CAPÍTULO 18La hora de marcharse
La hora de marcharse
El justificante de transporte que Inés Calderón nos había entregado contenía un número de reserva, una dirección de recogida y una hora prevista: las veinte veinticinco del jueves en que asesinaron a Gabriel Lozano.
La respuesta de la empresa llegó el martes por la mañana.
Nuria había incorporado al expediente el registro original de la operación y estaba revisando los datos técnicos cuando Molina y yo entramos en su despacho.
—El vehículo nunca llegó a recogerla —explicó—.
La reserva estaba programada para las veinte veinticinco, pero se canceló a las veinte veintidós y nueve segundos.
La empresa confirma que no se realizó ningún trayecto y que no se generó una factura de servicio.
La cancelación se tramitó desde la cuenta de usuario asociada a Inés, aunque el registro no identifica por sí solo a la persona que manejó el teléfono.
Molina examinó la documentación.
—Cuando declaró, nos entregó la reserva como referencia de su salida. También dijo que tendría que consultar la aplicación para precisar cuánto había esperado. Ahora sabemos que aquella espera no pudo producirse en las condiciones que nos describió.
—Ella nunca afirmó expresamente que hubiera subido al vehículo —respondí—. De hecho, le señalamos que el correo no demostraba un viaje completado. Lo que tenemos que aclarar es por qué presentó ese documento y qué hizo finalmente.
Nuria abrió el historial de la operación.
—La reserva se había realizado con antelación. El jueves por la noche se registró la cancelación, pero no aparece otro servicio posterior en la misma cuenta durante la franja que estamos examinando. Eso tampoco permite saber si utilizó otra compañía, un taxi o transporte público.
—¿Podemos obtener alguna referencia de ubicación del dispositivo? —preguntó Molina.
—La empresa conserva datos de la gestión de la reserva, no una posición precisa del usuario cuando la anuló. He dejado separadas las horas que certifica el sistema y las que proceden de la declaración de Inés. Si queremos reconstruir su desplazamiento necesitaremos fuentes distintas.
Me llevé las copias.
Inés había situado su salida de las oficinas entre las veinte diez y las veinte veinte. El transporte cancelado no modificaba necesariamente aquella declaración, pero retiraba el único documento que nos había presentado para respaldarla.
La encontramos en las oficinas de Lozano Inversiones, donde había aceptado recibirnos antes de una reunión con los asesores de la sociedad.
Laura nos acompañó a una sala que daba al pasillo de administración. Sobre la mesa había una jarra de agua, tres vasos y una carpeta con el membrete de la empresa.
Inés llegó con un teléfono en la mano y terminó de responder un mensaje antes de sentarse.
—Espero que puedan explicarme qué comprobación necesitan esta vez.
Raquel me ha dicho que siguen pidiendo versiones de las mismas operaciones y Pablo ha convocado otra reunión para discutir quién puede autorizar los pagos pendientes.
Si tengo que ausentarme durante toda la mañana, al menos quiero dejar resueltos los asuntos que afectan a mis empleados.
—Esta vez venimos por sus movimientos del jueves —respondí—. Hemos recibido la certificación de la empresa de transporte sobre la reserva que aportó en comisaría.
Dejé el documento delante de ella.
Inés leyó la primera página y, al llegar al registro de cancelación, permaneció unos segundos examinando la hora.
—Sí, cancelé el servicio. Recuerdo haberlo hecho cuando ya estaba saliendo del edificio. Pensé que lo habría explicado en mi declaración, pero por lo que veo ustedes solamente tenían el correo de confirmación.
—Nos dijo que había solicitado un coche y que esperaba que la recogieran cerca del edificio —intervino Molina—. Cuando le preguntamos cuánto tardó en llegar, respondió que tendría que consultar sus mensajes. No mencionó que hubiera cancelado la reserva.
Inés dejó el documento sobre la mesa.
—Porque estaba intentando recordar una tarde de trabajo bastante desagradable y ustedes me estaban preguntando por varias cosas a la vez.
Cuando busqué el correo, encontré la confirmación de la reserva.
Se lo entregué porque indicaba dónde había previsto que me recogieran y a qué hora.
Después cancelé el servicio y me marché de otra manera.
—Explíquenos cómo —pedí.
—Salí de las oficinas poco después de las ocho y cuarto.
Bajé y fui hacia la calle donde había solicitado la recogida.
Mientras caminaba vi un taxi libre y decidí utilizarlo en lugar de seguir esperando el coche reservado.
Cancelé el servicio desde el teléfono, paré el taxi y regresé a casa.
Fue una decisión corriente que aquel jueves no tenía ninguna importancia especial.
Molina acercó la certificación.
—La cancelación consta a las veinte veintidós. Eso situaría el cambio de planes pocos minutos después de abandonar su despacho, según la hora que nos ha dado. ¿Recuerda desde qué punto de la calle detuvo el taxi o si había otras personas esperando?
—Recuerdo la zona aproximada y podría enseñársela, pero no puedo identificar a quienes estaban alrededor. Era una noche laborable en Madrid, con coches circulando y personas saliendo de las oficinas. Lo único que puedo decirles es que encontré un taxi disponible y lo cogí.
—¿Pagó con tarjeta? —pregunté.
—En efectivo. Normalmente llevo algo de dinero en el bolso para gastos pequeños y aquella vez lo utilicé. Si hubiera sabido que después iba a necesitar demostrar cada desplazamiento de aquella noche, probablemente habría pedido un recibo.
Su respuesta tenía la firmeza que ya le había visto cuando discutía cuestiones de procedimiento. Esta vez, sin embargo, había dejado de consultar la carpeta.
—¿Recuerda cuánto duró el trayecto? —pregunté.
—Algo menos de media hora, aunque dependería del tráfico. Fui directamente a casa y me quedé allí. Vivía sola aquella noche, de modo que tampoco tengo a nadie que pueda confirmar a qué hora entré. Sé que esa respuesta no les resultará especialmente útil, pero es lo que recuerdo.
—Necesitaremos comprobarla —dije—. La empresa de transporte descarta el viaje que usted había reservado. Ahora tenemos un segundo desplazamiento del que carecemos de justificante y del que no conocemos al conductor.
Inés se inclinó hacia delante.
—Inspector, cuando me preguntaron por mi salida les proporcioné el documento que tenía.
Si hubiera querido presentar un viaje inexistente como una prueba, habría afirmado que me recogieron a las ocho y veinticinco.
Ustedes me preguntaron por la reserva y yo se la entregué.
Ahora me están haciendo responsable de que aquel correo no certifique algo que nunca llegó a ocurrir.
—Precisamente porque distingue las palabras con tanto cuidado, quiero que entendamos qué significa su declaración —respondí—.
Usted afirmó haber abandonado el edificio antes de las ocho y media.
La reserva no confirma esa salida. El taxi que menciona tampoco podemos identificarlo por ahora.
Seguimos necesitando una referencia independiente de sus movimientos.
Inés permaneció callada mientras Molina volvía a guardar la certificación.
Después abrió su carpeta y sacó una copia de la declaración anterior.
—Aquí consta que salí de las oficinas entre las veinte diez y las veinte veinte.
Esa es la hora que sigo considerando correcta.
Si el problema es que confundí la documentación de una reserva con la prueba de un trayecto, acepto que se deje aclarado.
Lo que no voy a aceptar es que se escriba que he reconocido una mentira sobre mi salida.
—Todavía estamos contrastando su versión —respondí—. También queremos comprobar qué ocurrió en las oficinas después de la discusión que mantuvo con Gabriel.
Inés me miró por encima de la hoja.
—Ya les expliqué que discutimos por la documentación de la auditoría y por la forma de entregar los expedientes.
Gabriel estaba revisando decisiones que llevaba años delegando y no le gustaba que le recordáramos que algunas operaciones necesitaban autorizaciones de los socios.
Aquella conversación terminó mal, pero ambos continuamos trabajando.
Si desean preguntarme otra vez por ella, puedo hacerlo; lo que preferiría es que utilizaran las declaraciones anteriores y me dijeran qué dato concreto ha cambiado.
Saqué la relación de OP-417.
—Ha cambiado nuestra información sobre este pago.
El banco confirma que los ciento veintiséis mil cuatrocientos ochenta euros se cargaron en la cuenta el jueves por la mañana.
Sin embargo, a las diecinueve once se guardó una versión contable que presentaba la operación como retenida.
Raquel recuerda que Gabriel preguntó por esa diferencia durante la discusión con usted.
Inés examinó la referencia.
—Gabriel consultó el historial actualizado desde el ordenador de su despacho.
Yo estaba allí cuando abrió el expediente y comenzó a comparar las versiones.
Me pidió que explicara por qué aparecía una anotación distinta de la anterior, pero la conciliación todavía estaba pendiente y necesitaba comprobar quién había introducido aquel cambio. Eso fue parte de nuestra discusión.
—¿Quién modificó la operación? —preguntó Molina.
—El sistema registra un perfil compartido del departamento.
Ya saben que ese usuario se utiliza para determinados procesos y que no puede atribuirse automáticamente a una persona.
Yo no voy a darles un nombre sin revisar las autorizaciones.
Lo que sí les digo es que una reclasificación contable no anula un movimiento bancario.
Si el banco ejecutó el pago, corresponde aclarar cómo debía aparecer en nuestros registros y qué documentación respaldaba la operación.
—También consta una autorización bancaria asociada a la credencial de Pablo Gomis —señalé—. Hemos citado a su socio para que explique los pagos a Cauce Proyectos.