CAPÍTULO 22Una persona que ya estaba allí #2
—Necesito que incluyamos otra cuestión —respondí—.
Hemos comprobado que el coche de Gabriel podía permanecer abierto después de estacionarlo, sin que el sistema lo cerrara por sí mismo.
Quiero conocer quién disponía de llaves de repuesto y si alguien tenía conocimiento habitual de cómo funcionaba el vehículo.
Nuria tomó nota.
—La empresa puede facilitarnos parte de la documentación del vehículo, pero distinguiría dos líneas.
Una es localizar las llaves y conocer quién las custodiaba.
Otra es saber si Gabriel acostumbraba a cerrar el coche cuando lo dejaba aquí.
Para esa segunda cuestión quizá obtengamos información de las personas que lo trataban diariamente, aunque será una costumbre declarada y no una comprobación directa de aquel jueves.
Molina entró mientras hablábamos.
Traía las fotografías de la reconstrucción y una copia de la nota que había preparado sobre Marcos Leal.
—He modificado la valoración provisional de su participación —nos explicó—.
Su actividad queda documentada como un reparto ordinario y los errores de registro no sostienen una sospecha de colaboración.
Seguiremos conservando su declaración como testigo, pero he retirado la referencia a una posible coordinación del estacionamiento como hipótesis principal.
Dejó los documentos encima de la mesa.
—También quiero comprobar algo sobre Gabriel.
Hemos entrevistado a varias personas de su entorno profesional para averiguar qué hizo aquella tarde, pero casi todas las preguntas se referían a su salida de las oficinas.
Ahora nos interesa si alguien sabía que tenía previsto hablar con otra persona después de bajar.
—Ya solicitamos su agenda y sus comunicaciones —le recordé.
—Y las examinamos buscando llamadas, reuniones en el despacho y posibles motivos para permanecer dentro del vehículo. Quiero contrastar las anotaciones pendientes con quienes organizaban sus citas. Si se había concertado algo fuera de las oficinas, podría no figurar donde hemos estado mirando.
La propuesta tenía sentido, aunque no quería que acabáramos reconstruyendo una reunión únicamente porque necesitábamos justificar la presencia de alguien en el asiento derecho.
—Empecemos por las personas que gestionaban su agenda y por las comunicaciones que ya tenemos documentadas —respondí—. Después podremos valorar si existe algún motivo para ampliar las comprobaciones.
Molina aceptó encargarse de esa parte.
Antes de regresar a mi despacho, pasé junto a la mesa donde Nuria había dejado los registros de S-2.
Las dos aperturas continuaban allí, separadas por veinte minutos. Seguíamos sin saber quién había utilizado la tarjeta ni desde qué lado había accionado el acceso.
Pero ahora podíamos investigar aquellos movimientos sin exigir que una persona permaneciera escondida cerca del vehículo hasta que llegara la furgoneta.
La posibilidad de que alguien hubiera ocupado el asiento antes de las veinte cuarenta y uno necesitaba algo más que una reconstrucción física.
Necesitábamos encontrar a una persona que hubiera tenido motivos para estar allí.
Aquella tarde fui a recoger a Claudia después del ensayo.
Elena tenía que terminar un escrito y me había pedido por la mañana que me encargara de llevarla a casa. Llegué unos minutos antes de que terminara la actividad y esperé junto a la entrada del instituto, donde varios padres hablaban mientras observaban las puertas.
Claudia apareció con el libreto doblado entre dos cuadernos.
—Pensaba que vendría mamá —me dijo al verme—. Esta mañana me comentó que tenía bastante trabajo y no sabía si podría salir a tiempo.
—Se ha quedado terminando un asunto del despacho. Hoy me tocaba a mí, aunque he estado a punto de olvidarme de que el ensayo terminaba a esta hora.
Caminamos hacia el coche.
Claudia llevaba varios minutos intentando introducir el libreto en una carpeta demasiado pequeña. Finalmente dejó de hacerlo y me lo entregó.
—Nos han cambiado algunas escenas. La profesora quiere que dos personas preparen el mismo personaje porque uno de los actores falta bastante, y ahora tengo que aprender una parte que no esperaba. Me gusta más la que tenía, pero tampoco quiero que parezca que me estoy quejando por trabajar.
—¿Se lo has dicho? Puedes explicarle que prefieres mantener tu papel, aunque estés dispuesta a preparar el otro si el grupo lo necesita.
Claudia se detuvo junto a la puerta.
—Ya se lo he dicho. Me ha respondido que todavía no ha decidido cómo repartirlo. Lo que me molesta es que Daniel lleva dos días diciéndome cómo debería interpretar un personaje que ni siquiera ha visto en el escenario. A veces solo quiero contar algo sin que todos intentéis resolverlo.
Me guardé la respuesta que estaba preparando.
Abrí el coche y esperé a que se sentara antes de colocar su libreto sobre el asiento trasero.
Durante el trayecto me habló de la representación, de una compañera que se confundía siempre en la misma intervención y de las dificultades que tenían para organizar los ensayos.
Cuando llegamos a casa, Claudia recuperó sus papeles y se dirigió hacia el portal.
—El jueves ensayamos otra vez —me recordó—. Si puedes venir a buscarme, te contaré qué decide la profesora.
—El jueves me organizaré para estar aquí.
Claudia levantó el libreto a modo de despedida y entró en el edificio.
Me quedé unos instantes junto al coche antes de seguirla.