportunidad.

Molina examinó la cronología.

—Eso afecta al momento del ataque y a las posibilidades de retirada, pero no necesitamos resolverlo mediante una suposición.

Tenemos una llamada con Ferrer entre las veinte cincuenta y uno y las veinte cincuenta y dos, la sangre del tirador interior y el desplazamiento del asiento.

Habrá que reconstruir cómo se relacionan, sin dar por hecho que el ruido de una grabación o las marcas del vehículo pueden fechar el apuñalamiento por sí solos.

Le pedí que separara las pruebas de presencia de las relacionadas con la agresión.

Durante los siguientes minutos organizamos las actuaciones pendientes.

Nuria continuaría examinando la custodia de AUX-04 y la correspondencia entre los distintos accesos.

Pilar completaría las comparaciones materiales del habitáculo.

Molina comprobaría las llaves disponibles del coche y la procedencia de los mensajes que habían permitido identificar la reunión.

También acordamos solicitar las autorizaciones necesarias para ampliar las comprobaciones sobre los movimientos de Inés y los objetos que pudieran vincularla físicamente con el vehículo.

La nueva hipótesis había dejado de ser una conversación sobre lo que las cámaras no mostraban. Tenía recorridos concretos, pruebas que podían contrastarse y alternativas que necesitábamos excluir.

Molina reunió las fotografías que ya no utilizábamos.

—He estado pensando en Marcos —comentó—. Durante días le pedimos que explicara por qué su furgoneta estaba donde estaba. Después investigamos quién podía haber organizado su llegada. Quizá el error fue exigirle a aquel reparto que explicara más de lo que realmente había ocurrido.

—El reparto explica la pérdida de visibilidad —respondí—. Lo que necesitamos demostrar ahora es quién estaba dentro del coche cuando comenzó.

Molina conservó sobre la mesa la imagen de Gabriel acercándose a la puerta.

Cuando salimos, pidió a Nuria que trabajara también con la franja anterior a las veinte cuarenta y uno y que priorizara las personas relacionadas con la solicitud de acceso al depósito auxiliar.

La investigación continuaría examinando los trece minutos.

Pero ya no empezaríamos necesariamente por ellos.