Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 18La hora de marcharse #2
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CAPÍTULO 18La hora de marcharse #2

—Entonces tendrán que preguntarle por qué consideró que la operación debía aprobarse.

Si después encuentran un problema en la contabilidad, investigaré lo que corresponda a mi departamento.

Pero llevamos días en una situación en la que cada persona intenta entregar al siguiente una responsabilidad que no quiere asumir.

Guardó la copia de su declaración.

—Tengo empleados que llevan nueve años trabajando conmigo y están empezando a tener miedo de firmar cualquier documento. Mientras Gabriel vivía, todos confiaban en que él resolvería las diferencias. Ahora quieren encontrar una firma que les permita seguir adelante sin asumir ninguna decisión.

—Raquel nos ha explicado sus preocupaciones —respondí—. También ha colaborado en la identificación de las distintas versiones. Necesitamos que esas personas puedan declarar sobre su trabajo sin sentirse responsables de decisiones que no tomaron.

Inés permaneció unos segundos mirando el membrete de la carpeta.

—En eso estamos de acuerdo, inspector. Pero yo también tengo derecho a que distingan lo que puedo demostrar de lo que ustedes consideran sospechoso.

Mi reserva de transporte fue cancelada. Lo reconozco.

Mi declaración sobre la hora de salida sigue siendo la misma, aunque ahora no disponga de un justificante que la confirme.

Le expliqué que revisaríamos las salidas peatonales y que intentaríamos contrastar su descripción del taxi. También le pedí que conservara los mensajes y movimientos del teléfono correspondientes a aquella noche.

Inés aceptó facilitar los datos por el procedimiento adecuado, aunque quiso que constara que el aparato contenía comunicaciones profesionales y personales ajenas a la investigación.

Cuando terminamos, se levantó y recogió la carpeta.

—Si necesitan volver a hablar conmigo, prefiero que me indiquen antes qué documentación consideran necesaria. Estoy dispuesta a colaborar, pero no puedo reconstruir una semana de trabajo cada vez que aparece un archivo nuevo.

Salió sin esperar a que comentáramos su explicación.

Molina y yo regresamos al vestíbulo del edificio antes de abandonar las instalaciones.

Habíamos conservado las grabaciones de los accesos principales desde la noche del asesinato, pero la revisión inicial se había concentrado en los movimientos relacionados directamente con el aparcamiento.

En el control, Alberto nos facilitó la secuencia correspondiente a la franja que Inés situaba entre su salida del despacho y la hora prevista de recogida.

La cámara mostraba personas entrando y saliendo por las puertas principales. Algunas quedaban parcialmente tapadas cuando coincidían varios movimientos y otras se alejaban hacia la calle antes de que pudiera distinguirse su rostro.

Examinamos el intervalo sin encontrar una imagen que permitiera identificar inequívocamente a Inés.

—Si salió por aquí, deberíamos intentar reconocerla por la ropa que llevaba —dijo Molina—. Aunque tendremos que comprobar si utilizó alguna de las otras salidas. No quiero que terminemos interpretando la ausencia de una imagen como si fuera una prueba de que seguía dentro.

—Pide que se conserven también las grabaciones de los accesos secundarios y que las comparen con los horarios corregidos. Quiero una relación de los recorridos posibles desde las oficinas hasta la calle, sin dar por hecho que utilizó ninguno.

Alberto tomó nota y nos indicó qué cámaras cubrían cada puerta.

Desde el control podía verse una parte del vestíbulo. Una empleada de limpieza cruzó con un cubo y desapareció por el corredor de servicio, mientras dos trabajadores esperaban delante de los ascensores.

Molina recogió las copias que acabábamos de examinar.

—Hasta ahora teníamos un documento que parecía apoyar la salida de Inés a las veinte veinticinco. Ahora sabemos que aquel vehículo no la recogió. Su nueva explicación es posible, pero necesitamos identificar el taxi o encontrar otra referencia.

—Y comprobar si hay alguna prueba que la sitúe fuera del edificio después de las ocho y veinte —añadí—. La diferencia importa porque Gabriel llegó a su coche a las veinte cuarenta y uno. Una persona podía haber abandonado las oficinas y seguir dentro del inmueble.

Regresamos a comisaría con las grabaciones y el registro de transporte.

En mi despacho, Nuria había dejado preparada la cronología de los desplazamientos conocidos. Junto al nombre de Inés figuraba todavía la reserva de las veinte veinticinco, incorporada durante su primera declaración.

Le entregué la certificación de cancelación y le pedí que sustituyera aquella referencia por los dos hechos que podíamos acreditar: la reserva había existido y el servicio no se había realizado.

Después añadimos, en un apartado separado, la versión del taxi que Inés acababa de ofrecernos.

Cuando terminé, Molina consultó el cuadro.

—¿Qué hacemos con su hora de salida?

—La mantenemos como una declaración pendiente de corroboración. Quiero que quede claramente diferenciada de las horas confirmadas por cámaras o registros. Hasta ahora estábamos utilizando la reserva para situarla fuera del edificio y no podemos seguir haciéndolo.

Molina corrigió la anotación y me devolvió la hoja.

La dejé sobre la mesa junto a las fotografías del aparcamiento. En la columna de las veinte veinticinco ya no figuraba ningún vehículo que hubiera recogido a Inés.

Solo permanecía su declaración.